Algunos, entre ellos, acogen ciegamente cualesquier testimonios de sus predecesores.  Desconocen, al hacerlo, que el respeto exagerado por las voces consagradas convierte en sumisión la admiración. La expresan cuando arrojan rosas mustias en sus tumbas; me refiero a sus escritos que son como las réplicas de los que han recibido.

 

Texto: Hernando López Yepes

Fotografías: Rodrigo Grajales

Una lectura atenta de los textos precursores de la historia de este pueblo me permite aseverar que sus autores asumieron como fuentes a las gentes más cercanas; es decir, a sus vecinos y parientes. Fue por ello que plagaron sus escritos con las muchas consejas recogidas de sus bocas.

A los hechos de su entorno, les sumaron los retazos de memorias que trajeron de otras tierras sus abuelos. No tuvieron formación intelectual y carecieron de modelos de escritura medianamente cultos. A su escritura llana la cargaron con modismos y refranes que eran viejos en los tiempos de Cervantes. Se impusieron la tarea de escribir, porque intuyeron la importancia de entregar un testimonio de su época.

Lo que la historia escribe, en un comienzo, es nebuloso y vacilante; no existían, entonces, distinciones entre filosofía, ciencia y religión. Cuando la historia alcanza madurez e independencia desarrolla sus principios y sus reglas; adquiere dinamismo; no se impone quietudes ni silencios, pues conoce que nuestra humanidad está en constante cambio.

Sorprende que a estas gentes estudiosas las domine la obsesión por conocer si fue Píoquinto Rojas la primera persona que levantó su rancho en este valle.

Cuando se me consulta por un texto que refiera lo ocurrido en este suelo, en los últimos tiempos, sólo puedo responder que las personas que debieran escribirlo se ocupan, todavía, en investigar nuestro pasado más remoto. Se conoce que indagan, buscan, hurgan, en folios polvorientos y en antiguos pergaminos; igualmente, que interrogan de manera infatigable a las personas más ancianas. Lo hacen porque ignoran que a esa edad nuestro cerebro inventa mucho más de lo que cree recordar.

Sorprende que a estas gentes estudiosas las domine la obsesión por conocer si fue Píoquinto Rojas la primera persona que levantó su rancho en este valle. Causa asombro saber que cuando alcanzan un acuerdo respecto de este asunto se genera otra inquietud, pues, todos quieren saber si el rancho aquel fue levantado más arriba o más abajo del lugar en donde el río Risaralda desemboca sobre el Cauca.

Y una vez más transcurren muchos años, sin que logren algún entendimiento. Quizá ignoran que el deseo incontrolable por saber cada detalle, en relación con un asunto, se convierte en obsesión por la minucia.

Algunos, entre ellos, acogen ciegamente cualesquier testimonios de sus predecesores.  Desconocen, al hacerlo, que el respeto exagerado por las voces consagradas convierte en sumisión la admiración. La expresan cuando arrojan rosas mustias en sus tumbas; me refiero a sus escritos que son como las réplicas de los que han recibido.

La lectura cuidadosa de estos textos apacibles confirma la sentencia de Oscar Wilde, quien dejó escrito que “El único deber que nos obliga con la historia es reescribirla”.

Cuando se me consulta por un texto que refiera lo ocurrido en este suelo, en los últimos tiempos, sólo puedo responder que las personas que debieran escribirlo se ocupan, todavía, en investigar nuestro pasado más remoto.

Historia olvidadiza

Es absurdo, e injusto, que no exista un solo escrito que relate lo ocurrido en nuestro pueblo (La Virginia, Risaralda, Colombia), en la segunda mitad del siglo XX. ¿Cómo y por qué razones no han llegado nuestros gritos de pánico y dolor a los oídos de los historiadores? ¿Con cuáles argumentos justifican su silencio, si conocen que nosotros esperábamos la muerte por heridas de puñal o de revólver; pero nunca por dolencia o decadencia?

A estos cuestionamientos habremos de sumarles que el deseo de mostrarse creativos conduce, cada tanto, a más de un historiador hacia el terreno de las letras. Allí esbozan los retratos del más tonto del pueblo, de quien tiene una fealdad irremediable; también, del contrahecho.

