ROSTROPÓVICH Y SU FALLIDO RECITAL EN COLOMBIA HACE 45 AÑOS

¿Por qué, entonces, uno de los grandes músicos del mundo no pudo tocar su único recital en Colombia, en el auditorio de la Universidad Nacional de Bogotá, y lo terminó realizando en una residencia para salvar su visita?

 

Por / Jaime Flórez Meza

Era el más grande violonchelista del mundo. Había sido alumno de Shostakóvich y Prokófiev, dos de los compositores rusos más importantes de la historia; trabajó con ambos y era uno de los mejores intérpretes de sus obras. Había recibido las mayores distinciones que un artista soviético podía recibir, como el Premio Lenin y su nombramiento como Artista del Pueblo de la URSS.

Era capaz de tocar sin partitura el Concierto No. 1 para chelo de Shostakóvich, compuesto especialmente para él. Debido a su alabado virtuosismo, otros grandes compositores habían escrito para Rostropóvich, entre ellos Messiaen, Britten, Bernstein, Boulez, Ginastera y Penderecki.

Era director de orquesta, de hecho había dirigido la Orquesta de la Ópera del Teatro Bolshói. ¿Por qué, entonces, uno de los grandes músicos del mundo no pudo tocar su único recital en Colombia, en el auditorio de la Universidad Nacional de Bogotá, y lo terminó realizando en una residencia para salvar su visita?

Rostropóvich en 1950. Foto / Moissej Nappelbaum

 

Nacido en 1927 en Bakú, Azerbaiyán, Mstislav Rostropóvich, cuyo diminutivo era Slava, empezó a viajar por el mundo en 1955, cuando el gobierno soviético empezó a permitir las giras de sus más destacados artistas por fuera de sus fronteras y de las de los países de Europa del Este. Los músicos, compositores, críticos y espectadores de música clásica de Occidente se rindieron ante su talento.

Sin embargo, el apoyo del régimen comenzaría a mermar a partir de su amistad con el escritor disidente Alexandr Solzhenitsyn, que vivía en una situación muy precaria después de todas las batallas que había librado a favor de la libertad de expresión.

El autor de Un día en la vida de Iván Desinovich y Archipiélago Gulag, entre otras grandes obras, había pasado siete años en campos de trabajos forzados o gulags después de la Segunda Guerra Mundial –en la que fue alistado y combatió en el ejército soviético–, tras expresar algunas opiniones contrarias al régimen de Stalin en su correspondencia con un amigo.

Su condena debía continuar con un destierro perpetuo que se inició en Uzbequistán, en el Asia central soviética, donde recibió tratamiento por un cáncer que padecía. Bajo el liderazgo de Nikita Kruschev, sucesor de Stalin (muerto en 1953), el escritor –que era matemático de profesión– fue rehabilitado en 1956.

Durante los años siguientes gozó de cierta libertad gracias a las políticas liberalizadoras que implementó Kruschev, lo que le permitió dedicarse a la literatura, que había empezado a cultivar en sus años de destierro.  Luego de la salida del poder de Kruschev, depuesto en 1964, las nuevas autoridades encabezadas por Leonid Brezhnev dieron marcha atrás a las políticas de liberalización.

Una de las personalidades intelectuales que sería puesta bajo presión y vigilancia sería Solzhenitsyn. El asedio aumentaba año tras año, de tal manera que cuando Rostropóvich conoció personalmente al escritor –que había acudido a un recital del chelista en Kazán–, éste luchaba a brazo partido contra la KGB, que quería apoderarse de su archivo y sus manuscritos.

Rostropóvich y Solzhenitsyn en 1969. Fuente / Solzhenitsyn Center

La amistad entre el músico y el escritor se hizo fuerte. Indignado por la pobreza a la que habían sido reducidos Solzhenitsyn y su esposa, y por la enfermedad que el aquél sufría (ciática) en un ambiente húmedo y helado, decidió llevarlos a pasar el invierno de 1968-69 en su casa. Ahí empezaron los problemas para el músico con el régimen.

