VOCES LITERARIAS

Escritos en cuarentena, publicado el año pasado, cediendo los derechos de autor por todos los escritores, sale a la luz pública en formato digital descargable.

 

Escribe / Jorge Eliécer Triviño – Ilustra / Stella Maris

Se publicó en Manizales la primera compilación de voces de 41 poetas, bajo la égida de Maria Ligia Acevedo.

Es el resultado de la ingente labor de un año en el que se presentaron alrededor de 100 invitados a realizar lecturas de poesías en el canal digital Frisón TV. En el programa, participaron poetas de diferentes latitudes. Para el recuento, diremos que fueron los siguientes:

Onofre Galindo, de Zacatlán, México; María Vilalta, de San Lorenzo, argentina; Margreth Jiménez Martín, de Cartago, Costa Rica; Rubén Pareja Pinilla de Mósteles, Madrid; Lety Elvir, de Honduras; Paul Jácome Segovia de Pujilí, provincia de Cotopaxi, Ecuador; Carlota Iris Ruiz de Perú; Hugo Quintana Chillán de Chile.

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Por Colombia, participaron los siguientes poetas:

Astrid Arboleda Fernández de Popayán; Conrado Alzate Valencia de Riosucio; Jorge Eliécer Triviño Rincón, Duván Marín, Luis Elías Collantes Castro y Adán López López, de Manizales; Diana Toro Ángel y José Adelnide Giraldo Herrera, de Filadelfia, Caldas; Germán Ocampo Correa de Caldas; Luz Elena Vega Rojas, Rubén Darío Londoño Ossa, John Merardo Aristizábal y Fernando Córdoba García, de Pereira;  Melba Inés Ospina de Filandia, Quindío; Maria Gemma Salazar González, de Santa Rosa de Cabal; Élfrida Satizábal Estupiñán, de El Charco, Nariño; Teresa González García, de Neira, Caldas; Belarmina Rico Acevedo, de Chaparral, Tolima; Gloria Socorro Valencia Benjumea, de Salamina, Caldas;  Maria Amparo Hernández de Sánchez, de Ibagué, Tolima; Maria Ninfa Escudero, de Dosquebradas, Risaralda; Yeni Milena Millán Velásquez, de Circasia, Quindío; José Licélder Cardona Galeano, de Santuario, Risaralda; Pascual Antonio Arias Vélez, Diego Fernando Jaramillo Patiño, Maria Ligia Acevedo y John Jairo Cañaveral Gil de Anserma, Caldas; Valentina Castaño Hoyos y Arturo Arcángel de Bogotá; Claudia Patricia Arbeláez Henao de Rionegro, Antioquia; Liz Cardona de Armenia, Quindío; Alfa Norma Concha Amarillo de Guadalajara, Valle del Cauca; José Clareth Bonilla, de Quinchía, Risaralda.

Como se puede ver, hay poetas de varias latitudes de nuestro país; de est4e continente, y del viejo mundo.

He aquí unas muestras de los autores:

Onofre Galindo, del poema: Identidad.

Sin esperar el día.

Estoy lleno de luz.

Astrid Arboleda: Del poema Luvina

El viento rechina

escarba paredes y piedras

terrones de roca

son la siembra en aquel suelo.

Ignota que en su torbellino

desgajó la flor del almendro

que tanto amaba

y ansioso la busca

en todo rincón.

Conrado Alzate. De Poema de las ausencias:

En esta casa solo han quedado

el silencio y algunos

nombres olvidados escritos en las cortezas de los naranjos.

María Villalta San Lorenzo, Argentina. Del poema: Besos perdidos.

Una alfombra de amarillos pétalos

alimenta

con su carga marchita

la raíz de la rosa.

Jorge Eliécer Triviño Rincón, de su poema: Rehúsa

No dañes el brote del carácter

del niño —, pues es muy seguro—

que mañana, le será una herramienta eficaz

para enfrentarse a las duras lides de la vida.

Diana Toro Ángel. Poema para Malena.

También traigo el alma rota,

también tengo penas

de Bandoneón.

Germán Ocampo Correa. De vez en cuando… tu recuerdo.

