“El poder global que actúa hoy tras el poder aparente de nuestros gobernantes y administradores de lo público no requiere de ejércitos para conquistar sus objetivos; usa como instrumentos de invasión y dominación, las imágenes y los mensajes proyectados y multiplicados en miles de millones de pantallas”, propone el autor de este texto presentado durante el XXVIII Encuentro Nacional de Bibliotecas de las Cajas de Compensación Familiar.

 

Por Hernando López Yepes*

Poetas y filósofos han descrito, en sus páginas, escenas del futuro. El filósofo colombiano Estanislao Zuleta lo hizo en un ensayo publicado en la agonía de la Modernidad. Le dio el hermoso nombre de El elogio de la dificultad. En él plasmó una imagen de la forma en que vivimos actualmente. Leeremos el primer párrafo:

La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiestan de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de Cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y por lo tanto, también sin carencias y sin deseo: un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes.

La vida nos reclama, porque anhela ser tomada en nuestras manos; no atendemos su llamado. No queremos alejarnos de “este dulce no hacer nada” que nos sume en la quietud y la inconsciencia. Hoy, no arde en nuestro pecho  el dulce fuego que echó a andar a nuestra carne en otros tiempos. Tal parece que ignoramos ser los frutos del esfuerzo de mujeres y hombres que nutrieron y cuidaron las semillas que antes fuimos.

Haber sido soñado, haber nacido; crecer y convertirse en una hermosa realidad es el destino y el anhelo de los seres humanos que conservan la esperanza de elevarse desde el suelo a lo más alto de su cielo. Somos un río creado por aquellos que nunca se cansaron de luchar con los dragones de las dificultades.

El mito nos enseña que en la puerta del castillo o en la entrada  de la cueva del tesoro, un dragón nos espera. Ese dragón existe, todavía, y estamos obligados a enfrentarlo si queremos rescatar a la doncella, u obtener el tesoro.

El dragón simboliza los obstáculos que estamos obligados a vencer; la doncella y el tesoro son el premio, la meta deseada. La Edad Media, cantada por Neruda como “un tiempo silencioso y delicado”, se nutrió con muchas luchas, guerras, muertes… No hubo quietud en ella, ni silencio, porque el fuego que insufló Dios con su dedo, en nuestras venas hervía, todavía.

De los sueños y las luchas de los hombres y mujeres que no fueron celebrados surgió la Edad Moderna. Ella vino acompañada de  promesas y esperanzas  de que habríamos de vivir una existencia diferente: más rica, más sentida, más humana.

Con la Modernidad ganamos: dentro de ella nos libramos del dominio de  España; sobre el suelo americano se elevaron como súbitos incendios las revueltas campesinas que exigían el derecho de poseer la tierra; igualmente,   el alzamiento  de millones de mujeres que lucharon  por el derecho al voto.

Ganamos y perdimos: perdimos  muchos logros alcanzados en los siglos precedentes. Las gentes que crearon esos tiempos supieron que eran parte de un espacio material y espiritual (y fue por ello que a los nombres de los héroes y los Santos se agregaba su lugar de pertenencia: Pablo de Tarso, Demócrito de Abdera, Aníbal de Cartago).

Cada uno sabía que tenía un compromiso con su tiempo y con su pueblo. Por esta convicción de que nos unen muchas cosas al entorno en que nacimos fue creada una hermosa expresión: “Hijo de algo”, que derivó en “Hidalgo” (Hijo de algo: de un espacio material, de una familia, de   una forma de sentir y de pensar). Nosotros heredamos otra expresión hermosa, aunque excluyente, de la España Medieval; la usamos al llamar a una persona con la palabra “don”, que significa “persona de origen noble”.

