“Para que haya poesía, hay que vivir con todas las fuerzas, aunque la vida nos arroje cada día a la arena cotidiana de las ciudades donde debemos disputarnos el aire, el agua, los alimentos y la alegría”

 

Por Mauricio Ramírez Gómez
Carolina-Hidalgo

En su libro Sobre la poesía y los poetas, T.S. Eliot sostiene que la función social esencial de la poesía no es otra que dar placer, entendido como el resultado de la “comunicación de una experiencia nueva, o alguna interpretación nueva de lo ya conocido, o la expresión de algo que hemos experimentado para lo cual no hallamos palabras, que amplía nuestro conocimiento o depura nuestra sensibilidad”. La existencia de una experiencia nueva supone que el poeta conoce o ha reflexionado sobre la sensibilidad del grupo humano que lo acoge o que es de su interés. También supone un esfuerzo por comunicarse con los otros. Pero sobre todo, supone una voluntad de transgredir, atreverse a ir más allá de lo que es moral y estéticamente aceptado. En este sentido podría afirmarse, de manera quizá temeraria, que el máximo placer que produce la poesía es el derivado de la ruptura o la provocación.
La maestría de los poetas consiste en ofrecer a sus semejantes, en medio de su propia angustia, palabras y revelaciones que transformen su sensibilidad, que les informen algo nuevo sobre las tensiones presentes en su realidad. No significa esto convertir la poesía en un ejercicio proselitista sino conservar, renovado, su carácter vidente. Para lograrlo, el poeta debe revisar su relación con la realidad, siempre determinada por el lenguaje. Entender que la creación no es simplemente un hecho estético sino también, y sobre todo, un hecho político, puesto que puede alterar el orden establecido. Eso supone para el poeta una voluntad de querer correr los riesgos: el más temible de todos es verse absolutamente solo.
El infierno del poeta es la incomunicación.
Hoy el poeta, al menos en Colombia, parece confundir la comunicación con el gregarismo. Los poetas se reúnen con los poetas para escucharse, porque ya nadie escucha la poesía (bien discutible resulta si quienes asisten en masa a los festivales y encuentros, realmente están interesados y alcanzan a escuchar la poesía). Es como si la proliferación de talleres y colectivos de poesía compensara en algo su incomunicación o fuera un remedio para “curar” de su enfermedad al solitario, a la manera de los alcohólicos anónimos. Las crisis de ansiedad de estos nuevos poetas se manifiestan en su deseo de publicar de inmediato lo que recién escriben. Esto podría ser un hecho positivo y plausible si en esas reuniones se fraguaran y manifestaran verdaderas tendencias transgresoras. Pero los poetas jóvenes colombianos creen que transgreden cuando apenas protestan y creen que cantan cuando están llorando.
Por eso la poesía no es oficio para fingidores, sino para valientes que no aceptan que su existencia les arranque las entrañas todos los días, y luchan por hacer de ese combate un grito auténtico de libertad, que se oiga en muchas millas a la redonda. Para que haya poesía, hay que vivir con todas las fuerzas, aunque la vida nos arroje cada día a la arena cotidiana de las ciudades donde debemos disputarnos el aire, el agua, los alimentos y la alegría.
Crear con una brutal honestidad. Nada más subversivo en un país desacostumbrado a la verdad.

 

2.
La poesía de Carolina Hidalgo es recia como su carácter. Es una poesía hecha de su memoria, de sus recuerdos y de su presente. También de su anhelo de justicia, que no se consigue sino en la rebelión
Se olvidan del humano

¿hay piedad?

 

Así obispos y ministros inauguren monumentos

Nombres sobre baldosa fría y papel sellado

 

En el día de los enterrados

La copa se llenará de luz

 

Hay en su primer libro “De este lado de las cosas” y en este nuevo “Poemas con un fondo de agua” un deseo de hacerse escuchar a gritos, de afirmar y justificar su escogencia de la poesía como un sentido de vivir. En su intuición de que el problema esencial de la poesía, y en general de la literatura, es la comunicación, se ha lanzado a recorrer el mundo para llenarse de imágenes y de palabras que intenta traducir en su poesía, la mayoría de las veces en especies de arengas que a veces ponen en riesgo su decir poético. Un riesgo que es similar al que se corre cuando se sale de la casa para enfrentar la vida cotidiana.
“Poemas con un fondo de agua” es un libro lleno de referencias de lecturas, de historias, de palabras y mitos escuchados y conocidos, que da cuenta de las preguntas de su autora. Sabe que es joven, que tiene derecho a equivocarse y a decir lo que le parece, porque tiene derecho a la vida y a vivirla intensamente, pero comienza a sentir los requerimientos del tiempo, que disfrazado con sus convenciones sociales, exige decisiones vitales y mayor rigor.
La autora cree en ella, en sus palabras, en el camino que ha escogido, en la educación como herramienta para cambiar una realidad atroz. Este libro es el testimonio de esas y otras convicciones que han ido madurando con el tiempo y que sin duda, con menos ansiedad, se convertirán en una poesía luminosa, que la comunique eficazmente con sus semejantes.

 

III

Es propicia la casa del lenguaje

y en ella la cámara nupcial

despojo del deseo

La cocina de los antojos

que practican los ancestros

sagrados lugares de la palabra

En el baño se piensa

sobre los hijos y el secreto de

la eternidad

Sentarse con estilo y paciencia

con el olor y lo que se es

En la sala nacen las creaciones

se observa a los transeúntes

y se inventan sus historias

Penetra el mundo

en la casa del lenguaje

se desvanecen las civilizaciones

Nacen otro hombre

otra mujer

 

Este es un libro hecho a gritos, a dentelladas, en el que hay bellos destellos de poesía. Y es deseable que esta voz gane en fuerza, rebeldía y claridad
Nada más subversivo que crear con brutal honestidad, sobre todo en un país desacostumbrado a la verdad.