Por mí ventana pasan muchas, alondras y pájaros

Y de vez en cuando, como un soplo, mágico

Tu recuerdo aromado.

Luz Elena Vegas Rojas. De: Luces sepia

¿Cómo olvidarte creadora mía?

Cada junio, aunque época veraniega y feliz,

el recuerdo más triste me visita insistente

y lacera mi alma y me desgarra cíclicamente.

Luis Elías Collantes Castro. Del poema: Iridiscente.

Al final…

solo queda

un pequeño espesor

donde se concentra el silencio.

Melba Inés Ospina Martínez. Del poema: Extraño tu abrazo:

Ese abrazo que abre la puerta de los sueños,

que sin palabras escribe tratados completos

En las páginas vírgenes de mis secretos,

ese abrazo que siembra esperanzas.

John Jairo Cañaveral Gil. Del poema: Apocalipsis.

Nunca más volverán a ser los mismos, los rostros impuros

Y los cuervos llegan a tocar las trompetas desde el más allá.

El fin de los tiempos se acerca.

Maria Gemma Salazar González. Del poema: Oda fémina.

Se levanta mi alma

como ave singular que pasa

como polen que viaja

a fecundar galaxias.

John Fernando Córdoba García. Del poema: Un trueno en miniatura.

Manos invisibles agitan al viento

y en mi piel

se enredan quejidos

de acento extranjero.

Élfrida Satizábal Estupiñán. Del poema: El columpio del abuelo.

Pasa asomado el abuelo a la ventana,

mirando el almendro sin hojas y sin ramas,

con su estoico tabaco entre sus labios,

se resiste a lanzar su última humareda.

Teresa González Correa. De su poema: Tengo ira.

Quiero limpiar el río de los ojos del mercurio e inundarlo de rocas, de peces y mariposas, danzando sobre el espejo de su sombra, atravesando la montaña haciéndole el juego al arco iris en el cielo.

Belarmina Rico Acevedo. Del poema: La culpa fue del viento.

El viento se acercó

movió sus profundidades

y el río se perdió

en la brumosa lontananza

de sus recuerdos.

Gloria Socorro Valencia Benjumea. De su poema: Silencio cruel.

Orientó a sus hijas, apoyó a su esposo

asumió la lucha, digna en su pobreza.

Le ganó la muerte de tristeza llena

pero al verse libre se entregó serena.

Maria Amparo Hernández de Sánchez. De su poema: Viñetas.

El niño de cristal

rueda del columpio de sus sueños

se parte en mil pedazos,

la madre lo rehace

entre sus brazos.

Arturo Arcángel. Del poema: Preludio de esperanza.

Que bajo todo techo

encuentre el peregrino

un pan que le compartan

y fraternales mantas…

Ninfa Marín Escudero. Del poema: Soy feliz.

Yo soy feliz porque mi cuerpo siente

la lluvia bienhechora que mansamente cae,

el sol que en el oriente anuncia un nuevo día

y en el lejano ocaso nos deja el rosicler.

Margreth Jiménez Marín. Del poema: ¡Quejas, solo quejas!

Abraza,

besa,

para que no te arrepientas,

de lo que se pudo hacer

y quizás no lo hiciste,

por miedo o vergüenza.

Rubén Darío Londoño Ossa. Poema: Besos.

Dicen que de beso en beso

me harán borrar los tuyos.

Pero tú no me besaste,

tú tatuaste tus labios en los míos.

Rubén Pareja Pinilla. Del poema: Mi princesa.

Una flor me encontré hace dos años,

que recogí en mi camino,

porque sabía que tenía que estar con ella,

de aquí al infinito.

Yeni Zulena Millán Velásquez. Poema: Eucalipto.

Indeclinable

es la oferta

del eucalipto.

La enfermedad del tiempo

palidece

(tal vez se cure)

por la belleza

danzante de sus vendas.

José Licélder Cardona Galeano. De su poema: Hazte libre.

Salta en ti un agudo brillo de tu pupila.

gestar de flor, rama, fruto…

Cántaro de aromas, éteres;

voz de tu carne que en tu alma se alimenta.

Lety Elvir. De su poema: Fruta rara.

Y se marchó

cuando le dio la gana

después de hacer una huelga de hambre

por rebelión,

por dignidad

por contragolpe.

