La cartografía de las liebres

Aunque cuando cumplió los 20 sintió algo así como un destello de adultez y se supo maduro y pensó que ya era hora de pararse duro, como un hombre y dejar de darle por la espalda a esos ‘traídos’…

 

cartografiaTexto y fotografía por Felipe Chica Jiménez

Antes de que comenzara a llover, había pasado por la casa de su novia a recoger el revólver; ‘el coroto’, como le decía. Pero ‘paila’, ella no estaba en su casa; intentó entrar por la ventana, pero estaba trancada con un madero y si subía por el techo hacia el patio los perros lo delatarían y sería peor. Pensó sobre a cuantos había cogido de la misma manera, indefensos, desesperados y con miedo y aun así les enterró el cuchillo, llevado por una ira que ni él sabe de donde prevenía, pero paila, ‘la liebre es la liebre’ y toca darle donde la vea.

Aunque cuando cumplió los 20 sintió algo así como un destello de adultez y se supo maduro y pensó que ya era hora de pararse duro, como un hombre y dejar de darle por la espalda a esos ‘traídos’, que en el fondo ni recordaba porque sus hermanos le habían enseñado a decirles así a los muchachos de los otros barrios, en fin, así son las cosas.

Comenzó a llover y ya eran las tres de la tarde, las gotas eran finas, casi imperceptibles salvo porque eran frías y quemaban al contacto con la piel; el aire estaba helado y el viento hacía retorcer los techos de lata de zinc de modo que sonaban como pequeños truenos. La distancia para llegar a su casa era de cuatro barrios, unos 800 metros para ser exactos, pero se sentía infinitamente lejos porque su mundo se había hecho infinitamente pequeño. ‘Las liebres’ estaban en todos lados, los hijos del dueño de parqueadero de donde sus hermanos se robaron el baúl lleno de herramientas, los ‘carebaúl’ les decía él y se ría como un desquiciado cada que pasaba frente a la entrada de ese lugar acompañado de sus hermanos, pero paila, ya no tenía hermanos y ya no le daba risa pasar por ahí solo, de modo que debía pasar de rapidez. También estaban los primos de ‘Tilico’, el chino que había matado’ dizque por ‘lámpara’, cuando se lo encontró en un café internet y se salieron al ruedo los dos.

Estaban todas, de hecho, ese día les dio por salir a cada uno por su lado a patrullar cada uno en su respectivo pedazo de barrio de ciudad inmensa, tal cual como hacen todo el año, entregados a un presente continuo que solo se interrumpe cuando salen a la ciudad a hacer ‘vueltas’. Ahí estaban, parados en las esquinas o metidos en las tiendas esperando la llegada de algún extraviado para robarle hasta la conciencia y luego salir a tomar ‘chicha’ al centro, y después subir al cerro a ver el atardecer mientras fuman porro con los ‘socios’, para en últimas reírse un rato de las pendejadas de la vida.

Pero a él no le gustaban esas bobadas, en cambio era solitario y valiente. Cuando entendió que no podría entrar a la casa de su novia y tendría que llegar hasta la suya sin nada con qué defenderse, se armó de valor y pensó que por algo había llegado vivo hasta los 20 años, con tan solo un par de cicatrices. Entonces el desespero que se le había instalado en los huesos se secó, su sombra se había hecho más oscura, pero su cuerpo estaba tan atento como una liebre que al salir a comer se expone a los depredadores. Él no era nada débil y sus hermanos lo habían adiestrado en la defensa personal, todas las mañanas lo llevaban al patio y con cuchillo en mano se entregaban a un combate armónico, una especie de baile mortal que si no fuera por los cuchillos afilados y el contexto de miseria que lo rodea, podría ser un deporte de lucha. Sí, en últimas era un sosiego doloroso lo que sentía al verse solo, como un enamorado dejado a su suerte al que el mundo se le ha hecho gris.

Por ahí andaban los ‘memes’, que era una familia de indígenas ya aferrados al rigor de la ciudad; ‘el Estiven’ que se vestía mejor que él y por eso un día le robó de frente la chaqueta que luego vendió en cuarenta mil pesos, con los que invitó a la novia a comer pizza y tomarse una cerveza en el ‘Restrepo’; estaban los dos barristas del ‘Millonarios’ a los que arrumó en una esquina solo para demostrar que él era el más bandido de los bandidos, pero ese día él, el más valiente de los valientes estaba asustado.

Quizá el que más le preocupaba en ese momento era el ‘Maicol’, al que le robó la novia. La misma que no estaba en la casa quién sabe por qué, o a lo mejor se encontraba escondida bajo la cama y se negaba a abrirle la puerta por el golpe que le pegó el día anterior. Como bien saben los que caminan el páramo, las liebres saltan de un momento a otro, pasan de un arbusto para ocultarse en la guarida y salir solo si es necesario. Él tenía liebres por todos lados y su mamá lo sabía, pero ya no le importaba, ella hizo lo que pudo.

Para comprar el pan que tanto le gustaba comer en las tardes,  primero bajaba en bicicleta hasta la esquina donde siempre había un niño que le hacía el mandado por quinientos pesos, pero cuando tenía que salir al centro de la ciudad a cometer sus fechorías, atravesaba el bosque de eucalipto que queda detrás de su casa y así se iba por el borde del monte, allí donde se acaba la ciudad y seguía el campo, y por un desvío cruzaba la mina hasta llegar a otro barrio donde sí tenía un ‘socio firme’ con el que bajaban en moto a recorrer las calles.

Era un 25 de diciembre y los ánimos en toda la ciudad estaban caldeados. Insisto, ese día estaban todos por ahí, él lo sabía, los olía, por eso iba en busca de su ‘coroto’ para rostizar al que se le atravesara o para esconderse en la casa de ella hasta el día siguiente, pero paila, nadie le abrió la puerta.

En su cuarto tenía un dibujo hecho en un pedazo de cartulina. Era su propia cartografía de las liebres, los lugares por donde podía o no pasar. Esa mañana, como todas, repasó sus fronteras imaginarias y pensó que todo estaría bien y sino para eso tenía el revólver, pero paila, no contaba con que era diciembre y en diciembre la gente se anima a hacer cositas y cualquier cosa puede suceder en estos barrios. Dicen los que vieron que ‘Maicol’ salía de la tienda de comprar cerveza cuando se lo encontró de frente. Sus caras se hicieron pálidas al instante, cuando él vio a ‘Maicol’ lo único que se lo ocurrió decir no fue nada sosegado, le vino de las superficies de un orgullo enajenado: “lo puse a perder” y soltó una carcajada ficticia, inolvidable, dicen los que la oyeron, porque era tan confusa que daba lástima, una especie de orgullo famélico que envolvía un remolino interno de físico miedo, hasta ahí llego él. Cuando ‘Maicol’ salió corriendo llevaba la garganta saturada de algo que no lo dejaba respirar, lloraba como lo que era, un niño que no conoce del mundo más que un pedazo de ciudad mugrienta y pobre, pero bueno, el azar lo puso a prueba. ‘Maicol’ llegó y tocó la puerta de la casa de su exnovia, donde minutos antes su liebre había estado llamando desesperado, ella salió con el ‘coroto’ en la mano pensando que era el mismo que le dejó la cara como la de un oso panda. Dicen que cuando sonó el disparo el lugar quedó hecho un desierto: “ni las palomas se asomaron a la calle”.