La influencia, como ya lo advirtiera Borges a propósito de Kafka, no es lineal, sino que se asemeja al eterno presente ya mencionado…

 

Por / Juan Camilo Peláez Peláez

La serpiente que se devora a sí misma es símbolo de eternidad y la historia de la humanidad parece, en efecto, esa triste serpiente que no se sacia comiendo su propia piel sin hallar fin. Es por eso, también, que como humanidad nos sentimos identificados con acontecimientos lejanos que, contrario a estar descontextualizados, parece que pertenecen a una realidad actual y vigente.

La influencia, como ya lo advirtiera Borges a propósito de Kafka, no es lineal, sino que se asemeja al eterno presente ya mencionado, donde pueden converger hechos del pasado con acontecimientos del presente y realizar lectura de sucesos futuros con otros ya acontecidos.

Ahora bien, tampoco es sensato pensar que todo es una casualidad que se entrelaza sin causalidad. De ahí que quisiera proponer una breve lectura de nuestra actualidad a la luz de dos tangos escritos hace más de ochenta años, pero que tienen todo para decirnos. “¿Qué sapa señor?”[1] (1931), escrito por Enrique Santos Discépolo, expresa el clamor de un hombre post-depresión que quiere comprender la realidad en la que vive, feroz, atroz e indiferente con el prójimo; mientras que “Al mundo le falta un tornillo” (1933), escrito por Enrique Cadícamo, es la conclusión del espíritu industrializado que comprende, que a esta máquina llamada mundo le falta, no solo uno, sino muchos tornillos. Sin embargo, ¿de qué manera se relacionan estas dos semblanzas con nuestra realidad?

 

“La tierra está maldita / y el amor con gripe / en cama”. Enrique Santos Discépolo. Fotografía / Cortesía

La desafortunada situación actual –¿o afortunada?– ha resaltado la conducta egoísta y hostil propia de la contemporaneidad, en donde el sujeto se mueve en una espiral de indiferencia y apatía para con el otro, evidenciando el diagnóstico que ya se hiciera en el tango “¿Qué sapa señor?”: “La tierra está maldita / y el amor con gripe / en cama”.

Diagnóstico apocalíptico que, no obstante, es alentador frente a nuestro contexto, donde sí, la tierra está maldita, pero el amor pasó de agonizar a morir, dibujando un paisaje semejante al escaparate que narra “Al mundo le falta un tornillo”: “Todo el mundo está en la estufa, / triste, amargado y sin garufa, / neurasténico y cortao”; ambos escenarios, crueles y fatales, no distan de los acontecimientos que hoy se viven. Ahora bien, ¿por qué la humanidad se encuentra en ese estado?

Algo claro es que el ser humano se ha convertido en un sujeto de deseo y basta con recordar la etimología de esta palabra (desiderare) –que implica desplazar a los astros–, para encontrar el origen de la actitud mencionada anteriormente. “Al hombre lo ha mareado / el humo al incendiar / y ahora entreverao / no sabe a dónde va.” ¿Cuál es el humo que ha mareado al hombre? Su deseo, es decir, el desplazamiento que él ha tenido con los astros o los dioses y su divorcio con lo trascendente. Ese humo se traduce en la soberbia que lo aturde y no lo deja ver el camino.

Cabe recordar, también, que el tango es producto de un espíritu profundamente romántico, lo cual no debe tomarse como pura cursilería, sino como una búsqueda por la ausencia de valores metafísicos que tienen como respuesta un YO empoderado de sí, irracional y pasional, al que se le ha desdibujado el camino de lo que es fraterno, cercano y caritativo.

Así pues, esta subjetividad hace que pierda las certezas y se vuelva caprichoso, pues “voltea lo que ve, / por gusto de voltear / pero sin convicción ni fe”. De allí que el horizonte de sentido ya no tenga un cimiento sobre el cual construirse y, ante la ausencia de valores, el hombre deambule en limbos que lo dejan en un estado de orfandad ética y moral, de tal suerte que “volteó la casa vieja / antes de construir la nueva”; es decir, abandonó el sistema de valores prestablecido sin haber construido uno nuevo, con lo cual los límites de lo humano y lo fraterno se vieron difuminados, ya que “creyó que era cuestión / de alzarse y nada más, /romper lo consagrao, / matar lo que adoró, / no vio que a su pesar / no estaba preparado / y él solo se enredó / al saltar”.

“¿Qué sucede, mamma mía / se cayó la estantería / o san Pedro abrió el portón?”. Enrique Cadícamo. Fotografía / Cortesía

En este orden de ideas, la pretensión del hombre por ocupar el lugar de la divinidad tuvo como consecuencia la desorientación y la confusión, acompañando el clamor de Cadícamo al preguntar: “¿Qué sucede, mamma mía / se cayó la estantería / o san Pedro abrió el portón?”

Pregunta que difícilmente tiene respuesta, pues, desorientado, el hombre no sabe ya qué es lo que sucede, mientras que las causas que originaron todo esto se vuelven cada vez más sinuosas, derivando en una sociedad donde priman los antivalores, en tanto que el egoísmo y la vanidad enarbolan la bandera del sujeto contemporáneo y constituyen su identidad.

Teniendo en cuenta lo mencionado con anterioridad, pareciera que la lectura de la actualidad que ofrecen estos dos tangos es nefasta y desconsoladora. Y quisiera ofrecer disculpas, porque escribir acerca de lo mal que está la humanidad es siempre el camino más fácil.

Sin embargo, es por eso que el tango sigue teniendo vigencia, pues, aunque es extraño encontrar una canción que aliente y brinde esperanza en la humanidad, es esa lectura severa que ellos tuvieron con su tiempo lo que debe alentarnos para cambiar, extender la mano al prójimo de manera desinteresada y tender puentes de solidaridad, ya que en el espíritu romántico que se funda este maravilloso género musical, también está la lucha, la unidad y la exigencia social por un entorno más justo.

¿Qué hacer entonces? Ser esos mecánicos que puedan poner el tornillo –o los tornillos–, que le hacen falta a esta máquina, pero no como redentores, sino como sujetos responsables de lo que ocurre a nuestro alrededor y de nuestros actos. El tango ocurrió hace más de cien años, pero también ocurre hoy y ahora; la diferencia debe estar en la melodía con la que lo tocamos, pues está en nuestras manos seguir viviendo en “las vidrieras irrespetuosas de los cambalaches”, o ser como “el coro lejano de madres, / que cantan y mecen en sus cunas, / nuevas esperanzas”.

[1] La palabra sapa es la representación del vesre pasa, con lo cual el título de la canción es ¿Qué pasa señor?