…este es problema del liderazgo que encarna Petro y del que tendremos que lidiar si llega a la presidencia -ojalá así sea-. Tener la capacidad para debatir por fuera de los marcos de referencia universales y utópicos (vida y muerte), para adquirir la valentía de entender los problemas sociales en toda su complejidad.
Escribe/ Cristian Camilo Galeano Benjumea – Ilustra / Stella Maris
Un grupo de Krishnas está esperando en un rincón del parque Guadalupe Zapata lo que parece ser una manifestación religiosa o un concierto gratuito. Mientras que los Krishnas exponen sus cabezas calvas al sol y esperan con la paciencia de ver en cada momento la oportunidad perfecta para hacer un mantra, otro grupo de personas pasa con banderas multicolores, camisas marcadas, gorras con estampados y mensajes que aluden, no a un cantante o a un líder religioso, sino al candidato presidencial Gustavo Petro.
El rockstar, en este caso, no era un artista o un gurú de la sabiduría milenaria, es un político que con su discurso ha calado en un sector de la población que comparten una rabia generalizada por la política tradicional y sienten que él es una posibilidad de cambio. Los Krishna también lo esperan a él, ellos no tienen gorras con su nombre –porque atentaría contra la estética de unas cabezas rapadas–, pero sí tienen una pancarta donde sobresale un líder religioso –cuyo nombre parece impronunciable–, junto al rostro de Petro. La figura del político de izquierda encarna una promesa de cambio –por lo menos, un cambio reformista– al tiempo que es investido con aura generalizada de amor y odio excesivo que disuelve al hombre que habla en tarima.
Petro, que ya se encuentra disputando la segunda vuelta presidencial, enfrenta un gran reto: convencer a votantes indecisos que le permitan llegar a la Casa de Nariño, romper con el aura del político populista y salvador del país. Aún emergen las imágenes de la plaza de Bolívar repleta de seguidores escuchando al alcalde destituido, llamando al pueblo a manifestarse, a exigir que se respetara su mandato. Los actos performativos que ha realizado a lo largo de su vida política están orientados a construir una imagen de víctima y salvador al mismo tiempo.
Esta performance se ha repetido una y otra vez por el actor-político Gustavo Petro en las plazas públicas del país. Desde aquel 2013 donde arengaba contra el procurador general por su destitución, pasando por las diferentes plazas públicas durante la campaña presidencial del año 2018 y ahora en la que parece ser su última apuesta electoral por llegar al poder, invoca al pueblo como actor de reparto en las manifestaciones.
Al invocar una y otra vez al pueblo, como instancia última y legítima del poder político, Petro ha tomado un concepto –esa idea de pueblo– que se disuelve en el aire. ¿Qué es el pueblo?, ¿quiénes lo integran?, ¿cuál es la voz del pueblo, cuando miles de individuos gritan o simplemente callan y se hace difícil entender lo que se dice? Este concepto, como toda universalización, tiende al exceso, la barbarie y la violencia.
El pueblo puede entenderse como el conjunto de personas que habitan un territorio y que comparten una cultura, un pasado, unas demandas; a saber, también encarna factores de clase, con reclamos sociales heterogéneos en un contexto institucional. Palabras más, palabras menos: el pueblo puede ser el conjunto de individuos diversos que pueden consolidar sus aspiraciones, necesidades sociales y habitar un territorio. El problema es que esta idea de pueblo, por su misma naturaleza, es diversa y no todos los individuos de una sociedad se identifican con ella, así compartan la precariedad material y riqueza cultural que implica este concepto.
No es extraño que esta categoría aparezca tanto en discursos políticos como en reflexiones conceptuales. Invocar al pueblo, llamarlo una y otra vez, atrae y da pie para la aparición del populismo. Este es un concepto “maldito” dentro de la teoría política, como se puede concluir de las reflexiones de la pensadora argentina Luciana Cadahia, marcado por un aura negativa porque, aparentemente, denota una mala práctica política al invocar los afectos en vez de solo valerse del discurso racional.
De ahí que, en la defensa del populismo, la filósofa Luciana Cadahia muestra cómo este opera bajo las lógicas del antagonismo social y en ese escenario emerge un líder emblemático. Para la pensadora argentina, el hecho de que el populismo se erija a partir de un antagonismo social y configure un escenario de conflicto, es inherente al ejercicio político. Factor que choca con la idea de la socialdemocracia liberal de dar primacía al ejercicio político plural desde lo institucional. El problema, como bien lo saben tanto Petro como Cadahia, es que dicha primacía de lo institucional desactiva lo político en la vida cotidiana.
