ELOGIO DE LA MALA MEMORIA

Prefiero que mi olvido esté cargado de memoria. Prefiero olvidar más que recordar. No quisiera llegar a ser Funes y tener presente siempre lo que pasó cada día de mi vida. Nietzsche dice que la memoria a veces es un obstáculo al buen pensamiento

 

Escribe / Mateo Quintero – Ilustra / Stella Maris

La cuarta dimensión es el tiempo, y en él todo se pierde. No puede pretenderse que los sucesos en los que somos los protagonistas principales siempre queden para nosotros en la memoria. En realidad, casi todos nuestros actos se diluyen en esa otra dimensión que no alcanzamos a comprender del todo. “La memoria está llena de olvido”, afirma Borges. Tanto que hemos vivido, en esta vida frenética; tanto que hemos olvidado y tan poco que recordamos. Nuestro recuento del pasado está acompañado de ficción. Toda historia es una mentira. A diferencia de lo que piensan algunos, yo considero esto como una ventaja. Quizá pueda interpretarse como una resignación, como un intento de sacarle provecho a un acontecimiento adverso, como Borges haciéndole apología a la ceguera. Quizá sea cierto, pero yo, que últimamente estoy perdiendo la facultad de memorizar, que todos los hechos pasados se me confunden, he visto con asombro que estoy complacido con mi nuevo estado de perdición, con este aturdimiento de olvidar muchas veces quién soy.

“El que sufre tiene memoria”, afirma Cicerón. Y cuánta razón tiene. Todo suceso nefasto –y todo bello momento, claro está– solo existe en la memoria. Todo es pasado. El presente es solo una sucesión de recuerdos. El sufrimiento de mi vida reside en el pasado. Los muertos están en el pasado. Quien olvida no sufre. Quien olvida perdona: “El olvido es la única venganza y el único perdón”, nos recuerda el gran argentino. Cuántas veces he olvidado yo una afrenta que alguien me ha cometido, y al cruzármelo por la calle encuentro que me evade la mirada, sin entender el porqué. Y me viene como un chispazo aquella vez que fui ofendido y sonrío, porque si no lo tengo presente es porque lo he olvidado, y la carga que pesa sobre esa ofensa ha sido liberada.

Prefiero que mi olvido esté cargado de memoria. Prefiero olvidar más que recordar. No quisiera llegar a ser Funes y tener presente siempre lo que pasó cada día de mi vida. Nietzsche dice que la memoria a veces es un obstáculo al buen pensamiento. Para mí el buen pensamiento es estar lleno de dudas e inquietudes. Si recordara todas las falacias en las que creía cuando niño, qué sería de mí. Prefiero estar ondeando entre tantos polos como sea posible. Hundirme en el fango de la incertidumbre. La memoria de lo aprendido me molesta. Por eso elogio el estado en el que estoy. Todo me sorprende porque todo se borra. Renuevo con constancia lo que Octavio Paz aboga: “El olvidado asombro de estar vivos”. Cada que despierto me encuentro en una vida nueva, porque olvido hasta cómo llegué a mi cama.

Y qué decir de las noches en las que me dejo llevar por la embriaguez. Al otro día me preguntan: ¿Recuerdas lo que pasó anoche? No, claramente no. Porque mientras todos recuerdan las extravagancias dionisiacas de la oscuridad, yo recuerdo solo ciertos hechos, ciertos actos que a veces fueron intrascendentes en el relato del vino. Y cuando me lo describen me siento extasiado porque parece un cuento de algo que yo no viví, parece una ficción inventada por quién sabe qué demiurgo. Así que sonrío y lo tomo como algo impersonal. Me siento impresionado por el hecho y pienso que soy muchos, además de los que conozco en mí; porque en mí habitan muchos que no conozco y que olvido. Y cuando los olvido llegan otros a reemplazarlo y a tomar posesión de mi existencia, de mis actos. Recordemos las palabras de Montaigne a propósito de nuestro espíritu variable: “Estamos hechos de retazos y somos de constitución tan informe y diversa, que cada pieza, a cada momento, desempeña su papel. Y existe tanta diferencia entre uno y uno mismo, como entre uno y los demás”. Cada día me pongo una máscara nueva y salgo con el impresionante olvido a enfrentar el porvenir.

Todo hecho trascendente en mi vida se ha difuminado. Y por eso cuando lo repito, parece la primera vez. Me hace feliz el no poder lamentarme como aquel personaje de Gabriel García Márquez que dijo: “Señor, señor, devuélveme mi antigua inocencia para gozar su amor otra vez desde el principio”. A mí el Señor no me tiene que devolver nada, porque mi mala memoria hace que olvide mis mejores noches de ardor. Hoy en día no recuerdo el rostro de la mujer con la que me acosté por primera vez, y si la viera de nuevo, podría despertarse en mí un amasijo de sensaciones inexplicables, o quizá no podría reconocerla.

“No olvida el que finge olvido/ sino el que puede olvidar”, dicen unos versos de Benedetti. Yo sí que puedo olvidar: la afrenta para que no me hiera, el placer para que me deslumbre. Y el dolor para que se extinga. El rostro de mi abuelo se pierde en mí. Ya no puedo traerlo a mi mente. Pero está ahí, por siempre en mí. El no recordarlo hace que me acompañe para toda la vida. “Solo se tiene lo que se ha perdido”, sentencia Borges. Yo lo estoy perdiendo y lo siento más cerca que en los tiempos recientes a su fallecimiento. No sé ni cuándo murió: por eso no ha muerto. Me quedan ciertos objetos que permanecen luego de su existencia. Una silla que aún la agita el viento y un reloj detenido en el tiempo que me dice que no importa cuántos años pasen: lo suspendido no desaparecerá jamás en la cuarta dimensión, permanecerá en la quinta que constituye todo lo olvidado.

IG: @sqmateo