El miedo al fraude electoral en las elecciones presidenciales pasadas fue una constante. En redes sociales varias personas trajeron a la memoria las elecciones fraudulentas del 70 ¿Qué similitudes tuvieron ambas elecciones y qué significa para la historia política de Colombia que Gustavo Petro haya ganado? Entrevista con la dra. en Historia Olga Acuña Rodríguez.
Escribe / Daniela Mejía – Ilustra / Stella Maris
Un día el optimismo cunde; al siguiente el terror se derrama sobre el país. Vivimos entre la esperanza del fin de la violencia y el miedo a su aterrador renacimiento.
Guillermo Cano Isaza en «Una solución política», publicada el 26 de julio de 1981 en «Libreta de apuntes», su columna dominical de El Espectador.
Si miras dentro de ti verás el pasado, el presente y el futuro.
Verás que el tiempo gira infinitamente
El pasado se puede ver desde el presente.
Jeong Kwan,
Chef y monje budista surcoreana.
En las redes sociales, y meses antes de que se celebraran las últimas elecciones presidenciales que le dieron el triunfo a Gustavo Petro, varias personas alertaron de que el fraude ocurrido en 1970 podía repetirse en la primera vuelta. Eran muchas similitudes: uno de los candidatos con más opciones para ganar la contienda era del oficialismo y su discurso prometía mantener el statu quo, Misael Pastrana. Su figura parecía repetirse en el presente con Federico Gutiérrez; mientras que el otro candidato prometía quebrar estructuras tradicionales, más educación, más empleo y disminuir los costos de vida: Gustavo Rojas Pinilla. Especialmente por su discurso comprometido con las necesidades de las mayorías, su figura parecía repetirse en el presente con Gustavo Petro.
Después, varias movidas políticas hicieron que se temiera aún más la repetición del fraude electoral. Una de esas ocurrió en Soacha, cuando el registrados Alexander Vega dijo que no éramos 50 millones de colombianos sino 55. Lo que terminó por darle la victoria a Misael Pastrana en esas elecciones fraudulentas del 70 fue la quintuplicación de los sufragios justo después de un corte de energía nacional.
Olga Acuña Rodríguez tiene un interés especial por los procesos electorales de los años 30 y 40, es doctora en Historia de la Universidad Pablo de Olavide, licenciada en Ciencias Sociales y Magíster en Historia de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, en donde da clases y dirige la revista Historia y Memoria. Su artículo académico Las elecciones presidenciales de 1970 en Colombia a través de la prensa, un fraude nunca resuelto es una reflexión sobre esas elecciones. ¿Se repitió la historia?, ¿había riesgo de que se repitiera?, ¿qué significa para la historia electoral de Colombia que Gustavo Petro, el primer político progresista con una apuesta por la política popular, haya ganado la contienda?
Primera parte de una conversación que trasciende la ya vencida coyuntura electoral y nos da luces de qué va la política colombiana.
¿De dónde nace su interés por el estudio de los procesos electorales colombianos?
Me inquieta cómo caciques y redes de fraude y corrupción acompañan el sistema electoral colombiano. Hubo dos fraudes presidenciales en el siglo XX que siempre llamaron mi atención, el de 1922 y 1970. Según las fuentes fue más contundente el del 70, lo que me llevó a ver las elecciones como un mecanismo de afianzamiento del poder que conecta con intereses personales, permite construir ciudadanía, polarización y polémica. Justamente estamos en un debate historiográfico sobre este tema.
¿Qué le agrega a ese debate el triunfo de Gustavo Petro?
Ha habido conciencia ciudadana. Hay una crítica muy fuerte al tradicionalismo político, particularmente a la corrupción, así que quienes votaron por Gustavo Petro quieren un cambio en las prácticas y escenario político. Sobre todo, quieren mayor legitimidad de las instituciones del Estado, que estas sean garantes de la sociedad y no el botín del grupo que está en el poder. En ese sentido creo que hay un cambio en la concepción de lo político y de la forma de hacer política. Finalmente, el triunfo de Petro, para muchos, es la expectativa.
