La autora quindiana Juliana Gómez Nieto, invitada al Festival Internacional de Poesía Luna de Locos, conversó con nosotros sobre su primera novela, Montañas azules, editada inicialmente en Argentina y ahora publicada por Editorial Planeta.

 

En el libro hay el relato de unos personajes que viven en Pereira y no tienen cómo saber qué pasó con sus familiares en Armenia porque las comunicaciones quedaron cortadas. Ellos recurren a los medios, porque se supone que los medios cumplen un rol social en tiempos de tragedia.Foto Cortesía La Crónica

Redacción TLCDLR

No ha sido frecuente que la literatura colombiana se ocupe de las catástrofes naturales. Aun está por escribir la gran novela sobre Armero, por ejemplo. Hicieron falta dos décadas para que apareciera por fin una novela sobre el terremoto del eje cafetero. ¿Usted se considera una precursora?

Yo soy consciente de eso. De hecho, una de las razones por las cuales decidí escribir esta novela fue esa. Hay quienes dicen que en realidad son las historias quienes lo eligen a uno, pues yo creo que uno escribe sobre lo que ha vivido, sobre su experiencia, así sea ficción. Todo se conjuga: cuando me voy a vivir a Argentina me veo en un país extranjero y empiezo a preguntarme por mi identidad, empiezo a ver la otredad, a ver que soy parte de un colectivo. Entonces descubro que ser sobreviviente de un terremoto me hace pertenecer a un colectivo: comparto un recuerdo trágico que me identifica con ese colectivo que es la gente del eje cafetero. Como soy periodista empiezo a preguntarme por el relato acerca de ese recuerdo colectivo y me doy cuenta que no hay más que cifras: dos mil muertos, cincuenta mil damnificados… Empiezo a preguntarme también por la historia y pienso que en cincuenta años cuando los jóvenes quieran saber qué pasó sólo van a encontrar cifras. Ahí me propongo contarlo, porque yo lo viví, aunque no tenía más de diez años aquello me marcó profundamente, me trastocó ver la muerte en esa magnitud, fue algo que acabó configurando que mi identidad esté atravesada por la tragedia porque entendí desde entonces que en cualquier momento puedo morir. Por eso me interesa hacer ese relato y construir un clima de época de finales de los noventa, donde se haga una radiografía de nuestro imaginario colectivo: cómo hablábamos, qué pensábamos, qué costumbres teníamos.

 

¿Cuáles fueron los referentes literarios, los maestros que le enseñaron cómo se cuenta una catástrofe natural?

Más que sobre las catástrofes mis referentes fueron sobre el tema de la muerte. En ese sentido vuelvo a leer a Juan Rulfo y su Pedro Páramo, que es mi gran referente por su relación con la muerte, con el misterio de la existencia, y sobre todo con la tragedia latinoamericana. No es lo mismo un terremoto en Japón que un terremoto en América latina. Una de las cosas de las que me doy cuenta durante el proceso de investigación, cuando decido contar la historia, es que ese recuerdo trágico que yo tengo del terremoto no solamente se debe al hecho en sí mismo sino a las decisiones políticas del Estado y a las decisiones discursivas de los medios de comunicación. En el libro hay el relato de unos personajes que viven en Pereira y no tienen cómo saber qué pasó con sus familiares en Armenia porque las comunicaciones quedaron cortadas. Ellos recurren a los medios, porque se supone que los medios cumplen un rol social en tiempos de tragedia. La radio cumple un papel muy importante haciendo listas de víctimas, de damnificados, anunciando que vías están cerrados, mientras que la televisión hace algo muy fuerte: el primer día ni RCN ni Caracol transmiten desde Armenia sino que lo hacen desde Pereira y titulan “Armenia desapareció del mapa”, eso, sumado a la ausencia de imágenes construye un imaginario de caos psicológico en el colectivo, por el desconocimiento y el amarillismo.

Yo quiero pensar en la novela solamente como una obra literaria sino también como un discurso comunicacional. Por eso quiero construir un relato, para que el terremoto no se olvide, por eso siento que la literatura funciona más que la crónica en mi caso, porque las lógicas de recepción son diferentes. Foto Diego González

¿Qué tanto hay de periodismo en el libro, qué tanto es una apuesta estética como novela y qué tanto tiene de autobiografía? ¿Eso creó una relación problemática?

Si es problemática pero ahí está lo divertido del asunto. Yo soy periodista porque estoy convencida de que la realidad supera la ficción. Ahora, siento que a veces los formatos periodísticos no tienen la misma vigencia que los formatos literarios. Obviamente hay una parte del periodismo que es el narrativo –entiéndase por ello la crónica, los perfiles– pero la novela puede perdurar más. Cuando uno lee una novela las cosas vuelven y ocurren, uno puede leer Cien años de soledad y allí están presentes las masacres bananeras, es como si sucedieran de nuevo, entonces eso se graba en la memoria, hay como una implicancia histórica y política en relación a los discursos de la novela. Yo quiero pensar en la novela solamente como una obra literaria sino también como un discurso comunicacional. Por eso quiero construir un relato, para que el terremoto no se olvide, por eso siento que la literatura funciona más que la crónica en mi caso, porque las lógicas de recepción son diferentes. A mí me han dicho que es un híbrido, que es una crónica novelada, pero yo no estoy de acuerdo, acá yo cambié, exageré, construí, transformé, eludí, en aras de lo significativo del relato.

Por otro lado es ficción porque yo selecciono cómo contar la tragedia, una tragedia tan grande y con tantas víctimas, sin ser reduccionista, sin querer abarcarlo todo pero conservando la profundidad. Mi apuesta fue indagar en la prensa todo lo que se publicó ese año y encontrar historias significativas a través de las cuales yo ficcionalizo. Por ejemplo, encontré en El Diario que un señor había sobrevivido cinco días bajo el concreto porque había tomado su propio orín y esa es la historia transversal del libro, que es el relato de Rubén, un personaje que yo creo desde la ficción con un perfil y unas características psicológicas.  

 

¿Cómo ha sido la recepción de la obra entre los lectores del eje cafetero? ¿Es la primera novela sobre el terremoto?

Ya existía otra novela que escribió Samaria Márquez. La recepción de mi obra ha sido muy buena. Los jóvenes la leen para saber cómo fue el terremoto. Está escrita en un lenguaje muy preciso, muy sintético, y la gente la entiende porque los personajes hablan como hablamos en el eje cafetero y hacen lo que hace la gente en el eje cafetero. Ese tono realista si se quiere hace que sea de muy fácil lectura. Yo trabajé mucho para lograr la síntesis, para decir las cosas de la manera más clara, algunos lectores no entienden eso y me dicen que soy muy pobre en figuras literarias o muy escueta, puede que sí, apenas estoy aprendiendo, pero también había una decisión estética allí, una búsqueda de una voz narrativa que es como a mi interesa. No hay nada más difícil que escribir fácil y entendible, no digo ponerle todo al lector pero sí serle amena.