No podemos negar que estos remedos son factibles, y que son necesarios para algunas personas que creen ser amantes de la literatura: son de lectura fácil y, estoy seguro de ello, de cómoda escritura. No es posible, sin embargo, para alguien que posee formación intelectual, hallar valor en estas humoradas bravuconas que escriben quienes sufren de autismo emocional. Duele ver la manera en que las gentes maltratadas por la vida lo son, una vez más, por quienes hacen del lenguaje un instrumento de agresión.

Una vez que se conocen estos hechos que no fueron relatados en la obra Risaralda, es difícil comprender por qué se estudia esta novela, en escuelas y colegios

El texto que ahora escribo tiene como objetivo denunciar los extravíos de las gentes que asumen como fuentes de la historia los relatos y novelas que se inspiran en los hechos colectivos. No son pocos los lectores que confunden las ficciones con la historia.

Desconocen, cuando lo hacen, que la literatura no tiene por objeto describir lo que ya existe: su propósito es mostrar que lo que ocurre de manera objetiva, para todos, puede y debe ser mirado de manera diferente si queremos creer en la existencia del espíritu.

El rico imaginario de Bernardo Arias Trujillo ha convertido el ser de nuestros tras-abuelos, en algo que no fueron. Cualesquiera personas que lean la novela Risaralda, han de obligarse a comprender que, al crear sus personajes, el autor se permitió sustituciones  de carácter simbólico.

No era historiador y, mucho menos, retratista. Imaginó sus personajes y, al hacerlo, exageró sus rasgos y conductas; los dotó de un carácter que no existe entre las gentes que nosotros conocemos. Lo hizo porque así lo requería el desarrollo de la trama de su obra.

Pero los personajes de un escrito literario poseen validez en el sentido en que se   asumen como símbolos; carecen de existencia por fuera del escrito. No pueden ser mirados cual si fueran trasplantados de la vida real hasta las páginas del libro.

Es mucho lo que existe de valor en la novela Risaralda. No se puede, sin embargo, negar que en esta obra los negros, los mulatos y mestizos han salido mal librados. Causa dolor pensar que un padre pueda cortar en rebanadas el cuerpo de su hijo. Nos duele mucho más que no se entienda que esta escena existió sólo en la mente del autor.

Pudo haber sucedido que “este horror imaginado” se inspirara en las muchas crueldades ocurridas en las casas de hacienda cuyos dueños hospedaron a Bernardo Arias Trujillo. Quizá fuera testigo de la manera cruel en que los hijos de los grandes hacendados ordenaban desjarretar las tres o cuatro reses que tenían los colonos de los fundos aledaños a sus tierras. Pudo ser, igualmente, que el autor de la novela conociera de la quema de los ranchos del Cañaveral del Carmen.

Una vez que se conocen estos hechos que no fueron relatados en la obra Risaralda, es difícil comprender por qué se estudia esta novela, en escuelas y colegios, como el texto que relata con mayor veracidad lo que ha ocurrido en este pueblo.

En un sentido igual, se asume la lectura de los textos que han escrito los hijos y los nietos de los grandes hacendados; es decir: sus herederos.

Nuestros educadores los toman como fuentes fidedignas de la historia, porque ignoran que estas obras nacieron del afán por retratar a los abuelos y a los padres como ejemplos de que, gracias al trabajo y la constancia en el esfuerzo, algunos seres elegidos se hacen dueños del poder y la riqueza.

La ausencia de unas obras que nos muestren la verdad (nuestra verdad), impide que los hijos de esta tierra se den cuenta de que sus ascendientes fueron grandes, también.

Es por estos ejemplos de lo mucho que han sido traicionadas y ocultadas las verdades de este pueblo, que debemos asumir este momento como punto de partida en el estudio y la escritura de la historia (me refiero a nuestra historia).

Considero que no es justo que ignoremos el pasado más reciente; un pasado que nos   habla y que nos brinda los más fieles testimonios.

Mas no todo está perdido, porque existen los esfuerzos aislados de quienes han buscado y buscan la verdad: nuestra verdad.

