SPIRA MIRABILIS

La spira mirabilis se convirtió en el siglo xx en el símbolo de la patafísica, un movimiento artístico e intelectual vinculado con el surrealismo que buscaba comprender, o al menos alcanzar, aquello que se encuentra alrededor de lo que está más allá de la física. 

 

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

El matemático y profesor suizo Jakob Bernoulli fue un hombre genial; desarrolló la técnica para resolver ecuaciones diferenciales y publicó el Arte de la conjetura, una obra pionera en la teoría de las probabilidades. Escribió además un libro sobre la espiral logarítmica a la que denominó spira mirabilis. Sabía que ella entraña una representación y manifestación de la vida y la naturaleza, como no sucede con ninguna otra gráfica o representación pictórica. Bernoulli que pertenecía además a una familia de alcurnia, pidió que el epitafio de su tumba, que reposa en la catedral de Basilea, fuera: Eadem mutata resurgo, es decir “mutante y permanente, vuelvo a resurgir siendo el mismo”, y que llevara el dibujo de una espiral logarítmica. El cantero, por ignorancia o por pereza, esculpió una espiral aritmética. La diferencia entre una y otra es absoluta. En la espiral logarítmica el radio crece en progresión geométrica, mientras que en la aritmética la diferencia es constante.

 

La spira mirabilis se convirtió en el siglo xx en el símbolo de la patafísica, un movimiento artístico e intelectual vinculado con el surrealismo del que hicieron parte Genet, Prévert, Boris Vian, Ionesco, Miró, Eco, entre otros, que buscaba comprender, o al menos alcanzar, aquello que se encuentra alrededor de lo que está más allá de la física. Y que, según algunos de sus integrantes, los que crearon en París el Collège de ‘Pataphysique en 1948, buscaba ser la ciencia de las soluciones imaginarias.

 

El movimiento artístico, como todos, no pasó de ser un conjunto de declaraciones colectivas y públicas. Pero las mencionadas deben bastar para que le reconozcamos un lugar preponderante, no por revolucionarias, sino por todo lo contrario, por su claro afán de regresar a la esencia más básica de lo que nos afana como seres humanos, es decir al misterio cuyo conocimiento apenas alcanzan a rozar el arte y la imaginación.

 

Escher, el pintor y dibujante holandés, también era patafísico, y probablemente el más patafísico de todos, si nos atenemos al epitafio de Bernoulli: mutante y permanente, vuelvo a resurgir siendo el mismo. Casi todos los dibujos y grabados del holandés pueden entenderse y describirse con esta frase, y recuerdo ahora solo dos: las escaleras en una especie de castillo que dan la impresión de que suben pero a la vez bajan, y por las que se desplazan unos seres, sin cara ni sexo, que también suben o bajan, incluso uno junto a otro que lleva en sus manos una bandeja con una botella, y uno no puede entender quién va correctamente, o quién al derecho y quién al revés; y otro dibujo, en el que unos lagartos salen de un papel en el cual se encuentran dibujados, tomando vida, para desplazarse por el borde del dibujo, un libro, una escuadra, un poliedro y regresar nuevamente al dibujo reintroduciéndose en él. Podría describir más, pero cualquiera puede revisar en la red y ver más ejemplos de lo que a Escher le gustaba representar: escenas en las que algo se hace y deshace —o al revés si que en este caso existe el revés—, para luego volverse a hacer o deshacer. Una infinita mutabilidad que garantiza la inmortalidad, o una eterna inmutabilidad que garantiza el perpetuo cambio.

 

Otra curva estudiada por Bernouilli fue la lemniscata, el símbolo del infinito. Tal como la leminiscata y la spira mirabilis, el arte procura encarnar y representar la vida y el universo.

 

Octavio Paz escribió: “Como el clavel y como el viento/ el caracol es un cohete:/ petrificado movimiento./ Y la espiral en cada cosa/ su vibración difunde en giros:/ el movimiento no reposa”. El caracol es una spira mirabilis en petrificado movimiento que, por supuesto, no reposa. Igual la poesía, diría el mexicano.

 

Otro dibujo de Escher, que no por usado en carteles publicitarios pierde belleza o valor, es la mano que se dibuja a sí misma. Incluso el hecho de que sea tan popularmente usado le agrega una gracia de la que pocas obras contemporáneas pueden vanagloriarse. La idea sigue siendo la misma que ya describí unos párrafos atrás, pero en este caso hay algo más, porque es un dibujo que se hace a sí mismo, es decir el arte haciendo arte de sí mismo. Por supuesto nada nuevo bajo el sol, pero la idea está reflejada allí con tal naturalidad y obviedad, que se vuelve paradigmática y a la vez trascendente; tanto como para constatar, fuera de dudas, que mutante y permanente, vuelvo a resurgir siendo el mismo.

 

La literatura y el arte solo pueden serlo si son autorreferenciales y a la vez expansivos, o al revés, si es que en este caso existe el revés. Pero además si tienen la capacidad de acariciar el misterio, que trasluce la spira mirabilis, y que nos resguarda de sumirnos exclusiva y perpetuamente en la simpleza que individualmente significamos. “Sin belleza ni misterio más allá de sí misma, la mente por definición queda desprovista de puntos de referencia y se deja arrastrar hacia configuraciones más simples y burdas”, escribió el biólogo Edward O. Wilson.