AUTORRETRATO CON LA MUERTE EN EL ESPEJO

Selección poética de la antología «Autorretrato con la muerte en el espejo» con autores del Eje cafetero.

 

Escribe / Mayra Yulitza Perea Montaño / Camilo Villota / Dana López González / Jaime Alfonso Aristizábal Plata / Juan Camilo Restrepo Chaves / Mariana Olarte Guarque – Ilustra / Stella Maris

 

Cronostasis

 

Siento la angustia que se hospeda, densa, entre mi laringe y la bilis.

 

Regresa con el tiempo el miedo y me incita a caer

donde pronto estaremos separados por la inmensidad de los océanos

y este contacto no es más que el intento de no olvidar cómo es sentirte.

 

El vértigo me deja suspendida

entre abismos y raíces.

 

Pero tu mano no me deja despertar,

anula las figuras apuradas que están en el aeropuerto,

su presencia se desdibuja,

ignoro su ruido y su afán,

y se empoza mi certeza en tus falanges

mientras memorizo con pereza las grietas de tu piel.

 

Hasta que suena el altavoz del lugar

y me distraigo con una voz fuera de tiempo,

que habla de un futuro que no entiendo porque no incluye sentirte.

 

Inmediatamente busco tu piel.

Nuestras manos se juntan y se conocen otra vez,

y en la fugacidad de tu tacto

se desvanece el reloj.

 

Promesa de olvido

 

En nombre del manifiesto del olvido

prometo deshacer el tejido del recuerdo que construimos en aquel verano.

 

En el silencio del adiós ya no dado

entrego a los versos los recuerdos que llevan tu nombre

para otorgarle el merecido descanso al ayer.

 

Espero olvidar el mapa de arrugas de tu palma izquierda,

y los vaticinios que descubrí en ella la primera vez que nos vimos.

Mi voluntad es recoger las huellas que me guiaron a ti

para no volver a repasarlas nunca.

 

Cada día retiro la tristeza de mi ventana

y decido mirar con otros ojos el firmamento,

aunque insista en solo hablar de ti.

 

Te olvidaré con la paciencia que nos prometimos,

pero con la que nunca nos llegamos a querer.

 

Te dejo descansar, amor.

dejo de forcejear con la puerta y simplemente la cierro.

Me marcho con toda la gratitud que me inspiran tus ojos.

 

Y así, en alguna fecha insospechada,

miraré un atardecer sin ver

tu nombre grabado.

 

Vela

 

La habitación es oscura, en su silencio, enciendo una vela,

la chispa empieza como un punto sobre la noche se sostiene en el vacío,

el corazón rojizo arde y brilla en medio de la oscuridad, mis dedos juegan con ella, se balancea, me esquiva,

me ataca, es celosa al tacto.

El azul cielo le da vida con un soplo de oxigeno

y la esperma se absorbe, se derrite, se desliza por sus poros, es tan seductor verla, ver su silueta desnuda.

 

Enciendo la vela porque calcina las penas,

¡las difumina y las vuelve polución del aire que respiro! El tiempo pasa, ¡cómo consume mi pasión…!

Consume la vela… llega a su fin… Acudiré a otra para iluminar la habitación, pero la vela, amor, no serás tú.

 

Autorretrato con la muerte en el espejo

 

En mis ojos la muerte tiene la alegría azul del cielo y el mismo fulgor del sol alumbra el  alma, es el silencio de las aves, el gorjeo triste de toda despedida, el gran aviso de la  partida.

El hormigueo del dolor en este cuerpo envejecido y mallugado hurga en los entresijos  del aliento que, aunque apesadumbrado, rebosante de calma.

El sabor del eneldo en mis sentidos se transporta con el aire hasta el cerebro, con nostalgia, recuerdo la época de las pasadas andanzas, la utopía que clamaba la juventud, la  historia de la virginidad triste, el alborozo deseo por lo desconocido. ¡Años aquellos!

El pasar del tiempo escupió mi cara, ahora, el placer es mi enemigo, el insomnio es  quien me abraza, pero llevo conmigo la fuerza de los sueños y la calma del silencio que, se  disipa con la lluvia muda que cae sobre la soledad de este blanco cabello.

Acto de poder es verme al espejo con el rostro hendido, las manos agrietadas y los lomos  caídos; corre por estas venas el pavor del reflejo, fría, helada e inquietante sensación de  suplicio y deleite.

Se aleja mi sombra con pasos apresurados y se confunde con la noche, se precipita la  vidriosa muerte como corriente de agua y fuego, luego se desvanece entre suspiros.

Cierro la mirada, camino por el eterno pasillo que encandelilla el brío de la existencia. Hallo plenitud.

 

Descenso

 

De la baldosa húmeda de la casa

brotan raíces.

Su frío verde se adentra bajo mis pies

y de mis poros sale empapado el centeno.

 

Yo también

ahogado en el ruido

voy y vuelvo

y veo mujeres pasar

con sus dulces caras de dolor.

 

Los hombres beben cerveza en la plaza

y su charla acalorada se la lleva el viento.

Los niños juegan entre harapos y brisas

Y la niebla impregna sus rostros.

 

Ausente,

bajo la luz débil que acompaña

el llanto de los búhos

que rasgan la noche

con su interminable pasar

se desplaza sin prisa

sobre mi lecho

 

y la muerte se

prolonga…

 

Prisión de la noche

 

En medio de la oscuridad y la quietud,

el silencio es tan profundo

que hace eco en los oídos

y las líneas del verso se entretejen solas

en la nebulosa del sueño infinito.

 

Es esta la prisión de la noche,

donde no hay grilletes, ni barrotes,

ni ruido de cadenas que chocan.

 

Escribo sobre ti

 

Las líneas efímeras en los diarios desaparecen, mientras escribo mi nombre

sobre tu pecho con tinta indeleble

cuando la ciudad calla, las luces no cantan, y los infortunados no sueñan.

 

Escribo un libro sobre ti, en la mitad de la guerra,

justo cuando el mundo se vuelve cenizas, el aire pesa

y se acaba la vida de a poco.