Ricardo III

Shakespeare logra una vez más lo que consiguió con Hamlet: Usar el teatro para vernos en un espejo, para observar el reflejo de una cuerda locura, una gloria o una miseria.

Ricardo III, Shakespeare presente.
Fotografía: Juan Manuel Hincapié

Por: Juan Francisco Molina Moncada

Está claro que todo se dijo, escribió, cantó, bailó, gritó, en el escenario. ¿Qué más se puede decir al respecto? ¿Qué la sangre cabalga en esta patria o, mejor, en estas patrias? O tal vez solo queda por decir que William Shakespeare, o quien firmaba en nombre de él, está aún en medio de nosotros, quizá sentado a nuestro lado en aquellas noches de teatro, riéndose, o mejor aún, esbozando una maliciosa sonrisa. Sus creaciones aún envuelven y convierten la acertada dramatización teatral en una especie de catarsis que aún no tiene palabras para ser descrita, y que puede ser traducida en los versos de una prosa, la linealidad de una poesía, las luces de una fotografía, las pinceladas de un cuadro, o bien, el cinismo, acidez o amargura de la comedia.

Porque en la obra de Shakespeare “Ricardo III”, interpretada por tercer vez en Pereira por el grupo “Teatro El Paso”, en el teatro Santiago Londoño, se da el lujo de que el espectador, en ciertos momentos, no sepa hacia dónde mirar; si observar a aquel perturbado personaje que pretende ser rey, o fijar sus miradas en lo que ocurre alrededor de él. Se consolida una amalgama de burlas, traiciones, hipocresía y falsa nobleza, en torno a retorcidos personajes que al son del acordeón y la guitarra bailan grotescos, cabalgan en caballos imaginarios, y se mofan de ese personaje que monologa, al que los perros ladran cuando ven, a quien no encuentra qué hacer en una inmunda atmósfera de paz.

Ricardo III arrastra su pierna al caminar. Parece embriagado. ¿De odio? ¿De amor, acaso? ¿De sangre? Aún no se sabe, y lo más probable es que aquí no se respondan todas las preguntas. Se dirá sí, que Ricardo de Cluster, quizá uno, tal vez dos, o en el peor (mejor) de los casos, todos, mientras se pasea en la silla que será su trono, trama con una voz de un triste cantar una serie de asesinatos que le entregarán una corona que no será su gloria, sino su castigo, su condena a ser fustigado por la peor de las locuras, el cargo de conciencia, la recriminación del “sí mismo”, el impulso al suicidio y a la muerte de las otras muertes.

Falsedad. Hipocresía. Cinismo. Comedia. Todo aquello que adereza y que, en su mejor versión, permite tanto vinagre como dulce, tanta hiel como miel, a lo que en el escenario se dibuja con blancas pinceladas. Un personaje que cae, otros cuyo fin lo firma una horca. Muñecos con vida, de cara blanca, que se burlan quién sabe de quién. Que atestiguan las gestas de Ricardo, que condenan su maldad, y lo dejan hablando solo cuando siempre estuvo monologando, e interpretando diversos papeles con su voz de triste cantar. Muñecos, que al final, mueren junto a Ricardo, yaciendo todos en el suelo, presentando esto como una especie de ofrenda al escritor inglés, en nombre de quien el público está reunido, sin saber, como dios, si al fin existe o no… salvo que Shakespeare sea dios, claro. 

César Castaño, director del Teatro El Paso,  prepara sus papel de Ricardo en la obra ganadora premio nacional de creación teatral 2011.
Fotografía: Tras la cola de la rata

Suenan entonces el tambor y el acordeón. Y la guitarra. La voz de algún mandatario del trópico en donde tal vez se interpreta en otros contextos la obra shakesperiana, relata cómo el rey Eduardo IV muere, mientras un personaje de relleno reclama protagonismo. La ironía se matiza cuando una obra de muerte, de sangre, decadente, se interpreta con personajes en su mayoría vestidos de blanco, constituyendo, en el juego de las luces, bellas fotografías.

Dualidad. Locura. Muerte. Sangre, sobre todo, sangre. Sueños asesinos. Besos que no se dan. Gestualidades que dicen todo y nada. Y la corona en la mitad. Nadie es dueño de ella. Ricardo es un animal capaz de comerse su propia sangre. ¡Culpable! ¡Culpable!

Y termina la obra. Una hora. Dos horas. Un día, o incluso, una vida. Un buen recuerdo, eso sí está claro. Porque además detrás del teatro no están los bastidores en los que se maquillan los actores. Hay una historia. Shakespeare logra una vez más lo que consiguió con Hamlet: Usar el teatro para vernos en un espejo, para observar el reflejo de una cuerda locura, una gloria o una miseria.