En 1970 la academia sueca otorgó el premio Nobel de Literatura a Solzhenitsyn, en un gesto claramente simbólico y político puesto que la trayectoria de éste no tenía aún la suficiente extensión y solidez. El régimen agudizó, entonces, los ataques contra el escritor, impidiéndole acudir a Estocolmo a recibir la distinción.

Esta vez Rostropóvich no pudo guardar silencio y redactó una carta abierta en defensa de su amigo. Su esposa, la soprano Galina Vishnevskaya, con quien se casó en 1955, trató de disuadirlo de enviarla a los principales diarios, pero Rostropóvich sí lo hizo.

Por supuesto, la carta no fue publicada y las represalias del régimen no tardaron en llegar: cancelaron sus giras al exterior, disminuyeron significativamente sus conciertos con las más importantes orquestas de la URSS y fue relegado a dar esporádicos recitales en regiones de provincia como Siberia y en condiciones humillantes. Su carta abierta, sin embargo, se conocería en Occidente. En ella decía, entre otras cuestiones, lo siguiente:


¿Quién concibió la ‘opinión’ de que Solzhenitsyn debía ser expulsado del sindicato de escritores? No he podido averiguarlo, aunque me interesa mucho. […] Es evidente que, esa OPINIÓN ha impedido a mis compatriotas ver el filme de Tarkovsky Andrei Rublev, que fue vendido al exterior y que tuve la fortuna de ver, junto con los embelesados parisienses. Fue evidentemente, la OPINIÓN la que impidió la publicación de Pabellón de cancerosos de Solzhenitsyn, que ya había sido impreso en Novy Mir. […] ¿por qué es que, en lo que respecta al arte y literatura, la palabra decisiva la emiten personas que nada tienen que ver con esas disciplinas? ¿Por qué se les otorga el derecho de desacreditar nuestro arte ante la opinión pública? […] Toda persona debería tener el derecho de expresar sus puntos de vista sin temor y con independencia, acerca de aquello que conoce, sobre lo que ha pensado y analizado; y no ofrecer débiles variantes de una OPINIÓN que le es impuesta. Nuestro deber es el de discutir libremente, sin insinuaciones ni rechazos. […] Los talentos que constituyen el orgullo de nuestra nación no deben estar sujetos a preconceptos. Conozco muchas de las obras de Solzhenitsyn. Me agradan y pienso que, a través del sufrimiento, se ha ganado el derecho de expresar por escrito su visión de la realidad.[i]


Solzhenitsyn, en efecto, estaba proscrito de la Unión de Escritores Soviéticos desde 1969 y continuaba su lucha contra la represión y censura de las que era objeto y seguía viviendo, junto a su esposa, en casa de Rostropóvich. En 1973, burlando las fronteras, una copia de su libro de ensayo-reportaje Archipiélago Gulag llegó a París, donde se publicó su primera edición (en ruso) y primer volumen de los tres que lo compondrían. A partir de entonces se tradujo a numerosas lenguas.

La ira de las autoridades soviéticas cayó sobre el escritor, que fue acusado de traición, expulsado a la República Federal Alemana en febrero de 1974 y despojado de su nacionalidad, lo mismo que su esposa. Se trasladó posteriormente a Suiza y desde 1976 continuó su exilio con su esposa y sus hijos en los EE.UU.

El chelista con su esposa, la cantante de ópera Galina Vishnevskaya, y sus hijas en Moscú      Fuente / Sholómovich/RIA Novosti

En vista de la creciente animadversión que sufrían, Rostropóvich y su esposa dirigieron una carta al secretario general Brezhnev solicitando una dispensa de dos años para residir en el extranjero con su familia y poder cumplir con una serie de compromisos profesionales. Se dice que el senador demócrata Edward Kennedy intercedió ante el gobierno soviético para que el permiso fuera concedido.[ii]

Brezhnev accedió y en la primavera de 1974, semanas después de la partida de Solzhenitsyn, el chelista tomó un vuelo con destino a Londres. A los pocos días lo siguieron su esposa y sus dos hijas. Así es que cuando Rostropóvich, acompañado del pianista Samuel Sanders, arribó a Bogotá el 3 de abril de 1975 con el fin de dar su único concierto al día siguiente, se encontraba bajo aquella dispensa que suponía un acuerdo de fidelidad al Estado soviético.