Pretendimos ser firmes y constantes. Con la Modernidad nacieron nuevos héroes: uno de ellos fue Nelson Mandela, quien entregó gran parte de su vida en el empeño de liberar a un pueblo (a su raza) de una nueva esclavitud. Ilustración / Moonassi

De lo moderno a lo posmoderno

No hay duda de que hubo solidez en las promesas hechas por la Modernidad. Muchos, entre nosotros, nuestros padres y sus padres, al igual que sus abuelos, tuvimos como norma de conducta el ser personas transparentes, decididas y confiables; es decir: individuos de una pieza. Pretendimos ser firmes, y constantes. Con la Modernidad nacieron nuevos héroes: uno de ellos fue Nelson Mandela, quien entregó gran parte de su vida en el empeño de liberar a un pueblo (a su raza) de una nueva esclavitud. Este hombre luchó desde una cárcel. Mahatma Gandhi, por su parte, pagó con la existencia haber marchado al frente de un ejército sin armas, en las luchas contra el Imperio Inglés. Y no obstante que los cuerpos de estos hombres no pudieron salir de sus prisiones, sus cerebros caminaron y pensaron por su pueblo y por nosotros. Lo hicieron, transitando por un camino propio; porque “aquellos que caminan por senderos trillados no caminan”.

Somos frutos que se nutren con la sangre y con la carne de una era que creó preciosas flores, entre múltiples espinas: la cultura, por ejemplo.

La cultura es esa fuerza que nos hace vivir como vivimos; es aquello que nos rige. Es cultivo y cosecha; la conforman las ideas, las creencias, las costumbres de todo grupo humano.

La Edad Moderna vino acompañada por promesas mucho tiempo esperadas. Muy pocas se cumplieron.

Se creyó que con ella seríamos, por fin, inteligentes, moderados, sensibles, solidarios con los más desamparados; también que les pondríamos final a la miseria y la ignorancia; la palabra dialogada impediría los conflictos y las guerras…

Los jerarcas religiosos prometieron que guiarían su rebaño hacia nuevas posturas, floridas de armonía. Sus promesas fueron vanas: las ovejas se extraviaron y murieron devoradas por los lobos. Lo monstruoso de la guerra condujo a muchas gentes a soltarse de las manos del Dios que habían creado. Hoy fundan su confianza en la eficacia de las armas que sostienen en sus manos.

Las puertas de la paz nunca se abrieron; los conflictos se extremaron, juntamente con el hambre y la miseria colectivas. Las banderas de la guerra se elevaron a una altura que jamás habían logrado; los abismos construidos entre un pueblo y otro pueblo se ahondaron.

Escuchemos lo que expresa Jesús G. Maestro sobre la locura del conflicto generado por los nazis:

En estas condiciones se introduce lo imposible en el mundo real. El problema se fundamenta en que esos mundos inventados están en un mundo real.

Cuando se pretende que estos relatos fantásticos sean operatorios se termina en el derramamiento de sangre y en el matadero; en los campos de exterminio de la Segunda Guerra Mundial.

Las industrias crecieron de manera incontrolable. Los mercados colapsaron. No diremos otras cosas; sobre ellas han escrito, sabiamente, economistas y sociólogos.

Estas iniquidades que han venido sucediendo en los últimos siglos generaron reacciones entre los intelectuales. Karl Marx, uno de ellos, desarrolló la teoría marxista; la cual tiene como fundamento que la clase obrera terminaría por derrocar a la burguesía e impondría la dictadura del proletariado. La profecía marxista no ha sido realizada. Hoy, se asume como un factor de crítica por la filosofía, y como una utopía por el grueso de los intelectuales.

A finales del siglo XX, la Modernidad había perdido toda significación. De muy poco valió que algunos líderes trataran de vendernos sus principios con un ropaje nuevo. Ya lo escribió y cantó Silvio Rodríguez:

¡Nada vale un servidor de pasado en copas nuevas!

