Familias enteras, al contado o a crédito, empacan maletas y emprenden el viaje hacia todos los rincones posibles de la geografía rural o urbana: ríos, montañas, lagos, selvas, bosques, parques temáticos, museos.
Por / Gustavo Colorado Grisales
Todos sabemos que biografía y leyenda a menudo se confunden, hasta el punto de formar una urdimbre difícil de desentrañar.
Y cuando se trata de las vidas de santos el hagiógrafo acaba de complicar las cosas.
Pero en fin.
Cuentan sus biógrafos que Agustín de Hipona, hijo de Mónica,  fue  un joven tan disoluto como los de cualquier época: putas, vino, juego, juergas.
Mejor dicho: drogas, sexo y rock and roll, para apelar a la conocida consigna de los años sesenta.
Es decir, que el  todavía no santo apuró hasta las heces los licores de la vida.
 Y, como sucede a veces en esos casos, al final de la juerga tuvo un rapto de lucidez y se asomó al sinsentido de todo: al rostro de la nada.
Supongo que fue en ese momento cuando acuñó su célebre  idea de la “Tristeza post-coitum”: la desolación del saciado.
Entonces su vida dio un giro y, aupado por su madre, a quien más tarde convertirían en santa Mónica, dejó atrás la senda de los instintos, que para los cristianos  equivalen al pecado, y se consagró  a escribir las dos obras que le dieron su pasaporte a la Historia: Las confesiones y La ciudad de Dios.
Esos fueron los dos pilares donde  atracó la nave a la deriva de su vida.
De ahí en adelante pasó a llamarse san Agustín.
Más prosaicos y por completo descreídos, los hombres de este tiempo carecen de esa clase de asideros con visos de eternidad
Por eso, cada  diciembre  se abandonan a una orgía de consumo y derroche que los arroja a los arrabales de enero, extenuados y pálidos como vampiros sin castillo.
Lo confirmo al contemplar los montones, toneladas de basura que los habitantes de la ciudad arrojan en cada esquina: cajas de cartón, plásticos, papel de regalo, luces intermitentes en perfecto estado pero ya inútiles, cajas de comida, televisores recién envejecidos, relojes, zapatos, juguetes.
Pensémoslo así: la infinita locura humana traducida en basura.
Parece una imagen de los Estados Unidos de los años cincuenta, cuando los sobrevivientes de la guerra celebraban como niños el  milagro de estar vivos.
Y lo hacían comprando cuanta mercancía les ofrecía una prosperidad sostenida con la ruina de Europa. Para los norteamericanos de esos días comprar era una suerte de carnaval.
Pero las imágenes de hoy están  muy lejos de ese aire festivo. Parecen mejor un bostezo del capitalismo en su etapa más sombría. La  alegría ha sido remplazada por una especie de pulsión: la del que se siente atado  a una  cadena y no tiene  alternativa distinta a la de  obedecer.
Lo  descubro en el rostro de la  señora que arroja una montaña de basura a la calle con el aire de  quien acaba de cometer un delito.
Lo  advierto en el rostro de la gente que, al despuntar el año, se  apresura a escribir el segundo capítulo de la temporada, tan apurado y fugaz como el de la compra de objetos: el consumo de paisajes.
Familias enteras, al contado o a crédito, empacan maletas y emprenden el viaje hacia todos los rincones posibles de la geografía rural o urbana: ríos, montañas, lagos, selvas, bosques, parques temáticos, museos.
Lo que sea, con tal de apaciguar la resaca que sucede a toda bacanal.
A modo de recompensa, se entregan a una práctica compulsiva  que parece completar el círculo: registrarlo todo en sus cámaras digitales, como si precisaran no tanto de una prueba de que estuvieron  en un lugar como un testimonio de la propia existencia: tan  abrumadora es la sensación de irrealidad.
A su  paso, dejarán también montones de basura en todas partes, comprobando, una vez más, la vieja certeza de Ray Bradbury: “Los hombres no tienen tiempo de conocer nada. Lo estropean todo, lo ensucian todo. No plantaron Kioscos de salchichas en el templo egipcio de Karnak, porque quedaba a trasmano y les elevaba los costos”.
De las iluminaciones de san Agustín a las advertencias de Bradbury. Así transcurre mi temprana caminata citadina este 25 de diciembre de 2019 por las calles de una ciudad invadida por los desechos.
De repente me asalta otra certeza: parece que cuando se trata de delirios consumistas la democracia funciona, porque me salen al paso montículos de basura en barrios de todos los estratos.
Lo leo en el caminar del obrero de la construcción que lleva en la mano un teléfono móvil, del que escapa la música inconfundible de Guillermo Buitrago.
Ah… un detalle: también lleva adherida a la piel esa clase de materia pegajosa: la de La tristeza post-coitum.
Y, a  modo de adenda, van estos versos:

 

Nada
No pasa nada.
ah, la dicha de  apearse del mundo
en estos días de ruido y alardes sensibleros.

 

Cerrar los ojos y mirar cuerpo  adentro
-abismarse, le llaman a eso-
para abrirlos después
y sentir la crispación
de comprobar que el mundo sigue ahí
dando vueltas, con uno  a bordo.
¿Ven que no pasa nada?
PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada