Publicamos el cuento ganador del Tercer Concurso de Cuento Joven TLCDLR. Con el seudónimo Cayena Davar, Débora Hernández presentó esta propuesta que fue escogida por el jurado compuesto por Adriana Villegas Botero, Juliana Muñoz Toro y Jáiber Ladino Guapacha.

 

Por: Débora Hernández

Ilustración: Daniel Román

No pude disfrutar del todo la vista de los edificios de la diecisiete con séptima, aunque de todas maneras me quedé pasmado, como es mi costumbre a las 3:45 p.m., todos los días, no importa si llego tarde a casa o a la cinemateca o donde sea. Llovía y se sentía el sol, era un momento bellamente propicio, aunque sé que ese adjetivo –como casi todos-  quizá está de más, pero llovía, entonces no importa.

No tengo manera de explicar la alegría en la que me embarco al llegar a los brazos de Ana. Como me gusta escribir su nombre. Contentarme con su olor a lavanda y a comida quemada.

 

cuento*
– Ana, llegué.
– ¿Cuántos pasos tengo que dar para llegar hasta ti, Gonzalo?
 – Cuéntalos.
 – Diez y seis. Quería que fueran menos. A veces siento este barco más grande o mi cuerpo más pequeño.
 – El barco se hace más grande.
 – Qué dicha entonces.
 – Qué dicha, entonces.
 *

Le di un beso en el hombro. Era mi costumbre si llegaba después de visitar la diecisiete. Me gustan las costumbres y repetir las cosas que dice Ana. A pesar del ruido del centro, siempre me pareció que el apartamento se balanceaba en un mar azul, azul, azul. Cada vez que llego y está ella empiezo a oler el mar. Ana canta cuando cocina huevos y es como si fuera un fuerte viento cargado, re cargado de sal o las olas rompiendo contra las rocas. Puede que sólo sean los árboles de afuera. Entre tanto yo pienso: qué sabroso, qué sabroso el mar de sus caderas, de su boca que precisa en quererme, este barco Azul.
 *
 – Perdóname por llegar tarde.
 – En el mar nada es problema.
*
 Se parece a muchas canciones, de pronto es por eso que la quiero. Es una cumbia y de repente se reparte en oboes o saxos. Me siento en el sofá. Cierro los ojos porque ella se acerca a besarme. Dice que cerrar los ojos cuando se besa hace sentirlo todo más adentro, más fuerte, más intensamente, aquí, no sé, en el fondo, no sé. Repito sus palabras. Yo le creo, entonces ejercito mi fe y cierro los ojos. La veo más allá de la oscuridad.
*
 El agua de la ducha suena como lluvia en la mañana. Ese chorro de agua en la montaña, mi juventud, el desvelo por una mujer rociada de sol. Entonces me parece que estoy en mis 20 años. Ella se baña, como cualquier día. Yo, como si fuera un niño, la espío por la puerta entreabierta. El patio de la casa, un aguacero, mi prima afuera colgando sus ropas empapadas. La ventana de mi cuarto se abre a su cuerpo en medio del campo, todo se hace gris, menos su piel y aún los pájaros cantan. Ella se baña, pienso en ella, en Ana, la miro, su cuerpo es lo que me refugia del frío.
*
El gorjeo de los que habitan estas calles, el ruido de los buses, los conductores idiotas, los vendedores de chocolate o la cura para la tristeza, los títulos de libros baratos, los pregones, las voces de los perdidos, los pasos que creen ir a algún lugar, la furia por el tiempo, los que rezan por el amor o la muerte. Algo siempre te tumba cuando estás en el centro de esta ciudad.