Invita en su crónica-ensayo a un recorrido de las condiciones de una población que parte de la nada a constituirse en un centro de desarrollo y prosperidad para culminar en el ocaso y en la soledad.
Escribe / Rafael P. Alarcón Velandia
El suicidio, individual o colectivo, se convierte en discurso o discursos sobre el acto de quitarse la vida. Múltiples miradas han intervenido para explicarlo, avalarlo o condenarlo. Filósofos, antropólogos, sociólogos, religiosos, médicos y psiquiatras, hasta economistas intervienen en el tema, todos aducen su verdad pero casi ninguno trata la verdad del agente suicida, el cual se torna en el excluido del tema.
¿Qué hay detrás de un suicidio individual o colectivo? Se conjetura y teoriza, se escruta desde fuera del suicida. Los estamentos gubernamentales y la academia han construido un corpus suicidae con una mirada positivista desde su metodología de investigación hasta sus conclusiones e intervenciones. Muy poco se sondean las vicisitudes existenciales del individuo sumergido en el sí mismo, que padece o se deleita con la idea de autoliquidarse, pues para ello sólo la hermenéutica existencial permitirá el acercamiento y ella ha sido relegada, negada como ocurre con los suicidios colectivos o individuales consecutivos en un tiempo y en un espacio, de ahí que el agente suicida queda convertido en otro ser marginal, uno más de tantos de la sociedad moderna. Hasta su cuerpo se margina al depositarlo en áreas extramurales del sitio donde habitan los cuerpos de sus congéneres.
La escritora argentina Leila Guerriero apuesta por un género híbrido de crónica-ensayo al describir y reflexionar en su estancia en la región de Santa Cruz en la Patagonia argentina, más específicamente en la población de Heras, de unos 25.000 habitantes, que atravesó un proceso social, cultural y económico y sus respectivas consecuencias. Desde ser un caserío a una prosperidad desorganizada y desaprovechada que termina en el abandono, la miseria, y la soledad.
Guerriero llega a Heras en el otoño del 2002 motivada por lecturas de noticias sueltas y perdidas en periódicos de la capital argentina sobre una serie de suicidios en jóvenes en un período corto de años, queriendo indagar sobre las causas de dichas conductas. Se compenetra con sus habitantes, los dolientes de los suicidas, explora las condiciones culturales, sociales, económicas. Acude al mundo subterráneo generado por un aparente progreso petrolero en donde sólo encuentra tragedias individuales, miseria y explotación.
Guerriero transforma su crónica y apuesta sutilmente por el ensayo en Los suicidas del fin del mundo (2020, TusQuets) que atrae por su título como si fuera un libro más sobre el tema de autoliquidación de individuos jóvenes desquiciados o desadaptados, pero nos sorprende con una serie temáticas enclavadas en un proceso de modernización muy característico de Latino América, casi clonadas de otras regiones. Realiza una disección cuidadosa y minuciosa de cada una de las partes de ese cuerpo social en que se empeñó escarbar.
Los aspectos relevantes de la crónica los ubica en Heras, población similar a otras latinoamericanas que despertaron abruptamente del letargo y su felicidad para luego diluirse en la ilusión del oropel de prosperidad que promulga la modernización, como ocurrió en Chimbote del Perú de José María Arguedas, Aracataca de Gabriel García Márquez, Comala de Juan Rulfo, Calenco en California y Puerto de Oro, región olvidada de nuestro municipio de Mistrató con su gran bonanza de oro en las tres primeras décadas del siglo XX, entre muchas otras de nuestro continente.
Nos relata el asentamiento primario como caserío y lugar de paso de comerciantes de lana y otros productos de la región hacia finales del siglo XIX, su posterior vinculación a un proceso de modernización imperfecto desde lo social con la llegada del ferrocarril en 1909, creciendo como un pueblo al lado y lado de la vida férrea, hasta que en 1927 ya es convertido en un centro comercial importante de la región como si fuera un puerto, en donde la lana y los productos de ganadería le brindaban una relativa prosperidad. Luego, hacia 1932, se descubre en su subsuelo abundante petróleo que inicialmente es explotado por la empresa nacional y luego concedido a empresas extranjeras hasta su auge en la década del cincuenta y parte del sesenta, como su declive a finales del siglo XX. A medida que nos ilumina con una crónica de los procesos sociohistóricos y económicos introduce su apuesta ensayística con reflexiones derivadas de la confrontación con la realidad que exploraba y experimentaba.
Invita en su crónica-ensayo a un recorrido de las condiciones de una población que parte de la nada a constituirse en un centro de desarrollo y prosperidad para culminar en el ocaso y en la soledad. En cada etapa describe sus características que impactan en la población no solamente como grupo sino como individuos.
El oro negro que arrastra como imán los deseos de riqueza, no de bienestar social, concepto desconocido en la modernización, convirtiéndose en tierra prometida y de bonanza para muchos migrantes que luego se transforma en tierra de desarraigo, pobreza, explotación, desempleo, violencia, fortunas malgastadas, corrupción en todos los estamentos –incluyendo los sindicales–, prostitución y alcohol. Tierra invadida que no deja sino soledades y angustias y deseos de morir.
Como todos los suicidios colectivos en sociedades que experimentan el desasosiego que les impone la modernización, el libro informa sobre los registros que se vuelven nebulosos, desaparecen, se niegan, o no se registran y queda solamente la oralidad de sus habitantes que le agregan la fantasía del obscurantismo, lo satánico a través de sectas. Hacia finales de la década de los sesenta del siglo pasado Santa Rosa de Cabal se sacudió por una serie de suicidios de estudiantes de bachillerato que al día de hoy sólo se registran en la memoria de los testigos y dolientes, pero oficialmente no ocurrieron y fueron estigmatizados como fruto de una secta satánica y por escuchar la música de los Beatles, pero sus cadáveres aún reposan en los extramuros del cementerio; lo mismo pasó a principios de este siglo en la población de Belén de Umbría con suicidios sucesivos de jóvenes estudiantes.
Guerriero trae informes sobre estudios, estadísticas, medidas gubernamentales nacionales, de la OMS y de la universidad extranjera de Harvad, burocráticas y meramente académicas, llamadas al fracaso al desconocer los elementos culturales, socioantropológicos, históricos y económicos de la región. Como también describe la limitación de los medios de información y su aislamiento del contexto nacional.
De otro lado, se compenetra el drama de los seres humanos que habitan la región, casi todos víctimas de procesos económicos, sociales y políticos generados alrededor del petróleo. Describe sus vicisitudes, ilusiones, frustraciones y los diferentes modos no sólo de cómo ganarse el sustento para sobrevivir sino de existir, amores y desamores, apegos y traiciones. Explora la historia psicológica de los suicidas, su personalidad y entornos, como las formas del acto de autoaniquilación.
El suicidio sucesivo de los jóvenes de Heras no es un suicidio colectivo en el mismo instante, sino que se va actuando a través del tiempo, casi todos de inexplicables causas individuales, solamente enlazados por conjeturas de pertenecer a una lista de una primera suicida y de la pertenencia de una secta oculta que los motivó. La realidad social que describe Guerriero conduce al camino de la frustración y la soledad, del ser que es violentado, negado hasta en la muerte por mano propia.


