Bolaño hizo del ejercicio literario la gran temática de su narrativa: literatura dentro de la literatura. Escritores fracasados y alucinados, como los de la literatura nazi en América, esa pléyade de hilarantes y patéticas biografías de escritores esquizoides y malogrados que Bolaño se inventa para divagar, recrear y reflexionar sobre el hecho literario, al cual consagró cabalmente toda su vida, aun a costa de su salud.

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Por: Jaime Flórez Meza

Cuando la correspondencia, simbiosis o imbricación entre la vida y la obra de un autor es férrea, ambas se vuelven indisociables: no se podría concebir ni entender la una sin la otra; la existencia individual termina siendo una obra de arte y lo que esa existencia inventa es una deliberada extensión constante y estética de un cuerpo en movimiento. Es lo que sostiene, por ejemplo, el filósofo francés Michel Onfray al hablar de lo que es una vida filosófica y citar los nombres de pensadores como Epicuro, Diógenes, Montaigne, Nietzsche, Foucault o Camus. Lo mismo se puede aplicar a determinados literatos de todos los tiempos, y por supuesto a distintos tipos de creadores. Cómo no podría haber sido una vida literaria la de Cervantes que padeció la prisión, la guerra, las deudas, la enfermedad, que aun en prisión escribía, que hasta el final de sus días lo hizo; o la de Baudelaire y sus dolorosas vicisitudes y enfermedades y su poesía desgarradora; o la de Rimbaud, que a los 20 años ya había escrito toda su obra poética; o la de César Vallejo, que empieza a escribir su vanguardista poemario Trilce en una cárcel peruana. Y esto sólo por mencionar unos pocos casos.
El escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003) es otro de esos escritores cuya vida misma fue apasionadamente literaria. Justamente a sus 15 años Bolaño ya vivía con su familia en la ciudad que sería escenario de algunas de sus novelas: México DF. Allí vivió de cerca el movimiento estudiantil de 1968 que fue aplastado tras la masacre de centenares de estudiantes en la plaza de Tlatelolco, días después de que el ejército ingresara ilegalmente en la UNAM, asunto que evocará en su novela Amuleto. El DF aparece delineado, recorrido y vivido, como el Dublín de Joyce, en Los detectives salvajes, su novela más conocida, con sus jóvenes poetas de cafetín y juergas interminables que querían innovar la poesía mexicana, y también con sus figuras canónicas, como la de Octavio Paz. Bolaño quería ser poeta y a ese propósito vital dedicó sus lecturas, sus esfuerzos y sus vivencias febriles de aquellos años. No concluyó su bachillerato. Leía, siempre leía, y escribía. Bolaño fue siempre un lector que escribía y no un escritor que leía, como clasifica a los escritores Rodrigo Fresán, escritor y periodista, amigo personal de Bolaño en sus años españoles, más concretamente catalanes.
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En 1973 Bolaño emprende un viaje mayormente por carretera desde México hasta Chile. Tenía la intención de quedarse en su país, al menos por un tiempo. A poco de estar en Santiago estalla el golpe de estado y algunos meses después es detenido, finalmente liberado y por obvias razones decide irse y se instala nuevamente en el DF. Es en esos años en que Cuba, el boom literario y la brutal caída del gobierno izquierdista de Allende habían puesto a Latinoamérica de moda en el mundo, que conoce al poeta mexicano Mario Santiago Papasquiaro (nombre artístico de José Alfredo Zendejas Pineda) que llegó a ser su mejor amigo. En 1975 fundan un movimiento poético marginal al que llamaron, precisamente, infrarrealismo. Eran irremediablemente contestatarios, estaban en contra de los poetas nacionales, como tantos jóvenes airados con ínfulas de poetas lo estaban en otros países latinoamericanos. Esa experiencia fundamental, en la que se vivía, leía y escribía con frenesí, en la que ambos se empeñaron en escribir y vivir poéticamente, quedó plasmada en Los detectives salvajes. Arturo Belano y Ulises Lima son, respectivamente, Bolaño y Santiago, los dos poetas que lideran el realismo visceral, el capítulo surrealista de la poesía mexicana o en todo caso el más radical, que se van lanza en ristre contra el panteón de la poesía mexicana, empezando por Paz, que buscan obsesivamente a Cesárea Tinajero, la supuesta precursora del realismo visceral, y en su camino frecuentan y conocen toda suerte de poetastros y otros individuos extraños que aparecen y desparecen en sus vidas: lúcidos, desquiciados, eruditos, ambiguos, risibles, a la deriva y otros que no pertenecen a ese delirante mundo intelectual pero entran en contacto con él.

