YIMALÁ: BULLERENGUE EN EL FRÍO SONSÓN

Participar en festivales nacionales de bullerengue demanda varios sacrificios que, para las personas del común, son desconocidos.

 

Por / Norvey Echeverry Orozco – Portada / Willy López

En las calles de Sonsón, Antioquia, a 13 grados centígrados y 2.475 metros de altura, suenan las notas cálidas del bullerengue, tradicional en municipios caribeños como Necoclí, Puerto Escondido y María La Baja.

Algunos campesinos de Sonsón cuelgan negros aparatos de radio de sus hombros. Mientras labran la tierra, la fumigan, ordeñan vacas, o arrean mulas, se dedican a escuchar las defunciones, los resultados de las loterías o alguna publicidad pagada por la alcaldía o una entidad de salud. O en los buses escaleras o en los jeeps tradicionales que viajan a las veredas –a los que les suenan la mayoría de tuercas– o en los buses o en los taxis o en los camiones o en las cantinas, se escuchan las canciones de Vicente Fernández, Las Hermanitas Calle y Yeison Jiménez. Es algo común en este frío pueblo donde la niebla de páramo se mete hasta los huesos.

El que haya tenido curiosidad por saber a qué sonaba este municipio veinte años atrás, se enterará que sonaba a bala, por culpa de los hombres al mando del paramilitar Ricardo López Lora, alias “La Marrana”, y de los hombres a cargo de la comandante guerrillera Elda Neyis Mosquera, alias “Karina”. Ahora todo es diferente. No hay duda de ello. El nombre de la escuela de música, Semillas de Paz, lo dice.

Algo cambia, repentinamente, al pasar por la fachada del “Balcón más bonito de Antioquia” –nombrado así desde el año 1990, cuando participó en un concurso público que le dio dicho nombre, compuesto por tres pisos y catorce balcones verdes de madera tallada a mano–, una edificación republicana, bien conservada, donde jóvenes y niños aprenden a interpretar todo tipo de instrumentos musicales. Cuando no es la voz de Daniela López, es la de Anlly Marín, las dos cantadoras del grupo Yimalá, quienes sueltan lereos y guapirreos que se escapan desde los balcones hasta los oídos de los campesinos que, sentados en las bancas del parque principal, esperan el transporte que los llevará de regreso, con un bulto blanco o rojo de mercado recostado contra sus pies, hasta alguna de las 108 veredas que le dan forma al croquis de Sonsón.

En el artículo El ritual del bullerengue, escrito por la socióloga de la Universidad de Antioquia Lina Marcela Silva Ramírez, se describe esta tradición como: “Una danza, práctica musical y festiva, característica de la población afrocolombiana que habita en la región de Urabá y en las costas de los departamentos de Córdoba y Bolívar. Comparte un pasado histórico que lo conecta con la provincia del Darién de Panamá. Por su carácter representativo de la afrocolombianidad, esta práctica cultural constituye un importante aporte como expresión de la diversidad cultural del país”.

El bullerengue tiene tres modalidades: sentao’, chalupa y fandango de lenguas. El primero se caracteriza por los lamentos en las expresiones faciales de los bailadores, muy utilizado en los funerales y en la llegada de la pubertad en las mujeres; el segundo, con similitudes al primero, se baila más rápido; el tercero es el más alegre, utilizado en los festejos. Existe, además, un tipo de batalla entre los bailadores y el tamborero, por cautivar a una de las bailadoras, para conquistarla con su destreza.

https://youtu.be/qVz1SWbAcwg

Los que han escuchado en el parque la voz de Anlly no tienen idea de que los lereos son notas sostenidas alargadas con una consonante y una vocal, ni tampoco que los guapirreos son palabras usadas para darle emoción a una canción. Normalmente, los lereos van al principio, en el medio, o al final; los guapirreos dependen más de la emoción impuesta a través de las manos del tamborero. Mientras los lereos suenan a: lila, lilaaa, li, le, looo; los guapirreos suenan a ¡óyelooo, eso es, upa je, ay na ma’, bullerengue, cántalooo! La voz de Anlly Marín ha interpretado Fuego en Haití, de la cantadora de Urabá Eustiquia Amarato Santana, escuchada en su momento por los oídos de los que han pasado por la escuela los días martes, miércoles o viernes a las siete de la noche, cuando se realizan los ensayos: “A través de muchos siglos, los negros encadenados, sufrieron maltratos de los blancos desalmados”.

En su interior, mientras canta bullerengue, Anlly experimenta euforia y desestrés, porque se identifica con la emoción de tristeza o alegría que sale de su voz.

