ENTRE LA MÍSTICA Y LA GEOMETRÍA

Por / Felipe Osorio Vergara

El frío y la humedad andina se sentían más que en Bogotá. Los bosques de encenillo y cucharo destacaban entre la neblina que, como un velo, cubría el color esmeralda de la Laguna de Guatavita. Edgar Negret, vestido con chaquetón, bufanda y su infaltable sombrero, que ocultaba su calvicie, caminaba entre los árboles enseñándoles a Jesús Tibaduiza, Germán Alvarado y Rodolfo Buitrago, sus ayudantes, la flora de la Cordillera Oriental. “El maestro nos mostraba las plantas y las flores que él conocía, y nos decía sus nombres. Sabía mucho de botánica”, recordó Buitrago, quien, de sus 56 años, trabajó 32 con Negret.

Y es que, para Negret, la naturaleza era una reminiscencia de su infancia. De niño, pasaba la mayor parte del tiempo jugando en el huerto de su casa natal, en Popayán, y recorriendo las arboledas de Palacé, la finca familiar de los Negret Dueñas.

En su niñez, dibujaba todo cuanto le sucedía en su patio de juegos. Los dibujos servían para ilustrar las cartas que María Dueñas, su madre, le enviaba a su esposo, el general Rafael Negret, durante sus viajes. “La primera vez que hice un dibujo fue para mi papá, eran mis cartas a los tres años. Así le contaba lo que sucedía en Palacé, la finca. Me las respondía en papelitos en los que ‘interpretaba el dibujo’. La palabra ausencia es una que asocio mucho con él, por sus deberes de militar, que lo mantenían siempre alejado de casa”, contó Negret al crítico de arte Fausto Panesso, en una entrevista para el diario El Tiempo.

Esos dibujos que hacía cuando niño guiarían su carrera artística y motivarían su primera salida de la casa familiar. En 1938 entró a la Escuela de Bellas Artes, en Cali, a unas tres horas de Popayán. Allí hizo acuarelas y pinturas, pero gracias al pensum de aquel entonces, los estudiantes de artes plásticas debían aprender nociones de modelado, así como los de escultura debían aprender algo de pintura. De esta manera, Negret conoció la escultura, la que desde entonces le dio sentido a su vida. “Nunca quise ser pintor, porque desde el principio me interesó trabajar en tres dimensiones”, le contó en 1994 al historiador y crítico de arte Álvaro Medina. Paradójicamente, cuando encontró en la escultura su razón de ser, su padre, que había sido su apoyo, falleció en 1940, después de padecer una enfermedad.

La muerte de su padre fue el primer choque de Edgar Luis Negret Dueñas con el mundo. Su burbuja protectora se rompió. Siempre había sido protegido por sus nueve hermanos mayores y por sus padres; era el ‘cuncho’ de la familia, el menor y consentido, pero ahora veía cómo un soporte de su familia se resquebrajaba. Sin su padre, estaba un poco más solo, así como en su niñez.

Ser el menor implicó soledad. Sus hermanos eran más grandes, por lo que su madre se convirtió en su más cercana compañía. “Cuando Edgar Negret alcanza los siete años, ella se convierte en su compañera de muchos momentos: van juntos a la iglesia y a las misas. Las procesiones de Semana Santa y el mes de la Virgen, son presagio de lo maravilloso para este pequeño que poco a poco se enamora del misterio que envuelve la ritualidad religiosa”, escribió en 1994 María Cristina Laverde, socióloga de la Universidad Central, en una de las monografías más completas que se han hecho sobre Negret.

La religiosidad materna caló tanto en su espíritu que, cuando era niño, quería ser santo. “No puedo escapar al interés por la religión cuando en mi ciudad natal existen por lo menos veinte iglesias que mantienen un ambiente casi colonial”, dijo en una entrevista de 1983 al diario El País de España, a propósito de una exposición con cuarenta obras suyas en Madrid.

