“Mijo trabaje duro, ahorre mucho, beba poquito, consígase una buena mujer…” es el mantra en el que madres, padres y abuelos encuentran la cifra del futuro promisorio de sus familiares, cuando no de la patria.
Escribe / Cristian Cárdenas Berrío – Ilustra / Stella Maris
Dice la escritora mexicana Alma Delia Murillo –o trina más bien que es como ahora parece que se dicen las cosas– lo siguiente: “Qué superficial es la cordura, qué poco sirve para entender lo fundamental de la existencia.” Y de manera inmediata me viene a la cabeza una compañera de trabajo, siempre digna, siempre femenina y feminista, siempre almidonada y compuesta como la niña del poema de Darío, hasta que se toma tres tragos, entonces se avergüenza de la sensatez que invade su cotidianidad, y surge un ser bello y ante todo pleno de vitalidad.
La cordura parecer ser el impuesto de paso que la autenticidad paga a la seriedad, ese vicio burgués. Desde temprana edad nos inculcan que debemos ser “serios”, es el prerrequisito para ser adulto en esta sociedad, y “ser serio” consiste en ser patéticamente normal y perfectamente identificable. “Mijo trabaje duro, ahorre mucho, beba poquito, consígase una buena mujer…” es el mantra en el que madres, padres y abuelos encuentran la cifra del futuro promisorio de sus familiares, cuando no de la patria.
Ser cuerdo entonces consiste en poseer una identidad propia, estable y coherente, que todo el mundo sepa con quién habla, cuando le hablan. Por fortuna la humana condición siempre nada en contra. El Quijote, esa saga sobre la identidad siempre en tensión, lo muestra de manera formidable. En un pasaje el señor de La Mancha hace penitencia en Sierra Morena y desde allí envía dos cartas con Sancho, la primera para la sin par Dulcinea del Toboso que firma como el caballero de la triste figura, y la segunda para su sobrina pidiéndole entregar dos burros a Sancho por sus servicios, esta última el Quijote se niega a firmarla y solo pone la rúbrica.
Tanto Cervantes como Don Quijote saben que si firma la segunda misiva con el nombre de su estado de “locura” no será legalmente válido, por ello solo la rubrica, Alonso Quijano sigue allí. ¿Estaba loco Don Quijote? No señores, en él vivían al unísono el de la triste figura y el hidalgo de la Mancha –en esto también Cervantes se adelanta al Jekyll y Hyde de Stevenson–. Su desvarío consiste en que no es identificable, no tiene una identidad con la cual la naciente sociedad burguesa pueda lidiar y dormir tranquila, su problema consistía más en ser auténtico que en estar enajenado.
Como todos saben, la identidad es un dogma formulado por Aristóteles como el principio de no contradicción: “algo no puede ser y no ser, al mismo tiempo, en un ser.” Postulado que tiene sin cuidado tanto a Quijano como al Quijote, basta pensar en la bacinilla que el caballero piensa que es el yelmo de rey Moro Mambrino, a la cual el siempre pragmático Sancho le llama “Baciyelmo”, sin que ni el Quijote, dueño del yelmo, ni el posadero, dueño de la bacinilla, opongan argumento alguno. Pues si señores, era yelmo y bacinilla al tiempo, para despecho del filósofo griego, era la gran metáfora de lo que pasaba en la cabeza del hidalgo –allí usa el baciyelmo–; su gran preocupación era de manera fundamental ser él mismo, ser auténtico, no identificable, sin saber muy bien quién era, definiéndose en la medida que vivía, vindicando su derecho a la opacidad, a no saber-se con claridad y a que los demás no lo sepan tampoco.
La corrección política no es otra cosa que el pacto silencioso que hacemos con la mediocridad. Ante una sociedad biempensante opongamos los versos de Whitman: “me contradigo, sí me contradigo, soy inmenso, contengo multitudes.” Frente a un mundo que nos vende la originalidad como otra forma del estereotipo, resistamos con nuestra autenticidad, recordemos al Señor de La Mancha y reclamemos para nosotros el derecho a la opacidad. Hay que tener la valentía de andar por el mundo con una verdad propia, de responder a la cordura con la necesaria y urgente búsqueda de la insensatez.


