Octavio Paz: entre irse y quedarse

De modo que siguiendo  ese  camino circular, regresamos al punto de  partida. A las dos grandes sustancias de la poesía: el amor y  la muerte, dos rostros de una divinidad bifronte. A modo de recompensa, ese dios  tornadizo nos entregó los tortuosos deleites del cuerpo. Pero no el cuerpo como organismo, sino como territorio donde lo fugaz y lo perdurable se tocan.
Por / Gustavo Colorado Grisales
He vuelto a  los poemas de Octavio Paz después de varias décadas: tres, poco más o menos.
Es la única manera de asomarse a la hondura de los grandes  poetas: frecuentarlos durante mucho tiempo, ojalá en la juventud, y abandonarlos por largas temporadas para volver a ellos cuando el camino nos ha dotado de otras miradas.
Madurez, llaman algunos a eso, aunque la palabra ha sido bastante manoseada.
Pero en fin, en esta temporada de fin y comienzo de año regresé a esos versos limpios, transparentes y afilados  que nos ofrecen otras dimensiones del mundo y de nosotros mismos.
Poemas  ingrávidos y a la vez densos, hechos de piedra, aire, agua, amor, fuego, viento, madera calcinada.
Porque para Paz el infinito universo está hecho  de esas formas de la materia, animada siempre por la fuerza del amor, o de Eros, para ser más precisos.
Y la palabra poética, al ser cifra del mundo, participa de esa condición aérea y terrestre: dice  y no dice; nombra y calla.
Para el reencuentro con la obra del escritor mexicano escogí el libro titulado  Mi casa fueron mis palabras, Antología poética de Octavio Paz, con selección, prólogo y notas de César Arístides, en una edición del Gobierno de Colombia para el programa Leer es mi cuento.
El primer acierto del editor fue la  elección del título: es toda una declaración de principios que recoge una antigua sospecha de la humanidad, fundada en la idea de que nuestra única residencia es el lenguaje.
Lo demás son sombras, simulacros.
Las palabras en tanto casa del ser: he ahí el arte poética de Paz. Gravitando sobre esa idea, el autor despliega un universo de imágenes y metáforas que va de  las ideas limpias y descarnadas de Platón  para descender pronto a lo más telúrico: la sexualidad como expresión de  una condición que es a la vez instintiva y trascendente.
Dicho de otra forma, el cuerpo como medio para desvelar los misterios del alma.
Esa visión del mundo, explorada en un libro de ensayos que lleva el elocuente título de La llama doble, cruza en todas las direcciones los poemas de  Paz. Después de todo, para el poeta la existencia se resume en un incesante ir y venir, un irse y quedarse; un permanente viaje entre la eternidad y el instante.
Así lo expresa en este poema:
Entre irse y quedarse duda el día,
enamorado de su transparencia.

 

La tarde circular es ya bahía:
en su quieto vaivén se  mece el mundo.

 

Todo es visible y todo es elusivo,
todo está cerca y todo es intocable.

 

Esos versos  contienen las claves  sobre las que gira la obra toda del poeta: la transparencia que es otra forma de la oscuridad, como bien lo advierte en uno de sus ensayos, cuando nos recuerda que la mucha luz es como la mucha sombra: no deja ver.
Tenemos también la  idea de lo circular como expresión de lo  eterno, resumida en la conocida imagen de la serpiente que se muerde la cola.
Y no puede  faltar tampoco su visión diáfana del talante elusivo de todas las cosas, incluido, desde luego, el hombre.
En esa visión, la consistencia de lo visible, del mundo material es pura ilusión. Apenas  adelantamos la mano para palparlo,  todo se nos escapa.
Es justo en  ese instante cuando aparecen las palabras. Esa suerte de sombras de las cosas que, sin embargo, son lo  único que tenemos para probar nuestra propia existencia.
Con todo, no tarda en emerger una certeza: frente al lenguaje infinito del universo, todos somos analfabetos. Eso nos dice este breve poema:

 

Alcé la cara  al cielo,
inmensa piedra de gastadas letras:
nada me revelaron las estrellas
El poeta colombiano Darío Jaramillo Agudelo expresa esa  misma idea en estos versos:
La poesía, esa batalla de palabras cansadas;
Nombres de cosas que el ruido escamotea
El poeta sabe que las palabras no alcanzan para desvelar la vastedad del mundo y sin embargo se empecina, porque sabe también que no dispone  de otro instrumento, como el astrónomo que conoce las limitaciones de sus lentes, pero no tiene más remedio que seguir oteando con ellos el firmamento.
En ese empeño debe enfrentarse una y otra vez con la disonancia del propio ser, con el eterno desencuentro entre el universo y sus criaturas, como en este poema de Paz:

 

Los insectos atareados,
los caballos color de sol,
los burros color de nube,
las nubes, rocas enormes que no pesan,
los montes como cielos desplomados,
la manada de árboles bebiendo en el arroyo,
todos están ahí, dichosos en su estar,
frente a nosotros que no estamos,
comidos por la rabia, por el odio,
por el amor comidos, por la muerte.

 

De modo que siguiendo  ese  camino circular, regresamos al punto de  partida. A las dos grandes sustancias de la poesía: el amor y  la muerte, dos rostros de una divinidad bifronte.
A modo de recompensa, ese dios  tornadizo nos entregó los tortuosos deleites del cuerpo. Pero no el cuerpo como organismo, sino como territorio  donde lo fugaz y lo perdurable se tocan.
A la captura de ese instante sagrado que alumbra y fulmina con la fuerza del rayo, consagró Octavio Paz su vida entera, así en sus versos como en sus ensayos
Fue su manera de comprender lo humano, esa extraña aventura que  se debate siempre en el acertijo de irse o quedarse.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada