Seamos clientelistas II

¿cómo se las ha visto el “marxismo posmoderno” con estas contradicciones? Como era previsible que lo hiciera: entendiendo que la globalización de la cultura de masas es irrefrenable y que, en lugar de asumir frente a ella una postura intelectualista y soberbia, habría que zambullirse en ese pantano maloliente y acometer desde allí el ejercicio de la reflexión pública y el pensamiento crítico.

Por César David Salazar Jiménez

Fotos de pixabay

 

Esquemas conceptuales

Ahora bien, hilvanemos esto con lo que nos compete: ¿qué pueden aportarle, en este sentido, los discursos postpolíticos a esos colombianos biempensantes y eurocentristas?, ¿qué podría surgir de ese encuentro (que, admitámoslo, es también potencialmente desastroso)? En primer lugar me parece que estaría la idea de que los problemas de un país ─esto es, de un territorio pegado con babas, que ata la suerte de millones de personas entre sí mediante el cobro de tributos y el monopolio del uso de la fuerza, o la falta de él─ no pueden hallar soluciones posibles dentro del esquema conceptual de eso que llamamos “Estado” o “democracia”, así nos corresponda defender estas instituciones como garantía única e ideal (imposible, utópica) de equidad en el derecho; es decir, que ningún “problema nacional” tiene solución desde ningún aparato institucional, puesto que el andamiaje de lo público hace rato que fue raptado por los intereses del mercado ─o del capital, si se quiere─, que en absoluto es un club de texanos petroleros riendo desde la oscuridad, sino un complejo entramado global de interdependencias que sólo podrá minarse a través de gestos localizados, de pequeñas pero sistemáticas gestas piratas.

Habría que pensar, entonces, que ese “clientelismo endémico” al que achacamos tantas desgracias es, en todo caso, un universal antropológico (según lo plantean los investigadores sociales que han abordado comparativamente este fenómeno a nivel internacional), y que las consecuencias indeseadas que la institución del clientelismo puede provocar no serán contrarrestadas desde las instancias inofensivas y domesticadas de la legislación ni de las políticas públicas; primero, porque es virtualmente imposible desmontar de un tajo el engranaje bien aceitado del lobby privado, que ordena desde hace décadas la lógica de la administración de lo público, y, segundo, porque nuestra historia nos enseña que de buenas intenciones en el papel y de moralinas insulsas está hecho este proyecto fracasado que llamamos Colombia.

 

Subversión y cultura de masas

Pero hay todavía otra lección que, frente cuestiones como la del clientelismo, el colombiano biempensante podría extraer del mundillo del activismo postpolítico, si bien se trata, en cierto sentido, de una lección peligrosa, pues no siempre se expresa claramente y a veces, en cambio, sólo se insinúa mediante las formas mismas en que se nos presentan estos discursos. Dicha lección se puede resumir fácilmente: al sistema hay que atacarlo con sus propias armas, porque las que usualmente identificamos como formas de lucha contestataria han sido también dispuestas por ese mismo sistema y se trata, sin duda, de trampas para revolucionarios miopes, incautos; ser subversivo consiste en alterar los valores establecidos valiéndose, precisamente, de los símbolos y bienes que expresan esos mismos valores.

Valga un ejemplo aquí, antes de que esto se confunda con una provocación violenta o un llamado al vandalismo anárquico: revisemos rápidamente esa relación contradictoria, ambigua y ─digámoslo─ ciertamente hipócrita que, durante los últimos cien años, desde la Revolución de Octubre hasta nuestros días, ha tenido el marxismo con la llamada cultura de masas o industria cultural, tal como la denominaba el gran Theodor Adorno: pensemos, por ejemplo, en el mismísimo Adorno, y en su compadre Max Horkheimer, dos de las mentes más preclaras del materialismo dialéctico, en cómo avizoraban un cierto empobrecimiento espiritual y cultural producto de la expansión del entretenimiento de masas y, aún más, en cómo intuían que esa industria podía convertirse en un instrumento de dominación y adoctrinamiento para los intereses privados y los regímenes fascistas (los verdaderos regímenes fascistas, quiero decir, porque luego ahora a cualquier cosa se le llama de ese modo). Pensemos en ello y luego recordemos que, al mismo tiempo que Adorno y Horkheimer planteaban estas cuestiones en Alemania (y luego en el exilio), la propaganda masiva soviética y china, y posteriormente la de los experimentos socialistas de la Europa oriental, promulgaban y exageraban el éxito de las revoluciones obreras y la “dictadura del proletariado”, así como la necesidad de defenderlas a toda costa, esto es, aún a costa de ciertos desmanes por parte de unas burocracias tanto o más corruptas y opresoras que las del propio capitalismo ─y ello lo advirtieron los mismos Adorno y Horkheimer y sus compinches de la Escuela de Frankfurt, pero no así la mayoría de los marxistas occidentales, consumidores fieles de la cultura de masas socialista, de sus gacetillas y sus películas y su audaz uso de los íconos, que legitimaron durante décadas un modelo cruel de burocracia de Estado que aún se intenta y aún falla, siempre.