En la atmósfera payanesa sigue vivo el espíritu colonial, el mismo que, en los años 20 y 30 del siglo XX, sintió Negret cuando era niño. Es como si Cronos hubiera condenado al Valle de Pubenza al tiempo detenido. Sus callejuelas estrechas y empedradas, sus casas señoriales que cargan más de 200 años encima, sus techos en teja de barro y, sobre todo, el blanco inmaculado, le ha valido a Popayán los títulos de la ‘Ciudad Blanca’ y la ‘Jerusalén de América’, pero también una declaratoria en su sector antiguo como Bien de Interés Cultural de la Nación “Ese Popayán de mi infancia, tan nítido, tan claro, era una ciudad muy simple y muy bella […] Era una ciudad blanca… toda blanca”, declaró Negret al crítico Fausto Panesso en una entrevista de 1975.

Y esa Popayán colonial y religiosa, fue la que infundió lo místico en el escultor. Incluso, por mediación del alcalde de ese entonces, y amigo de la familia, Negret ocupó un antiguo Convento de los Franciscanos como taller de escultura.

En su primera etapa creadora sería lo religioso lo que se destacaría, con obras como: Job (1947), La Anunciación (1948) y Rostro de Cristo (1949). La obra temprana de Negret fue figurativa, representacional. Trabajó con materiales tradicionales como el yeso, en el que realizó la serie de máscaras de poetas como Porfirio Barba Jacob, Gabriela Mistral, Walt Whitman y a su paisano, Guillermo Valencia.

Oteiza, el encuentro con la escultura contemporánea

Narró la socióloga Laverde que, un día de 1944, Negret caminaba por Popayán con una de sus sobrinas. Iban de camino a uno de los parques que ornamentan la ‘Jerusalén de América’. De momento, se encontraron con una pareja que llamó su atención: eran extranjeros. La pareja recibía el sol de 1.700 metros de altura. En ese punto, “alguien los presenta, iniciándose una intensa conversación que aún no concluye”, escribió Laverde en 1994. Eran el escultor vasco Jorge Oteiza e Itziar Carreño, su esposa.

Negret invitó a Oteiza a su taller en el convento y allí se forjó una amistad entre ambos. Oteiza introdujo al joven en las nuevas tendencias del arte y le mostró folletos y revistas sobre escultura contemporánea. “Su amistad con el artista vasco le dio un vuelco al concepto que tenía de la estética en general y de la escultura en particular. […] Cabe agregar los aportes teóricos sobre el sentido y los alcances de la abstracción”, escribió en 2018 el historiador y crítico de arte Álvaro Medina.

Nueva York, el choque con la máquina

La Popayán de Negret, antigua, ultramontana, de herencia española, en donde el edificio más alto era la catedral y la población era apenas de 45 mil almas chocó con la metrópolis. Para 1949, Nueva York era la urbe más poblada del mundo, 170 veces más que su barroca Popayán, con rascacielos, migrantes de todo el mundo y una floreciente vida artística y cultural, que generaron un contraste para el payanés, que para ese entonces contaba con 29 años.

En el corazón industrial de Estados Unidos Negret tuvo su encuentro con la máquina. Destacada resulta la anécdota del semáforo como elemento organizador del caos citadino. Con un solo cambio de luz cientos de personas actúan y acatan la señal que emite aquel objeto metálico e inerte. “Cuando llegué a Nueva York, a un provinciano como yo le impresionaron mucho los semáforos. Era increíble que una máquina con luces manejara instantáneamente la conducta de millares de personas. Allí había algo mágico y seductor. Era como una presencia ordenadora de aquella jungla humana”, le contó en 1987 a Ángela María González y a la crítica de arte, Ana María Escallón, para un artículo de El Espectador.

Negret había llegado a Nueva York gracias a la invitación de unos amigos cercanos. Ellos, conociendo su habilidad y pasión por la escultura, lo motivaron para que se inscribiera en el Clay Club Sculpture Center, que reunía gran cantidad de artistas. Allí, se abrió a la experimentación y vio que muchos escultores trabajaban el hierro y la soldadura. Después, en una exposición del artista estadounidense Alexander Calder, padre de la escultura cinética, el payanés se terminó de decantar por el uso del metal.

