Sabato traza una acuarela: la de su propio interior, plena en detalles, matices, texturas. La apariencia completa es tan perturbadora como inquietante.

 

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Por: Camilo Alzate González

 

 

“Cualquier historia de las esperanzas y desdichas de un solo hombre, de un simple muchacho desconocido, podía abarcar a la humanidad entera, y podía servir para encontrarle un sentido a la existencia” Ernesto Sábato, Abaddón el exterminador.

Ernesto Sabato sorprende aunque también intimida con Abaddón el exterminador. La novela aparece a modo de conclusión –exagerada, experimental, apabullante– dentro de la genial saga paranoide que componen El Túnel primero y después Sobre héroes y tumbas. Esos cauces, esas señales y pistas de los relatos anteriores, historias angustiantes hasta la náusea, conducían –cómo no adivinarlo– al propio Sabato: personaje y creador al tiempo, ficción y recuerdo, delirio y racionalidad dentro de su última novela.

La lectura es tediosa. La mitad de la trama se desarrolló ya de forma más coherente, más resumida, en los ensayos que componen El escritor y sus fantasmas. Sabato gasta extensiones de páginas explicando por boca de los personajes cuatro o cinco temas que le quitaron el sueño toda la vida: el existencialismo y lo insignificante de nuestro trasegar por el mundo, por consiguiente, la irrelevancia de la literatura. La imposibilidad de crear una ficción y un arte comprometido, discusión inútil que Sabato entabla contra los detractores de sus obras anteriores.

Lo peligroso del racionalismo científico, peligro que entraña la trampa del desarrollo tecnológico deshumanizante. Nuestro carácter demoniaco y oscuro, el dominio de las pasiones sobre el destino personal de los individuos. Aparecen también sus originales concepciones acerca del género novelístico. Y, en panorámica, opiniones acerca del catastrófico siglo XX dentro de Argentina y afuera de ella, siglo al que por cierto todavía le faltaban tres décadas de horrores antes de acabarse. Publicó la novela comenzando los 70.

La otra mitad de las páginas intercala episodios más o menos inconexos, en un conjunto caótico que no va para ningún lado, especie de nebulosa excesivamente densa donde alumbran descripciones brillantes, piezas ocultas al interior de una línea a veces esotérica, a veces policíaca; otras costumbristas, que se antoja infinita, con incontables desvíos. Si como parece, la intención de la novela era negarse a sí misma en tanto obra que pertenece al género novelístico, para al mismo tiempo, afirmarse en la negación convirtiéndose en novela absoluta, en obra total (un poco como las famosas paradojas griegas), Sabato consigue su propósito. Esta anti-novela que reclama la imperfección como bandera, despreciando la construcción de un universo coherente y hermético, logra articularse en un complejo cosmos personal de vivencias y fantasmas, que según la convicción del escritor, refleja a la vez toda la pequeña inmensidad de la existencia. La voz del propio Sabato discute con una de sus imaginaciones las claves del asunto en la página 249:

“No hablo de un escritor dentro de la ficción. Hablo de la posibilidad extrema que sea el escritor de la novela el que esté dentro. Pero no como un observador, como un cronista, como un testigo.

—¿Cómo entonces?

—Como un personaje más, en la misma calidad que los otros, que sin embargo salen de su propia alma. Como un sujeto enloquecido que conviviera con sus propios desdoblamientos.”

 

 

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Abaddón el exterminador será la joya más costosa de Sabato, no la más bella. Es una narración demasiado críptica, demasiado impenetrable, que acaba por derivar al abismo, un laberinto íntimo del que no conocemos la salida. El autor, por supuesto, tampoco. Un deseo de “reintegrar” la condición humana, que Sabato recoge de Nietzsche, es inmanente a la estructura del relato: el hombre es “un ser dual, trágicamente dual”, desde Sócrates “se ha querido proscribir su lado oscuro”, sin embargo se debate sin remedio “entre la podredumbre y la inmortalidad, entre lo diabólico y lo divino”. Domina las páginas la convicción que “los seres humanos son ajenos al espíritu puro, porque lo propio de esta desventurada raza es el alma, esa región desgarrada entre la carne corruptible y el espíritu puro, esa región intermedia en que sucede lo más grave de la existencia: el amor y el odio, el mito y la ficción, la esperanza y el sueño” (pág. 368)

Puesto que tal dualidad se funde en la narración, no sólo como preocupación de fondo sino sobre todo traspasando la estructura formal, se percibe un ánimo de integrar la racionalidad junto a los demonios del espíritu. El relato adquiere un tono imperfecto, inacabado, logrando ser con franqueza incomprensible de lo delirante. Sabato traza una acuarela: la de su propio interior, plena en detalles, matices, texturas. La apariencia completa es tan perturbadora como inquietante. Ese lugar común que se repite con frecuencia asumiendo la novela como un género consagrado a la individualidad, una ventana al alma, un arte dedicado a explorar la condición humana, junto a un largo etcétera de obviedades, conlleva al riesgo del simplismo frívolo. Claro que la novela es una proyección del alma. Pero aquella es entre todas la región más turbia, la más inexplicable: “¿Dónde se iban a refugiar las furias?” (pág. 258), justo allí, en la literatura que resguarda los demonios inquilinos de nuestra condición desterrados por el racionalismo. Allí se anudan letras tratando de dar respuestas sin éxito a las incógnitas de un sujeto atormentado, Ernesto Sabato, quién “en momentos de horror y de éxtasis crea su poesía, que surge de ese confuso territorio y como consecuencia de esa misma confusión: un Dios no escribe novelas”.

Ernesto Sábato, Abaddón el exterminador, Seix Barral, Barcelona, 1982.