Los finales rosa no son para gente de letras, y esta se supone,  intentaría ser una novelita para gente cultivada; novelita con ciertas ambiciones, no propiamente literarias pero sí estéticas. Una anti-nouvelle, una proto-nouvelle, una pseudo-nouvelle, una micro-nouvelle.

Una novelita_Omar_Garcia_Ramirez

Por: Omar García Ramírez*

Propongamos que sería una novelita corta.
Más corta de los que puede ser una novelita ligera,
una nouvelle violeta sobre terciopelo azul; novelette muy sugestiva podría decirse…
Supongamos que su lenguaje es el de la angustia
que su piel; la piel de los adictos.
Un sueño de mariposa posada contra una ventana negra.
Que estaban separados por cientos de pequeñas fallas geográficas, ciertas castas de tradiciones y abolengos. Manuales herméticos y modales sociales; fronteras económicas, tiempos generacionales y educación.
Pero que, de alguna manera, estaban destinados a encontrarse. 

La conoció una tarde anodina y urbana cuando ella trabajaba vendiendo suscripciones puerta a puerta para alguna sociedad filantrópica; él daba clases de idiomas en un colegio de señoritas.
Al menos parece, que así sucede en la novelita.

(El escritor advierte: es una novelita que se está escribiendo. Esto es un boceto, un bosquejo).

Que después, él se dio cuenta que ella era una espía que husmeaba en su vida.
Que laboraba para el estado. Que había sido una carnada.
Una bella carnada para una persona incomoda que tenía serias intenciones de convertirse en alguien molesto para la sociedad. Alguien del que se sospechaba; sabía cómo poner algunos recursos importantes al servicio de una causa desprestigiada.

Él se enamora de ella… pero todavía no sabe nada.
Ella se enamora de  él, pero tampoco sabe nada; apenas aprende un poco.
En el fondo nunca llegaría a conocerlo.

(Tendríamos que poner en perspectiva la escena de un final trágico o un final rosa. Pero los finales trágicos son demasiado teatrales).

Los finales rosa no son para gente de letras, y esta se supone,  intentaría ser una novelita para gente cultivada; novelita con ciertas ambiciones, no propiamente literarias pero sí estéticas. Una anti-nouvelle, una proto-nouvelle, una pseudo-nouvelle, una micro-nouvelle. Que también fuese leída por espíritus afines a las viejas líneas experimentales: Nathalie Sarraute, Robbe-Grillet y de Michel Butor.

(No nos adelantemos, es lo bueno de las novelitas. El suspense puede quedar cruzado por una gasa ligera, macerado en cierta salsa espesa).

Detengámonos por un momento en sus miradas, en sus labios que se mueven detrás de la ventana de una cafetería en donde el ruido ambiente crea un zumbido de palabras y murmullos que mueren dentro de tazas de café. En ese país donde transcurre la historia, hay un murmullo de abejas que zumban bajo un panal de fuego; moscas que revolotean sobre el cadáver de un perro muerto en carretera. Y la gente toma café con devoción; como si al tomar café en grandes cantidades olvidaran que viven en un eterno purgatorio. Revuelven con sus cucharitas de peltre; rayan el corazón de un recipiente de porcelana sucia en el que se ha abrevado mucho tiempo; animales en la sequía con ojos abiertos y palabras resecas.

Ella es blanca y tiene un rostro de belleza antigua, algo de su herencia genética la haría heredera de leyendas mediterráneas y balcánicas.

Él es un hombre de juventud madura, que tiene lacrado en su rostro el sello de una fortuna dilapidada, una fortuna malograda.

Cierta oscuridad aprendida en la academia de la noche.

(Allí podría buscarse una variante gótica, algo macabro… ¿nos dejaríamos tentar por una historia de vampirismo y peste?)

No. Ceo que no sería lo acertado.

Entonces supongamos que ellos van tejiendo una complicidad extraña, ya que sumada a  la desconfianza llena de prejuicios, se van descubriendo poco a poco;  cada uno entra en la piel del otro como dos seres de sombra que huyen de sus miedos;  se aman con cierta fe enfermiza;  llegan hasta un punto cercano de la luna negra donde sus corazones se congelarán y se llenarán de un azúcar amargo y viejo.  Se revolcarán en hoteles de viajeros y maleantes;  en cabañas perdidas y ruinosas; participarán de algunos carnavales en donde sus cuerpos febriles brillaran bajo luces grotescas. Y naturalmente, algunos golpes, cierta rudeza con sangre en las mejillas, palabras afiladas y peligrosas; algo de ira.

