MENTIRAS ETERNAS

Convengamos pues, en que estamos ante una vieja conocida: la mentira. La utilizan el político, el cura, el demagogo, el publicista, el seductor y el niño que quiere salvarse de un castigo. Está tan presente en nuestra vida, que todos los códigos éticos, laicos o religiosos tienen un castigo  para ella. Y la muy bandida sigue tan campante.
Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris
El poder académico es bastante proclive a utilizar el truco de ser oscuro para parecer profundo: es el foso que separa su castillo del resto de los mortales. Tal como hicieran los monjes medievales, en lugar de permitir que el pensamiento alumbre la vida de la gente, lo etiqueta en documentos arcanos, libros y revistas accesibles sólo a los iniciados.
De ese modo, cada cierto tiempo echa a volar un concepto que produce conmoción por su impenetrabilidad. El consumidor de información cae en la trampa: para no parecer ignorante empieza a recitarlo sin tener idea de qué le están hablando.
Los usuarios de la jerga se multiplican: profesores, estudiantes y medios de comunicación se consagran con tozudez a afianzar el malentendido. Poco importa si se hacen un nudo mental y verbal cuando algún contertulio les pide una  explicación clara, razonada- y razonable- sobre el asunto en cuestión.
Eso sucede ahora con el término Posverdad… o post verdad… tal vez postverdad. ¿ Es una palabra, son dos, tres?.
Consulto el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y  me dice lo siguiente: “ Posverdad : Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones  con el fin de influir en la opinión  pública y en actitudes sociales”.
Lapidaria como suele ser. Mi hija formula a su vez otra pregunta : “¿Cuál es la diferencia entonces entre una posverdad y una mentira a secas?”. Como nunca pude ser posmoderno, le doy mi única respuesta posible : no tengo respuesta. A no ser que uno decida fabricar una explicación todavía más abstrusa, como acostumbran hacer los expertos, no hay diferencia alguna entre nuestra capacidad para mentir- lo que nos diferencia también de los animales- y este juego perverso de urdir galimatías verbales donde todo estaba claro.
Convengamos pues, que estamos ante una vieja conocida: la mentira. La utilizan el político, el cura, el demagogo, el publicista, el seductor y el niño que quiere salvarse de un castigo. Está tan presente en nuestra vida, que todos los códigos éticos, laicos o religiosos tienen un castigo  para ella. Y la muy bandida sigue tan campante.
Llegados a este punto, les propongo formularles algunas preguntas políticamente incorrectas a distintos momentos de la Historia, reales o inventados:
¿El pretendido engaño de la serpiente bíblica a Eva fue una posverdad o sólo otra mentira más de su inagotable repertorio? Hasta ahora, los exégetas del Antiguo Testamento no han hecho mayores precisiones al respecto.  Desde entonces, curas, frailes, papas y seglares se han encargado de multiplicar el infundio
¿Los inquisidores católicos que acusaban de hechicería a sus contradictores, los sacaban de circulación y, de paso,  se apoderaban de sus bienes, incurrieron en crímenes de lesa humanidad o en simples pos verdades?
¿Los artífices de la Revolución Francesa, que tantos horrores perpetraron en nombre de La Libertad, La Igualdad  y La Fraternidad, eran mentirosos consumados o precursores ilustres  de la posverdad? Quiero consolarme pensando que la guillotina de la que muchos de ellos fueron víctimas funcionó a modo de justicia poética.
El mismo Beethoven sucumbió al canto de sirenas de Napoleón, en quien creyó ver la encarnación de una Europa unida por el espíritu y hasta le dedicó su Tercera sinfonía, para renegar  de ella una vez se descorrieron los velos de la mentira y dejaron al desnudo las ambiciones imperiales del guerrero corso, ducho en posverdades, como todos los de su estirpe.
Llegados al siglo XX, los medios de comunicación y los aparatos de propaganda se hicieron más sofisticados y, por lo tanto, mejor dotados para acrecentar la confusión.
Así las cosas, los Nazis, que refinaron tanto las cámaras de gas como la distorsión de las viejas mitologías nacionales en provecho de una improbable pureza racial, llevaron  la idea demencial de que “Una mentira mil veces repetida acaba por convertirse en verdad” a extremos capaces de justificar horrores hasta ese momento impensados.
¿Estarían hablando de la posverdad con esa manera sibilina tan suya de nublar el pensamiento?
En el otro polo ideológico, los soviéticos- no por casualidad Stalin escribió, o le escribieron,  libros sobre lingüística- diseñaron sus máquinas de muerte a través de una telaraña en la que los hijos acusaban a sus padres y estos a sus hijos de delitos inexistentes, orientados a justificar el destierro o el exterminio.
¿No cavaron las fosas comunes de sus disidentes y sospechosos con una antología completa de posverdades?. La de «traición a la patria,” tan cara a todos los dictadores, no fue la menor de ellas.
El capitalismo tardío y su expresión política más perfeccionada, la democracia norteamericana, no se quedaron atrás. De entrada, hablaron de “la defensa de la democracia y la libertad donde  quiera que se encuentren amenazadas” para darle nobles argumentos a su propósito de hacer del planeta entero una tierra arrasada por los apetitos de sus grandes corporaciones. Un seguimiento detallado a los editoriales de sus periódicos y a los contenidos de sus películas de cine y televisión ilustran con creces esa manera de ver el mundo.
Quizás la “ Doctrina Monroe” sea la expresión más perfecta de ella. En  la idea del “ Destino Manifiesto”, alienta  la esencia misma del imperialismo asumida por su pueblo como un designio divino. Dicho de otra manera, como verdad incontrovertible.
Con esos antecedentes, era inevitable que las redes sociales y los medios de comunicación digitales llevaran la mentira  a  límites no sospechados. Pero nos equivocamos al pensar que fueron Trump, Puttin, Bolsonaro, Zuckerberg, Bezos o Murdoch los forjadores del engendro.  Ellos sólo supieron aprovechar  las herramientas que el  siglo les puso en las manos.
Frente a ese panorama, lo que  no se puede justificar es la posición de académicos, líderes y periodistas que le hacen un flaco favor al pensamiento crítico  cuando se dedican a repetir que estamos ante el advenimiento de una nueva era: la de la posverdad.
Relean del Antiguo Testamento en adelante y verán.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=XsGl-0pzEEc