Pero la calidad de esta poesía no es, por ahora, el hecho más sugestivo. Lo es, en cambio el fenómeno cuantitativo. Intelectualmente, Colombia pasa ahora por una etapa de superproducción poética. Hay algo que pudiéramos llamar inflación lírica…
Por / Hernando Téllez*
Sobre mi mesa de trabajo se acumulan los libros, los cuadernos de versos de los nuevos poetas colombianos. ¿Nuevos desde hace tiempo? No lo sé exactamente. Tres años, dos, un año, seis meses, un mes, una semana acaso. Repaso los nombres: ninguno es famoso todavía. Algunos empiezan a recibir la consagración amistosa, la más inmediata y directa, la de los amigos, la de los compañeros de grupo, de generación, de inquietudes. Para quienes dejamos de ser ya jóvenes, de ser nuevos en el sentido estrictamente cronológico, comienza a ser un poco difícil la orientación exacta respecto de las tendencias, de las modalidades, los matices a que responden los nombres de cada poeta recién aparecido y recién editado. Sabemos, sí, que hay ciertas líneas más o menos generales en el proceso de la lírica colombiana de los últimos años. Pero esa especie de filiación estricta que demanda categóricamente para sí, para sus versos, cada poeta nuevo, no la podríamos llevar a cabo sin suscitar cordiales resistencias. No, yo no soy un neorromántico, diría este. Ni yo una consecuencia del surrealismo francés, añadiría el otro. Ni yo un eco fiel del método nerudiano. Ni yo un usufructuario retardado de la lírica de García Lorca. Y así todos, uno por uno. Cada uno estaría dispuesto a explicar y a defender gentilmente la originalidad de su mensaje, cada cual a justificar críticamente sus influencias. Entre tanto, con los poemas sobre la mesa, el lector seguirá probando una curiosa indecisión.
Pero la calidad de esta poesía no es, por ahora, el hecho más sugestivo. Lo es, en cambio el fenómeno cuantitativo. Intelectualmente, Colombia pasa ahora por una etapa de superproducción poética. Hay algo que pudiéramos llamar inflación lírica si fuera posible sustraer a la expresión su sentido común y corriente que alude a una artificial alza de precios y adscribirle, en cambio, por medio de un sutil paralelismo, el de abundancia del producto, el de saturación del mercado. En los últimos cinco o seis años, la curva de la producción en verso asciende en nuestro país de manera ininterrumpida y, me parece, inacostumbrada. Tal vez no haya existido, en la historia literaria nacional, una época de mayor fecundidad poética. El estímulo hacia la poesía coincide, de esta suerte, con el momento más sombrío, más confuso, más dramático de la humanidad. Era posible suponer y esperar la aparición de una joven generación de caudillos políticos, de revolucionarios, como consecuencia de los tremendos hechos que estaba ocurriendo, que siguen ocurriendo, en el mundo. No ha sido así. La guerra ha servido entre nosotros para instaurar en el orden político una nueva forma de republicanismo y para hacer brotar en el orden literario un vasto coro lirico de poetas que nos hablan de los ángeles, de las nubes, de las flores, de las gráciles doncellas, de los amores insatisfechos, con acento conmovedor. Uno y otro fenómeno deben tener su clave recóndita. La del primero no seria pertinente analizarla al mismo tiempo que la del segundo.
La poesía colombiana expresa, a mi juicio, y por contraste, una falla en el desenvolvimiento de las formas literarias del país. Es decir, se hacen principal y casi exclusivamente versos, se hace poesía en verso por cuanto que de lo demás ―novela, teatro, ensayo crítico― no es posible hacer casi nada. En el principio fue la poesía. No cabe duda. Los pueblos primigenios, en el trance ineludible de crear literalmente algo, se pusieron a atar, a entrelazar las palabras dándoles un sentido especial y determinado. Hicieron poesía, hicieron verso, trabajaron esplendidos poemas anónimos, cantaron rítmicamente al son de los vocablos. Con mucha posterioridad al nacimiento de la poesía, de la poesía en curso, apareció la narración en prosa como creación de valor estético. Esta ultima surge, pues, como una consecuencia de cierta evolución, de cierta complicación social, económica y política no requerida para la simple versificación. El romance es, respecto de la novela, un venerable y lejano antecesor.
En cuatro siglos de vigencia del idioma español, la literatura colombiana, tomada en su conjunto, sin discriminación de calidades, y observada desde el punto de vista de la cantidad, de la acumulación de materiales, aparece como una inmensa fábrica de versos. Los versos constituyen allí la materia más abundante, la de mayor volumen, la que más pesa en el almacén. No hay término adecuado de comparación entre la frecuencia del verso y la frecuencia de la prosa en la labor literaria de los colombianos. El verso ―no la auténtica poesía, entiéndase bien― es la línea de menor resistencia en el esfuerzo intelectual de los escritores nacionales. Y la poesía auténtica en verso es la creación intelectual que en Colombia responde de manera más natural a determinadas condiciones del medio. Por ello mismo es más notoria su aparición que la de la novela, la crítica o el teatro.