En su artículo académico usted hace una aproximación, entre otros, a dos actores políticos: Misael Pastrana, el candidato del Frente Nacional, del oficialismo, y Rojas Pinilla, el de la Alianza Nacional Popular (ANAPO), quien se hacía llamar el candidato del pueblo. ¿Cómo podríamos extrapolar lo que ocurrió en esas elecciones con las elecciones recientes?
Por fortuna las veedurías y los evidentes intentos de fraude que restaron votos al candidato del Pacto Histórico alertaron a la comunidad internacional sobre las implicaciones que esto tendría para la sociedad colombiana. No fue fácil para el oficialismo esta vez, como sí ocurrió en 1970.
Sobre las figuras políticas relacionadas en ambas elecciones, hay que tener en cuenta que Rojas Pinilla ya había sido presidente. Las élites lo odian. Clausuró la prensa y estableció un mecanismo de silencio para generar una sola opinión pública, la del gobierno. Hubo persecución a actores sociales, como estudiantes. Tenía trayectoria militar y política. Mientras que Misael Pastrana es hijo de las élites políticas, de una alianza liberal-conservadora, el Frente Nacional, que dejó sin piso al pueblo y que generó rechazo. El pueblo se siente traicionado y busca alguien que lo represente, que le devuelva el alma al cuerpo.
En segundo lugar, comparar a Rojas con Petro no es un buen referente. Aunque sus discursos buscan solucionar las necesidades sociales, las prácticas de cada uno son distintas. Durante la campaña del 70, los periódicos de circulación nacional veían a Rojas como el dictador, que durante su gobierno (1953- 1957) también clausuró el Congreso y concentró el poder en el Ejecutivo. Rojas provenía de las élites ultraconservadoras, defensoras de la religión y apoyadas en el clero. Mientras que Gustavo Petro viene de la izquierda, exmilitante de la guerrilla del M-19, que justamente se inspiró en el fraude de las elecciones de 1970 para defender la democracia.
En su investigación mencionó que en esas elecciones fraudulentas del 70 también se elegían Cámara de Representantes, Consejos Municipales y Asambleas Departamentales. Pienso en el excongresista Alejandro Chacón con su proyecto de ley, que buscaba unificar las elecciones del Congreso y la primera vuelta presidencial. ¿Cómo podrían relacionarse ambos procesos?
Hacer una comparación con dos contextos distintos es bastante polémico. La pregunta me despierta otras miradas: ¿Qué pasa con el sujeto político y cómo ese sujeto político llega a buscar unas pretensiones para definir la orientación de todo un país? La unificación de las elecciones es, en realidad, la pretensión de unificarlas en torno a un partido o grupo político en el poder para minimizar la oposición y otras opciones de representatividad política. Sí, disminuye costos, pero concentra el poder.
Uno de los mecanismos que sirvió para consolidar el fraude del 70 fue la multiplicación de la población votante. ¿Cuáles serían las pretensiones del registrador Alexander Vega al decir, cinco meses antes de las elecciones legislativas y siete meses antes de las presidenciales, que no somos 50 millones de colombianos sino 55 y que las cifras del DANE no son precisas?
Lo abordo desde el pasado y ustedes hacen la lectura en el presente. Yo tomé como referencia al Putumayo. Según los comicios anteriores a esas elecciones el promedio de votos había sido de 5,000. En esa región había 23,000 cédulas inscritas, pero según los boletines de la misma Registraduría hubo más de 24,000 sufragios, cinco veces más de lo normal. Como esa denuncia hubo más en la prensa, infortunadamente no pude rastrear estos archivos oficiales en la Registraduría porque fueron quedamos, dijeron que no era importante conservarlos. Fíjese los atentados que hay contra nuestra memoria e identidad. La Registraduría se crea en el 48 y permanece a la orden de las élites políticas. Pero a pesar de que el funcionario era elegido por simpatía o tenía una tendencia partidista, siempre se mantuvieron las normas del Estado. Eso se evidencia porque a pesar de que en los años 70 hay fraude electoral no se desestructura el Estado. Finalmente, Lleras genera unas medidas un poco autoritarias —se le prohíbe a la prensa mencionar el fraude, se clausuran manifestaciones, se prohíben reuniones de más de cinco personas, se detienen a los líderes políticos de la ANAPO, se llevan a muchos de ellos a estaciones militares, incluso al Putumayo, los detienen por un tiempo— y pare de contar. Son dinámicas complejas.