“Fuego, fuego, fuego, el grito que se oyó allí, en esa sangrienta guerra que fue en el pueblo de Haití. Ay, no soy de raza negra, no soy pintao’ a carbón, y aunque negra no es mi piel, negro soy de corazón”. La última frase define bien por qué en Sonsón suenan ritmos del Caribe: diez muchachos blancos, desde el año 2018, decidieron fundar –cuando encontraron, entre los instrumentos de dotación de la escuela de música, tambores y maracas para interpretar ritmos de otra región– un grupo de percusión folclórico que cantaba porros y gaitas llamado Cumbiamberos del Páramo. Muchos, como Rodrigo, Juliana, Willy, Jefferson y Ana María, decidieron abandonar el proceso, pero otros han llegado, para sumar con ellos diecinueve integrantes.

La respuesta al cómo nació un grupo de bullerengue en una montaña de la cordillera central de los Andes la complementa Sergio Daniel Castro Flórez, el fundador, el tamborero: “Me había ido para Medellín. Cuando regresé a Sonsón, en noviembre de 2017, entré a ser profesor de la escuela, en el área de percusión, batería y músicas tradicionales. En la escuela había mucha dotación de instrumentos del Caribe y yo, con la idea, dije: ‘Tengo muchos instrumentos, ahora falta personal. Voy a matricular que quieran aprender de esta música’. Así fue, les dije que yo quería hacer un proceso del Caribe y ellos súper contentos de una dijeron que sí”.

https://www.youtube.com/watch?v=qVz1SWbAcwg&list=RDG6t8z2QKnFk&index=13

Nadie es profeta en su tierra

Aunque hayan compuesto una canción con esta letra, a la que llamaron Soy Yimalá: “Montaña de mis amores, mi corazón has robado, ahora te perdí de vista, tu cima se ha nublado. En las tardes de arreboles, se van cubriendo tus cimas. Hay montones de colores que alimentan estas rimas”, o una más titulada Alma pal’ bullerengue, inspirada en las matronas de los ritmos, quienes influyen, como lo han comentado sus integrantes, en el crecimiento del grupo: “Mi niño, despierta, mira que te estoy cantando. Era el despertar un cantar de negra, ella era la abuela hablándole al mar. Fui, soy y seré alma pal’ bullerengue”, no han logrado contagiar en gran número al público de Sonsón, como sí lo han hecho con el de la Costa Atlántica, o el de municipios como Santa Fe de Antioquia y Rionegro, donde han hecho presentaciones, en medio de tempestades, en las que han logrado que la gente pause el ritmo acelerado de sus vidas para escucharlos, darles aplausos y sacar hasta sus teléfonos celulares del fondo de los bolsillos para subir estados en redes sociales donde comentan que han visto por fin a Yimalá. Cuando han elogiado sus presentaciones en redes sociales, ellos se asombran, se preguntan, acaso, si no están soñando, se sienten los dioses, pues su arte tiene un valor para la sociedad.

La mayor cantidad de ancianos de Sonsón, como coinciden sus integrantes, son reacios a escuchar diferentes sonidos a sus tradiciones andinas y cambiarlos por un ritmo que, como se lo han manifestado, suena a lo mismo y es nada más, para ellos, una bulla escandalosa. “De algún modo ha sido un poquito difícil, porque no les gusta, otros dicen que suena a lo mismo. Aunque uno esté haciendo ritmos diferentes, del Caribe, siempre van a decir que suenan a lo mismo. La verdad ha sido un tema un poco difícil, pero también hemos tenido muy buena acogida y hay personas que de verdad aprecian el trabajo, lo valoran. Incluso, en redes sociales se siente que comparten el trabajo, que les gusta, y de algún modo se han identificado como fans de Yimalá”, agrega Sergio.

Pero Yimalá no es una simple bulla escandalosa, porque de serlo, no hubiera logrado en el 2019, entre treinta grupos de todo el país, el primer lugar en el Festival Nacional del Bullerengue celebrado en el municipio de Necoclí, Urabá antioqueño. Cuando los nombraron como ganadores, Sergio lloró de emoción. La mayoría lloraban de emoción. A Sebastián Osorio Henao, con diez años, el integrante más joven del grupo, intérprete del tambor macho, se le pasó de todo por la mente: cuando veía a su mamá, María Elena Osorio, en los ensayos como bailadora; cuando recibió regaños por hacer chistes o no coger un ritmo; cuando Sergio le enseñó a sonar con sus palmas pequeñas el tambor por primera vez; cuando soñaba con el momento que tenía ante sus ojos aquella noche.