Pero su público apoyo y amistad con Solzhenitsyn (acaso quien mejor encarnaba en ese momento la disidencia intelectual al régimen comunista), lo hacían aparecer ante los defensores del comunismo soviético más como un disidente que como un artista leal al mismo.

Esta es una de las hipótesis, según la cual fueron unos estudiantes comunistas de la Universidad Nacional de Bogotá los autores del sabotaje a su recital, toda vez que este debía realizarse en el nuevo y flamante Auditorio Central, inaugurado en 1973, y que aún no recibía el nombre de Auditorio León de Greiff, pues sería rebautizado así después de la muerte del poeta, que acaecería en julio de 1976.

 

Variaciones sobre un des-concierto

Esta histórica presentación iba a ser posible gracias a los buenos oficios de la Fundación Arte de la Música, que dirigía Teresa Morales de Gómez, esposa de Fernando Gómez Agudelo (pionero de la televisión en Colombia), creada por un grupo de melómanos para promover la música clásica en el país.

Traer al mayor chelista del mundo era cosa de por sí difícil debido a sus incontables compromisos artísticos. La elección del auditorio era acertada pues se trataba de uno de los mejores del país y había ganado el Premio Nacional de Arquitectura de 1973. El costo de la entrada era realmente irrisorio tratándose de un artista de la talla de Rostropóvich: 50 pesos la entrada general y 5 la de estudiantes.

Como recordaba la señora Morales, el equivalente de la entrada en dólares en ese momento era “¡solo 50 centavos de dólar! ¿Cuándo se había visto algo así?”.[iii] Pero ni esto ni la grandeza de la música y de su intérprete detuvieron a los autores del saboteo. Pocas horas antes del inicio del recital (previsto para las 6 p.m.), cuando el auditorio ya estaba abierto y hasta el tope de público, hicieron explotar una granada anti-motín, de fabricación estadounidense, como consta en un documento de la Universidad Nacional y en otro de la Universidad Autónoma de Bucaramanga.[iv]

Eso bastó para que el auditorio fuera desocupado de inmediato y el recital cancelado. El músico se ofreció, incluso, a dar su recital al aire libre, pero esa tarde llovía mucho en Bogotá.[v]

En una entrevista que el periodista Bernardo Hoyos hiciera a Gómez Agudelo en 1980, se puede oír una grabación con la voz de Rostropóvich, que lee en castellano un breve comunicado en el que manifiesta su complacencia de estar en Bogotá tanto como su tristeza de no poder tocar para el público (que sobrepasaba las 1500 personas que se esperaban); no obstante, promete que el año entrante (1976) volverá a la ciudad, en medio de su muy apretada agenda, y realizará un concierto gratuito para los estudiantes.[vi]

No volvería nunca más, pero el recital de aquel viernes 4 de abril sí se realizaría, aunque de una manera atípica y ante una audiencia diez veces menor.

En medio de la frustración, tanto del músico como del público y sus organizadores, a la esposa de Gómez Agudelo se le ocurrió ofrecer el recital en su propia residencia, con todos los espectadores que pudieran reunirse en ella. Rostropóvich, acostumbrado ya a estos avatares, aceptó.

Unas ciento cincuenta personas se congregaron en la casa de la familia Gómez Agudelo para ver tocar al más grande chelista del siglo XX. Además de interpretar el programa completo de su recital con el pianista Samuel Sanders (que incluía suites para violonchelo de Bach y Messiaen), después de una pausa tocó otras obras, incluso al piano, hablando del porqué de cada una de ellas en ese momento. Fue un recital muy íntimo y emotivo, como recordaba Fernando Gómez Agudelo en la citada entrevista.