Me llamó la atención el periódico El Siglo. El dueño de El Siglo era Laureano Gómez, descendiente de una estirpe política que venía de los años 20 y ejercía la ética. No importaba de qué orilla se era, cuando él llamaba a alguien a debatir en el Senado todos temblaban. Eso era Laureano. Durante su gobierno tuvo muchos enfrentamientos con Rojas Pinilla, tanto que este último tuvo que retirarse de la escena política durante su mandato. Aun así, es su periódico, El Siglo, el que denuncia el fraude en contra del militar. También hay que tener en cuenta las memorias de la gente. Algunos dicen que estaban en casa escuchando las noticias, de repente se fue la luz y cambiaron los resultados electorales.
En el texto usted habla de un candidato de la imposición, Misael Pastrana. En sus pesquisas encontró que desde el gobierno de Lleras se daba un descuento de diez pesos a los servidores públicos que votaran por él. ¿En qué quedó esa denuncia?
No hay evidencias que le permitan decir al poder Judicial que sí hubo participación política de funcionarios públicos. Los archivos están desorganizados o han desaparecido. Todo se queda en la prensa, en la idea de corrupción. Hablo del candidato de la imposición porque se busca legitimidad por la fuerza. La gente sale a las calles a protestar, pero el gobierno responde con beligerancia, como pude apreciar en las fotografías de los periódicos nacionales y regionales ¿Quién sale a enfrentarse al Ejército o a la Policía?
Parece ser que hubo una negociación con Rojas Pinilla, el tipo sale a los 15 o 20 días para Estados Unidos de América. Ahí quedó todo. ¿Qué pasó realmente? No lo sé. Hay negociaciones muy fuertes y muy poco evidentes que nos dan pistas de cómo se juega la política en Colombia.
Sobre la mención que usted hace de las caricaturas que inspiraron esas elecciones, Misael Pastrana es dibujado como un títere. En la política colombiana la imagen de la marioneta se ha repetido desde hace mucho, aunque muchas lo ignoramos. ¿Qué dice eso de nuestra nación colombiana?
La imagen caricaturesca que se muestra en mi investigación se publica en un periódico nacional que quiere privilegiar la imagen del candidato Belisario Betancur. Es una forma de denuncia y de representación. También aparece Rojas Pinilla con un quepis y una cola de pájaro. Rojas Pinilla hizo acuerdos con los pájaros, asesinos del Valle del Cauca en la década de los cuarenta y cincuenta que se organizaron para desaparecer liberales.
Desde su lugar como historiadora y tomando como referencia el fraude irresuelto de las elecciones del 70, ¿a qué debemos prestar atención los jóvenes colombianos para asegurarnos de que esas banderas rojas que usted encontró en el pasado no se repitan en las futuras elecciones?
Empecemos por la debilidad estructural del Estado, debemos vigilar las asignaciones de funcionarios públicos, que en muchos casos operan sin criterio o con criterios que favorecen a ciertos partidos y grupos políticos. Segundo, preguntémonos, ¿qué hace que efectivamente la Registraduría decidiera cambiar esos resultados electorales? También hay que prestarle atención al manejo de la opinión pública, desde ahí se unifica, se generan sensacionalismos o se silencia. El silenciamiento también ocurre a través de la presión y represión. Hay que prestarles mucha atención a las redes sociales y a la información falsa que circula por ahí.
En las escuelas de comunicación se nos enseñó sobre la objetividad y contrapeso del periodismo. Sin embargo, en sus investigaciones usted ha evidenciado que la prensa deja de ser contrapeso y se convierte en un actor político que toma partido. Pienso en el grupo Gilinski, dueño de la revista Semana, entre otras; en Sarmiento Angulo, dueño de El Tiempo Casa Editorial.