Todos estaban reunidos muy cerca de la tarima. Los nombraron. Eran ellos, no Juventud Alegre, grupo que daban por ganador. Se preguntaron, con las miradas, un ¿qué? Gritaron enloquecidos, como si acabaran de conseguir la libertad después de muchos años de prisión. Sergio subió a la tarima. Recibió la placa que los hacía ganadores –todavía un año después, cada vez que la mira, se pregunta lo mismo: ¿es en serio?–. Algunos los miraban con recelo, como diciendo que por qué ellos si no eran de la región; otros, en cambio, les daban las felicitaciones por medio de abrazos. Con los dos millones y medio que recibieron como premio, compraron trajes e instrumentos.

Los sacrificios

Participar en festivales nacionales de bullerengue demanda varios sacrificios que, para las personas del común, son desconocidos. Los integrantes de Yimalá, para costear trajes y viáticos, han vendido arroz con leche a tres mil pesos y han rifado boletas que dejan en manos de la suerte medio millón. Asistir a María La Baja, Puerto Escondido o Necoclí, no solo es caro en dinero, sino también en tiempo de viaje y en problemas de salud. Para ir a cantar, se debe tener, además de pasión, un gran amor por el bullerengue. Los festivales son realizados los fines de semana, de viernes a lunes festivo, por ello, Yimalá regularmente comienza los viajes desde los jueves en las horas de la noche. El viaje a María La Baja, por ejemplo, costeado por la administración municipal de Sonsón –entre cinco y cinco millones y medio–, tuvo una duración de veinticuatro horas por problemas mecánicos. El de Puerto Escondido, también costeado por la administración, duró entre dieciséis y dieciocho horas. El de Necoclí, de doce a catorce. No es un paseo para conocer el mar, como algunos de sus integrantes han escuchado. Es soportar, después de pasar por el municipio de Caucasia, los treinta grados de temperatura que le hacen al organismo pedir a gritos agua. El cambio de clima, en nueve horas de viaje, es extremadamente brusco: mientras en Sonsón a la una de la tarde hacen dieciocho grados, en Caucasia son 33. Quince grados más, que pesan tanto en la espalda como una gran roca de veinte toneladas. Cuando se llega, a cualquiera de los tres municipios, el hotel es el piso de un colegio cualquiera, donde se esparcen las colchonetas y las carpas. A pesar del cansancio provocado por el extenuante viaje, llegan muy motivados siempre. Pocos, entre los diecinueve integrantes, han sido los que no se han enfermado.

Para el festival de María La Baja, Anlly había preparado muy bien el repertorio de canciones que iba a cantar. Al llegar, se enfermó de la voz. Por más que intentaba, como siempre, le era imposible. No sabía qué remedio beber. Los locales, muy formales y preocupados, le recomendaron ron, limón y miel. “Antes de subir a tarima, beba ron que eso le aclara la garganta”, le decían. Obedeció. Lo único que logró fue subir “prendida”. Su voz seguía sin fuerzas. No pudo participar de las ruedas –círculos que se hacen, en la madrugada, donde se integran todos los grupos para cantar–, ni trasnochar, ni salir a beber cervezas para calmar el sofoco. Entró en crisis, pues para ese momento era la única cantadora.

Sergio estaba alterado, pensando que un viaje tan extenuante había sido en vano.

–Anlly, entonces dígame, si quiere yo hablo con los jurados y les decimos que no vamos a participar.

Anlly se enojó.

–Parce, entiéndame, no tengo voz, ¿qué puedo hacer? –le respondió, con ganas de hacerse invisible.

Sergio se tranquilizó. Le pidió disculpas, proponiendo soluciones. Pensaron cambiar la cantadora por Daniela. Pensaron, por la voz, cambiar el repertorio de canciones. Pensaron, por último, decirle al jurado: no, no tenemos cantadora, nos vamos a devolver a Sonsón, porque no podemos seguir en el concurso.

–Ya en este momento me siento mejor –dijo Anlly–. Subámonos a tarima y demos lo mejor. A eso vinimos.

Subieron a tarima. El lunes, sin ensayar su voz el sábado y el domingo, se sintió espléndida: la voz ronca, perfecta para interpretar una canción triste.

En Puerto Escondido, Sergio se intoxicó con la comida. ¿Quién es capaz de atreverse a rechazar, con un calor de treinta grados, un guarapo con hielo? Terminó en el puesto de salud. Al regresar, los demás lo esperaban en la playa. “Yo llegué y ellos ahí mismo me aplaudieron y entonces digamos que es la moral del mismo grupo. Esa moral no lo deja a uno desfallecer. Siempre las personas que se han enfermado son como con esa moral arriba. Les damos todo el ánimo y literal se montan a tarima y se les olvida cualquier enfermedad. Es algo muy mágico porque la música y sobre todo el bullerengue, hacen cosas increíbles en nosotros”, cuenta.

