Era una noche lluviosa, casi media noche: se metió a las volandas en su balandrán de estrellas y salió a recorrer la tierra de sus paisanos que a esa hora era un palacio inmenso y vacío. Desolado. Nadando por Andes, su amigo Gonzalo, el profeta, le aseguró que era el mejor tirapedrero de un país que recién soñó fundar y que sus notas lo corroboraban: 5.04. Extraordinario. Se hizo el loco y siguió nadando.

A Giovanny Gómez y Miguel Rubio
Por: Luis Carlos Ramírez Lascarro
La noche del sábado 25 de mayo de 1940, cuando cumplía su octavo año, Jaime Jaramillo Escobar, nadaísta y funcionario público, tuvo un sueño que soñaría recurrentemente todo el próximo año. Soñó que era un ombligo: Solitario, silencioso, sugerente, perturbador. Un ombligo desnudo. Vivía -aún vive- en la luna, envuelto en una sábana de estrellas, despetalando poemas ofensivos que anuncian a los moribundos su cercana putrefacción. Jaime tenía una caja roja de donde sacaba versos y poemas como un culebrero: Octosílabos para el astigmatismo, alejandrinos para la gripe, endecasílabos para el insomnio, redondillas para los perezosos y conformistas, sonetos para los bipolares -los transfuguistas-, décimas para la corruptela hemorrágica: enfermedad de transmisión electoral ampliamente extendida en su tierra. Versos y poemas para lo que quiera, para lo que tenga y si no quiere, y si no tiene nada, también versos, también poemas. Era una noche lluviosa, casi media noche: se metió a las volandas en su balandrán de estrellas y salió a recorrer la tierra de sus paisanos que a esa hora era un palacio inmenso y vacío. Desolado. Nadando por Andes, su amigo Gonzalo, el profeta, le aseguró que era el mejor tirapedrero de un país que recién soñó fundar y que sus notas lo corroboraban: 5.04 Extraordinario. Se hizo el loco y siguió nadando.

Jaime Jaramillo Escobar se sintió cansado de ser inteligente, despreciado y querer graduarse de imbécil y, expulsado del colegio, por peligroso e indeseable, se fue como godo a Altamira a escribir sobre un poeta con revólver y a ser acusado de comunista por no matar liberales y de ateo por los devotos del sagrado corazón. Pensó luego en las formas más eficaces de gastar el tiempo, embrujado por una negra que sí sabe estar desnuda, no como las blancas, y se fue a Cali a tomarse unos poemitas de tierra caliente en Nuevo Mundo y a sobrellevar un puesto directivo, con cartapacios de papeles bien ordenados en carpetas y compromisos atendidos a tiempo, como buen antioqueño y buen gerente, en las artes y la locura de una generación de revoltosos del lenguaje; pero los ídolos y los órdenes que habían estremecido y sacado de madres no le dejaban dormir, tirándole piedrecillas de reconocimiento y rodándoles las sábanas de luceros mientras estudiaba la digestión de la pulpa de coco, de la pepita de la granadilla y el castigo impuesto por Dios a los blancos con sus tierras frías y por qué a los negros les había dado el tamarindo. Convocó entonces al olvido en torno a estos ídolos: nos vemos luego del apocalipsis atómico, les dijo, venceré después de muerto, como El Cid. Hasta siempre. Renunció Jaime Jaramillo Escobar a su propia e inmejorable compañía, invitado a una Luna de locos y se encontró, entonces, frente a un viejito cansino y jocoso, elegante, recién embolado, sin cara de sospechoso ni deudor moroso y sintió que ese viejo austero y mágico tenía mucho que ver con él: escuchó a un librero recitando un poema de su amigo Gonzalo y se sorprendió al saberlo muerto y eternamente joven y reaccionario. Sostuvo una divertida visita de cortesía con su amigo Jotamario, el más humilde de todos, quien lo elogió en sus recientes ochenta años y advirtió, de pronto, la forma horrorosa en la que el tiempo pasa por encima de nosotros sin darnos mucho tiempo a reaccionar de un golpe a otro: se supo ese viejo calvo y deliciosamente cáustico y se dispuso a acomodarse en su colchón de nubes negras y su manta de estrellas. Era todo por esa noche: cometió, nuevamente, el perfecto crimen de la poesía revelándola, luminosa, divertida y altanera, a su joven auditorio. Despertó, con un fuerte gritó y un puntapié en la puerta de su casa: Gonzalo lo llamaba, muerto de risa, ¡poeta placa de carro!


