Miraban atónitos la imagen de un joven que se había suicidado. No entendían por qué la juventud de hoy se tomaba a la ligera la vida, y al más leve toque de sufrimiento optaban por quitársela.

 DESNUDO

Escrito por: Alexander Tabares P.

Ilustración por: Daniel Román

Se había refugiado en El Gran Café, llevaba horas deambulando por la ciudad sin un destino fijo. Afuera caía una lluvia lenta y menuda… de esas que crean la ilusión de ver flotar la vida y sus cosas.

¿Qué desea tomar joven?, preguntó una de las mujeres que trabajaba en el lugar. José se giró para mirarla y descubrió que era una chica hermosa; pero de una belleza pálida, frágil, entre la inocencia y la fatalidad. Un ser melancólico. Para él, todos eran seres trágicos, insatisfechos, viviendo vidas que no eran las suyas; aquella chica dejaba escapar a través de sus ojos tal realidad. Solo quiero un café, dijo el joven. Y se imaginó una vida junto a ella.

Cerca a José un grupo de viejos discutía sobre una de las fotos que se encontraba dentro del periódico matutino. Miraban atónitos la imagen de un joven que se había suicidado. No entendían por qué la juventud de hoy se tomaba a la ligera la vida, y al más leve toque de sufrimiento optaban por quitársela. Aparte les aterraba más la forma en que lo hizo: desnudo. Les parecía obsceno y juzgaban que aquel joven carecía de moral.

José pudo oír todo lo que aquellos ancianos hablaban. Moral en estos tiempos, pensó, acaso no entienden que este mundo está hecho de apariencias, la moral hace rato que dejó de ser, ahora somos humanos deshumanizados, en un mundo de imposiciones, evitando ser cada día hombres libres. Igual, a estos viejos quién les ha dado el derecho de juzgar a ese pobre tonto. Cada uno puede elegir hacer con la vida lo que le venga en gana.

El joven daba un sorbo a su café, mientras miraba a través de la ventana cómo los rayos del sol iluminaban la lluvia. Era la fotografía de la nostalgia de un mundo que aún cree en la alegría. Hace tiempo que él había olvidado tal idea, desde aquel día en que su antigua novia le dijo: “no quiero volver a verte”. Tres años han pasado y esas palabras todavía hacen eco en su mente, fueron un rayo partiendo el corazón, volviéndolo ceniza. Qué será de ella, vivirá aún, se decía, mientras daba otro sorbo a su café.

José se había convertido en un ser solitario a partir de ese día en que su novia lo dejó, no le quedaba nada en el mundo. Su madre desde hace mucho que dormía en una de las tumbas del cementerio, a su padre nunca lo conoció y jamás se preocupó por hacerlo, era hijo único. Amigos no tenía, los poco que lo visitaban eran vagas sombras. Aquella mañana, antes de entrar en El Gran Café, él había tomado una decisión y ya era momento de llevarla a cabo.

Estos viejos no comprenden que el mundo cambió y que los ha dejado en un abandono absoluto, realmente el mundo nos abandonó a todos, somos un anacronismo, hombres de la caverna en un mundo futurista. Qué importa morir desnudos, mostrarnos tal como somos, piel y huesos que van a la nada, qué importa morir tal como se nace, desnudos en una imagen de asombro.

José se levantó de su mesa, dejó unas monedas y salió, se dijo: ahora tendré que comprarme un traje nuevo, no vaya a ser que en la foto me digan obsceno, prefiero que piensen ese estúpido al menos tuvo estilo, un tipo elegante, uno de los nuestros, un contemporáneo.