Samuel L. Clemens dictó cientos de páginas de autobiografías que iban desde la no existencia de Dios hasta ocurrencias en cartas postales.

  MARK TWAIN

 Por: Denis Donoghue*

Samuel L. Clemens, mejor conocido como Mark Twain después de 1863, trató de diversas maneras de escribir una autobiografía. Descartó cientos de páginas almacenadas aún para demostrar su fallo. En 1904 trató con un nuevo método: dictando sus pensamientos a una secretaria. En enero de 1906, cuando acababa de cruzar la frontera de los setenta años, comenzó a tomar el método más seriamente, dictando por pocas horas casi todos los días. Estaba satisfecho con el resultado. “Estoy cansado de la pluma”, resolvió rápidamente.

Pero él se dio a sí mismo tres concesiones.

Uno: ordenó que el material que estaba produciendo no debería ser publicado en integridad hasta cien años después de su muerte (nació el 9 de noviembre 1835, murió el 21 de abril 1910). “Yo estoy hablando desde la tumba”, se dijo a sí mismo con evidente satisfacción. En todo caso, tres de sus biógrafos ignoraron esta peculiaridad, especialmente porque él publicó muchos extractos en el North American Review tan pronto como la tinta de su pluma estaba seca.

Dos: Se sintió libre para hablar de cualquier cosa que se le viniera a la mente, sin importar un orden o una secuencia. Otras autobiografías, paciente y obedientemente siguen un plan o un curso no-divergente a través de jardines y desiertos, ciudades interesantes y siniestras soledades… pero esta no pertenece a esas autobiografías. Pues es solamente una excursión de placer;  las distracciones mismas nos llevan a alguna parte que es un circo, o a un excitante recuerdo cercano, y raramente espera que el show termine porque hace la maleta de nuevo y se va tan pronto otro show es anunciado.

Tres: sabía que no tendría un límite de palabras. Entre febrero 9 de 1996 y finales de marzo estaba hablando todavía de llenar 264 páginas del primer volumen -publicado por la University California Press- con 267 páginas de notas, en 2010: la fecha límite del embargo de los cien años. Entre abril 2 de 1906 y febrero 28 del mismo año, dictó todavía para llenar 456 páginas del segundo volumen que implicaban 206 páginas de notas. Las notas en ambos volúmenes están bien; valió la pena.

Sátira

El estilo de Twain en dictados era el mismo que en lecturas, excepto que se permitió muchas libertades de sátira desde la tumba que él no podía haber ofrecido desde el pódium. Ya era toda una celebridad antes de la publicación de Las aventuras de Huckleberry Finn en 1884 que, por supuesto, lo hizo más célebre. Después de eso Twain leyó en conferencias alrededor de todo el mundo y vivió en la comodidad de países de su elección: Francia, Suiza, Italia, Alemania, Suecia, Australia, Austria, Nueva Zelanda, India, Ceilán y Sudáfrica. Retornando desde Las Bermudas para morir en su casa de Redding, Connecticut. En todas partes la gente pagaba grandes sumas de dinero para verlo, oírlo y finalmente estrecharle la mano.

Su estilo en el escenario era coloquial pero decoroso, se limitaba a reír una vez por lectura, rechazando cada tentación de sonar como Huck, Jim o Tom Sawyer. También era muy aclamado para dar discursos después de cenas. Vivió muy bien, conoció a todo el mundo: el príncipe de Gales, Rudyard Kipling, Henry James, Bernard Shaw, Henry Irving, Thomas Edison, el Káiser Guillermo II, Robert Louis Stevenson (todo nombre famoso que usted se imagine). Para ser breves, Twain era un hombre de una posición social alta. Pero, como T. S. Elliot lo describió:

A medida que Tom Sawyer crecía, quería éxito y aplausos. Quería prosperidad, un tipo de vida convencional y feliz, aprobación universal y fama. Todas estas cosas las obtuvo. Como Huck Finn,  él era diferente a estos temas; y estaba compuesto de ambos, Mark Twain se esforzó por ellos; y resintió sus violaciones a su integridad. Por lo tanto, él se convirtió en un humorista e incluso en un payaso: con sus donaciones, un cierto camino al éxito, para que todos pudieran disfrutar sus  obras sin el menor sentimiento de inconformidad, auto-conciencia o autocrítica.

Twain pudo fácilmente haber abordado la vida que Elliot le atribuyó a Tom Sawyer. Las lecturas públicas eran lucrativas. Planeó contratos gratificantes por sus libros. Pudo haber sido riquísimo sino hubiera insistido en construir inventos defectuosos –La máquina de escribir “Paige”– e invirtiendo dinero en su sostenibilidad. Luego, había muchos gastos con las enfermedades de la familia y la noción de que alguien pudiera curarse con sólo moverla -usualmente ella- de lugar en lugar y de país en país. La esposa de Twain, Livy, murió a los 34 años, sus hijas Susy y Jean a los 24 y 29, respectivamente. Solamente sobrevivió Clara, muriendo a los 88 años.