Y uno no sabe si lamentar que por las circunstancias en que se desarrolló y por el inmenso respeto que sentía hacia el artista, Gómez Agudelo no registrara en audio y para la posteridad un evento histórico que tenía lugar en su propia casa. Rostropóvich siempre guardó buenos recuerdos de aquella velada, como se lo hiciera saber, en distintas ocasiones, tanto a Gómez Agudelo y su esposa como al periodista Bernardo Hoyos.[vii]

Probablemente los medios impresos en Colombia se concentraran más en el hecho del sabotaje al recital en la Universidad Nacional que en su presentación inusual, como se puede inferir por los titulares de los días siguientes: “Suspendido concierto de Rostropovich, por bombas”, “Bombas lacrimógenas obligaron a cancelar recital de Rostropovich”, “Saboteo a Rostropovich”, “Subdesarrollo cultural”, “El saboteo a Rostropovich”, “Apogeo de la barbarie”, “Granada Antimotín de E. U. en sabotaje a Rostropovich”, “De las FF. AA. la granada que estalló en recital de Rostropovich, dice la U.N.”.[viii]

Este último da una importante información: que la granada provenía de las mismas Fuerzas Armadas del país, como se corroborará más adelante. Terminó siendo un concierto privado, en el cual sus asistentes se acomodaron como pudieron en aquel espacio improvisado en una residencia bogotana; pero fue la única forma de conseguir que el gran Slava tocara en la ciudad.    A cuarentaicinco años del boicoteado recital en la Nacional, en apariencia sigue siendo confusa la información sobre cómo sucedieron realmente las cosas: exactamente cuántos artefactos estallaron (sendos artículos del diario El Tiempo y la revista Semana[ix] , y dos de los que se citan en el párrafo anterior, sugieren que, al menos, más de uno) y quiénes fueron sus perpetradores y sus motivaciones: mientras unos toman partido por la hipótesis de un sabotaje proveniente de un sector de la izquierda estudiantil, otros consideran que no fue así, que la acción no era contra el músico y su actitud política sino contra la misma Universidad Nacional de Bogotá y su presunta militancia pro-soviética en cabeza de su rector, exteriorizada en ese momento con la presentación de un artista soviético, siendo la autoría del hecho, probablemente, de algún sector de derecha.

Defensores del primer supuesto son, por ejemplo, el historiador Renán Silva, quien sostiene que detrás del sabotaje estaba la Juventud Comunista, adscrita al Partido Comunista Colombiano:

Aleccionados por los miembros de la Juventud Comunista y víctimas de la desinformación, la ignorancia y el sectarismo, unos estudiantes de la Universidad Nacional —muchos de ellos con el rostro cubierto— aparecieron minutos antes del concierto de Rostrópovich en el Auditorio León de Greiff y, armados de palos, piedras y bombas, expulsaron a los asistentes.[x]

Este argumento es desmentido por el abogado Laureano Gómez Serrano, uno de los asistentes al malogrado recital, tras confrontar sus recuerdos con Hjalmar de Greiff, hijo del poeta León de Greiff y a la sazón director de Divulgación Cultural de la Universidad Nacional; y con otro asistente al evento, el profesor David Feferbaum Gutfraim. Afirma, pues, Gómez Serrano:

Ningún estudiante de la Universidad Nacional, ese día, estaba armado de palos, piedras y bombas. Tampoco había estudiantes “con el rostro cubierto” expulsando a los asistentes al espectáculo. Es cierto que […] hubo “tumulto” en la entrada del auditorio, motivado por el agotamiento de las entradas y el reclamo exagerado –como lastimosamente suele suceder en muchos eventos que aglutinan masas– de gran cantidad de estudiantes que deseaban escuchar al chelista soviético. Como resultado, después de la rotura de algunos vidrios de las puertas, quienes no tenían boleta, entraron al auditorio y tomaron asiento en las graderías de los pasillos. Entonces el tumulto no fue producido por el “repudio” de la comunidad estudiantil a Rostropóvich.[xi]

Por otro lado, Gómez Serrano asevera que ya se había superado entre el estudiantado de la Nacional aquel prejuicio ideológico de que la música clásica era “música para la burguesía”, fundamentalmente por la meritoria labor de difusión que realizaba el musicólogo Hjalmar de Greiff.

