“Un homenaje que le podemos dar a Gabo es bailar su música, leer  sus libros, y que él esté allá en el cielo con los angelitos bailadores, bailando cumbia. Alegres estuvimos en esta esquina; adentro yo entré y él no hubiera querido que su velorio hubiera sido ahí. Hubiera sido en esa plaza, con vallenatos, con música, con acordeones, con gaitas, bailando la cumbia”, dijo una barranquillera…

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Por: Gustavo Vargas

 

“… ahora es la hora de recostar un taburete a la puerta de la calle

y empezar a contar desde el principio los pormenores de esta conmoción nacional,

antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores”

Gabriel García Márquez

Los funerales de la Mamá Grande

 

Cuando llegamos ya no estaba, sólo quedaban las flores amarillas. La estación Bellas Artes del Metro abría una de sus bocas a la Ciudad de México. Se escuchaba un viento en pausa, en un interludio de trompeta seca al subir las escaleras para salir del subterráneo y encontrarse con el día, el sol directo, el asfalto, las ventas en los andenes de la Avenida Hidalgo donde el cambalache de relojes no es poco. Hay un teatro cerca a la estación, el Teatro Hidalgo, una plaza acogedora y casi secreta, Santa Veracruz, resguardada por edificios coloniales hechos museos, como el Franz Meyer y el Nacional de la Estampa. También, no muy lejos, una iglesia, San Juan de Dios, y en frente, cruzando la avenida llena de taxis vino tinto y cápsulas de buses del Metrobús, el largo brazo del primer parque público en América Latina, la Alameda Central, y el mármol blanco que quiso inaugurar el presidente Porfirio Díaz iniciando el siglo XX para conmemorar el Centenario de la Independencia de México en 1910, pero que la llegada de la Revolución impidió, el  Palacio de Bellas Artes. Eran las cuatro de la tarde de un 21 de abril en el Centro Histórico y los latinoamericanos se congregaban alrededor de la casa máxima de las artes en México, hechos música, literatura y hermandad. Nos despedíamos de Gabriel García Márquez.

La noticia sobre el grave estado de salud del hijo del telegrafista de Aracataca se difundió con preocupación en México. Los medios nacionales, como El Universal, Reforma, La Jornada y Excelsior, fueron generosos con sus espacios y el cubrimiento de la hospitalización de García Márquez en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, por una infección en los bronquios dos semanas antes de su muerte. Fue un 17 de abril, un jueves santo, cuando el vallenato de los lentes grandes y figura de hechicero, ya dado de alta y en reposo en su casa de la Colonia Pedregal de San Ángel, cerró los ojos para no abrirlos más, al igual que el salsero Cheo Feliciano, quien murió en la misma fecha en un accidente automovilístico en Puerto Rico. Fue un jueves santo también, cuando la matriarca Úrsula Iguarán se despidió en la casa grande de Macondo. También, un 17 de abril, Sor Juana Inés de la Cruz fue vencida por el tifus exantemático, la fiebre pestilencial que en 1695 se propagó en el convento San Jerónimo de Ciudad de México donde la poetisa vivía.

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El 6 de marzo, el día de su cumpleaños número 87, García Márquez recibió en la puerta de su casa a los periodistas mexicanos que como era costumbre le llevaban flores amarillas y entonaban ‘las mañanitas’ para honrarlo en otro año más de vida. Dos meses antes, en enero, la calaca visitó Ciudad de México y con ella se llevó a un par de poetas, José Emilio Pacheco y Juan Gelman. Ya su manto había abrumado y era un vaticinio en la gran Tenochtitlán: el 2010, Carlos Monsiváis; el 2012, Carlos Fuentes; el  2013, Álvaro Mutis, partían a su lado. “Se nos está llevando a los grandes”, le escuché decir a un hombre entrado en años en algún café y su oración quedó resonando en los habitantes de la región más transparente del aire, como Fuentes nombró en su primera novela  a Ciudad de México. Ese era el marzo de festividad por él, ‘Gabo’, las ansias por la entrega cercana del Premio Cervantes para Elena Poniatowska, los honores al triunfo de Alfonso Cuarón con la película ‘Gravity’ y la celebración número cien del natalicio del poeta de los árboles, Octavio Paz, que atravesó los 31 días del mes con fotografías suyas en estaciones del metro, programas especiales en televisión sobre su Nobel de literatura, lecturas seguidas en librerías y bibliotecas, ediciones singulares de revistas literarias; eventos, festivales, amigos y lectores recordándolo.

Pero el lunes 21 de abril en el que salí del metro y cruzaba la Avenida Hidalgo para tener mi lugar entre la fila de personas que buscaban entrar a Bellas Artes, donde se rendía homenaje al hombre del olor de la  guayaba, fila que poco a poco aumentaba y se perdía al extenderse hacia el interior de la Alameda Central, no tenía un suspiro de próxima vez, de flores para un cumpleaños, ni llevaba libros anhelando un autógrafo. Los rostros de los lectores cargaban cierta tristeza, tal vez por un amigo lejano o la falta de otro sueño hecho palabras, de una imaginación colectiva, siempre en la conciencia de lo compartido: una tierra en este español nuestro.