Pasado el tiempo… se reconocerán de nuevo como dos viejos amigos perdidos en el mundo, caminando en orillas diferentes; un océano contaminado de mentiras los distanciaba; entonces, en algún momento, una tarde bajo la lluvia y el paraguas negro, tomados de la mano se juraran amor eterno.

Supongamos que en las oficinas centrales del panóptico se sospechaba de él. Porque era un tipo que iba por la libre; su mueca amarga e ilustrada no hacía concesiones. Y ella, que era la carnada perfecta, tenía también sus desviaciones; había coqueteado de joven con las drogas. Era bonita se podría decir, pero entregada a la bohemia ruda. La habían cogido con algo comprometedor. Entonces, la habían puesto a trabajar bajo su empresa para mantenerla alejada de las prisiones. Algo en lo que se podría divertir y darle rienda suelta a su curiosidad de Femen en rebeldía.

Ella se da cuenta que el tipo en cuestión, no está interesado en cambiar el mundo. Que el tipo era de cierta manera un jugador. Pero un jugador que había perdido, y los perdedores no tienen esa rabia adentro, ese odio que les hace mantenerse firmes en la línea de batalla. Sin embargo; el loser radical solo tiene una consigna: the day will come when the loser become winer; esa es la divisa rotulada con cintas de sangre y oro sobre su bandera.

En algún momento, después de algunas copas, después de un  choque en su auto; los dos se habían dado cuenta que estarían irremediablemente unidos de por vida. No porque hubiese muertos o heridos, sino porque habían estado bajo el efecto de algo: una seda de fuego que los envolvía.

Ella pensaría: No era que ese tipo le hubiese llenado la vida de dulzura, solo le había arrancado la mirada más tierna de su historia y había estado a punto de llorar; ella, que fue una mujer dura, de piedra y hielo.

Pero luego se alejan. Algo debe poner distancia.

(La distancia le daría su carácter romántico. Es una novelita que, a pesar del desprestigio que ello conlleva, debería venderse en aeropuertos. Dice el escritor bajo amenaza de bancarrota).

En distancia, algo crujía y  e intentaba romper las barreras.

No hubo cartas, pero si hubo palabras que el tiempo mezcló con la arena de la vida.

A ella le habían cobrado su ineficiencia; sus reportes no eran los esperados. Comenzó a expresarse en una jerga literaria incomprensible. Los jefes la apartaron del caso. La tecnología se encargaría del asunto, dijeron: los sofware robots de la web profunda, no se enamoran ni lloran pelando las cebollas negras del alma. Algunos oportunistas le pidieron ciertos favores personales a los que no pudo negarse. Esto terminó minándola, destruyendo su amor, poco a poco.

Después solo quedó la ruina de algo extraño, el bombardeo de un bello laberinto en donde los enamorados, se habían perdido bajo el efecto de una droga exótica.

Luego, distanciados en el país en guerra. Pérdidas para siempre sus huellas y sus pasos…

Se fueron desboronando todos sus besos; sus miradas congeladas en un cristal de miedo quedaron reflejadas para siempre en la distancia. La sal del deseo partió en pedacitos un pastel amargo.

Nunca encontraron otro momento. El escritor no les daría otra oportunidad.

Él la recordaría. Pero no intentaría regresar; sabía que esa historia estaba destinada al olvido, y que de regresar estaría en el camino a la muerte y la locura. Sospechó algo. Calló y guardó para si ese recuerdo como una cicatriz de plata y hierro; procuró envenenarla con alcohol. Envenenó con alcohol la cicatriz más pura de su alma.

Los dos….Se hicieron viejos náufragos, navegando en cruceros de tercera categoría y bailando en fiestas desteñidas y ruidosas, esas que se dan a altas horas de las noches en los barcos fantasmas.

(Allí, el escritor de la novelita se puede permitir el lujo de ser descriptivo, o mejor, puede guardar escenas decadentes…para otra cosa).

La nostalgia de los dos, se había convertido, en  una tormenta luminosa que los había hundido en un mar de incertidumbres con todos sus secretos, con todos sus deseos,  leños ligeros ardiendo en llamas vivas sobre un mar teñido de petróleo.

(La novelita, nunca sabremos si llegará a publicarse. Pero es un éxito de crítica, aunque dejan mucho que desear sus ventas).

Eso dicen.

* Omar García Ramírez es escritor y artista colombiano. Texto del libro en preparación: “Extraños animales de suburbio”