Se logró consolidar un público estudiantil afecto a la música clásica, que todos los jueves acudía al auditorio por la módica suma de cinco pesos, y aún sin pagar, pues cuando se carecía de recursos, se podía entrar a escuchar los conciertos mostrando el carné de estudiante. De Greiff hizo una labor muy importante en aquella época para crear conciencia de que la música clásica no podía seguir siendo considerada como “música para la burguesía”.[xii]

Auditorio León de Greiff, único escenario en el que no pudo tocar Rostropóvich. Fuente / Cívico

Otro dato importante que aporta Gómez Serrano es que solo hubo un artefacto que estalló aquella tarde y no varios, mientras un auditorio abarrotado esperaba la hora de inicio del anhelado recital. “Contrario a lo que comenta el profesor Silva, recordamos que los asistentes fueron expulsados por los efectos de una bomba de gas lacrimógeno que lanzaron desconocidos al interior del auditorio. Así lo precisó el musicólogo HJALMAR DE GREIFF, a quien un celador le entregó el casquete del artefacto, en donde se leía, claramente, MADE IN USA”.[xiii]

Pero había algo más: el entonces rector de la Universidad Nacional de Bogotá, Luis Carlos Pérez, ordenó una investigación exhaustiva para determinar las características y origen del artefacto explosivo, mediante una comisión de expertos en criminalística y química de la propia universidad “en coordinación con organismos estatales […]. En lo que puedo recordar, penosamente, dicha comisión dictaminó que esa clase de elementos sólo eran poseídos por los cuerpos de seguridad del Estado”,[xiv] concluye Gómez Serrano.

Esta evidencia es lo que da pie a la hipótesis de un sabotaje por parte de algún sector presumiblemente de derecha, que tenía los medios para conseguir un artefacto como ese y desviar la atención de la opinión pública hacia un sector político y social (la izquierda universitaria) que no era de su agrado, como responsable de un acto de intolerancia y barbarie.

El rector Pérez era calificado, también según Gómez Serrano, como un “rector marxista” y “prosoviético” por “los medios de información simpatizantes de la llamada ‘derecha’ colombiana”.[xv]

Pero lo cierto es que si hubiese sido un intelectual “prosoviético”, probablemente no habría dado su consentimiento para que un músico soviético que apoyaba la disidencia de un escritor como Solzhenitsyn se presentara en el auditorio de la universidad que presidía.

Y aunque finalmente ningún grupo se atribuyera la autoría del sabotaje, la hipótesis de Silva de la Juventud Comunista no es creíble porque si bien “varios militantes y simpatizantes de dicho sector político de ‘izquierda’, se hallaban presentes en el auditorio para escuchar el concierto […] es necesario precisar que si por algo se caracterizaban los afectos al Partido Comunista y sus juventudes […] en esa época, era por su nula participación en tumultos y tropeles”.[xvi] Sería este otro caso en el que, por cuestiones ideológicas, se falsea una historia para ensombrecer la imagen de alguna minoría social.

Para apoyar aún más su hipótesis del nulo involucramiento de la izquierda estudiantil en el hecho, Gómez Serrano asegura que si se examina la correlación de fuerzas en el movimiento estudiantil de izquierda, en la década de los setentas, en Colombia, se podrá observar que el sector adepto a la Juventud Comunista o a los dirigentes de la Unión Soviética, como Leonid Brezhnev, no sólo era minoritaria, sino que carecía de capacidad de convocatoria, y era repudiada por la mayoría, que se alineaba con los dirigentes de la revolución china o, incluso, con los postulados de León Trotski.[xvii]

En la entrevista con Bernardo Hoyos, Fernando Gómez Agudelo solo se limita a decir que el concierto no pudo realizarse en la Universidad Nacional por “razones políticas y extra musicales”.[xviii] Sin duda fue así, aunque no establezca ninguna responsabilidad.