Un problema técnico lo llevó a marcar tendencia. En el edificio en el que vivía en la ‘Gran Manzana’, no podía emplear la soldadura por el riesgo de generar un incendio. Además, por su bajo punto de fusión, la lámina de aluminio se derrite muy fácil.

Después de ensayar diferentes estrategias, recurrió entonces al tornillo y la tuerca como solución al problema de empatar la lámina. “En el trabajo con lámina se debe tener mucha paciencia porque al ser delgada, es un material que puede llegar a romperse fácilmente. En el proceso con el aluminio, usualmente, se usa ensamble y tornillo porque es un metal más delicado”, explicó Carlos Vásquez, quien ha trabajado con metales y herrería por más de 20 años.

La solución de tuercas y tornillos, junto a la lámina de aluminio como material de trabajo, caracterizaron su obra y le valieron reconocimiento. Antes de él, el yeso, bronce, barro, piedra y madera eran los materiales predilectos por los escultores colombianos. “Negret rompió ese esquema con una técnica y con unos materiales novedoso para el arte colombiano, pues incursionó en el aluminio con composiciones poéticas, ya que se dejaba manejar con mucha sutileza”, dijo Rodolfo Buitrago.

A principios de los cincuenta viajó a Europa y conoció la obra de Gaudí en Barcelona y su uso del color, mientras que en París le influyó la simplificación de la forma escultórica del artista rumano Brancusi.

En 1956 se enteró de una beca que otorgaba la UNESCO gracias a una carta que le envió Josefina Valencia, amiga de su adolescencia e hija del poeta Guillermo Valencia. Negret se postuló y con ella obtuvo los fondos para regresar a Estados Unidos. Allí, emprendió la búsqueda de las raíces americanas en las culturas Pueblo y Navajo, del suroeste de esa nación norteamericana.

Las raíces americanas

De su convivencia con los amerindios descubrió el misticismo de los rituales chamánicos y la relación de la naturaleza con lo sagrado. Vio las formas geométricas y el uso del color que usaban los indígenas y cómo ellos representaban espíritus y deidades. De este período son esculturas como La ciudad (1957) y Kachina (1957). La última, en referencia a las muñecas empleadas en ritos de curación de los Navajo.

Sin embargo, fue su serie Aparatos mágicos (1957) la que reveló la composición que lo distinguiría, pues en sus obras Negret concretó “propuestas que lograron conectar de manera armónica, poética y mística, el mundo espiritual y religioso en el que creía, con el proceso de materialización industrial que destacó en sus obras”, explicó Víctor Manuel Del Valle, magíster en Artes Digitales del Instituto Tecnológico Metropolitano de Medellín (ITM), y museógrafo de la misma institución.

En Aparatos mágicos el aluminio policromático, las tuercas y los tornillos, armonizan dos elementos que, de otra manera, están en constante contradicción: el misterio de lo sagrado y la racionalidad de la máquina.

 

En 1963 regresó a su patria y ganó en el XV Salón de Artistas Colombianos con su obra Vigilante celeste (1963) inspirada en los satélites y la carrera espacial de la Guerra Fría. A partir de entonces se instaló en Bogotá, en donde vivió el resto de su vida.

“Su regreso a Colombia da origen a obras que van a dar una mirada a nuestras raíces precolombinas, afianzando esa identidad americana. Con esculturas como Quipus, Reloj andino y la serie Templos”, señaló Rodolfo Buitrago, quien fuera ayudante suyo por 32 años y actual director de la Galería Casa Negret Buitrago, al norte de Bogotá.

Un evento que marcaría su obra en su búsqueda de las raíces fue su viaje a Perú. En 1980 expuso en Lima y después de inaugurar la exposición se encumbró a la Sierra peruana buscando el Cuzco y Machu Picchu. En los tejidos coloridos de herencia incaica encontró inspiración cromática y simbólica, pues cada color reflejaba un estatus, mientras que el sistema mnemotécnico de los quipus le fascinó, hasta el punto de crear una serie en su honor. Pero, en la cultura incaica también encontró su propio pasado.

