Es inevitable que la lectura nos convierta en otro tipo de personas, de repente no volvemos a ver el mundo como lo veíamos el día anterior y con ello todo lo que tiene de inevitable.

 

Por: Bryan Vargas*

www.observatoriofucatel.cl

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Este es uno de ese tipo de artículos que uno no sabe qué hacer con él, ni cómo comenzar. Tal vez ni siquiera sepa por qué se hace, pareciera que las palabras fueran a brotar como una mera necesidad; porque es justo y necesario. No soy experto en cine ni en literatura, tampoco soy científico, pero tengo que reconocer que durante estos años de mi vida, específicamente hablando de mi adolescencia, tuve la afortunada oportunidad de tratar con ellos y convencerme, por resquicios y huequitos, de lo que son. Y no tengo ni la menor idea. Es una confusión intermitente, de horas, de minutos, de silencio. De esas horas ingratas en que se piensa en el futuro. ¿Tuve la afortunada oportunidad? Me oí decir, ¿por qué no la agridulce sensación de encontrarme ante un mundo desconocido que me hace infeliz cuando me muestra el mundo en el que tengo que lavar los platos y hacerme de comer?

Empecé con la literatura. La mayoría de mis amigos me preguntan regularme por qué. No lo sé. La pequeña biblioteca familiar de la casa contaba con la desfachatez de poseer El lobo estepario, un libro que me llamó la atención: Primero, porque los críticos decían que es de una complejidad abrumadora y segundo porque quería saber qué era estepario. Tenía trece o catorce años. Durante la infancia no leí demasiado; recuerdo Cuentos de la selva de Quiroga y cuentos de la Biblia Ilustrada que leía antes de dormir como suplemento de las historias de hadas que mis padres nunca me contaron. Leí otros textos pero no valieron la pena porque no los recuerdo.

Lo cierto es que no nací en una casa donde se respiraba aires intelectuales, éramos una simple y corriente familia de clase media que se preocupaba esencialmente por el sustento y el equilibrio diario de la casa. No había tiempo para literatura.

Con el cine pasaba otra cosa: se veía mucho, y los fines de semana eran declarados solemnes para ésta actividad. Pero no duro mucho en mí. Era cine puro de Hollywood, no las interesantes y divertidas comedias de sus inicios, sino la repetición estrepitosa de contenidos que vistos por primera vez eran agradables, pero que después son la misma mierda de diferente perro. Me aburrió ese cine. No faltaba a las proyecciones de final de mes en el Teatro Comfamiliar donde se podía asegurar la sorpresa de encontrarse con una película de los años treinta o la más reciente y exquisita drama o comedia romántica.

Seguí asistiendo a otros cineclubes y fui formando poco a poco mi gusto por el cine. Una vez lleve a mi mamá a ver una película viejísima del cine ruso (no recuerdo el nombre, ya verán porqué) y cinco minutos después mamá me estaba haciendo muecas desde su butaca en señal de desaprobación, yo que la conozco bien. Me pareció un error invitarla, sabía que no estaba acostumbrada a ése tipo de cine extinto.  Me dijo que me levantara, que ella ya se iba.  En el momento exacto en que nos paramos el señor de atrás le dijo a su compañero “una joya del cine ruso, la mejor película, emblemática” y mamá de pura vergüenza me cogió el brazo y me bajó ostensible hasta pegarme en la butaca. Siempre que hablo con ella de aquella película nos referimos a la de los gusanos; hay una escena particularmente memorable en la que unos marineros trituran pescados (¿si es así?) como los profesores a los niños en Another Brick in the Wall.

Pero, por supuesto, no aguantamos: ya expliqué sus razones. La mía: no puedo tolerar una película cuando me siento incómodo.  Salimos y nunca más he tenido la indecencia de volverla a invitar.

 

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A mí me resulta inconcebible que se mienta con respecto a lo que uno mismo se ha formado. Los que no logran verse cualificados en cualquier campo se sienten fuertemente atraídos por el uso de la palabra “pseudointelectual” para llamar a alguien que aparentemente muestra un conocimiento más que los demás. ¡Cómo si uno pudiera formarse sus propios gustos! Es inevitable que la lectura nos convierta en otro tipo de personas, de repente no volvemos a ver el mundo como lo veíamos el día anterior y con ello todo lo que tiene de inevitable. Se piensa en lo pueril: una película que, además de tonta, no divierta, no sirve para nada.  Y a los individuos que dicen esto se les tilda de pedantes o algo por el estilo, cuando en realidad, sólo dicen la verdad: como lo he dicho no se puede volver a ser lo que se era cuando los efectos de la literatura nos han marcado profundamente. Es como si nos acostumbráramos a respirar otro tipo de gas, diferente al oxígeno.

Mi relación con la ciencia, aunque en realidad deba decir con el pensamiento científico es muchísimo más tardía.  De repente, la literatura me dejaba tan lleno de dudas que debí buscar seguridades: y creo que están en la ciencia. Una sensación de orden, exactitud, métodos, tan diferentes todos de las soledades de los libros, las novelas y los poemas. La búsqueda por aprender cada día más me pone de malas pulgas con la literatura: a veces, la mayoría de las veces, me parece que no descubro nada en ella; es como si todo lo hubiera leído y lo único que cambiara son los personajes, pero las historias, las vidas humanas, todas parecen tan iguales.

Digo que me relacione con el pensamiento científico y no estrictamente con el ejercicio de la ciencia. Dudo de todo, no acepto opiniones si no hay pruebas, todo vale lo que vale hasta que las evidencias no digan lo contrario. Tuve, o mejor, tengo problemas con la literatura científica. Un desgraciado problema, más bien. Me saturo, me da migraña, los números y las ecuaciones –aunque con todo el ánimo de estudiarlas– parecen ajenas a mi vida. Una vocecita de pronto me dice: las letras es lo tuyo. Y me dejo convencer.

Después llegó todo lo demás: dudé de la existencia de Dios y desde los catorce años soy ateo,  me retraía de los círculos sociales, no tenía más de dos amigos por colegio, me retiré de un instituto porque las absurdas normas de “convivencia” me pegaban latigazos todos los días. Me dejé crecer el cabello, los profesores me molestaban y se les olvidaba que debían enseñar, y de un día para otro, no pude contenerme y critiqué a un profesor autoritario de física (tal vez sea su espejo el que me alejaba cada vez más del estudio de las matemáticas y la física) delante de mis compañeros de salón y quizá por primera vez sentí una liberación enorme causada por mis propias acciones.

Pero de todo lo dicho, debo decir que nada ha marcado más mi vida como el encuentro con la literatura. Ella me acercó al cine y a la ciencia. A pesar de las inseguridades que suscita en mí y de las desilusiones ante la imposibilidad de acercarme al estudio de la naturaleza con el mayor de los ánimos, ella sigue presente y todos los días me dice, algo así, que puedo hacerlo.

Sí. Porque la literatura es mejor que la vida.

Tanto, como que puedo parafrasear a Juan Diego Mejía. Y al cura del barrio.

 

*Estudiante de Periodismo, Universidad de Nariño.