Pero Gómez Serrano agrega que para el mismo Rostropóvich “el agravio no provenía de la comunidad universitaria”[xix] y que estaba dispuesto a tocar en el auditorio, pese a todo: “sin embargo, el músico Carlos Villa, en procura de la seguridad del artista, dado que no se conocía el origen del sabotaje, lo disuadió; por ello el chelista Rostropóvich y el pianista Sanders se dirigieron a la casa de Fernando Gómez Agudelo para una presentación privada”.[xx]

 

Después de la tempestad

Transcurridos los dos años de licencia concedidos por Brezhnev, Rostropóvich siguió con su inagotable trabajo en Occidente, tanto como solista y como director de orquesta, desplazándose con un pasaporte de Mónaco y otro de Suiza. Se hizo evidente que no volvería a la Unión Soviética, al menos mientras Brezhnev estuviera en el poder. Finalmente se estableció en EE.UU, donde en 1977 fue nombrado director de la Orquesta Sinfónica Nacional de Washington. Al año siguiente, él y su esposa fueron privados de la nacionalidad soviética por el Comité Central del Partido Comunista de la URSS, bajo el argumento de “actividades sistemáticas para desprestigiar el Estado soviético”.[xxi]

Rostropóvich nunca perdió la fe en que las reformas llegarían algún día a su nación. Pero los sucesores de Brezhnev, que murió en 1982, no las hicieron y solo fue con la llegada al poder de Mijaíl Gorbachov, en 1985, que se dio inicio a un período de reformas que terminó con la disolución de la Unión Soviética en 1992.

El 11 de noviembre de 1989, dos días después de iniciarse la caída del Muro de Berlín, Rostropóvich tocó delante de sus ruinas la Suite No. 2 para violonchelo de Johann Sebastian Bach, como un gesto de respaldo a los países de Europa del Este en su proceso de apertura política a Occidente.

Rostropóvich tocando durante la caída del Muro de Berlín, en noviembre de 1989. Fuente / Gramho

En 1990, tras dieciséis años de ausencia, Rostropóvich realizó una gira por la todavía vigente Unión Soviética como director y solista de la Orquesta Sinfónica Nacional de Washington. Recibió una calurosa bienvenida del gobierno y de su pueblo. Gorbachov le devolvió a él y a su esposa la nacionalidad.

El año siguiente, cuando hubo un intento de golpe de estado, Rostropóvich viajó de inmediato a Moscú para apoyar el gobierno de Gorbachov y del presidente de la República Rusa, Boris Yeltsin.

Extinta la Unión Soviética, Rostropóvich y su esposa decidieron volver. El músico dejó su cargo al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional de Washington, que había dirigido durante diecisiete años, y se estableció nuevamente en Moscú en 1994. Solo la enfermedad interrumpió su gloriosa carrera que lo convirtió en uno de los más grandes violonchelistas de la historia. A los 80 años, el 27 de abril de 2007, murió en Moscú a consecuencia de un cáncer intestinal.

Solzhenitsyn también retornó a Rusia después de veinte años de exilio. Su experiencia de vida en EE.UU fue muy productiva desde el punto de vista literario; pero nunca se adaptó al estilo de vida occidental, de hecho no soportaba “el individualismo a ultranza que prevalece en Occidente, tal vez porque no es ciertamente una afirmación de la libertad, sino su radical negación”.[xxii] Murió el 3 de agosto de 2008 en Moscú, a los 89 años, por una insuficiencia cardíaca.

Rostropóvich y Solzhenitsyn en 1998 Fuente / RIA Novosti archive

Fernando Gómez Agudelo (1931-1993), además de haber desarrollado una televisión tanto cultural como comercial en Colombia, era un melómano que sabía tocar el piano. Su encuentro y amistad con Rostropóvich fue una de las más gratas experiencias de vida. En una ocasión, el chelista lo invitó a él y a su esposa a un concierto en Nueva York, en el Lincoln Center, en el que interpretaría el Concierto de Schumann para chelo bajo la dirección de Leonard Bernstein. Según Gómez Agudelo Rostropóvich recibió aquella vez una ovación de quince minutos. En su opinión, el gran chelista poseía la cualidad más respetable que podía poseer un ser humano en estos tiempos: la modestia.[xxiii]

Bernardo Hoyos (1934-2012) fue uno de los decanos del periodismo cultural en Colombia –era un erudito musical, literario y cinematográfico– y amigo de Gómez Agudelo. Conoció personalmente a Rostropóvich, aunque no aquella vez de 1975, pues por aquel tiempo vivía y trabajaba en Londres, y fue allá donde se enteró del inaudito recital en casa de su amigo por una nota publicada en la revista alemana Stern. En uno de sus varios encuentros con el chelista, este le dijo que “tenía un agradecimiento especial a nuestro país y le envió saludos a Fernando Gómez..[xxiv]

