Los escritores del siglo pasado expresaron muchas de sus ideas filosóficas, psicológicas o políticas por medio de novelas, obras de teatro, radio, etc. Bertrand Russell, “Bertie”, compone una novela corta que constituye un misterio, pues ni tiene influencia atea, ni filosófica, sino que su enfoque es diferente a todo lo demás que se conocía del autor.

 

Por: Diego Firmiano

“el carácter de un hombre es su destino”

Heráclito

Al mencionar el nombre de Bertrand Russell (1872-1970), ya se puede imaginar uno a un premio Nobel, un matemático, un antibélico, un viejito que parece haberlo pensado todo y dicho todo. Se llega a pensar en esos mastodónticos libros de filosofía, los intrincados trabajos matemáticos, los lúcidos ensayos, su amistad con Ludwig Wittgenstein, sus cuatro matrimonios y un cameo en una película india en 1967.

Sin embargo, la faceta del Bertrand Russell escritor de novelas es desconocida para muchos, casi una rareza, si se tiene en cuenta que su estilo en otros trabajos fue más técnico, casi que hierático. Aunque, a decir verdad, su estilo narrativo fue bien pagado, fuese redactando artículos periódicos o notas de revistas, donde abarcaba temas como (creíble o no) el uso del lápiz labial, modales para turistas, cómo elegir cigarrillos o el maltrato familiar.

Así es que, sin ninguna pretensión y siendo ya un octogenario, escribe en 1964 la novela corta Satan in the suburbs (Satán en los suburbios) una obra literaria de seis capítulos perfectamente hilados por una voz en primera persona, cuya introducción, nudo y especialmente el desenlace nos parecerá demasiado precoz además de sorprendente.

El doctor Murdock Mallako, un anciano que llega al barrio londinense de Mortlake instala un consultorio con una placa que dice: “Aquí se fabrican horrores”. Este enigmático doctor, narrador de historias, y que promete proporcionar a sus clientes nuevas emociones y nuevas excitaciones de tal magnitud que transformarán sus vidas por completo es el curioso personaje sobre el que gira la novela Satán en los suburbios del filósofo Bertrand Russell, personaje que no es nada más que la representación del subconsciente freudiano, si se tiene en cuenta que lo que este hace con sus clientes es incentivar los sueños y anhelos más profundos de cada uno y sugestionarlos a la acción.

¿Pero qué clase de horrores fabrica este doctor? Russell no duda en presentar una obra maestra de la psicología, un trabajo literario limpio que corrobora la teoría del conocimiento epicúrea de la Phantastikè epibolè tes dianoías o la proyección imaginativa del pensamiento. Sueños y anhelos en suspenso que solo necesitan como el péndulo, un empujón para moverse.  El doctor no posee otra técnica -siguiendo la línea de Epicuro- que la de la prolepsis, de creador de imágenes mentales basado en otras experiencias análogas. Así es que lo que prometía ser un cielo para los vecinos de Mortlake, resulta ser un infierno literalmente. En la búsqueda de esa felicidad prometida, encuentra una oscura panacea. 

Este libro no debe tomarse a la ligera, ya que se ha alegado que la obra es una incursión en el satanismo o un drama irónico al mejor estilo de las obras de Agatha Christie o las tramas de Alfred Hitchcock, Sin embargo, si se lee sin los lentes del prejuicio se encontrará una literatura con profundidad psicológica derivada de un tema limpio, conseguidos por medio de diálogos claros y secuencias bien elaboradas.

Aunque también -huelga expresarlo- esta corta novela constituye una ironía, ya que Russell consideraba que toda solución del hombre -fuese esta espiritual o material- estribaba en la lógica, la razón y la moderación, y en esta obra fruto de sus narrativa, se refleja el comportamiento supersticioso de las personas rayano en lo religioso, sin que el final proporcione una sugestiva vida enfocada en lo racional.

¿Por qué estas personas obedecen a una voz extraña y no al propio daimonion o razón? ¿Acaso la felicidad no es una eudaimonia? Esta novela es la expresión o deseo del autor de que las personas alcancen a ser gobernadas por la razón, al margen de cualquier otra voz sugestiva o emotiva, aunque él mismo en vida fue ese Murdock Mallako que le decía a la gente qué debía pensar o hacer, como si su palabra fuera un evangelio intelectual digno de ser escuchado y creído. 

@DFirmiano