7  “Un homenaje que le podemos dar a Gabo es bailar su música, leer  sus libros, y que él esté allá en el cielo con los angelitos bailadores, bailando cumbia. Alegres estuvimos en esta esquina; adentro yo entré y él no hubiera querido que su velorio hubiera sido ahí. Hubiera sido en esa plaza, con vallenatos, con música, con acordeones, con gaitas, bailando la cumbia”, dijo una barranquillera en forma de protesta a la periodista Alejandra Salazar de la Asociación ´Colombianos en México´, señalando la Alameda Central después de mirar hacia el Palacio de Bellas Artes donde la Camerata Internacional de México interpretaba piezas de Bartok, Mozart y Bach, allí donde personajes de la cultura y la política mexicana y colombiana, amigos y familiares cercanos a García Márquez, hacían guardia durante sus exequias en el lobby, mientras lectores y admiradores pasaban uno tras otro cerca del cofre que contenía algo suyo para dejar un adiós. Era al ‘Colombiano más mexicano’, al ‘Mexicano nacido en Aracataca’, como titularon algunos periódicos, “El Gabo de la fiesta, el vallenato, los colores de la costa colombiana”, como le escuché decir a una señora con acento de eses igual a jotas, ello significaba, para muchos, música y parranda.

“La fiesta es afuera”

La barda de aluminio se levantaba a uno de los costados de Bellas Artes para intentar dar orden a la fila de personas que abarcaba por completo el espacio de una cuadra, ancho como un estadio, que separa la Avenida Hidalgo de la Juárez y que es el corredor de inicio de la Alameda Central. La fila, serpiente amazónica, venía desde la esquina donde bajaban los carros hacia el Eje Central en Juárez, subía hasta la otra punta en Hidalgo y al alcanzar el fin de la acera se doblaba retornando hacia Juárez y desembocando luego en la entrada custodiada por policías desde la cual se llegaba a una puerta lateral de Bellas Artes donde se permitía el acceso al “público”. Tuve la impresión de que allí se jugaría un amistoso entre los “cafetaleros y el Tri”, dirían los cronistas deportivos mexicanos. La bandera del amarillo, azul y rojo ondeaba sin disimulo, la camiseta con el nueve de Falcao en la espalda lucía en varios de los presentes. Sombreros vueltiaos, pañoletas rojas amarradas al cuello, mochilas arahuacas, vestidos bombachos y de pollera, guayaberas blancas, desataban un paisaje de costa colombiana en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

DSC00727Desde una esquina cercana a un cúmulo de sauces y fresnos que se levantaba en la Alameda Central, la voz entonada de un hombre llegaba con ese acento pedagógico de los mexicanos al leer. Escuché la referencia a Santiago Nasar preparándose para recibir al Obispo en el puerto, sin suponer el encuentro con los hermanos Vicario. El  hombre leía sin importarle los camarógrafos aficionados que con sus tabletas o celulares buscaban sacar un video. Luego alguien le dio una palmada en el hombro y una mujer tomó su lugar: carraspeó un poco, siguió las indicaciones del lector anterior y continuó con ‘Crónica de una muerte anunciada’ mientras frente a ella la fila se movía lenta. “Maratón de lectura en honor a Gabriel García Márquez. Participación abierta hasta las seis de la tarde”, se leía en el cartel que anunciaba una de las tantas celebraciones en ese día. Al abrir el libro se podía ver la carátula mientras leían: un joven tendido en el suelo con una sábana cubriéndolo y, en la contra portada, la fotografía de un García Márquez cruzado de brazos y sonriente.

Esperé. Me hice a la idea de leer un rato, de regalar al público la voz aguardientosa de un colombiano que no pudo mejorar su dicción en la pubertad en ciudades paisas y se resignó al sonido de eses como efes. Pero la espera no acababa y varios jóvenes sentados en una reja buscaban el momento para tomar el libro y seguir la historia. Decliné, y al ver la llegada de una comitiva de cumbia y alpargatas apresuré el paso.

“Está de la chingada, cabrón”, dijo un estudiante universitario mientras observábamos el número de personas arrimando. Sólo hasta las siete de la noche había permiso para “el público”; después vendrían los actos protocolarios de los gobiernos de Colombia y México, con presidentes a bordo, secretarios de la cultura y ‘Yo José Gabriel’, el embajador. Había cruzado la Alameda desde la Avenida Hidalgo a la Juárez, y antes de tomar mi lugar para entrar caminé hacia el frente de Bellas Artes. Escuché, cerca al monumento a Mozart, a una familia de colombianos que descansaban en una banca y combinaban su acento bogotano con el chilango y buscaban al vendedor de rosas del parque.