Sebastián sabe que a María Elena, su mamá, el calor le genera malgenio y le inflama las plantas de los pies. Miguel, bailador, también terminó recibiendo atención médica. Óscar Hurtado López, uno de los bailadores, novio de Anlly, metro con setenta y muchos centímetros de estatura, apasionado por la edición de videos, los ríos, el ciclomontanismo, con los cabellos enredados por agujas capoteras, se intoxicó en Puerto Escondido. Vomitaba. No estuvo en las ruedas. Se paraba de la colchoneta a la tarima, realizaba la presentación con el grupo y se volvía a acostar. “Como son lugares muy calientes, muchas veces no están las condiciones sanitarias adecuadas. No hay agua potable. Es muy complicado porque no se puede tomar un vaso de agua. Hay cosas que usted no está seguro de que sean saludables, entonces se debe ir dispuesto a enfermarse”. Añade: “No somos tan cercanos a las costumbres. El mero hecho de la comida, de que a usted le den ñame en el desayuno, de que le echen queso a los frijoles, son cosas chéveres que uno experimenta, pero de las que uno no es cercano. Es algo con lo que uno se encuentra, algo que se descubre y con lo que muchas veces se choca”.

Siempre regresan, después de los festivales, los martes en la madrugada. Al ganar en Necoclí, pensaron que serían recibidos con el orgullo que merecía un evento de tales proporciones, pero no, simplemente, como lo han comentado, les dijeron que muy bien, con algunas palmaditas en los hombres, les hicieron una nota para el canal local y un reconocimiento sencillo en el Concejo.

Grupo de bullerengue Yimalá en el Festival Nacional de Necoclí realizado en 2019. Fotografía / Daniela Cortés Echeverry.

Comentarios expertos

Alejandro Díaz Ramos, director del grupo bullerenguero Palmeras en el municipio de Necoclí, comenta sobre Yimalá: “Pienso que la cultura, las tradiciones y la música permean todos los espacios. Al margen de que estén en una tierra fría, somos Colombia. De alguna manera tenemos un tinte de unas bases musicales y unas bases tradicionales, entonces el hecho de ser blanco, negro o mestizo solamente es el exterior pero que dentro, de alguna manera, tenemos muchos de los rasgos de nuestros antepasados. Yimalá es un grupo que yo he querido muchísimo y siempre los he respaldado, reconociendo el esfuerzo que ellos hacen, porque de alguna manera nosotros tenemos más espacios para investigar y conocer. De hecho, nacemos dentro de esto, entonces es algo que viene dentro de nosotros mismos. La verdad es un grupo que respeto mucho y que admiro por la manera tan respetuosa en la que hacen el bullerengue”.

A ello se suma la extrañeza inicial de David Caraballo Pérez, organizador del Festival Nacional de Bullerengue en María La Baja, Bolívar. “Me pareció extraño ver un grupo de tez blanca con vestimenta bullerenguera. Me dijeron que eran de Sonsón, Antioquia. Les pregunté si eran intérpretes de música andina. Respondieron que no, que de bullerengue. Los vi haciendo su interpretación. Uno, me pareció interesante su trabajo; dos, con las dificultades de raza, de región, e influencia cultural, hicieron los cantos. Les dije a los del festival que, para mí, un grupo de esos era el que se debía premiar, porque son de la zona andina, de una región fría, en donde no tienen por ningún lado la influencia del bullerengue y había que mirar el trabajo que estaban haciendo. Aparte de todo, embellecen el festival. Que venga un grupo de otra región haciendo lo mío… Está atravesando fronteras. El trabajo de ellos me pareció interesante”.

Esta actitud de acogida se nota también en la declaración de Álvaro Enrique Arenas García, realizador del Festival del Bullerengue en Necoclí. “La verdad me sorprende el nivel musical de estas agrupaciones, porque lo hacen con un nivel profesional que marca la diferencia con los grupos tradicionales de bullerengue. Ellos hacen voces, la forma de cantar, de tocar los instrumentos, la forma incluso de bailar se diferencia. Para mí son grupos que realmente muestran una tradición, pero con una identidad única de esos territorios”.

Óscar se imagina un festival de bullerengue con representantes de María La Baja, Puerto Escondido y Necoclí en Sonsón. Los ve haciendo ruedas, en el parque principal, hasta la madrugada. A Yimalá lo ve representando a Colombia, en cinco años, en otros países.

–Festival de bullerengue en Sonsón, ¿qué tan lejos puede estar? –le pregunto a Sergio.

–Lo hemos planteado y lo queremos hacer. Estamos en la idea. Íbamos a presentar el proyecto y que se pudiera dar. Que vengan cuatro o cinco grupos, eso es mucho.

Mientras tanto, en alguna esquina de Sonsón, además de rancheras y carrileras, suena bullerengue.

@norveyorozco