Como investigadora considero que la prensa es un escenario muy interesante para leer la política y lo político. En una campaña electoral y a través de la prensa afloran intereses, negociaciones, rechazos, polarizaciones. En el caso colombiano, a comienzos de siglo, hay apertura de la prensa liberal. En la campaña electoral de 1930, El Tiempo y El Espectador hicieron campaña por Enrique Olaya Herrera. Por ejemplo, en una correría pasó de Puerto Boyacá y la zona del Magdalena Medio, con temperaturas de 40°, a Tunja, de 12°. Se enfermó de pulmonía, pero la prensa siguió haciéndole campaña, mostraban todos los días su imagen en las primeras páginas. Por su parte, en la campaña de 1970, la prensa omitió cualquier acción o discurso de Rojas Pinilla, a pesar de que llenaba las plazas públicas. Depende en dónde se ponen las noticias, con qué color se resaltan, el tamaño que se les da. Igualmente ocurrió con Gustavo Petro: las alusiones que se hacían sobre él en los noticieros eran fugaces y en ocasiones lo presentaban como polémico, intolerante e incendiario.
¿La prensa como caja de resonancia de las élites y clanes políticos?
La prensa es muy importante para el análisis y estudio de la historia, mucho. La prensa registra lo que pasa y la percepción de eso que pasa, pero algunas posturas se afianzan porque hay intereses y recursos económicos, alianzas que se hacen invisibles. Ahí es cuando la prensa pierde su norte. Cuando la prensa dice para mí es este, y presenta a su candidato en la página principal, a color…
En los años setenta el periódico La Patria, de Manizales, le hace una crítica al cubrimiento del candidato Misael Pastrana, diciendo que juntaba a las cinco personas que acudían a la plaza pública durante sus discursos y a eso lo titulaban la masificación de Pastrana.
En su investigación usted menciona que Carlos Lleras, el presidente de la época, hacía constantes intervenciones a favor del régimen de coalición, es decir, de Misael Pastrana. ¿Siempre ha ocurrido en la historia de Colombia que los presidentes hagan campaña por sus candidatos aliados?
No siempre. Lo que quiero señalar en el texto es que a pesar de que hay leyes, quien debe dar ejemplo y aplicarlas no lo hace. Como historiadora le pregunté al pasado sobre Misael Pastrana. Muchas de sus campañas se las ayudó a hacer el presidente, Carlos Lleras, que decía que el Frente Nacional era el gobierno de la democracia, contrapuesto al gobierno de la dictadura, el de Rojas Pinilla. Pastrana inauguró obras al lado de Lleras, pero eso no se conoce.
Ese es el problema: lo hemos olvidado. ¿Por qué olvidamos todo? Porque no hay conciencia ni memoria. La Historia se redujo, o mejor, se integró con las Ciencias Sociales. Descuidamos ese saber que se genera al reconocer los procesos sociales para que no se repitan.
Es como un barniz sobre la historia que de alguna manera es una cuestión política: ¡Qué la gente no tenga memoria! Entre menos memoria más fácil hacer borrón y cuenta nueva.
En ese sentido, ¿cómo se borra la historia?
Es un tema de política pública. ¿Quién hace la política pública? El Decreto Nacional 1002 de 1984 redujo las horas de Historia y las unió con materias como Geografía, Antropología y Economía. ¿Qué materias se privilegian? Hay intereses que a veces no leemos. Hay un texto que se llama La historia vuelve a la escuela, que ha servido de base para reflexionar sobre el sentido y la necesidad de enseñar historia. Es muy importante reivindicar la memoria, los procesos sociales y políticos que se han vivido en este país.
Hice un trabajo sobre qué tanto saben los niños y jóvenes del conflicto armado colombiano, no conocen más allá del 9 de abril. Hay una noción en el sentido de que la gente vive en un presentismo total. Me pregunto, ¿cuál es el proyecto de país que tienen los jóvenes bajo esos referentes de ausencia de memoria?
