La obra fue montada paralelamente por los actores de Teatro el Paso y por la compañía boliviana A LU-K Teatro, que asumió el reto de viajar hasta Pereira para que César los dirigiera. Hoy se presenta en La Textilería.

 

Por: Camilo Alzate

El tipo mira a los espectadores (o eso parece, que mira, que quiere echar al piso la cuarta pared) y le grita al que está en el extremo contrario del escenario:

–Es que hay gente huevona, hermano.

Hablan, como no, de teatro. De esos que se paran como marionetas ajenas para tratar de ser lo que no son, aunque sean lo que sí son tratando de no ser. Es que cuando uno no es nadie en la vida, puede ser lo que quiera. Por eso hablan de otro que trabajaba con ellos en el taller de lámina y pintura, uno que se volvió famoso, actor, director y dramaturgo de éxito, aunque no sale en la tele, hermano, pero dejó de lijar carros estrellados y ahora anda en una tremenda camioneta.

–Más huevones los que pagan– responde el otro.

“Lámina y pintura” es la última propuesta dramática de César Castaño, basada en sus experiencias juveniles como obrero en un taller de reparación de vehículos. César dice que la escribió una noche en la isla de San Andrés, casi de tirón, pensando en ese sentimiento que invadía a sus antiguos compañeros, esas ganas de escapar del taller, de huir del hueco como fuera. Dos personajes alternan cervezas y chanzas mientras comentan las miserias de aquella vida cotidiana que les tocó en suerte: ir al puteadero, emborracharse un día sí y al siguiente también, vivir mugrosos, iguales a piltrafas. En medio de eso cuentan chistes pornográficos, como buenos mecánicos, entierran compañeros y lijan la “lámina y pintura de esta ciudad” indolente donde son sólo eso, manchas sucias, errores, pedazos de desperdicio. Todo ello alterna con la aparición de una actriz secundaria que cumple roles circunstanciales, y de un músico, Jairito. Cuando canta tiene el mismo timbre de Los Solitarios de Cartago. “Ya no es lo mismo… Mujer, ya no es lo mismo”.

No es la primera vez que Castaño apela a las autoficciones como recurso dramático, pero sí es la primera que lo hace con tanta contundencia: desnuda su obsesión por el éxito y el fracaso, su visión del teatro como elemento redentor que lo salvó de acabar en un taller de mecánicos borrachos. La obra transcurre entre ruidos y estridencias, y se despliega entre luces una colección de imágenes que quieren perturbar al espectador, o cuando menos provocarlo. Hace rato puede decirse sin reparos que Castaño posee un estilo propio, su sello particular de personajes exagerados y parlamentos donde se alterna, a veces sin misericordia, el lenguaje procaz con los discursos de tintes trascendentales, filosóficos o poéticos. Esa manera suya de construir vestuarios y decorados a partir de colores reiterativos, esa geometría en la posición de los actores, de las cosas en escena, ese gusto por los objetos rodantes (o con ruedas) que se mueven entre los actores, esa precisión al acoplar la música en vivo con la violencia de las situaciones, esa capacidad de subir la tensión y estallarla en una carcajada. Hay que reconocerlo, es un gran creador de momentos dramáticos puntuales, que consiguen una vigorosa intensidad gracias a sus actores, casi siempre descomunales, casi siempre monstruos en escena, sin embargo, luego uno percibe que quedan perdidos por las tramas demasiado extendidas, la historia sepultada por diálogos etéreos y a veces incomprensibles. Al final da la sensación de una larga acumulación de escenas, de momentos, no un relato total.

La obra fue montada paralelamente por los actores de Teatro el Paso y por la compañía boliviana A LU-K Teatro, que asumió el reto de viajar hasta Pereira para que César los dirigiera. Con acento de Santa Cruz de la Sierra –cuentan– es la primera vez que un grupo de su ciudad viaja a otras latitudes con dicho propósito. La obra, muy pereirana, muy a pesar del sello y el tono de Castaño, toma así un cariz boliviano, de cambas y cholos, mostrando visos que quizá su director ni siquiera sospechaba: la deriva de los latinoamericanos por el mundo, la consabida miseria de nuestras ciudades, ese despecho alcohólico eterno que parece común a todos los Andes.

En últimas, lo dije al principio, el teatro está para tratar de ser lo que no se es. O para seguir siendo lo mismo.