En Cuzco descubrió que una hermana del inca Atahualpa había sido llevada a Popayán y resultó ser su ascendiente. Su última hermana, Alicia Negret, había muerto en 1967, lo que había sumido al escultor en una profunda depresión y lo indujo a rastrear su pasado y encontrar sus raíces; saber que tenía sangre inca lo revitalizó. “A la muerte de mi hermana Alicia me sumí en un completo limbo y quedé como habitando en un hueco, al ver que ya no quedaba nadie, todo el mundo había muerto (…) Cuando comencé a recuperarme, me dio por buscar y escarbar fotos antiguas, y terminé en una investigación muy rigurosa de mis antepasados, de mis ancestros”, sostuvo al crítico Fausto Panesso en una entrevista para el diario El Tiempo.

De sus ancestros incas se inspiró en el uso de colores fuertes en su composición, en la que empezó a utilizar un solo color, como el blanco, rojo, amarillo o azul. “La intervención del color, de colores del trópico, en algo tan frío como el metal ayuda a ver ese toque americano en su obra. También los giros y los temas que elige, por ejemplo, los títulos: Sol, Maíz, muestran un vínculo con lo autóctono”, explicó Diana Carolina Toro, magíster en Historia del Arte de la Universidad de Antioquia.

Esta contradicción entre el aluminio como material industrial, frío y mecánico, y la propuesta de colores vivos y temáticas precolombinas y naturalistas caracterizaría su obra. Como destacó en su Historia abierta del arte colombiano la crítica de arte Marta Traba, respecto a su escultura: “Negret queda, pues, incluido, mediante su creación de objetos escultóricos, en la brillante nómina de artistas alineados dentro de la nueva geometría (…) su pulcritud para la realización técnica de las esculturas; la conciliación de los contrarios dentro de la misma forma; la insistencia en significar haciendo siempre una escultura temática”.

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Eran las siete de la mañana del sábado. Hoy, como los fines de semana anteriores irían a Sesquilé. Para calentar el cuerpo durante los aproximados 60 kilómetros que separan al barrio Santa Ana, nororiente de Bogotá, de la Laguna de Guatavita, pararían a comer almojábanas y café en el camino. Era un viaje en el que compartía en familia con sus ayudantes y las esposas e hijos de ellos.

Una vez en la Laguna, “nos quedábamos en un parque contiguo. Ahí jugábamos toda la tarde mientras el maestro retozaba y sonreía muy a gusto de ver cómo todos disfrutaban. Era una persona muy querida”, narró Rodolfo Buitrago. Incluso, “nosotros, los hijos de Rodolfo, nos referimos al maestro Negret como nuestro abuelo, porque él nos adoptó como sus nietos”, dijo Juan Andrés Buitrago, hijo del director de la Galería Casa Negret Buitrago.

En la Laguna de Guatavita Negret buscó al Zipa. Aunque en sus venas mestizas no corría sangre muisca sino inca, encontró en esa laguna sagrada la inspiración. En el mismo paraje en que los ancestros de casi 10 millones de colombianos ofrecían a sus dioses oro y esmeraldas, vislumbró El Dorado creador. Allí, se conectó con las raíces precolombinas y el ritual sagrado que daba lugar a la trasfiguración de heredero al trono, a gobernante de todo el zipazgo. El rastro sacro de Guatavita, su magia natural sometida a las fuerzas de la naturaleza de más de 3 mil metros de altura, dieron iluminación al artista para que, en 1990, creara obras como Guatavita y la serie Lagunas.

Y así como las ofrendas preciosas citadas en la leyenda de El Dorado se esfumaron en el fondo fangoso de la Laguna o en la codicia de los conquistadores españoles, Edgar Negret desapareció de la vida pública cuando, en 1993, se comprobó que padecía Alzheimer. El jueves 11 de octubre de 2012, día de su cumpleaños 92, murió consumido por el cáncer y afectado por la avanzada enfermedad que atacó su memoria. Falleció un día antes de la efeméride del Encuentro entre dos mundos, ese mal llamado “Descubrimiento” que fue semilla de América Latina, pero arrasó a los pueblos originarios que fueron la musa de su obra.