A propósito de la Quinta feria del libro en Pereira, con una gama nutrida de escritores, y con todo el arsenal listo para motivar a lectores, abre sus puertas en Expofuturo, este 1 de octubre, uno de sus invitados, es el escritor mexicano Mario Bellatin, quien conversará el martes a las 2 p.m. (La escritura creativa, un ejercicio) y a las 6 p.m. presentará su libro Cartas sobre los ciegos para uso de los que pueden ver.

 

Por: John Harold Giraldo Herrera

Casi de inmediato uno cruza la portada de los libros de Bellatin, se encuentra con el enigma de los territorios de borde, un umbral entre el límite, lo que queda de este lado y lo que de modo quebrantado se sostiene al flanco extremo.

Uno va leyendo, tanto de una realidad concreta que se advierte disímil, como del propio arte de escribir: “Recuerdo que las terapias no las pagaba con dinero sino con textos”, leemos en Gallinas de madera, una de su más de 40 obras. Una hibridación, heterotopías, mundos poco frecuentes, que se encuentra en el tope, en lo marginal y Mario lo levanta, como si leerlo fuera su cuota de terapia para los que estamos ciegos de realidad y carentes de ficción. O son sus libros una forma de sublevar la conciencia por los otros, por nosotros. Tanto hay de esos seres sin arraigo, como de quienes se mantienen en el mismo plano, sin hacer más que respirar.

Una apariencia es apabullante: escribe como si todo fuera íntegro. Se trata de un mundo ordenado por el ejercicio de describir e ir narrando. Luego explota entre nosotros, porque paseamos por paisajes humanos descoloridos, cuya incapacidad es una virtud, así los que creíamos ser en completud, quedamos resquebrajados.

Somos cerebros agujerados, con neuronas conectadas a unos imaginarios y rutinas que nos carcomen y deshilachan ¿cómo puede mantenerse incólume quien arrastra una tragedia o no puede disfrutar del mundo con un cuerpo o una mente en condiciones normales?  Es necesario leer a Mario Bellatin, las respuestas no son desconcertantes.

Mario Bellatin, un escritor inclasificable. Fotografía / Península Tres

Su literatura es una casa donde no habita la nostalgia ni tampoco donde cunde la maravilla, sino una especie de protección contra el bypass, esa operación tan crujiente de succión de grasa; para Mario, parece haber existido una gimnasia y disciplina corporal muy fuerte, prefiere la constancia a los hechos repentinos.

Por eso, si leemos, por ejemplo, su texto Biografía fantasma, entonces las pulgas pueden invadirnos y mientras los recuerdos se dan, quiere que por donde ahora pasan carros y serpentea el progreso, aún: “Espero, eso sí, que los excusados, tinas y lavabos se encuentren, en algún lugar desconocido, todavía en funcionamiento”, no los añora, ni está descabezado por no tenerlos, tan sólo con que sigan su utilidad, es suficiente.

Nos incorporamos en unos territorios donde prima lo despedazado, lo que falta, la adherencia a lo que no puede ser en conjunto, sino en esa estela individual, en esa diminuta forma de ser, en esa longeva situación de lo que no se conjuga. Mario Bellatin es un escritor sin clasificaciones, los géneros no tienen importancia, él hace su labor con la palaba y va logrando que sus obras, tan diversas, sean un estallido para el lector.

Uno no se da cuenta, pero pasa por sus historias como si fuera un campo minado, sembrado con unos fuegos artificiales que, en cualquier momento, o ahí en un detenido trance van calando, sin que percibamos las luces en el firmamento; la fuerza de sus personajes es insuperable y se quedan como si fueran espejos que luego vemos en las calles, en los bordes, en el pantano o ahí entre nosotros.

Mucho de mito y más de fascinación hay alrededor de este escritor; su mano, siendo una extensión contenida, ha permitido que explore y agarre lo que otros no se dan cuenta que pueden. Quien crea que sólo lee un asunto ficcional también habrá caído en la trampa.

Leerlo es hacer un largo viaje con muy pocas maletas. Fotografía / El Telégrafo.

Sus textos anuncian los declives, muestran una que otra coordenada de lo que ocurre y entre metáforas y símbolos pone su modo de decir. Ocurre al leer los Héroes perros, no es tan solo el extraño caso de alguien que decidió sacarle potencial a su imposibilidad de movilizarse, al tener quien haga lo que él no puede u ostentar unos perros que son la extensión perversa de los pies que no tiene; al tiempo hay un ideario de Latinoamérica, dibujado en esa familia que convive con los perros y el señor inmóvil.

Leerlo es hacer un largo viaje con muy pocas maletas. Es posible que en la trayectoria tengamos que descargarnos de eso que traíamos, porque en cada paso comprendemos lo inútil de las cargas. Si vamos, por ejemplo, en La bola negra, podríamos creer que somos nuestro propio alimento y no necesitemos nada más. Esa historia, como un cristal, ofrece un exquisito plato entre el zumo y la anorexia, el hambre y la gula, el querer dejar de comer y lo insaciable, tal vez la muerte y la vida sean lo mismo.

La perpetuación o la involución se encuentran, con sus matices y transiciones en sus libros. Bellatin, como en la obra Salón de belleza, es como ir a un decoro inusitado de alternativas, donde todos, menos uno, vamos a morir. Cualquier lector queda atrapado, su trepidante escritura hace que nos convirtamos en extraños seres que habitan territorios fértiles para ser presas de historias.

*John.giraldo.herrera@gmail.com. Docente y periodista