Laureano Gómez Serrano (1950-2011) estudió Derecho en la Universidad Nacional de Bogotá, de donde fue expulsado por su activismo estudiantil, siendo finalmente reintegrado tras interponer un recurso ante el Consejo de Estado. Todo parece indicar que no asistió al recital privado de Rostropóvich. Fue un brillante juez, litigante, catedrático, autor de obras jurídicas y autoridad nacional en Derecho Constitucional.

 

Notas

[i] “Carta abierta de Mstislav Rostropóvich en defensa de Alexander Solzhenitsin”, Fogonero Emergente, http://jorgealbertoaguiar.blogspot.com/2008/08/carta-abierta-de-mstislav-rostropovich.html.

[ii] Cfr. Emilio Sanmiguel, “El chelista de la resistencia”, Semana, 5 de mayo de 2007, https://www. semana.com/cultura/articulo/el-chelista-resistencia/85329-3.

[iii] Teresa Morales viuda de Gómez, en Kesmira Zahur Latorre, “En Bogotá tocó el famoso chelista ruso Mstislav Rostropovich, fallecido el viernes pasado”, El Tiempo, 30 de abril de 2007, https://www.eltiempo.com/archivo /documento/CMS-3536123.

[iv] Cfr. “Edificio 104 – Auditorio León de Greiff”, Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá, 2015, p. 12, http://contratacion.bogota.unal.edu.co/documentos/CON-BOG-003-2019/pdf/CON-BOG-003-2019-ANEXO %2003%20-%20Memoria%20descriptiva%20de%20intervenci%C3%B3n%20(1).pdf; y Laureano Gómez Serrano, “Rostropovich y el concierto en el León de Greiff”, Temas Socio-Jurídicos, Unab, agosto de 2007, p.147, https://revistas.unab.edu.co/index.php/sociojuridico/article/download/1002/975/.

[v] Kesmira Zahur Latorre, op. cit.

[vi] “Bernardo Hoyos entrevista a Fernando Gómez Agudelo”, Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, https://www.utadeo.edu.co/es/multimedia/emisora-hjut/40076/fernando-gomez-agudelo-entrevista-bernardo-hoyos.

[vii] Ibíd.

[viii] Universidad Nacional de Colombia, op. cit., p. 13.

[ix] Según Kesmira Zahur Latorre, “algunas bombas lacrimógenas fueron el primer anuncio de que el recital iba a ser boicoteado. Luego, vinieron otras de tinta, innecesarias porque el recinto se desocupó tan pronto estallaron las primeras”, op. cit. Según Emilio Sanmiguel, “unas bombas advirtieron lo riesgoso de su presentación”, op. cit.

[x] Renán Silva, “En la muerte de Rostrópovich”, El malpensante, https://elmalpensante.com/articulo/ 263/en_la_muerte_de_rostropovich.

[xi] Leonardo Gómez Serrano, op. cit., p. 146-147.

[xii] Ibíd., p. 148.

[xiii] Ibíd., p. 147.

[xiv] Ibíd., p. 147.

[xv] Ibíd., p. 147.

[xvi] Ibíd., p. 148.

[xvii] Ibíd., p. 148.

[xviii] Fernando Gómez Agudelo, op. cit.

[xix] Leonardo Gómez Serrano, op. cit., p. 147.

[xx] Ibíd., p. 147.

[xxi] Emilio Sanmiguel, op. cit.

[xxii] Julián Meza, “Archipiélago Solzhenitsyn”, Letras libres, 30 de septiembre de 2008, https://www.letraslibres. com/mexico/alexander-solzhenitsyn

[xxiii] Julián Meza, “Archipiélago Solzhenitsyn”, Letras libres, 30 de septiembre de 2008, https://www.letraslibres. com/mexico/alexander-solzhenitsyn

[xxiv] Fernando Gómez Agudelo, op. cit.

[xxv] Bernardo Hoyos, en Kesmira Zahur Latorre, op. cit.