La etiqueta #LaEscuelaAbrazaLaVerdad es una iniciativa que se tradujo en una guía para llevar la historia del conflicto armado del país a los colegios, con base en el Informe Final de Comisión de la Verdad. Eso es un avance…
Un buen ejercicio, una necesidad sentida. Todos debemos reflexionar sobre el conflicto armado para sanar las heridas y los odios heredados, para construir país desde las diferencias. El conocimiento sobre el conflicto armado es una excusa para conocer otras voces, para reconocer las inclemencias de la violencia y así decir en conjunto nunca más.
Sobre el caudillismo en nuestra historia, ¿va de la mano con la inmadurez política y presentismo al que hace referencia?
El caudillo es un personaje preparado políticamente que tiene un discurso argumentado e ideológico y que maneja un discurso popular. En nuestro contexto tenemos, me atrevería a decir, unas nociones más caciquistas que caudillistas. Ambas, nocivas para la cultura política porque naturalizan prácticas corruptas y clientelistas.
El caciquismo se relaciona con la tradición terrateniente. De ahí se derivan unas relaciones sociales y económicas muy fuertes. La hacienda generó formas de dependencia y subordinación que marcaron a la población rural, y que se trasladaron a la escena pública. Durante mucho tiempo se pensó que los trabajadores del hacendado asumían su misma connotación política. Aunque hay negociaciones ahí: el hacendado no siempre recibió solo a liberales o conservadores. Hemos trasladado el modelo del cacique de la tierra al modelo del cacique de una institución, eso es debilidad institucional.
Esa debilidad institucional parece inherente a la democracia colombiana, casi como una condena, o una maldición.
Cuando se habla de corrupción es imposible no pensar que el que gana hace corrupción, pero el que pierde denuncia la corrupción. Hay un manejo del discurso sobre la corrupción que es afín al que gana y al que pierde. Yo diría que es un problema de América Latina. Es una estructura que hace parte de lo que llamamos la modernidad en la política, nos sirve para decir “bueno hay democracia porque hay partidos políticos”. Aunque en realidad la democracia se ha ampliado dentro de nuestras tradiciones políticas. Sí, el sistema democrático ha permitido una mayor apertura a la participación, opinión y representatividad, pero los esquemas de cacique y caudillo están ahí, latentes.
Pero esto cambió con el triunfo de Petro, o al menos así parece, ¿no?
Es muy complejo porque el presidente y sus ministros pueden querer cambiar, pero dependen de mandos medios. La corrupción ha llegado a lo más mínimo. Como decían anteriormente, se normalizó hasta el punto de que quienes no somos corruptos, somos tontos. En ese sentido, creo que la educación, el fortalecimiento de la institucionalidad, la autonomía e independencia de los tres poderes y de los órganos de control son un avance para superar esas prácticas. Lo importante es permitirnos reconocer lo público como de todos y respetarlo.
Eso nos lleva a hablar de los clanes políticos, ¿son lo mismo que las élites políticas?
Las élites políticas tenían una formación política y una consciencia de Estado, mientras que los clanes políticos tienen una intención política de lucrarse económicamente del Estado, solo por eso les interesa mantener la estructura estatal. Tienen unas redes económicas muy fuertes, esa es su gran diferencia. No les importa para dónde va el Estado, y eso ha cambiado profundamente el sistema político, aunque muchas veces no lo vemos.
Como historiadora e investigadora hay algo más que usted quiera decirnos, sobre todo a quienes no vimos Historia en el colegio y queremos entender lo que pasa en nuestro país más allá de las emociones que produce el presidente de turno.
Solo invitarlos a indagar y conocer la historia del país. Incluso reconfigurar procesos que hemos pasado a la ligera. Preguntémosle al pasado desde nuestras dinámicas y procesos actuales, ahí encontraremos muchas explicaciones de nuestro presente. Esa es la historia, no las fechas ni los nombres de las batallas que aprendemos de memoria. Y sobre todo amar la historia para comprender ese cuerpo con mil cabezas que tenemos y llamamos nuestro.