De ahí que gran parte de la apuesta populista de Petro haya sido politizar las calles, los barrios o arengar en favor de los manifestantes durante el paro del 2021. Esto termina por ser valioso para una sociedad que por años ha visto como los canales institucionales se han cerrado y solo ha quedado la violencia o el olvido para las comunidades. Los movimientos sociales de carácter popular que buscan reivindicaciones sociales, ven en Petro al líder que puede poner a la institucionalidad al servicio de las comunidades olvidadas. Esa tradición que encarnan los tecnócratas que han gobernado desde la comodidad de las oficinas en Bogotá al país, solo ha permitido el descrédito de la institucionalidad, dando pie a la violencia y el olvido.
Ahora bien, que los ejercicios populistas necesiten de un líder carismático, en sí, no es un problema ni para Cadahia ni mucho menos para Petro. El problema radica en la idealización y confianza ciega con la que se asume dicho liderazgo dentro de los movimientos. Petro, dentro de su performance político, se mueve en una lógica binaria de la realidad: política de la vida contra políticas de la muerte, de modo que su objetivo último sea convertir a “Colombia como Potencia Mundial de la Vida”, un mensaje muy atractivo para las comunidades que han padecido el olvido y la violencia, pero para llegar a este objetivo hay que pasar por un trabajo arduo, complejo y lento, si es que algún país puede llegar a una meta como esa.
El problema en Petro radica entonces en postular metas deseables (trabajo, salud, educación, reconocimiento…), valiéndose de una retórica maniquea, pero dejando –pese a una oratoria con visos poéticos– dudas sobre el cómo se alcanzarán dichos fines en un país donde la economía se suele manejar de manera ramplona (ver). No bastan las buenas intenciones para administrar los recursos de un país.
En todo caso, la Potencia Mundial de la Vida a la que aspira Petro, asemeja a un lugar donde la concordia es absoluta, un lugar al que no es deseable llegar, no por querer negar los derechos sociales a los que las comunidades e individuos que nunca los han tenido, sino por ese aire de uniformidad que tiene este tipo de discursos. El reto es preservar la pluralidad en las luchas por la justicia y el reconocimiento.
Otro rasgo del ejercicio discursivo de Petro es esa confianza ciega que despierta consigo al apelar a las emociones y generar en muchos esa esperanza en transformaciones radicales de la noche a la mañana. El problema en este caso no es de Petro, se funda en lo que parece una condición inherente al ser humano: la necesidad de idealizar a sus líderes. Esta condición despierta en muchos de sus votantes un fanatismo que debe ser revisado. Tal como lo atestiguan los debates en redes sociales donde los seguidores de Petro se van lanza en ristre contra cualquiera que ponga una veta de duda sobre su líder político (ver). Al final, ese fanatismo uniformador atenta contra una de las características esenciales de los movimientos populares: la diversidad.
Invocar a las emociones en el debate político no es el problema, en realidad es una necesidad fundamental para politizar la vida cotidiana y permitirse configurar proyectos colectivos. Esta apuesta por las emociones es rastreada por la filósofa Laura Quintana, al reflexionar alrededor de la rabia como un afecto que puede configurar proyectos colectivos de transformación. El problema se funda en el hecho de que esta rabia agudice las “lógicas inmunitarias”, que no es otra cosa que esa mirada cerrada que tiene un grupo sobre sí mismo y que rechaza lo diferente. Como sucede con la mirada tradicional de un uribista al caracterizar a un seguidor de Petro como “guerrillero”, o de un petrista al nominalizar a un uribista como “ignorante” o “paramilitar”. Esa mirada sesgada sobre la realidad política aumenta cuando el discurso de Petro se funda sobre utopías o sobre sí mismo como la condición necesaria para que Colombia salga del atraso.
Y este es problema del liderazgo que encarna Petro y del que tendremos que lidiar si llega a la presidencia –ojalá así sea–. Tener la capacidad para debatir por fuera de los marcos de referencia universales y utópicos (vida y muerte), para tener la valentía de ver los problemas sociales en toda su complejidad. Así, poder descreer de las soluciones mágicas que se invocan desde la palestra pública y que solo agudiza la radicalización de los discursos políticos.
A Petro hay que verlo como lo que es: un político infestado de contradicciones, quizá con buenas intenciones, pero como todo ser humano, proclive al error, a la generalización y a las idealizaciones. Así que si su proyecto político conquista la Casa de Nariño es fundamental mirar a Petro –también a Francia Márquez– como lo que son: humanos, demasiado humanos.
@Christian.1090


