Por eso la fiesta, las lágrimas y la alegría que encarna este gobierno crean un ambiente festivo en la sociedad colombiana, una especie de borrachera colectiva que desactiva la crítica y el pensamiento.
Escribe / Christian Camilo Galeano Benjumea – Ilustra / Stella Maris
La fiesta por la posesión de Gustavo Petro como presidente de los colombianos continúa, en las calles se puede notar un aire festivo tras el siete de agosto. A pesar de lo cuestionables que puedan ser algunos nombramientos ministeriales venidos de partidos tradicionales, parece respirarse un aire optimista, aunque más que optimismo, en realidad, parece que estamos en una borrachera colectiva que aumenta tras cada acto simbólico que lleva a cabo el mandatario. Pero como todos saben, en política no bastan las palabras-símbolos, se necesitan acciones concretas.
La posesión del general Henry Sanabria como nuevo director de la Policía Nacional es un buen ejemplo. Allí, antes de jurar al presidente Petro, irrumpieron familias y personas para acompañar al general en su mensaje de una “seguridad humana”. Un mensaje alentador, pero implica muchos retos, tanto para el director como para el presidente, que esperamos no se queden solo en las palabras de cambio. Como por ejemplo, la promesa de campaña para desmontar el Esmad que el general Sanabria al parecer está descartando (ver).
Las campañas se llenan de grandes palabras de cambio, luego al llegar al poder mutan y pasan a ser reformas. El problema de las reformas es que en ocasiones no cambian nada. El ambiente político actual impide ver esta realidad porque nos quedamos en la orden sobre la espada de Bolívar, en la marcha con la cúpula militar o en el encuentro con Uribe. Un panorama de concordia absoluto que borra el criterio.
Este hecho aislado, el de promulgar ideas que parecen radicales, pero que luego terminan en reformas que no cambian la realidad social, es una condición de la política que deslumbra a los políticos tradicionales. A su vez, la burocracia de izquierda embriagada por el triunfo de Petro y con el ansia de ocupar cargos de poder puede olvidar la capacidad de autocrítica para acomodarse bajo algún puesto burocrático.
Esto no es nuevo. Aún pesa sobre Pereira la alcaldía del sancionado alcalde y actual senador de la república Juan Pablo Gallo, que recibió el apoyo de la U.P y un ala del Partido Comunista. Esto llevó a que el otrora concejal por el Polo Democrático, Fernando Arias —gran crítico de otras administraciones— ocupara en la administración de Gallo el cargo de director de la Oficina de Paz, reconciliación y posconflicto del municipio (ver). Comunistas y liberales en búsqueda de un bien común, es lo que podría pensarse.
Sin embargo, estas alianzas entre sectores “progresistas” y políticos tradicionales tiene la virtud de desactivar las transformaciones que reclama la sociedad. El escritor trotskista Nahuel Moreno utiliza una expresión que puede servir para comprender este fenómeno: “campo burgués progresivo”. En este campo se presentan alianzas entre sectores “revolucionarios” y sectores burgueses — utilizando la terminología propia de los movimientos de izquierda, a veces tan gastada y poco pensada— con el fin de derrotar una amenaza mayor. Es decir, un tirano, un fascista o una clase social reaccionaria que afecte tanto a burgueses como al pueblo.
El problema es que esta alianza, si no finaliza en los cambios sociales necesarios para las comunidades, termina por entregar a las organizaciones sociales o comunidades solo migajas de la gran torta social. Los derechos, los cambios estructurales que exigen los excluidos terminan ocultados por grandes discursos que no cambian nada. Además, que un burócrata, sea de derecha o de izquierda, suele perder su capacidad crítica ante la comodidad del cargo y del salario.
En realidad, solo terminan por entregar puestos burocráticos tanto a sectores tradicionales como de izquierda. Tal como se ve en este momento en las pujas internas al interior del mayor sindicato del país (ver). A los dirigentes de Fecode se les venció su periodo de dirección y están en discusiones para postergar estas elecciones, mientras aseguran algún puesto en el nuevo gobierno. Muy coherentes en su práctica de ir de una organización sindical a otra olvidándose de los salones de clase.
No es extraño que muchos sectores tradicionales se hayan unido a Petro. Liberales, santistas, samperistas, el partido de la U, entre tantos otros, porque reconocieron como la política de Uribe sufrió un desgaste. Pareciera que con Petro crearon un campo progresista. De ahí las declaraciones de Alejandro Gaviria, actual ministro de educación, al reconocer la importancia de la figura del actual presidente: “Hay mucha insatisfacción. Podría ser mejor tener una explosión controlada con Petro que embotellar el volcán. El país está exigiendo un cambio” (ver).
Este gobierno, lleno de buenas intenciones, pero infestado de la política tradicional, crea la posibilidad del cambio para un pueblo que lo reclama. Esto es un gran reto para el gobierno de Petro, porque corre el riesgo —posible hipótesis— de naufragar al dirigir un barco que lleva una tripulación acostumbrada a entregar muy poco al pueblo y mucho a los intereses privados. Estos son los riesgos que asume el nuevo gobierno al entrar en diálogo con los partidos tradicionales.
Esta hipótesis —políticamente incorrecta, por fortuna— puede llegar a tomar fuerza en tanto que las grandes promesas que se hicieron en campaña solo queden en el papel. La figura de Francia Márquez, si no jalona procesos de cambio, solo será una artesanía en la Casa de Nariño, porque su papel como líder social y figura que recogió el ansia de sectores olvidados por la política no habrá servido de mucho si los cambios no se logran concretar. Es posible que empiecen a sonar voces que pidan paciencia a las comunidades. Que los cambios no se dan de la noche a la mañana, que hay que esperar a la elección de alcaldes y concejales para tener herramientas para el cambio, que esto es un proyecto a largo aliento. Y, entre tanto, llamado a la calma, puede que todo siga igual.
Por eso la fiesta, las lágrimas y la alegría que encarna este gobierno crean un ambiente festivo en la sociedad colombiana, una especie de borrachera colectiva que desactiva la crítica y el pensamiento. Quizá valga la pena tener una dosis de mesura y una alta carga de sentido de realidad política para no tener que enfrentar un guayabo electoral en algunos meses.
Así, el mejor llamado del pueblo para este gobierno, termina por ser la de un hombre que tenía un cartel que decía “No nos fallen”, una muestra de las esperanzas que tenemos frente a este nuevo gobierno, al tiempo que abre la posibilidad de la decepción política.
@christian1090