La novela está escrita como una sucesión de diarios y testimonios de decenas de personajes que en su mayoría conocieron a Belano y Lima o supieron de ellos por otras fuentes. Un jovencísimo poeta, o aspirante a serlo, abre este relato descomunal que se inicia en 1975: García Madero, que acompañará a sus dos jefes poéticos en la búsqueda del fantasma de Cesárea Tinajero por el desierto de Sonora. La primera parte está contada desde su punto de vista. La segunda tiene numerosísimas voces y una que es constante, la de Amadeo Salvatierra, único personaje en esta parte que dice haber conocido a Cesárea y, por tanto, principal fuente para la búsqueda posterior. Paralelamente a la larga y bohemia conversación que Belano y Lima sostienen con él, los demás personajes evocarán a los dos fundadores del realismo visceral en su ausencia, pues ambos se han marchado a Europa, cada uno por su lado. Y eso fue, en efecto, lo que Bolaño y Santiago hicieron en vida (Santiago murió cinco años antes que Bolaño), abandonando a su suerte a los militantes de la aventura poética que fue el infrarrealismo, más poesía vivida que escrita dada la discontinuidad y brevedad del movimiento, aunque Santiago siempre estuvo dedicado al ejercicio poético y dejó mucha poesía escrita, bien sea maravillosa o pésima, según el escritor mexicano Juan Villoro.

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Bolaño (arriba, cuarto de izq. a der.), acompañado de algunos amigos infrarrealistas
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Los infrarrealistas  me recuerdan un poco a los miembros de la Generación Beat, como Neal Cassady, el gran amigo de Jack Kerouac cuya vida resultaba tan literariamente atractiva que fue personaje de dos de sus novelas y de las de otros autores, entre ellos Charles Bukowski, el maldito de la literatura estadounidense. Cassady estuvo tan ligado a las vidas de los escritores Beat, particularmente a las de Kerouac y Ginsberg, que fue considerado un miembro más de ese movimiento literario y contracultural estadounidense.

Bolaño no podía dejar de escribir una voluminosa novela (más de 600 páginas) sobre su poética vida infrarrealista, sobre ese viaje anárquicamente vitalista por tantas vidas y lugares que él y Santiago recorrieron. Incluso extrajo la narración de Auxilio Lacouture, una de las tantas voces que pueblan su relato, para desarrollarla como otra novela, Amuleto, en la que aquella se presenta como la madre de todos los jóvenes poetas mexicanos. Como dijera antes, Bolaño empezó escribiendo poesía y siempre quiso ser un poeta y en vida publicó algunos libros de poesía. Sin embargo, es por su narrativa que logró alcanzar un reconocimiento internacional de tal magnitud que ni él mismo se hubiera podido imaginar, comparable al de los escritores del boom latinoamericano. En sus propias palabras, sólo pretendía ser un escritor sudamericano más o menos decente que amaba Blanes, la ciudad catalana en la que vivió la mayor parte de su vida en España.

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Bolaño hizo del ejercicio literario la gran temática de su narrativa: literatura dentro de la literatura. Escritores fracasados y alucinados, como los de La literatura nazi en América, esa pléyade de hilarantes y patéticas biografías de escritores esquizoides y malogrados que Bolaño se inventa para divagar, recrear y reflexionar sobre el hecho literario, al cual consagró cabalmente toda su vida, aun a costa de su salud. Poco antes de morir, en julio de 2003, Bolaño entregó a su amigo y editor Jorge Herralde el manuscrito de un libro de cuentos, El gaucho insufrible, en el cual figura uno de los mejores que haya leído y disfrutado en toda mi vida, y que trata, justamente, del oficio literario: El viaje de Álvaro Rousselot. Éste es un escritor argentino de poca monta que ha descubierto que un cineasta francés está adaptando y dirigiendo inexplicablemente algunas de sus novelas, sin su consentimiento y sin el debido reconocimiento de los derechos autorales. Rousselot viaja a Francia en busca del enigmático director, pero no logra dilucidar el misterio o el secreto. Porque la narrativa de Bolaño es eso: abierta, inquietante, secrecional, hondamente irónica, inconclusa y, se me antoja, una escritura de lector, del lector voraz que el propio Bolaño fue, del lector que inventa y escribe con él cuando lo lee, que llena los vacíos y paréntesis implícitos, que imagina y juega con él. Digna de Borges y Cortázar, en quienes reconocía dos de sus principales influencias. Sí: una literatura de lector más que de autor, porque ya no es más la literatura comúnmente conocida sino otra que podríamos llamar expandida. Porque cuando se lo lee se sienten unas irrefrenables ganas de ponerse a escribir sin tregua. Porque logra transmitir una singular pasión literaria, un vivir para escribir que hace que su escritura sea inseparable de su vida, de la vida. En definitiva porque nos enseñó, como lo hicieron tantos que lo precedieron, que la escritura tiene que ser eso: un acto de soberana extensión y creación humana.
Antes de que llegara su fin, trabajaba en su épica y monumental novela 2666, dejándola obligadamente inconclusa y a sus lectores con la perenne tarea de continuarla, lo cual no le habría disgustado. Bolaño probablemente será recordado como el último gran escritor del segundo milenio y el primer grande del tercero.