Podemos afirmar que la Modernidad comenzó su agonía en el momento en que murieron los relatos filosóficos, religiosos, económicos, y las propuestas culturales. En el ámbito de la literatura y del arte cinematográfico, los relatos, novelas y películas dejaron de mostrarnos una trama y un final; en ellos no se daba un desenlace, no sucedía nada.  Fue, en estos tiempos, cuando comenzaron a ganar relevancia los pequeños relatos. La unidad histórica fue reemplazada por una sumatoria de hechos que son valiosos si se los estudia en sus particularidades; carentes   de valor si se les considera como factores relevantes dentro de la totalidad. Es por ello por lo que la historia, que procuró ser clara y ordenada en sus comienzos y durante muchos siglos, ha sido reemplazada por un caleidoscopio gigantesco en el cual se nos presentan multitud de hechos e imágenes desordenadas y carentes de significación.

Quienes somos conscientes de estos hechos tenemos muchos retos; estamos obligados a asumirlos. No podemos renunciar a nuestra herencia y, tampoco, al compromiso de tomar en nuestras manos aquello que heredamos. Hoy debemos transformarlo; es decir, enriquecerlo y traspasar el resultado a nuestros sucesores. No podemos renunciar a la tarea de llevar nuestras banderas más allá, más allá; siempre, un poco más allá.

Albert Einstein comprendió esta condición de cambio y transformación de nuestras circunstancias. Lo planteó en su obra Por qué el socialismo. En ella expuso la siguiente afirmación

Los seres humanos no están condenados por su constitución biológica a aniquilarse o a estar a merced de un destino cruel, infligido por ellos mismos. Si nos preguntamos cómo la estructura de la sociedad y de la actitud cultural del hombre deben ser cambiadas para hacer la vida humana tan satisfactoria como sea posible, debemos ser constantemente conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que no podemos modificar. Como mencioné antes, la naturaleza biológica del hombre es, para todos los efectos prácticos, inmodificable; además, los progresos tecnológicos y demográficos de los últimos tiempos han creado condiciones que están aquí para quedarse.

El fin de la Modernidad le cedió el paso a la condición Posmoderna.  Con ella ocurrió el advenimiento del mundo líquido. Ilustración / Dreamstime

Naufragando en la liquidez

Es necesario reconocer que, a pesar del fracaso de muchas de sus propuestas hechas por la Modernidad, ella nos condujo a ocuparnos de nosotros mismos, a hacernos responsables de la continuidad y la permanencia de nuestra condición de seres humanos. Fue por esto por lo que Sartre escribió: “Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”

El fin de la Modernidad le cedió el paso a la condición Posmoderna.  Con ella ocurrió el advenimiento del mundo líquido.

La Modernidad líquida apuesta por el pluralismo; tiene como propuesta el reconocimiento de las expresiones culturales de las minorías. Insiste en la necesidad de escucharlas. Sin embargo, los hechos nos demuestran que existe, solamente, una voz autorizada: la voz del poder global.

El poder global que actúa hoy tras el poder aparente de nuestros gobernantes y administradores de lo público no requiere de ejércitos para conquistar sus objetivos; usa como instrumentos de invasión y dominación, las imágenes y los mensajes proyectados y multiplicados en miles de millones de pantallas. Estos mensajes e imágenes viajan a la velocidad de la luz. Son los nuevos caballos de Troya que invaden y colonizan nuestra mente. Esa mente que fue, en otros tiempos, la fortaleza de nuestra individualidad.

Hemos abandonado la creencia en un cielo colectivo; porque hoy se nos permite alcanzar, fácilmente, “un cielito personal”: un pequeño paraíso puesto en manos de cualquier ser humano como pago a la obediencia. A muchos de nosotros nos importa, solamente, la sobrevivencia personal. Poco a nada nos preocupa que otras gentes agonicen en un mar de   miseria física y espiritual.