DSC00775Dos pegasos negros se levantan sobre sendos bloques de mármol en la parte frontal de Bellas Artes. Las personas se amontonaban en la entrada principal por la cual los invitados a la ceremonia, no el “público”, llegaban en sus trajes y se abrían paso para cruzar la reja, entregar su carta de invitación y caminar por un sendero hecho de  periodistas, cámaras y preguntas. Crucé la avenida Juárez y me instalé un rato frente a la Librería Gandhi, donde una fotografía del escritor, sonriendo, invitaba a pasar.

Allí se podía observar la panorámica del lugar, el tráfico inesperado en tal punto de la ciudad y la arquitectura afrancesada de Bellas Artes en toda su aura nívea, de cúpula dorada. Hacia la esquina del Eje Central se levantaba un reflector como asta promocional del programa cultural desde el cual colgaba un cartel “Gabriel García Márquez 1927 – 2014”. Al fondo, en los costados de la puerta principal de la Casa de artes mexicana, la fotografía del hombre de tantas flores amarillas y cantos vallenatos aparecía, sonriente.

DSC00740Cerca a las rejas custodiadas varios sombreros vueltiaos levantaban vuelo entre la multitud de personas mientras se escuchaba el solo de una trompeta iniciando el himno nacional colombiano. Alguien quiso cantarlo pero luego la trompeta, banda sonora del momento, siguió los inicios de ‘Macondo´, canción que el músico mexicano Óscar Chávez hizo suya y escribió el peruano Daniel Camino Díez. “Los cien años de Macondo sueñan, sueñan en el aire”, se escuchó  a una mujer declarar a ritmo el primer verso mientras el baile poco a poco llegaba.

“Pinche Peña, no entren, no hagan parte de esta función”, alegaban dos señoras que salían de Bellas Artes y aseguraban que adentro no habría tiempo para despedirse bien del “Gabo”. “Mataron a un cubano en México. Mexicanos hipócritas. Vendo libros clásicos en buen estado”, apareció diciendo un cubano envuelto en una gabardina raída. Una periodista independiente entrevistaba a una ex estudiante de García Márquez en los talleres de guion en Cuba, en San Antonio de los Baños, y dos ancianos de izquierda declaraban el oportunismo de los actos políticos del “gerente de México, Enrique Peña Nieto. Porque el presidente es Carlos Slim”.

“De Venezuela por amor a Gabo”, “Dejas cien años más”, se leía en las pancartas que alzaba una pareja. Otro grupo de venezolanos había traído una frase de García Márquez escrita como trino:     “Yo creo que todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra”. GGM. Aparecen inconformes y periodistas de varias partes de Latinoamérica que preguntan con sus acentos diversos y muy afanados por la acreditación de los medios.

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Y la trompeta al fondo seguía, y la señora coreaba: “La tristeza de Aureliano, el cuatro, la belleza de Remedios, violines, las pasiones de Amaranta, guitarras, el embrujo de Melquiades, oboes”.

Al lado del bullerengue, recostada contra uno de los bloques que sostenía a uno de los pegasos, una joven mexicana vestida de negro, con un talismán sobre su pecho y de cabellera larga  y clara se lamentaba después de escuchar la decisión salomónica de su compañero e informada en las noticias sobre la posibilidad de dejar parte de las cenizas de García Márquez en México y llevar la otra mitad a Colombia: “A mi Gabo no lo deben de dividir. Uno no divide un cuerpo, las cenizas tampoco. Él merece otro espacio más cósmico”… debatía junto a su grupo de compañeros, y la fiesta seguía en otro lugar y a ella se unían dos morenas voluptuosas que tras su andar  silenciaron por un momento el escándalo y las protestas, dando paso a los piropos y el guiño de ojo. Tuve la impresión de la intervención de lo fantástico.

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Cruzando la avenida Juárez apareció un joven de traje oscuro, sombrero corto, bigote inaugural y lentes redondos que recordaba a Florentino Ariza. Silencioso, expectante, el joven solo miraba hacia el Palacio de Bellas Artes  y de cuando en cuando acomodaba su corbata. Allí se quedó un rato sin preguntar, sin molestar, como esperando algún hecho extraordinario. Luego, al charlar con un hombre vestido de negro con algo de estrella de rock en español, tipo Andrés Calamaro, y quien llevaba un libro con los relatos de William Faulkner, vi aparecer a una anciana de luto, sosteniendo con sus manos a la altura del rostro dos rosas amarillas. Era notorio que había llorado. Miraba desde atrás de la fiesta hacia el posible lugar donde estaba el destinatario de su llanto. Supuse a una Rebeca Buendía saliendo de  su casa después de la muerte de su esposo José Arcadio, acercándose por un instante a un amigo lejano, no olvidado en la soledad de sus pensamientos en Macondo.

Eran ya las cinco de la tarde y la fila se extendía hasta llegar al monumento a Benito Juárez, unos doscientos pasos, por lo menos, subiendo desde Bellas Artes por la Avenida para alcanzar la imagen del Benemérito de las Américas que, en su posición vigilante, era coronado con laureles por blancas figuras femeninas a sus espaldas, alegorías a la ley y la patria.

Continuará…