Las condiciones para el florecimiento normal de la novela, la critica o el teatro llevan implícito un alto grado de complejidad social, todavía no evidente en Colombia. Esa complejidad social hace posible la madurez del juicio crítico, la predisposición para el análisis. La novela y la gran critica son consecuencias simultáneas de un complicado desarrollo de la civilización y de cierta profundidad en la cultura. Se entiende sin dificultad que Francia cerrara su siglo XIX, pudiendo ofrecer, como demostración de su fuerza literaria y de su complicación social, a un novelista como Flaubert y a un crítico como Sainte-Beuve. Se entiende también, con la misma facilidad, que los Estados Unidos se hallen a punto de brindar a la historia del mundo intelectual contemporáneo la mayor y más auténtica sorpresa en cuanto a la creación novelística de este tiempo se refiere, por el hecho de que ese país ha llegado al grado de complejidad social, política y económica que hace posible el nacimiento afortunado de la novela y de la crítica.
No ocurre lo mismo en Colombia. Y porque no ocurre lo mismo se explica la tenaz vigencia del verso, del trabajo lírico. La poesía es el fruto casi exclusivo de la intuición, del aliento irrazonable y maravilloso clasificado por un filosofo francés. Otras formas de la creación literaria como la novela, el teatro o la crítica requieren el imperio constante de la inteligencia, en cierta manera despótico, sobre el sentimiento; requieren el apoyo del análisis y de la razón. De todo ello necesita la poesía, es cierto, pero no en la manera en que lo han menester la novela, el teatro o la crítica. El primer balbuceo literario de un pueblo siempre ha sido un balbuceo lírico. Solamente cuando ha descrito una amplia parábola en su civilización y su cultura se sirve de la prosa para construir obras de permanente valor estético.
Podría pensarse, de acuerdo con lo anterior, que Colombia se encuentra en el tercer día de la creación literaria, precisamente porque la más alta cifra de su producción intelectual corresponde a los versos. No es exactamente así. Se halla muy retardado su desarrollo en cuanto a la estabilización de los demás géneros literarios, diferentes del género poético propiamente dicho. Pero, en cuanto a la poesía, su progreso no avanza en profundidad sino en superficie. Hay un desenvolvimiento cuantitativo no equilibrado por un progreso en las cualidades. Hay muchos versos, pero no mucha poesía. Es mucho más lo que se produce que lo que perdura. Cantidad y calidad no se presentan en justa equivalencia.
Las antologías de la poesía colombiana que abarcan un periodo de cien años, por ejemplo, no demuestran nada distinto de la gran cosecha lírica, de la abundancia del verso, compensando apenas por la presencia de media docena escasa de obras perdurables. Las antologías contemporáneas, las antologías de la última hora de los hombres que acaban de nacer al conocimiento público procuran una grave indeterminación critica. Esta poesía, ¿avanza por una ruta insólita o se acomoda sutilmente a los cauces descubiertos en otras latitudes intelectuales? ¿Es un eco ingenioso de voces extrañas o lleva en su acento un germen fecundo de originalidad? El testimonio que absolviera estos interrogantes tendría que hacerse con un amplio margen de cautela. Sin embargo, yo advierto en esta poesía de los más jóvenes autores colombianos un inútil afán de darle a sus creaciones, algunas de gran belleza, un estilo sorpresivo, técnica, mecánicamente sorpresivo. Apartados casi todos ellos de las reglas clásicas para la construcción del verso, desdeñado el uso normal de los acentos y del ritmo silábico, caen en el en vicio de la libertad excesiva, casi podría decirse del libertinaje estilístico. El abandono de todo ello puede estar compensado, como en el caso de Claudel, por una interna armonía que le va dando ciertas pautas rítmicas al poema y, en cierta manera, limitando el desborde del estilo. Pero esta poesía colombiana a que me refiero parece presidida por un régimen de libre disposición de las formas. El hecho no deja de ser peligroso. La creación literaria, cualquier que ella sea, supone una morfología, un esquema, una estructura, inclusive una estructura para simbolizar el caos. Es ello lo que no aparece deliberadamente en las obras poéticas de los más jóvenes autores. ¿Por qué? No sabría decirlo. Fruto de la intuición, la poesía es mas sabia que la obra de la razón. No obstante, muchos de estos versos dejan al lector sumido en la más desesperanzada perplejidad. La poesía, se ha dicho, no debe probar, no debe demostrar nada. Esta bien. Para demostrar y probar queda la filosofía, queda la ciencia. Pero la súbita iluminación y el hondo estremecimiento que la auténtica poesía desata en el espíritu de los hombres requiere, para que se produzcan, una expresión, un estilo, un lenguaje adecuados. ¿Están próximos a conseguir ese instrumento los poetas jóvenes de Colombia? ¿Se hallan en la línea fronteriza a las sustanciales transformaciones del estilo poético capaces de crear nuevos signos simbólicos de segura perduración? He ahí un grave asunto. De todos ellos, aquel que sepa descubrir en la selva de lo accidental lo que es permanente, en el esplendor pasajero de las modas el valor inmutable, en el engañoso éxito de la actualidad el elemento incorruptible, ese será un gran poeta de ahora y de siempre.25
*Diario, Bogotá: Librería Sudamérica, 1946, 246-253. Texto incluido en Crítica literaria I (1936-1947), edición establecida por Carlos Rincón.


