SEGUIR LA CONVERSACIÓN

Pablo Arango escribe sobre nuestro papel en esta obra enorme y oculta que es la vida, donde tratamos de descifrar quién escribe nuestros roles, indicando que nuestro papel consiste apenas en conversar, en hablar y hablar e irnos moviendo perpetuamente.

 

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

 

Tal vez seamos actores secundarios de una obra de la que nunca sabremos su argumento. Actuamos, algunos con mayor pretensión, convencidos de ser protagonistas, cuando apenas hacemos parte del coro o somos extras a los que nunca se les da a conocer el guion completo, además, no sabemos quién sí lo conoce de manera íntegra. Incluso en los ratos libres de nuestra actuación, es decir, cuando la vida descansa un poco, deambulamos por los camerinos buscando afanosamente a ese director o productor o guionista que debe conocer la obra completa. Y él no se deja ver, o no lo encontramos.

 

Nuestro papel en esa obra enorme y oculta consiste apenas en conversar, en hablar y hablar e irnos moviendo perpetuamente. Si no está convencido de lo que digo vaya a la ventana más cercana y mire por ella, verá gente caminando y conversando, tal como si fueran en una peregrinación hacia algún sitio; si no ve a alguien, espere un poco, aparecerá.

 

Joe Gould se propuso escribir la Historia oral de la humanidad recogiendo los trozos de las conversaciones que escuchaba en la calle; sabía, como William Butler Yeats, que “La historia de una nación no está en los parlamentos ni en los campos de batalla, sino en lo que las gentes se dicen en días de fiesta y de trabajo, y en cómo se cultivan, se pelean y van en peregrinación”. Gould dejó que la barba y el pelo le crecieran y se enmarañaran mientras deambulaba por las calles de Nueva York anotando los trozos de conversación que alcanzaba a escuchar. Anotaba todo lo que llegaba a sus oídos, sin importar la aparente desconexión, sin considerar la supuesta falta de contexto, convencido de que en todas aquellas palabras subyacía un texto mayor, uno incomprendido e imposible de entender o percibir de manera completa por parte de los hombres. Un texto implícito, divino, eterno, sobrehumano.

 

El cronista estrella del New Yorker, Joseph Mitchell, estuvo atento y pendiente, durante años, de aquella historia oral.  Persiguió a Gould con insistencia y lo invitó a cientos de wiskis para escucharlo hablar de su obra. Tras su muerte buscó sin éxito los apuntes de Gould, que debieron haber quedado en prenda bajo el mostrador de algún bar en Greenwich Village, y finalmente en un cesto de basura. Lo único rescatable hoy son los dos anticipos que Gould aceptó hacer en 1929, en Dial, la revista que dirigía la poeta Marianne Moore.

 

En la columna anterior cité, muy rápidamente, al poeta Charles Reznikoff.  Reznikoff, como Mitchell y Gould, era neoyorquino; siendo joven trabajó al lado de su padre en el negocio de venta de sombreros para hombre, que la familia había regentado durante varias generaciones en la Rusia zarista de la cual habían emigrado; luego, como abogado, se dedicó a hacer resúmenes legales para grandes firmas. Entretanto escribía poemas que apenas eran leídos por unos pocos amigos y que circulaban en publicaciones hechas por editoriales muy pequeñas. No obstante, el mundillo literario lo reconocía, tanto como a Gould y a Mitchell. Los tres debieron encontrarse en las veladas de la Gotham Book Mart y debieron emborracharse juntos, y probablemente conversaron acerca de la calidad de los sombreros de Mitchell y de la mugre de los de Gould. Y con toda seguridad hablaron de literatura, de sus obras y del silencio que es el origen de ellas, y de todas las que han existido y existirán. Del silencio interior que hace eco en esas conversaciones cotidianas, simples, entrecortadas y aparentemente absurdas que pueden escucharse en una calle o en un café.  Sí, el origen de todo poema es aquello entrevisto o medianamente escuchado.  Paul Auster leyendo a Reznikoff señaló: “cada enunciado poético es una emanación del ojo, una transcripción de lo visible…” y de lo audible puede agregarse. Tal como en este poema: “Caminaba por la calle cuarenta y dos al caer la noche./ Al otro lado estaba Bryant Park./ Detrás de mí venían dos hombres/ y podía oír a medias su conversación./ “Lo que tienes que hacer” le estaba diciendo uno a su compañero,/ “es decidir lo que quieres hacer/ y perseguirlo. ¡Perseguirlo!/ Y entonces seguro lo consigues”./ Me volví para mirar al que daba un consejo tan bueno/ y no me sorprendió ver que era un hombre viejo./ Pero su compañero, / que había recibido un consejo tan sincero,/ era igual de viejo;/ y justo entonces el enorme reloj que hay en lo alto de un/ edificio frente al parque/ empezó a brillar.

 

Todo escritor intenta transcribir esa historia oral. Incluso cuando lo hace con las formas tradicionales.  Al fin y al cabo, lo que pretende como sugirió Brodsky, es “seguir la conversación”, o inscribirse en ella, y nada más.