Memorias del olvido

En Gog, un libro escrito por Giovanni Papini, encontramos un texto titulado La historia al revés”. En él, el profesor Killaloe (personaje imaginario) le expresa a su entrevistador el siguiente reproche:

El error de usted, como el de todos los historiadores del mundo, proviene de la encallecida imbecilidad, ya milenaria, que hace comenzar toda historia por un hipotético principio para llegar hasta un fin próximo a nosotros. Todos los historiadores son extrañas criaturas que tienen los ojos en la nuca o en la espalda. Su superstición constante, convertida ya en costumbre, es la de proceder desde el tiempo pasado hacia el presente. Esta es la razón por la que todos ellos, desde Herodoto a Wells, no han comprendido nunca nada de la historia de los hombres.

Mas no todo está perdido, porque existen los esfuerzos aislados de quienes han buscado y buscan la verdad: nuestra verdad. Son muchos, pero ignoro sus nombres y los nombres de sus textos.

Me permito mencionar en este escrito al cronista y humanista Gustavo Colorado Grisales; quien publica sus escritos en Mi blog ácido, en La cebra que habla y en La cola de rata; también en otros medios. Entrego solo el nombre de uno de sus escritos: La Virginia: mitos y realidades de Nigricia y de Sopinga.

No podría omitir el sobrecogedor y realista escrito del periodista Abelardo Gómez Molina: Río Cauca, de la serie Ríos de vida y muerte.

Por su parte, el profesor y autor Carlos Alfonso Victoria Mena, nos ha dado el regalo de un escrito de mayor envergadura. Su título: El olvido de los silencios negros en el Valle del Risaralda.

No obstante la existencia de estos textos, reitero mi denuncia de que quienes nacieron o vivieron en este municipio y se ocupan de la historia están, aún, en deuda con nosotros.

Para ellos escribo. Considero que tenemos el derecho de saber en qué se ocupan, qué trabajos habrán de publicar y presentar en nuestros centros de estudios superiores para ser analizados, criticados, explicados y entregados al gran público.

Me preocupa, igualmente, ser consciente de que existe una guerra de guerrillas entre los historiadores.

Me preocupa, igualmente, ser consciente de que existe una guerra de guerrillas entre los historiadores. Toda publicación genera una denuncia: se descubre un error en la cita de una fecha, un equívoco respecto de los hechos más triviales.

Hay que escuchar la crítica mordaz, el desahucio intelectual y la explosión de los petardos que lanzan los colegas en la espalda del autor. Quizá ignoran, quienes lo hacen, que en nada contribuye a hacerlos grandes la vulgar zancadilla, el comentario venenoso, la glosa que carece de un argumento sólido.

En tanto que esto ocurre se pierde la memoria de los hechos más recientes. Uno quiere gritar en el oído de estas gentes que lo que ocurre hoy ha de integrarse el día de mañana a ese río gigantesco que es la historia.

Este pueblo, que es su pueblo, necesita unos escritos que cuenten y que expliquen lo ocurrido un poco más acá de los tiempos de su origen. Nosotros deseamos, requerimos, mirarnos cara a cara con aquello que hemos sido en los tiempos más recientes.

Anhelamos conocer, ver y tocar, el ser real de nuestros ascendientes; saber por qué caminos de la sangre se dio este mestizaje en que vivimos. Nos apremia conocer cuánto lucharon nuestros antepasados para hacer que su carne floreciera entre   estos humedales. Requerimos a los historiadores, para que nos entreguen las verdades que han hurtado los que escriben las memorias del olvido.

Ninguna iglesia ha sido destruida por quienes las combaten por fuera de sus muros; han muerto por desidia, por la impreparación y el desaliento de los malos oficiantes; por las muchas traiciones de aquellos que juraron defenderlas.

Cada día desaparecen numerosas disciplinas de la mente y el espíritu, porque sus oficiantes desconocen que en todo emprendimiento es necesario unir nuestros esfuerzos al esfuerzo de otros hombres y mujeres; compañeros, todos ellos, de caminos y de sueños.

hernandolopezyepes@live.com