Nos esforzamos en la construcción de una falsa individualidad que no tiene correspondencia con nuestra esencia. Fundamentamos nuestra valía en la construcción de una figura física hermosa y deseable; en el desarrollo de una personalidad que nos permita atraer la atención de muchas gentes. Anhelamos una existencia plena de placer y diversión. Si no está a nuestro alcance la buscamos a través de la manipulación de los otros. Buscamos ser reconocidos, aprobados, deseados por el mundo.

Sucede que, ante el dolor y la dureza de los tiempos, existen tres respuestas:

La primera es la evasión, el abandono, la búsqueda de un lugar seguro, de un rincón dónde escondernos. Hacernos a la idea de que no somos necesarios; de que no haremos falta.

Muchas veces usamos la alfombra voladora para poner distancia entre nosotros y el problema. Esta actitud nos condena a esperar que otros se esfuercen por nosotros, den su sangre por nosotros. No fue esta la actitud del pueblo inglés cuando luchó por liberarse del poder de los Nazis. Ellos hicieron suya la consigna de Winston Churchill, quien exigió del pueblo “Sangre, sudor y lágrimas”, en la lucha por la libertad.

La actitud correcta es levantarse y enfrentar lo que sea. Tal es, a grandes rasgos, la propuesta de Imre Kertez en su obra Sin destino. Milenios antes le había dicho Krishna a Arjuna: “La mejor manera de enfrentar el fuego es el arrojarse al corazón del fuego.”

Somos, hoy, como enfermos terminales, conectados a un teléfono móvil o a un ordenador. Ilustración / Steve Cutts

Los poderes que nos subyugan

Hemos entregado el derecho de pertenecer a una cultura incluyente. Hoy nos permitimos cambiar nuestros nexos de sangre por la afiliación a una agrupación cibernética que nos nutre con veneno mental y emocional. Pretendemos ignorar las consecuencias desastrosas que trae para nosotros cualquiera decisión, cuando es tomada en forma irreflexiva. Somos, hoy, como enfermos terminales, conectados a un teléfono móvil o a un ordenador.

Algunas personas, entre la concurrencia, tenemos la certeza de que las condiciones del entorno en que vivimos no son ni pueden ser definitivas; son sólo temporales. Habrán de terminarse cuando renunciemos a los actuales simulacros de la relación; cuando construyamos unas estructuras sociales y unas formas de relación acordes con nuestras necesidades.

Es una ingenuidad pensar que los gobernantes puedan darles cohesión y solidez a las estructuras que la globalización está empeñada en disolver. Las mentes comprometidas en servirle a un poder más grande que el suyo no serán, jamás, las mismas  que se ocupen en crear soluciones.

Entre las múltiples fuerzas que han generado el desorden Posmoderno, podemos nombrar:

El poder global de las oligarquías del capital, capaz de destruir cualquiera soberanía. Este poder supera toda oposición local; igualmente, cualquier proyecto gubernamental. Frente a ese poder se convierten en metáforas los proyectos culturales del Estado. Es por ello por lo que los gobernantes de turno se hallan maniatados; nada o muy poco pueden hacer en materia educativa y cultural. Conocer esta verdad hace que nos sintamos más comprometidos con nuestra misión.

El poder con que las grandes potencias generan confrontaciones y guerras que destruyen los poderes locales. Una fuerza gigantesca que se impone sobre las necesidades y los anhelos de los pueblos. Este poder se origina en la necesidad de mantener, a cualquier precio, la hegemonía de algunos centros sobre el resto del mundo.

La fuerza incontrolable de los conglomerados industriales y comerciales que derriban y eliminan a los pequeños productores y comerciantes.

El poder de los fabricantes de armas, unido al poder de los traficantes de esclavos sexuales; a los mercaderes de la pornografía y a quienes se ocupan en la explotación sexual de los niños.

El poder de los productores y traficantes de drogas. Un poder que es tolerado por quienes dirigen las naciones más poderosas. Todo porque su permanencia justifica su intervención militar y su control político y económico. Ello sucede hoy en los países afectados por esta calamidad.