Pascual Antonio Arias Vélez. De su poema: La flor.

Es la más frágil de todas las criaturas

invitada de gala en fiestas y cortejos.

Es un sinónimo de belleza y ternuras.

Cúmulo de atributos muy complejos.

Valentina Castaño Hoyos. De su poema: Resiliencia.

Es la poesía de la medicina,

el elíxir de la vida,

la plenitud de la coherencia.

Claudia Patricia Arbeláez Henao. De su poema: Miedo.

Me desharé de los amores apelmazados

redescubriré el paso del sol que se filtra entre los árboles

me consagraré al aroma impreciso de la poesía

como canto espiritual

y volveré a las cosas del alma.

Paul Jácome Segovia. De su poema sin título:

Inmutada la luz bajo la luna

se escurre entre mis dedos en la arena

me aferro de sus besos cual fortuna

dulce miedo en mi pecho se serena.

Merardo Aristizábal. De su poema: Sopa de letras.

Tu casa es una gruta

que de simbólica nada tiene.

Despojado de hambre y sueño

tu alacena está como tu estómago

vacía.

 José Adelnide Giraldo Herrera. De su poema: Jugando a ser Dios.

( Posiblemente entonces

ya ajeno a las tristezas del mundo lacerante

me arrepienta un instante

de jugar a ser Dios)

Liz Cardona. De su poema: Valientes.

Se requiere ser valiente para perseguir tu boca

y beber todo el veneno que despierta mi pasión,

se necesita ser cuerdo para amar con certeza loca,

se necesita ser suicida para dar el corazón.

Carlota Iris Ruiz. De su poema: Mi piel es mi historia.

En mi piel está mi historia

escrita en muchas lenguas.

Búscala tú lector pues allí en algún repliegue o recodo

encontrarás la tuya.

Que fue escrita para ti.

Diego Fernando Jaramillo Patiño. Del poema: Ese otro mar que es la muerte.

A papá lo cubrieron de tierra

sin la rosa que Hijo debía arrojarle en su tumba.

En las noches Hijo siente que una espina en su tallo

le sangra los dedos.

Adán López López. De el poema: En el ocaso de la vida.

Las calles se quedaron esperando el crujir de los pasos del ausente en la calzada. La puerta de la casa, el golpe de sus dedos que fueron en otro tiempo delicados, acostumbrados a escribir y acariciar sedas doradas.

Duván Marín. Del poema: Azul.

Hace cuatro primaveras Azul partió al paraíso de los muertos

a la tierra perdida de los girasoles marchitos.

Hugo Quintana Chillán. De su poema: París.

Caminar por París

con un aire levemente grave

con la tristeza incrustada en uno de nuestros ojos

una decepción glaciar que congela la soberbia

y enfría los afectos.

Alfa Norma Concha Amarillo. De su poema: Preguntas.

¿Qué es lo que impide que volvamos a vernos

en el limonar junto al árbol viejo

donde nos besamos con finos requiebros

y donde las nubes lejanas del pueblo

nos hacían guiños por tanto querernos.

 José Clareth Bonilla. De su poema: ¡No más!, ¡Basta ya!

¿Cómo poder decirles

¡No más! ¡Basta ya! 

que al nuevo día

le duele la patria desangrada y cuántos muertos

se requieren

para saber

que ya son suficientes?

Maria Ligia Acevedo. De su poema: La casa.

En la casa no están

ni su voz ni sus cuentos

para arrullar los nietos.

Tampoco ellos están.

Todos se han ido.

La casa, la alegre casa

es ya un nido sombrío.

      Son estos, exponentes de la poesía viva, a pesar de la pandemia. Está más viva que nunca. La labor de esta mujer excepcional mantiene la esperanza de que la creación permanece a pesar de todo. La flor de la siempreviva, de la poesía es eterna como la vida misma.

       Les dejo, además, el archivo en PDF, para que cualquiera de nuestros lectores, descargue el libro: Escritos en cuarentena, que fue publicado el año pasado, cediendo los derechos de autor por todos los escritores; al amparo de Ligia Acevedo, quien no deja de laborar en bien de la literatura.