UN VILLANCICO PARA MI EX

Lo extraño. De la pasión con que lo amé no queda nada. En cambio, subsiste en el fondo del vaso con que nos embriagamos, algo que se parece a la lealtad.

 

Por / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustraciones / Stella Maris

 

I

En la terminal hay muchas historias para contar, pues de acuerdo a los rostros y los equipajes podemos imaginar el motivo de sus viajes, lo que dejan, lo que les espera. Por lo menos ahora podemos caminar. En los principales días de fiesta, toca nadar entre maletas tan gigantes como ballenas. Quiero que me acompañes, te voy a hablar del joven de allá, el de la camisa lila, rayas verticales, pantalón negro, lentes, el que está observando la maqueta del pesebre navideño que montan los de la Flota Cotrachi. Está ansioso por llegar a casa y con sus sobrinos disponer los rebaños y los poblados en casa donde la abuela vive con el que fuera mi cuñadito. Está tan empeñado en imaginar, que no se ha percatado de lo mucho que llevamos fijos en sus movimientos.

Lo extraño. De la pasión con que lo amé no queda nada. En cambio, subsiste en el fondo del vaso con que nos embriagamos, algo que se parece a la lealtad. Hago movimientos circulares con la memoria para identificar el olor: queda poco del ácido de la entrega y más del ferroso de la sangre y la madera del compromiso. Como si después de la desnudez compartida se hubiese retirado también la piel y los músculos y ahora quedara un hermano. Quiero lanzarme y revolcarlo allí entre las maletas de los demás. Temo el impulso y freno. Temo y cambio el boleto para viajar más tarde, de manera que no compartamos bus.

II

Asomémonos al interior de la casa de la abuela. Ella se siente satisfecha cuando los transeúntes se detienen curiosos y piden permiso para observar su Belén. El árbol de navidad es un conjunto de ramas secas, cubiertas de algodón, llenas de pájaros y nidos. Las guacamayas y los loros llevan versos de los gozos: Vida de mi vida. Mi dueño adorado. Mi constante amigo. Mi divino… hermano. En lugar de las piñuelas de pino, ha puesto doradas mazorcas. Para los regalos no hay botas polares sino mochilas con trenzados geométricos. Observa los monitos: traen, llevan, comen, comparten bananos.

Juntos cortamos las tablillas, las labramos, las pintamos. No conocerás ningún otro árbol de navidad como este. Lo iniciamos a finales de agosto. Le dedicamos mucho empeño. Éramos dos universitarios que habían coincidido en la misma casa. Él en el primer piso, yo en el segundo. Coincidíamos en el pasillo, saludo formal. Un día nos advertimos en la biblioteca y regresamos a casa en taxi. Fuimos topándonos en bares y cafés. Nos turnábamos los lavaderos de la terraza, quizá con la resaca viva. Subí alguna vez a fumarme un porrito y lo encontré tallando madera. Compartimos el pucho. Y nos fuimos haciendo amigos y un día me recogió hecho un desastre. Me habían terminado y no supe qué otra cosa hacer sino mezclar y mezclar para borrar la conciencia. Iba de paso con sus amigos y los dejó para cuidarme. Me trajo a la casa, pero me cedió su catre. Al despertar me hidrató, me escuchó, me consoló. Luego fue la vida tejiéndonos más espacios en común y vino con la complicidad la desnudez, y con la contemplación, la entrega. Lo que siguió de ahí en adelante fue más que la vida en pareja.

Absorto en mis recuerdos, no sentí cuando la abuela fue a la cocina. Ahora me pide que me siente y le reciba natilla y buñuelos bañados con miel de estancia. Tengo el corazón vuelto añicos. Nunca debí haberme ido del lado de esta familia que siento tan mía. Se me hace conocido, me dice. He venido en años anteriores al pueblo y paso para observar su árbol y su pesebre, le respondo. Entonces llevaba años sin venir. Sí, señora. ¿Y el pesebre? Este año mis muchachos quisieron armarlo más grande, en el patio. Pasemos y lo ve. Aunque está sin terminar. Allá deben estar trabajándole.

¿Pasar? Pasar es un suicidio, abuela. Le digo en mi cabeza mientras me atarugo con el buñuelo, ansioso y nervioso. ¿Veré mi rival? ¿Estará ahí? ¿Me reconocerá mi flaco? Estoy en el mismo punto. Ella espera tranquila, tratando de encajar mi rostro con alguna imagen en sepia de cuántos han pasado por su casa. Ahora escucho ese villancico que tanto le gusta: “Ima kusi paqarimun / siwarsituy, siwarsituy / k’anchary kumni tutapas / siwarsituy, siwarsituy”.

 

III

Mi flaco no cambia. Instruye a sus sobrinos como si fuera un maestro de novicios: “Los villancicos nos hacen partícipes del pesebre. Ya no estamos delante de muñecos y luces. Estamos delante de lo divino, asumimos como avatares las condiciones de los sencillos, replanteamos la cotidianidad de los oficios”, mientras va desempacando los pastores que sus sobrinos ponen al frente de los rebaños.

¡Cuñado! Es el grito que rompe la paz de la tarde. Sin darme tiempo a nada los brazos de un joven bajito y gordo me elevan. Yo que no quería llamar la atención me convierto en el centro. Mi flaco sonríe al reconocerme mientras mi “cuñado” me sacude emocionado. Ya una vez en tierra es él quien sigue con la cálida bienvenida. La abuela se pone la mano en la boca porque ahora sí me reconoce. Mi flaco se acerca, me extiende la mano y luego me abraza. ¡Cómo así! ¡Este es Alejo Kusillu! Me recrimina mi viejita adorada y yo la beso y la abrazo.

Ante el alboroto acude un hombre mayor que mi flaco, le pregunta por mí hablándole muy cerca al oído. Marca el territorio. Alejo… y el suspiro de mi ex me da a entender que no sabe cómo presentarme a su actual pareja. Mi mejor amigo, mi parcero, interviene el cuñis salvando la situación. Sospecho entonces la tensión entre los dos. Camine pa’ entro, me agarra la mano y yo lo sigo para evitar más explicaciones.

IV

Bebo los aguardientes que me ofrece el cuñado. Está feliz de verme. El marica de mi hermano está que no se cambia, sino que usted sabe… La obligación no lo deja mostrar mucho porque si no eso es pa’ rabietas. Usted sabe cómo son las parejas. Pero yo lo quiero por los dos. En la buena, cuña’o. Si uno busca familia en diciembre merece encontrarla. Aquí me tiene. Paila pa’ la vuelta, eso sí. Bobo que es uno y pues hasta allá todavía no. O quien sabe después de los guaritos y como nos toca dormir juntos, uno no sabe. Que la vuelta del camión cargado con huevos y que uno con dos. Mientras, como canta la Xiomi: Comamos y bebamos, mañana moriremos.