Retro woman with blank speech bubble drawn in comics style. Vector Illustration.

Poseer el lenguaje o ser una sombra

Esta joven, ante una invitación al diálogo, callaba y evitaba opinar; su ser estaba oculto. Su relación con los demás era extraña, compartía el espacio y los momentos, pero su presencia no lograba integrarse, era una sombra al interior de una comunidad.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

En estos tiempos se tiene la particularidad de celebrar un día en honor a la madre, al padre, al santo que nadie conoce, a la una y mil vírgenes que tiene la religión católica y el español no puede ser la excepción: tiene también su fecha especial. El veintitrés de abril es considerado el día del idioma en Colombia y busca celebrar alrededor del español y las sesenta y cinco lenguas que hay en el territorio, el abanico lingüístico que conforma el país. A su vez, de manera subrepticia, esta celebración conlleva a pensar la importancia del lenguaje.

Sin embargo, ¿somos conscientes su importancia? “Claro que somos conscientes de su importancia –dicen las personas–. “¿Cómo haríamos para comunicarnos con los demás sino fuera por el leguaje?” Esta es la primera respuesta que surge cuando se tiene la osadía de preguntar. Una función instrumental y práctica es lo que revela esta respuesta.

Pedro Salinas, el poeta y ensayista español, reflexiona acerca del lenguaje y las implicaciones sobre la vida del hombre. En uno de sus ensayos, Salinas señala: “el hombre se posee en la medida que posee su lenguaje”. Así pues, el lenguaje permite al ser humano comprender su ser, las experiencias que tiene y dar significado y sentido a su existencia.

Resulta llamativo encontrar personas cuyo silencio despierta asombro y, en cierto sentido, tristeza. Porque sus experiencias son reprimidas, guardadas en un baúl hermético del cual no hay llave que pueda abrirlo. En algún momento conocí una joven que utilizaba el lenguaje de una manera práctica. Su comunicación era básica, algunos monosílabos: sí, no, no sé, de pronto… y muchos silencios le permitían sobrevivir en su comunidad. Esta joven, ante una invitación al diálogo, callaba y evitaba opinar; su ser estaba oculto. Su relación con los demás era extraña, compartía el espacio y los momentos, pero su presencia no lograba integrarse, era una sombra al interior de una comunidad.

Para Salinas este tipo de experiencias afectan la dignidad del ser humano, porque no ha logrado dominar la más grande herramienta que ha podido inventar, el lenguaje. Herramienta problemática y maravillosa al mismo tiempo. Porque permite descubrir el mundo, gracias al lenguaje el hombre lo habita, parafraseando al filósofo alemán Martín Heidegger, poéticamente el hombre habita el mundo. A saber, es preciso nombrarlo, decir, mal-decir, invocar la palabra que permita comprender y comprenderse en el mundo de la vida.

Al mismo tiempo, esta herramienta trae consigo un defecto, no es precisa, puede generar malentendidos e, incluso, discordia. Ya lo saben los estudiosos de la pragmática de la lengua: que una cosa es lo que se dice y otra lo que los demás pueden entender. A pesar de esto, el lenguaje se constituye como la mayor riqueza que tiene en su haber el hombre.

Ante la posibilidad de disfrutar de las dádivas que ofrece el lenguaje, el hombre se haya en un estado de pobreza cultural debido a la falta de dominio de su lengua. Lo preocupante radica en que esta ausencia de control sobre el lenguaje es cada vez más común. Muchas personas tienen una lucha que parece destinada al fracaso, no encuentran las palabras adecuadas para expresar sus emociones, pasan a ser simplemente entidades amorfas que luchan consigo mismas para hacerse entender.

¿De qué manera el hombre puede conocerse a sí mismo si no tiene dominio de su lenguaje? Sin una posesión completa del lenguaje no se puede cumplir la sentencia del dios griego (Conócete a ti mismo) y que tanto pregonaba Sócrates por las calles atenienses y que se hace necesaria hoy en día en tiempos de depresión e histeria colectiva.

¿Cómo dominar, entonces, al lenguaje? Su cuidado y cultivo exige el contacto, por una parte, con los mayores conocedores del lenguaje: poetas, literatos, filósofos y todos aquellos escritores que cultiven el lenguaje y permitan expandir el horizonte de posibilidad lingüístico de una comunidad.

Otros buenos conocedores del lenguaje son aquellos juglares de la lengua, con los cuales se puede llegar a tener una buena conversación, aquellos hombres cada vez más escasos, cuentan las historias de sus vidas, de los mil y un amores perdidos, del asesinato del carnicero del pueblo… en cada una de esas historias, se expresa y amplía el lenguaje. Estos hombres, paradójicamente, en muchas ocasiones no han tenido una formación académica tradicional, pero ellos se han formado en la palabra. Qué diferencia tan abismal hay entre estos literatos de la vida cotidiana con aquellos burócratas que salen de colegios y universidades y que les es imposible contar una buena historia, expresar un sentimiento, decir una pena.

Kant consideraba que la conversación era el mayor arte de todos (tema largo y extenso que debe ser abordado en otra columna), ya que las personas ponen en juego todo su haber lingüístico y corporal. Sin embargo, resulta preocupante ver como la conversación, por ende, el lenguaje, están cayendo en desuso. Los espacios para conversar son cada vez menos porque no se puede perder el tiempo hablando. Y, como si fuera poco, cuando hay un espacio para conversar, estos se agotan en los lugares comunes: los problemas de la casa, las penurias laborales y esas angustias privadas que no logran tener un mayor sentido, en consecuencia, la gente repite esas conversaciones una y otra vez en la cocina o en grupos de Whatsapp. Allí el lenguaje se cae a pedazos.

Ante este panorama de silencio y palabras desgastadas, es preciso fomentar el cultivo del lenguaje, recomendar un buen libro y tener una buena conversación, para salir de una inopia cultural y lingüística. No se equivocaba Salinas al señalar que los máximos conocedores del lenguaje son los poetas, ellos lo amplían y llevan a nuevos límites, la forma en la cual usan las palabras nos permite saber dónde nos duela cuando hay una pena de amor o cuando la soledad y la desesperanza asaltan al hombre. Así, ante la celebración del día del idioma, unos versos de María Mercedes Carranza que condenan a algunas palabras se hacen necesarios:

“Por traidora decidí hoy,

martes 24 de junio,

asesinar algunas palabras.

Amistad queda condenada

a la hoguera, por hereje;

la horca conviene

a Amor por ilegible;

no estaría mal el garrote vil,

por apóstata, para Solidaridad;

la guillotina como el rayo,

debe fulminar a Fraternidad;

Libertad morirá

lentamente y con dolor;

la tortura es su destino;

Igualdad merece la horca

por ser prostituta

del peor burdel (…)”