La manipulación de la información y la creación de noticias falsas –a través de Facebook, WhatsApp, Instagram y Twitter–. Ellas son multiplicadoras de lo que les llega; nosotros recibimos esta falsa información y la multiplicamos, con muy poca o ninguna capacidad selectiva.

Hoy vivimos sometidos al poder de la realidad virtual que nos priva de nuestra conciencia y que ejerce sobre nuestras mentes un poder igual al de las drogas; un poder que nos ata y nos inmoviliza con cadenas más firmes que los grillos de las prisiones.

Tal parece que ignoramos que no es la televisión la que nos da una interpretación correcta de la realidad y, mucho menos, quien debe educarnos. Zygmunt Bauman lo expresó de una manera irónica:

Hay más gente que vota en la elección del ganador de un concurso de televisión que en la elección del presidente de un país.

Nunca antes habían estado tan incomunicados, como lo están ahora, los miembros de las comunidades. Ellos viven, sin embargo, en el engaño de que “hoy disfrutan de la perfecta comunicación”. Ilustración / Moonassi.

La incomunicación y la miseria

Nunca antes habían estado tan incomunicados, como lo están ahora, los miembros de las comunidades. Ellos viven, sin embargo, en el engaño de que “hoy disfrutan de la perfecta comunicación”.

La miseria y su hija, la violencia; creadas por los países ricos en las regiones más pobres del planeta han traído a nuestro mundo el desplazamiento de millones de personas; condenadas, todas ellas, a vivir en territorios donde son tratadas como invasoras y delincuentes.

La violencia interna vivida por muchos territorios ha tenido como consecuencia la desestructuración de las comunidades más pobres. Las Cajas de Compensación Familiar hacen presencia, hoy, en muchos de estos pueblos. Ello nos compromete en el esfuerzo de crear espacios de sanación y de reafirmación de la identidad, dirigidos a estos grupos.

El mismo Zygmunt Bauman nos previno en sus análisis acerca de los riesgos de asumir, ciegamente, la modernidad líquida. En relación con ella expresó lo siguiente:

Someternos a la modernidad líquida equivale a someternos a los tsunamis con los que ella somete a las comunidades; entregarnos a fuerzas que no sabemos de donde vienen.

Con visión paralela, Lyotard definió la posmodernidad como

La evolución ineluctable de la sociedad industrial hacia la destrucción de los grandes sistemas discursivos y su sustitución por una nube de pequeñas moralidades comunitarias cuya consecuencia sería la caída en lo fútil y en el artificio.

Osho, el pensador de Oriente, se refirió a la condición de las conciencias líquidas. Lo expresó así:

Nos negamos la experiencia de la separación, el dolor y la tristeza; por ello nos arrojamos en encuentros humanos donde está ausente el compromiso. No queremos una experiencia amorosa porque ella implica un riesgo. Nos negamos a formar una pareja porque ello implica una obligación. Cuando aparece la posibilidad de que una relación pasajera se convierta en una relación permanente sentimos que nos cortan las alas y que perdemos libertad.

Osho hace este planteamiento en relación con el amor. También debemos aplicarlo a las relaciones de amistad y al ejercicio del trabajo colectivo.

Los adultos de hoy se niegan a crecer; actúan con una conciencia adolescente. Rechazan cualesquiera experiencias que les exijan compromiso y esfuerzo. Actúan con conciencia adolescente en el momento en que rechazan el valor de todo aquello que no implique fuertes descargas de adrenalina; los jóvenes incluyen en el inventario de sus rechazos todo aquello que carece de figuración en “los medios”.

Teresa de Calcuta le hizo una reconvención a esta forma de vida:

Nadie puede pretender vivir como si su existencia fuera un viaje sobre el juego mecánico de una montaña rusa.

