Dos más dos son cinco o sobre la multitud

“No hay en la evolución cultural un punto antes del cual no se produzcan luchas.”

Thorstein Veblen


Por / Diego Firmiano

A medida que crece el índice poblacional en un país, crecen las leyes ajustadas a fines ciudadanos, al control coercitivo social. Parece lo más obvio, o lo más irracional, según quien interprete aquello o desde qué ángulo ideológico se mire. Sin embargo, la élite gobernante, si acaso no los teóricos políticos, se han dado cuenta de que el nuevo sujeto político es la multitud y la forma conveniente de ejercer su aparato de control es legislando sobre lo que antes era solo privado: la droga, el sexo, la ecología, el aborto, la homosexualidad, los animales, etc.

Como sea, es cierto que las llamadas “minorías”, que en esencia son esa multitud (ya que de otra forma una voz “menor” no hubiese podido mover un conglomerado social), constituyen un cuerpo organizado emergente que reclama sus derechos y presenta propuestas apelando a la Constitución. Una vía legal y correcta que como una vuelta de tuerca parece querer ajustar con fuerza el concepto de igualdad y representación, no por vía mayoritaria, sino por medio de voces dispersas que se hacen sentir correctamente, aunque no en orden.

Así entonces es que el término pueblo, demos, como identidad colectiva, tiende a desaparecer en el discurso moderno con la decadencia de los estados-nación y la aparición de las “democracias cosmopolitas” de tendencias glocales. Ya no se puede hablar de fronteras, sino de ciudadanos descentralizados, o mejor, de personas dispersas en diferentes geografías del planeta como un conjunto heterogéneo de individuos que se reconocen por la combinación social de aptitudes individuales.

¿Quién hubiese pensado en los derechos de los animales antes de que Konrad Lorenz, los animalistas de mitad del siglo XX, y hasta la filosofía de Peter Singer, se impusiera en pequeñas minorías que hoy, con su voz, parecen mayoría? De igual forma, el hecho de que las comunidades LGBTIQ+, siempre en la periferia de la democracia, ahora hacen sonar sus derechos y sus libertades por encima de los sistemas dominantes. Simplemente impensable en el pasado ante formas de gobierno cerrado.

Peter Singer

Sin embargo, hay que ser claros, este fenómeno de la multitud hay que evitar asociarlo con lo que Ortega y Gasset llamó “La rebelión de las masas”, sino antes bien, se asemeja más al Zeitgeist, o la idea de que el mundo es plural, diverso y es tan generoso como para contener múltiples formas de coexistencia. Por ello es que las minorías se hacen sentir cada día, gracias al alcance y reconocimiento de sus derechos políticos, y así surge un cuerpo social político emergente lleno de una fuerza que promete más, sin que no existan barreras o críticos de tales nuevos cuerpos.

Lo único que refrena este nuevo sujeto, ante su descubrimiento e influencia social, son las leyes de cada país, las relaciones sociales capitalistas, y la canalización de esa “fuerza creadora y creativa” a través de las incipientes tecnologías de comunicación. Y acá Marshall Mcluhan resucita como profeta después de casi veinte años de ausencia, ya que su análisis sobre los medios en 1964 realmente no tiene sentido en esa fecha, sino ahora, en esta era tecnológica de nuevo siglo.

Los medios ideológicos poseen ese carácter que pretende configurar toda corriente homogénea. De ahí que “El medio sea el mensaje”. Pero, por otro lado, a excepción de los algoritmos de Facebook y Google que fragmentan la información para evitar que esta llegue a mayor cantidad de personas, los mass-media ayudan a cohesionar fuerzas sociales.

Ernesto Laclau

Aunque en la excepción, filósofos como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe rechazan esta nueva definición de sujeto político y proponen recuperar el concepto romántico de pueblo, demos, para enfocar bien esas ideas de izquierda, reconociendo en su praxis una identidad colectiva vigente. Quizá no quieren embarullar la terminología, pero su justificación es que el pueblo –según ellos– debe existir, no como nuevo sujeto, sino que debe dejarse guiar y conducir por el Estado. ¿Ignoraron estos la mano invisible de Adam Smith o las deficientes políticas del welfare state?

Lo cierto es que la multitud les parece ser caldo de cultivo para el “populismo” y con razón, pues los políticos de turno han comprendido que cumplir promesas específicas a esos sectores les permite granjearse votos, además de su simpatía, sumado a unas líneas nuevas y doctrinas de Estado que aseguran mantenerse y renovarse de cuando en cuando (Movimiento verde, ecológico, animalista, pro cambio climático, etc).

Ahora, como lo previó el filósofo Toni Negri, esta multitud es una fuerza creadora si se canaliza positivamente, y destructora, si se manipula con información transgénica derivada de los mass- media, o mejor, si se usa irresponsablemente herramientas digitales, como Facebook, Twitter y otras plataformas para cambiar estructuras de gobierno, y en el peor de los casos, redefinir la moral humana por medio del bullying masivo.

De ahí que la nación-estado emplee el monopolio de la información, la comunicación y ceda ante la nueva legislación pro aborto, eutanasia, adopción y matrimonio gay, inclusión social, reformas económicas, migratorias, etc.  Este nuevo sujeto político es una fuerza mayor que la de pueblo, prole, masa, tan manoseado por el marxismo, el capitalismo y aminorado por las políticas del Estado locales. Como bien dijo Max Weber: todo Estado se funda en la violencia. Pero toda revolución será posible por el poder y el discurso de la multitud.