UN MISTERIOSO CAMINANTE

Lo curioso, según los periodistas, era que ni con la ayuda de internet había sido posible establecer la identidad del hombre.

 

Escribe / Pablo Felipe Arango T. – Ilustra / Stella Maris 

Cuarenta años desde que bromeamos/ En una cocina de Portland,/

Veinte desde que desapareciste

Gary Snyder

El año pasado, en el mes de noviembre, el diario El País de España publicó una noticia cuyo titular era el siguiente: El caso del misterioso caminante que ni internet ha logrado descifrar. Se trataba de un hombre que habían encontrado muerto en un bosque de La Florida, Estados Unidos, sin evidencia de haber sido atacado o de haber sufrido algún accidente. Fue hallado en su carpa, rodeado de sus pertenencias, dentro de las cuales se encontraba algo de dinero y un cuaderno con los códigos de un programa de computador. Es decir, no había nada especialmente extraordinario en el asunto, todos los días mueren miles de personas solas, en algún paraje o en su propia casa, así que ¿cuál era la razón para que este caso, más o menos carente de interés, lo tuviera hasta el punto de convertirse en titular de uno de los periódicos más importantes del mundo?

El hombre, que se hacía llamar Ben Bilemy, al principio, y luego Mostly Harmless, según contó en varias ocasiones a conductores de camiones que lo habían transportado o a caminantes con los que se cruzó durante su travesía, había salido caminando de Nueva York, sin rumbo fijo, sin documentos, apenas con una mochila en la que llevaba un poco de ropa, un cuaderno con sus notas y poco más. Muchas veces fue fotografiado durante su caminata, casi siempre sonriente, o al menos con un rictus que delataba cierta complacencia consigo mismo y con su existencia.

Ben Bilemy, o Vance Rodríguez como realmente se llamaba, caminó hasta el rincón de un bosque muy al sur de donde había partido, y murió de muerte natural, solitario, bajo una carpa montada en medio de los árboles. Recorrió más de dos mil quinientos kilómetros, casi todos a pie, sin ánimo diferente al de solo caminar, sin afanes proselitistas, sin propósito turístico, incluso sin la intención de recompensa espiritual, dada las absolutas condiciones laicas de los puntos de partida y llegada. Bilemy caminó porque sí, atendiendo un mandato interior que es difícil de comprender porque suponemos que todo viaje tiene un objetivo, así como un comienzo y un fin, y él nunca advirtió nada parecido, ni siquiera a dónde quería llegar. Lo vieron caminar, solo eso, caminar con su morral al hombro y un paso que parecía decidido; mera conjetura esto último.

Lo importante de la historia, sin embargo, para El País, no fue el extenso camino de Bilemy, ni la muerte que no fue espectacular; lo curioso, según los periodistas, era que ni con la ayuda de internet había sido posible establecer la identidad del hombre. Tampoco es que fuera importante dar con sus familiares o hacer un entierro apropiado de sus restos, no, lo que hacía que el hecho fuera relevante era que él demostraba un extraño e inexplicable fallo en la red, que es capaz, supuestamente, de desentrañar todo misterio, porque en ella se espera que todo lo que existe tenga presencia o cabida. Pero el caso de Bilemy echó por tierra esa certidumbre contemporánea. Ya no solo se trataba de alguien que había caminado sin motivo y había muerto solo en medio del bosque, sino que además era alguien que no tenía registro en las redes sociales, que no ocupaba, como dice el escritor Efraim Medina, el número que la red nos tiene asignados en el entramado sobre el cual se sostiene el sistema de comunicación y comercio que todo lo domina, o casi todo.

En 1971 el poeta norteamericano Lew Welch salió de la casa de su amigo, el escritor Gary Snyder, y se internó en el bosque. Nunca regresó, ni se supo algo más de él. Su cuerpo no fue encontrado. Había escrito años atrás, en un poema incluido en su libro The Way Back (El camino de vuelta), los siguientes versos: “¡Crece, pequeña planta!/ Enséñales a los que me hacen perder el tiempo y a ti/ lo bueno que es ser/ como cualquier hierba/… Fue por Amor que viniste hasta aquí/ a germinar/ y a morir”. Cabe imaginar a Welch internándose en el bosque para luego recostarse en un árbol hasta morir, esperando que luego las alimañas hicieran lo propio: “Con la ceremonia apropiada destripar lo que ya no/ necesito, que así más pronto se pudrirá/ volviéndose apetecible/ mi nueva forma”, había escrito en otro poema.

Más o menos así debió querer su final Bilemy, lo que provocó una inmensa extrañeza, aunada al hecho de que internet resultó inútil para desentrañar lo que se consideró un misterio. Pero es que la red será inútil si pretende asir lo inasible, o si pretendemos que lo haga.  Ella no es más que una herramienta. El camino en cambio, el de Bilemy y el de Welch, que conduce al silencio y a la comunión con la naturaleza y la soledad, es la virtud y el secreto, tal como supuso y escribió Lao Tse, cuando el guardia lo detuvo en el paso de Kuang-shi y lo obligó a escribir el Tao Te Ching, antes de dejar que siguiera su andadura y se internara para siempre en las montañas.

@PabloFArango