Así, pues, acabada la guerra fría, y habiendo salido a flote los secretos más funestos del modelo de Estado estalinista, ¿cómo se las ha visto el “marxismo posmoderno” con estas contradicciones? Como era previsible que lo hiciera: entendiendo que la globalización de la cultura de masas es irrefrenable y que, en lugar de asumir frente a ella una postura intelectualista y soberbia, habría que zambullirse en ese pantano maloliente y acometer desde allí el ejercicio de la reflexión pública y el pensamiento crítico que, bajo el imperio del neoliberalismo, ha dejado ya de tener un efecto real en los hábitats que antes les eran naturales, a saber: las universidades, los mítines políticos, los cafés, los periódicos. Por supuesto, este movimiento no puede darse sin una cierta nivelación por lo bajo en la calidad y la profundidad de los discursos, una cierta banalización del pensamiento que, en todo caso, aboga por una resonancia más amplia y una dimensión viral de las ideas. Así, la postpolítica procede por una especie de mercado alternativo de entretenimiento plenamente integrado a la globalización, que se defiende contra todo posible uso oficial de derecha o izquierda y que, en virtud de su necesaria banalización, produce su propio star-system mediante el cual, por ejemplo, un pensador mediocre y payaso como Slavoj Žižek termina convirtiéndose no sólo en un referente intelectual sino, ante todo, en una especie de rockstar o vedette mediática, una suerte de profeta del marxismo posmoderno; y, sin embargo, habría que evitar criticar este hecho, pues a estas alturas es probable que ese pelele pueda imbuir de rebeldía y conducir a la acción política contestataria a muchas más cabezas que las pobres momias injustamente empolvadas de la Escuela de Frankfurt.

Exhortación al clientelismo

La cuestión en sí, del asunto del clientelismo, más o menos, podría plantearse de la siguiente manera: ¿cómo tomar por asalto y subvertir ese universal antropológico del que se vale el sistema para perpetuar sus propias formas de dominación política?, ¿cómo diluir, desactivar o relativizar ese potencial que tiene el clientelismo ─en tanto que fenómeno cultural ineliminable─ como instrumento de dominación, y que encuentra en la corrupción su más visible consecuencia?

Primero que todo, habría que refrenar ese moralismo hipócrita de colombiano biempensante y dejar de creer, por ejemplo, que el clientelismo como práctica social es una tara o un obstáculo que habría que suprimir, pues lo cierto es que las relaciones que se tejen alrededor de esta institución, los valores y los símbolos que allí se ponen en juego, hacen parte del corazón de la conducta humana, y ello está más o menos claro desde que el gran antropólogo francés Marcel Mauss lo señalara hace casi un siglo, cuando se refería al don (el regalo) como piedra de toque de la sociabilidad en casi todas las culturas, fundamento de un ethos de fidelidad y correspondencia. Ésta sería, pues, la primera resistencia que habría que romper si se quiere pensar bien a este país.

Pero, aún más, habría que pensar en el potencial subversivo que alberga la práctica del clientelismo, puesto que, en términos generales, la mayoría de los investigadores sociales que se han encargado de este tema están de acuerdo en plantear que el clientelismo es, en muchos casos, un recurso legítimo que tiene la sociedad civil para someter al Estado, o para defenderse de él, en la medida en que arrebata de la jurisdicción del aparato burocrático una serie de prácticas localizadas, comunitarias, que se ponen por fuera del radar de la autoridad y que, en este sentido, evaden las imposiciones legales, tributarias o penales cuando las mismas se presentan, a los ojos de los ciudadanos, como medidas excesivas, autoritarias, asfixiantes o injustas. Y en este punto sí que pueden darnos algunas luces los discursos postpolíticos, irremediablemente desencantados de la noción de Estado de derecho, promotores de la provisionalidad: de la piratería, del gitanismo, de la okupa, de las “zonas temporalmente autónomas”, diría Hakim Bey, del “altermundismo” zapatista, de las “tierras de nadie” o “espacios del anonimato”, diría Santiago López Petit. Valga citar aquí a este último, promotor ideológico del movimiento español de los “indignados”:

“Todo nuestro esfuerzo tiene que ir dirigido a que el gesto radical se independice del acontecimiento mismo que es su aparición. La clave está en insistir en su repetirse. (…) El gesto radical que se repite ni ilumina, ni despierta: actúa cuerpo a cuerpo. Su fuerza reside en que no pretende explicar nada, y por eso no se enreda en la redes del poder. Se basta a sí mismo. Y, sin embargo, la gran cuestión será siempre: ¿cómo hacer permanente un espacio del anonimato? Creemos que la autonomía –las formas de autoorganización entendidas tanto como momentos de resistencia como de creatividad– puede llegar a dar consistencia a los espacios del anonimato” (Breve tratado para atacar la realidad, p. 142)

Seamos, pues, clientelistas; la situación así lo exige. Arrebatémosle el clientelismo al poder; arruinémoselo, volvámoslo inútil para sus intereses. Creemos esos espacios, tejamos esas redes locales que nos permitan defendernos juntos de los corruptos. Allí puede haber una clave importante para la desobediencia civil no violenta, para comenzar a pensar qué significa ser contestatario en “tiempos de posconflicto”. Lo cierto, además, es que lo vamos entendiendo, y por ello es que la mano negra cambió de repente su estrategia: ahora el blanco no son los líderes políticos, las cabezas visibles, sino esos activistas anónimos de las comunidades, promotores de nuevas solidaridades y redes de trabajo local, esto es, de clientelismos alternativos, que han ido desapareciendo de manera infame y que no parecen importarle a nadie.