Esta autobiografía no está llena de circos y excursiones divertidas. Twain gastó muchas tardes denunciando a Dios, en quien no creía, burlándose de la Inmaculada Concepción, que nunca le concernió a él para nada y el servilismo ante el despreciable General Grant. Citando uno sus libros favoritos, el libro de Suetonio Vidas de los doce césares dijo, como si él estuviera enseñando en un aula de alumnos de primer año y jugando con humor: “En esos días de la antigua Roma, la educación de un caballero no estaba completa antes de que hubiera tomado un curso de teología en el seminario y aprendiera cómo interpretar lo esencial”

Justamente tenía cosas apreciativas que decir sobre Hellen Keller y virulentas palabras sobre Leopoldo II, rey de los belgas. La irracionalidad de la frenología lo ocupó por muchas tardes, seguido del tedio que suscitaba la quiromancia. En un principio Mark Twain sentía simpatía por un compañero escritor llamado Bret Harter, pero tan pronto éste revelara un defecto de carácter, Twain los guardaba para revelarlos en el momento adecuado. Algunas veces describió personas en términos que en un biógrafo podría pesar; creo que no hay nada tan genial como la forma en que Twain habló en el segundo volumen de Theodore Roosevelt: “Su novísimo interés es aquel que lo absorbe” –una valoración que también puede hacérsele a Twain excepto porque en este caso, a pesar de Roosevelt, raramente importaba–. Tres meses después, el tres de abril de 1906, Twain regresó a Roosevelt llamándolo “por mucho, el peor presidente que jamás hemos tenido”.

Twain hablaba sobre cualquier cosa. Se entendía muy bien con los nuevos dispositivos tecnológicos, especialmente el teléfono, pero no tanto con la máquina de escribir. A pesar de que empleó un maquinista para escribir Las aventuras de Tom Sawyer. La primera vez que vio una máquina de escribir (lo dice él mismo) fue en Boston en 1871 y obtuvo una demostración en la que una mecanógrafa hizo 57 palabras por minuto. En la plataforma, por su propia cuenta, Twain escribió cien palabras por minuto.

Estos asuntos profesionales venían comúnmente a su cabeza y  algunos de ellos hacen parte  de sus bromas. Mi favorita está en el segundo volumen y es provocada por la London Postal Services. Durante un año largo en su residencia en Londres rentó Dolli Hills House, una espléndida granja (de más de seis acres). Espléndida, sí, excepto por su falta de teléfono. Twain se preguntaba cómo Gladstone, que vivió en aquella casa por un tiempo, manejó el Imperio Británico sin un teléfono. Twain no podía ir a ningún lugar sin uno, pues cada día o dos hacía un pedido en Whiteleys, el más grande almacén de la ciudad:

 “No podemos telefonear, no podemos telegrafiar, debemos hacer todo por medio de cartas dando un día y medio para que llenen el pedido. Nuestro telégrafo más pronto está a dos millas, la oficina postal que recibe nuestros correos está lejísimos, el hombre del correo viene dos veces al día: a las nueve de la mañana y cinco de la tarde. Una carta enviada al buzón desde cualquier hora de la noche hasta las once llegará a Whiteley la mañana próxima, pero nunca tempranamente. Una gran vergüenza”.

Nada de sabio

Twain fue un gran escritor en este libro. No dándoselas de sabio encontró algunos temas que son aún importantes después de que él comenzó a hablar de ellos. Por ejemplo, la americanización de Europa. No fue el primero o el último en pensar esto o usar la palabra, pero lo hizo con fingido entusiasmo: “Sostenidamente, continuamente, persistentemente, nosotros estamos americanizando Europa y con el tiempo vamos a perfeccionar el trabajo”.

Seis años después el crítico FR Levis, cansando de la  utilización de la palabra “americanización” para denotar todo lo que él deploraba, le dijo a los lectores  del Times Literary Supplement  que “el problema era de desheredación cultural y el vacío de sentido del mundo tecnológico de Bentham”; pobre Bentham, teniendo que tomar toda la culpa del triple triunfo de los Estados Unidos, la ciencia y el dinero.

El segundo tema de Twain, entre muchos sobre los que hay que pensar, es “el proceso que convertirá nuestra república en una monarquía y qué tan lejos está ese día”.

Cuando leí por primera vez ese pasaje creí que Mark Twain estaba bromeando, pero hace pocas días vi en televisión una fotografía de los archivos del presidente George Bush acompañado por Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz, Condoleezza Rice, Colin Powell and Douglas Feith. Eso era lo más parecido a una monarquía y los más siniestros aristócratas de su corte deseosos de invadir Irak. Hay algo de consolador recordar que ese grupo sólo podía sostener su imperio, desgraciadamente, por ocho años. Pero era una pequeña consolación. Ocho años es demasiado para tener un Bush o un Cheney en la Casa Blanca.

*Denis Donoghue es profesor de letras inglesas y americanas de la Universidad de New York. Considerado como uno de los más importantes estudiosos de la literatura irlandesa. Artículo publicado originalmente en The Irish Times. Traducción: Simón Blair. Publicado en TLCDLR por expreso consentimiento del autor.