Aferrados a una montaña selvática, cerca de los límites con Chocó, a varias horas del casco urbano de Pueblo Rico, Risaralda, varios colombianos son paisaje fundido en selva. “Allá lejos”, un lugar indeterminado para los mestizos que gobiernan en la zona, “allá lejos” del Estado y de cualquier posibilidad de desarrollo armónico con su esencia indígena, “allá lejos” está el resguardo embera katío Gitó-Dokabú.

Cercados por los intereses de actores ilegales como las Farc –antes– o el Eln –hoy–, asediados por economías ilegales derivadas del cultivo de coca o por la minería extractivista siempre sedienta por talar árboles, los indígenas tratan de mantener sus costumbres, así muchos insistan en imponer patrones culturales que no respetan su pasado. 150 guardias indígenas, armados tan solo con su ancestral autoridad, hacen frente a la zozobra.

Son casi 2.200 personas distribuidas en 13 comunidades, muchas de ellas niños, las que habitan la selvática zona cruzada por ríos como el naciente San Juan, un riachuelo primerizo que desde sus orígenes demuestra su conocida caudalosa bravura. Hasta “allá lejos” viajó el fotógrafo documental Rodrigo Grajales para dar a conocer una situación de fragilidad que pocas veces se difunde en los medios. Una realidad que los gobernantes evaden o, simplemente, niegan.

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