En las escuelas, colegios y universidades, las nuevas pedagogías permiten y exigen que se transiten senderos equivocados. A los docentes se les impone la tarea de implantar modelos pedagógicos que incapacitan a los niños y a los jóvenes. En las aulas se aprende la pasividad, la imitación, el facilismo, la multiplicación al infinito de una manera única de interpretar el mundo. Para ello se cuenta con el apoyo de los bancos informativos de la red, que permiten resolver con un esfuerzo mínimo aquello que “parece que se exige”. El trabajo del educador se ha degradado a la función de transmisor de una información que tiende a fabricar inteligencias homogéneas. Nuestros centros educativos han olvidado que su tarea es ser animadores de la singularidad del pensamiento y la inteligencia.

La Modernidad líquida propone la reproducción de un gesto, la simulación de un esfuerzo. La liquidez no es solamente un concepto; debemos comprender que ha sido generada por una fuerza poderosa; casi tan fuerte como los fundamentos sociales que pretende destruir.

Estamos dentro de la Posmodernidad; somos afectados por ella. A pesar de ello, no podemos proponer una cruzada para destruirla. Debemos recordar las afirmaciones del filósofo Javier Gomá:

No hay que atacar o repudiar las nuevas tendencias que en realidad abren espacios de libertad. Lo que hay que repudiar es el mal uso de las tecnologías. Lo que hay que hacer es educar la libertad.

En relación con la velocidad que les impone la Posmodernidad a nuestras vidas, escribió Woody Allen:

He tomado un curso de lectura rápida y pude leer Guerra y paz en veinte minutos; habla sobre Rusia.

Actuamos con la convicción de que jamás les entregaremos nuestros centros a las acciones irreflexivas, a aquello que determine el impulso emocional. Ilustración / Amaia Arrazola.

Ante la liquidez, proponer fluidez

Se propone hoy que nuestras bibliotecas sólidas sean convertidas en bibliotecas líquidas. Esta propuesta se fundamenta en el desconocimiento de que cada uno de nosotros generamos constantes cambios en nuestro entorno, gracias a la proyección del cambio permanente en nuestra manera de pensar y actuar. Las acciones emprendidas por nosotros han sido, desde sus comienzos, las ejecutorias de una planeación inteligente. Actuamos con la convicción de que jamás les entregaremos nuestros centros a las acciones irreflexivas, a aquello que determine el impulso emocional. Nuestros centros y bibliotecas se caracterizan por ser creaciones sólidas; nacidas del reconocimiento y el estudio de unos problemas y unas necesidades reales dentro de las comunidades.

Estas contradicciones o diferencias de percepción en cuanto a cómo deben ser nuestras bibliotecas terminarían por debilitarnos, en caso de no ser discutidas y resueltas. El mundo líquido separa, aísla y desintegra los elementos que nos unen y nos fortalecen.

Nuestra prioridad es persistir en el cambio inteligente; impregnar nuestros centros culturales y bibliotecas de la hermosa fluidez, que es lo contrario del cambio improvisado. Hoy se hace necesario hacer más fuertes (es decir, mucho más solidarias) nuestras ejecutorias; integrar nuestros centros y bibliotecas a las redes que puedan expandir nuestros logros y fortalecernos con el conocimiento de otras experiencias.

Nuestro desempeño debe fundamentarse en el estudio de las condiciones materiales, intelectuales y morales de nuestras comunidades; posteriormente, en la elaboración y ejecución de proyectos que les abran puertas de auto-transformación y crecimiento a quienes conforman estos grupos. Ellos constituyen la razón de nuestro trabajo. Si mi campo de acción es la selva Amazónica no puedo planear un trabajo para quienes habitan en los barrios de invasión de la ciudad de Medellín.

Nadie construye un faro sobre una balsa que viaja a la deriva sobre la mar.

Las bibliotecas son faros que iluminan, que guían y previenen del desastre; por eso deben construirse como estructuras sólidas sobre unas bases sólidas. Más, como nuestras bibliotecas tienen como protagonistas de su acción a los miembros de comunidades líquidas, deben crear proyectos y emplear estrategias que sean respuestas apropiadas para las condiciones en que viven estas comunidades.

Cuando tenemos voluntad no hay obstáculos que no puedan ser vencidos; distancias que no puedan anularse; puertas que no puedan ser abiertas; muros que no puedan ser derribados, ni puentes que no puedan construirse. A nosotros nos corresponde construir espacios de encuentro y fortalecimiento de los factores que le dan unidad a los grupos humanos para los cuales trabajamos.  Es en estos espacios donde pueden discutirse las diferencias y hacer inteligibles los motivos de los distanciamientos que les dan origen a los enfrentamientos y las   separaciones. Ningún reto ha de ser demasiado grande para que nos rindamos antes de asumirlo. Ningún poder habrá de doblegar nuestra decisión de derribar las barreras que muchos ven como infranqueables.

En nuestras bibliotecas debemos persistir en el propósito de promover y enseñar la verdadera comunicación; también, en la creación y la promoción de espacios en los cuales pueda practicarse la discusión inteligente y comprometida. Estamos obligados a promover y generar encuentros en los cuales acompañemos a los usuarios en el ejercicio de la correcta comunicación. A través de estos ejercicios se podrían socializar las dificultades y los anhelos de nuestro barrio o municipio.

No podemos afirmar que las personas eligen libremente cuando la condiciones en las que viven no se lo permiten; cuando su elección (sea ésta la que fuere) se genera desde unas circunstancias que han impedido el acceso de quien elige al conocimiento y al ejercicio de la libre determinación.

Las propuestas de la Modernidad líquida actúan, hoy, como ruidos u obstáculos en la elección de nuestras metas y en la ejecución de las tareas que conduzcan a su materialización. Día tras día somos bombardeados por millones de imposiciones de carácter comercial, disfrazadas de ofertas culturales. A algunos de los presentes y a la mayoría de los usuarios de las bibliotecas nos parece que hacemos elecciones por la cultura; la verdad es que lo hacemos en el desconocimiento de que somos manipulados en beneficio de quienes manejan un poder que no es fácil percibir. Los disfraces con los cuales se nos presenta hoy una supuesta cultura son anzuelos de oro utilizado en el logro de un propósito comercial.

El campo de la cultura es cada vez más precario; muchos entre nosotros permitimos que se invadan los estantes de nuestras bibliotecas con volúmenes escritos por personas que desconocen el uso correcto del lenguaje; igualmente, su profundidad y su belleza. Dentro de la Modernidad líquida actúan los mejores estrategas del mercadeo, para quienes no es difícil vender lo que producen: su basura ideológica.

Pareciera que no existe una elección posible; pero existe. Mucho mejor que hablar de liquidez es el empleo de la palabra fluidez.

La fluidez nos pone a salvo de la conservación de un pensamiento muerto; nos aparta del dogmatismo que nos endurece y nos condena a la repetición de una forma única del pensamiento y la acción.

No podemos desconocer que el alma puede haber nacido entre lo sólido; y que puede, también, tomar la decisión de abandonar la solidez cuando comprende que empieza a transformarse en algo rígido; en sentido contrario, a pesar de nuestra movilidad y de la movilidad del mundo,  es evidente que estamos  obligados a transitar un camino firme, una senda  que nos lleve, de la mejor manera, al encuentro  de lo nuevo. Cada vez que lo hacemos, nuestra alma fluye.

Sea que nos agrade o no, aún nos apoyamos en aquello que la Modernidad produjo en beneficio nuestro.

Negar o desconocer la necesidad de darles solidez a nuestros esfuerzos es renunciar a que las metas propuestas en la planificación de nuestras tareas continúen siendo predecibles. Ilustración / Amalia Restrepo.

Un reconocimiento desde lo nuestro

Nos preocupa la pérdida del sentido de la vida entre los habitantes de nuestra vereda, de nuestro pueblo, de nuestra región y de nuestro país. Esto porque deseamos que nuestras acciones tengan una magnitud y un alcance cada vez más grandes. Necesitamos generar ideas que puedan proyectarse con la ambición de adquirir un carácter global Nuestras ejecutorias deben fundamentarse en la discusión y en el hallazgo de propuestas aplicables. De no hacerlo, podría suceder que nos muramos solos…

Negar o desconocer la necesidad de darles solidez a nuestros esfuerzos es renunciar a que las metas propuestas en la planificación de nuestras tareas continúen siendo predecibles.

Debemos darles continuidad y fluidez a nuestros encuentros. Ellos nos permiten asimilar y dar a conocer nuevas propuestas, nuevos tientos, nuevas exploraciones. Ellos nos permiten compartir los logros, corregir nuestros desvíos y extender nuestros horizontes; es decir, hacer más sólidas las bases, la estructura y las metas contempladas desde nuestra atalaya.

No podemos perder nuestra certeza del valor inmenso que posee nuestra misión. “El poder de hacer cosas se hace creando”.

No es posible, para nadie, negar el valor de nuestras conquistas; son innumerables los logros alcanzados gracias a nuestro esfuerzo de muchas décadas.

Nuestro desempeño exige un compromiso total. Cada bibliotecario debe convertirse en un enamorado de la acción. Y esta acción exige que se hagan a un lado el pesimismo, la debilidad y la pasión por la comodidad.

Señoras y Señores Bibliotecarios:

En un mundo confundido, nuestras Bibliotecas son banderas de esperanza en las que existe un lugar hoy, y también lo habrá mañana, para el ejercicio y el desarrollo de la inteligencia; para la creación de sentido que la vida nos reclama.

Debemos proponernos sembrar en los usuarios la conciencia de que el pensamiento no es un instrumento de ataque o de defensa, sino un camino de realización. Un ser humano que sostiene un arma en sus manos no es peligroso, solamente, por el arma que sostiene; lo es, también, por la estupidez que contiene en su cabeza.

Ahora, nuestros Coordinadores de Cultura y Bibliotecas se hallan empeñados en promover las bibliotecas modulares. La idea de desarrollar este proyecto coincide con lo que se está haciendo en España, en el Puerto de Miravetes (en Cáceres). Allí se está desarrollando la explotación de las colmenas trashumantes. Éstas se transportan de lugar en lugar, para que las abejas tengan a su disposición nuevos campos floridos y para que polinicen los sembrados y las plantas de las zonas silvestres.  Igual cosa se hace hoy en algunos Centros y Bibliotecas, con las Bibliotecas Modulares.

Nadie puede poner en duda la solidez alcanzada por nuestras bibliotecas. Esta solidez no impide que estemos abiertos a los cambios necesarios. No somos ajenos a la dialéctica de la vida; jamás nos negaríamos a la hermosa y necesaria fluidez que nos brinda oportunidades de enriquecimiento.

Hasta hace pocos años nos valimos, solamente, del libro y la palabra. Hoy tenemos   que nutrir y hacer fuertes nuestras bibliotecas, apoyados en los instrumentos que nos aportan los descubrimientos de la ciencia y su aplicación en las nuevas tecnologías. Ellas les traerán a nuestros centros un mayor número de usuarios.

Nuestras bibliotecas deben ser lugares de descubrimiento; pero, sobre todo, deben ser lugares de auto-descubrimiento. El descubrimiento del mundo y de sus posibilidades no lo es, solamente, para nuestros usuarios; lo es, en grado sumo, para nosotros mismos.

¿Cuándo seremos libres y felices? “Cuando nos realicemos en y desde nuestra propia condición”, escribió Platón.

*hernandolopezyepes@live.com. Cartagena de Indias, Julio 17 del año 2018