El sol regresa, la mujer vuelve a la cocina, los chicos a las computadoras y él a los periódicos. Toda Nadalombia vuelve a convertirse en un lugar lleno de zombies con carencia de materia gris.
Por John Albornoz
A las tres de la tarde Felipe de Correa Cano va por el andén de la calle 32 en Nadalombia. Tan fantasioso como ese nombre fueron los buenos tiempos de ese intento de país.
Llega a una glorieta donde se producen tres valles y se detiene en uno de ellos. Usa una polo roja, jean entubado y tenis Adidas. El sol le escupe el rostro generándole una gota de sudor, él la ignora y dobla a la derecha dejando a su paso dos calles desconocidas, regresando a la monotonía eterna de sus cinco generaciones anteriores. Pasa por un cristal y voltea a mirar el reflejo de su copete para acomodarlo sin perderse de vista entre el gran número de transeúntes, da una mirada a su cadena de oro macizo, se acomoda la correa en forma de calavera y sigue hacia su destino ubicado dos locales más arriba de su residencia.
Entra al almacén de televisores. Se sienta en un cómodo sofá azul de algodón y formaleta, agarra un control remoto y se sumerge al mundo ficticio en que él protagoniza telenovelas, noticieros y todo tipo de aguas mansas. Nueve horas después el negocio cierra y Felipe regresa en sí mismo. Él sigue igual de vacío que cuando llegó, solo que ahora contento y sin cansancio.
Al salir se encuentra aún bajo el sol que extiende una infinidad sahárica en Nadalombia; allí parece que no pasaran los días. Regresa a su casa por la calle deshabitada donde desde hace 30 años siempre pesca un resfriado, y se le intensifica la migraña causada por la muerte múltiple de neuronas que le ha dejado exponerse ante la caja del almacén.
Antes de entrar a casa Felipe se sienta en el andén y le da la espalda a su vida, lanza una plegaria al viento y evoca lo que su abuelo le contaba sobre sus antepasados, y lo que a ellos les contaron los suyos, y continúa hasta que la impaciencia lo obliga a adentrarse por su pórtico, donde el dintel sostiene unas campanas de porcelana. Ve a su familia pasar como sombras, ni lo contemplan por seguir su ritual diario; sus hijos apenas van a la cocina a comer y regresan a ubicarse frente a una caja mágica donde se comunican con otros, dueños también de unas bóvedas similares. Así que él sube a su cuarto y abre un papiro donde se ven muertos, asuntos de política y corrupción, lo lee, al igual que esa mañana y la tarde anterior, al igual que todos los días. La casa de impresión de papiros solo cambia la fecha y asunto arreglado, pero siempre anuncian lo mismo; se acuesta en su amplio aposento dándole la espalda al techo y devora el documento hasta quedarse dormido.
A las seis de la mañana se levanta y ve a sus hijos, dentro de un cubo, saludándolo mientras se mantienen de espalda. En el corredor su esposa se halla, como todas las mañanas, como una máquina encargada de picar la salchicha, batir los huevos y calentar las arepas -parecida a una expendedora de caramelos atascada con una moneda de dos pesos vaciándose descontrolada-. Felipe sigue su camino y llega al baño, se ducha, y asumiendo que son las tres de la tarde sale corriendo a vestirse para ir al almacén de televisoras.
Cuando llega, no hay energía y toda la ciudad se halla apagada; las calles están invadidas de personas, no se puede caminar bien, y mucho menos saber a dónde lo empuja el gentío. El sol no deja de brillar y se ve más cerca de lo normal, pero pronto la luz eléctrica retorna y todo vuelve a la normalidad. Él queda en un lugar desconocido y observa un aviso en el horizonte, sostenido por una aldaba negra y pegado sobre una puerta de madera, duda para ingresar así que se mira en un cristal cercano y nota que su cadena ya no está; piensa que se la han robado y entra a pedir ayuda, pero sale inmediatamente con un artilugio bajo el brazo, intenta ingresar para devolverlo pero nota algo raro en su frente que lo distrae: ya no hay calor y ha envejecido, perdió sus bucles rubios y ahora está destinado a la vejez. Ya era de noche, el sol se había ido a dormir por fin.
Corre a casa con el estupor en su cara pálida y glacial, y al llegar nota que sus hijos y su esposa lo esperan en el andén. Se alarman al verle el cuerpo celeste pero pronto todos entran a casa, sin recitar plegarias pordioseras, y se sientan en las sillas del comedor llenas de telarañas y polvo, sillas heredadas de generación en generación. Felipe destapa un cuerpo rectangular cubierto por una pasta transparente donde se ve un artículo rígido y brillante con un ropaje de cuero y un interior tan bello como el hambre del corazón, lee el manuscrito y sin pasar de la portada mira a su familia y sin mencionar palabra alguna se dirige a botarlo. El sol regresa, la mujer vuelve a la cocina, los chicos a las computadoras y él a los periódicos. Toda Nadalombia vuelve a convertirse en un lugar lleno de zombies con carencia de materia gris. En la portada solo decía “Literatura”.



