Y Don Juan se hizo a la mar

Guiado por el instinto, el lunes siguiente me robé de la biblioteca Ramón Correa Mejía, entonces ubicada en el edificio de la alcaldía y dirigida por el escritor Silvio Girón Gaviria, una Antología poética de Machado, publicada en una colección de Editorial Salvat.
Por / Gustavo Colorado Grisales
A  los  once años, mi único contacto con la poesía habían sido esos versos almibarados y plagados de moralinas dirigidos más a aconductar y controlar el pensamiento que a propiciar su liberación.

Hasta que llegó Miriam, a quien Dios tenga en su gloria donde quiera que se encuentre. Era nuestra profesora de Música en el colegio Deogracias Cardona de Pereira. Entre solfeos, negras, blancas, corcheas y semifusas, un día puso en mis  manos dos casetes. Por uno de esos misterios que a menudo definen el curso de nuestra existencia, me eligió como destinatario de un puñado de canciones interpretadas por un tipo de voz entrecortada, más bien asmática, que se acompañaba de una guitarra.

Eran los versos de don Antonio Machado y de Miguel Hernández. Al comienzo no les presté mayor atención. Pero una tarde de domingo sin fútbol tropecé con esta imagen: “Al fin una pulmonía/ mató a don Guido  y están/ las campanas todo el día/ doblando por él/ tin tan”. Ese fue el inicio de una historia de amor que no cesa de crecer.

De modo que eso era la poesía: los eventos de la vida cotidiana trasplantados a otra dimensión. Guiado por el instinto,  el lunes siguiente me robé de la biblioteca Ramón Correa Mejía, entonces ubicada en el edificio de la alcaldía y dirigida por el escritor Silvio Girón Gaviria, una Antología poética de Machado, publicada en una colección de Editorial Salvat.

Todavía conservo el ejemplar: es mi cuerpo del delito.

El milagro apenas empezaba. En una de sus páginas leí: “No sé si era un limón amarillo/ o el hilo de un claro día/ lo que tu mano tenía/ Guiomar en dorado ovillo/ tu boca me sonreía” y el mundo –mi mundo– siguió ensanchándose.

Cuando mi  madre me descubrió en esas andanzas su desazón no pudo ser mayor: ella esperaba para mí un destino de médico, como el de sus queridos primos Marín Grisales. Pero eso de la poesía se inclinaba peligrosamente hacia la locura, el robo callejero o cosas peores.

Pero la suerte estaba echada. Ese mismo año de 1972, durante una visita a la casa de un compañero de estudio llamado Pedro Vicente Ramírez, se cruzó en mi camino un disco de larga duración de tapas amarillas, cuyo autor resultó ser el mismo fulano que interpretaba con voz quebrada los poemas de Machado y Hernández.

Con una diferencia: en este caso, a excepción de Vencidos, un homenaje al poeta León Felipe, todas las canciones eran de su autoría.

Recuerdo la tapa del disco: con el pelo en hombros y mirada desafiante, Joan Manuel Serrat le presentaba al mundo –así lo pienso hoy– su declaración de principios, basada en una fe absoluta en la belleza como camino para conocer el universo y para reconocerse en él. La belleza que igual puede cruzar una canción de amor, la descripción de un paisaje o una toma de conciencia política.

Ustedes ya lo han adivinado: el disco se llama Mediterráneo, y medio siglo después sigue más vigente que nunca, porque esa es una de las bondades de la poesía: su capacidad de trascender el tiempo y nombrar de manera distinta el mundo, adaptándose a los ires y venires de las generaciones.

En Mediterráneo uno encuentra un amplio espectro de inquietudes: desde crónicas como Pueblo blanco, hasta declaraciones de amor de la índole de Lucía, o tributos a la hija que parte de casa en Qué va a ser de ti, pasando por la sencillez de las cosas irrecuperables en Aquellas pequeñas cosas o la ironía de Tío Alberto, hasta llegar  al poema que le da el título al álbum, toda una afirmación de identidad construida a partir de la recreación lírica de los paisajes amados.

“Qué le voy a hacer si yo/ nací en el Mediterráneo”, nos dice Serrat  al cierre de una canción que, como toda vida, transcurre entre el alba y el crepúsculo, en una travesía que nos hace a todos parientes del infatigable Odiseo en su búsqueda del camino de regreso a Ítaca.

Devoto lector de la poesía del Siglo de Oro español, así como de las generaciones del 98 –la de la guerra de Cubay la del 27 –la de la guerra civil española Joan Manuel Serrat no tardó en convertirse en compañero de viaje de varias generaciones. Su posición política de izquierdas –que  le valió el veto de las dictaduras de Franco, Videla y Pinochet–, su amor por  los buenos vinos –en su madurez se convirtió en propietario de viñedos– y su pasión por el Fútbol Club Barcelona dan cuenta de su decisión de transitar siempre por el  sendero más amable de la vida.

“En realidad, lo que me empujó a tomar la guitarra y cantar fue la idea de que así podía tocar con más facilidad el culo a las muchachas”, le respondió Serrat a mi hermano, el periodista Juan Carlos Pérez Salazar, en una entrevista para el periódico El Mundo de Medellín, durante una de sus muchas visitas a Colombia.

No sé, pero sospecho que a buena parte de mis amigos –empezando por el entrevistador de marras– y a mí por supuesto, las canciones de Serrat también nos han permitido tocar con mayor facilidad el culo a algunas muchachas.

PDT . Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada