Corazones al límite

El viejo dilema de la culpa y el castigo, que acaba por liberar al infractor -o al pecador- del yugo de su soledad, porque el culpable siempre está solo con su conciencia.

 

Por / Gustavo Colorado Grisales

Fue Thomas Pynchon quien, en su novela titulada Al límite, definió a Nueva York como una ciudad de insomnes.

Igual calificativo puede asignárseles a todas las ciudades del mundo.

Ansiedad y frustración desbordadas; ilusiones y expectativas truncadas; deseos insatisfechos y exasperación sexual llevada al borde de la locura.

Esa clase de desasosiego hizo posible que una canción como Satisfaction, de The Rolling Stones, expresara tan bien el espíritu de la época. “I can get no satisfaction/ I can get no reaction/  and I try/ and I try/ and I try…” , se lamentaban Jagger, Richards y el resto de la pandilla.

Motivos de sobra para no dormir y para atiborrarse de pastillas y otros juguetes que ayudan a sortear el abismo.

Es la gran paradoja de lo humano: cuanto más aglomerados, más solitarios.

Por eso me impactaron tanto dos noticias que escuché y leí por separado: la primera de ellas acerca de la disminución  “dramática”- así la calificó el redactor de  El País de España, en edición del 11 de junio- del índice de suicidios en Japón, que alcanzaron su mínimo histórico en el mes de abril, justo en la cuesta más empinada de la pandemia.

Hablamos de un país donde el suicidio es  la primera causa de muerte para los varones entre 20 y 44 años de edad.

La otra noticia me la compartió el sicólogo Ricardo Tobón, un hombre que desde hace treinta años se dedica a investigar esos asuntos: desde el comienzo de la cuarentena aumentó de manera exponencial la demanda de servicios de putas prepago en todas partes, con el consiguiente incremento de tarifas, según establece la dinámica de la oferta y la demanda.

Puede que no, le replico: a lo mejor aumentó el número de prestadoras del servicio y eso ha conseguido mantener el equilibrio en los mercados.

Por el bien de las partes, el hombre no me toma en serio.

Así que empecemos por Japón. Es bien sabido que, tras el resurgimiento económico luego de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, ese archipiélago proclive a los terremotos ha registrado una correspondencia entre la adopción del modelo consumista occidental y el número de suicidios entre sus habitantes.

Las interpretaciones del fenómeno abundan. Desde quienes  encuentran las causas en la renuncia a la vieja ética de los samurais hasta los que creen ver un castigo recibido por asimilar, así sin más, la corrupción implantada por los norteamericanos y sus aliados durante la invasión.

Otros, más agudos, piensan que la  destrucción de Hiroshima y Nagasaki dejó grandes secuelas en el alma nacional que acaso tardarán siglos en desaparecer.

Unos cuantos postulan que el bienestar material acaba por generar una sensación de vacío interior, difícil de superar para una civilización que en el pasado le dio gran importancia a la espiritualidad.

Lo único cierto es que los suicidios alcanzaron su punto más bajo cuando la pandemia llegaba a sus niveles más altos.

Si bien es cierto que las autoridades de salud trabajan desde hace años en campañas de prevención del suicidio, conjeturo que la cuarentena, al obligar a las familias a permanecer en casa, tuvo como uno de sus efectos  recomponer los lazos afectivos empobrecidos por rutinas centradas en la producción y el consumo, que acabaron por despojar a la gente de su tiempo más preciado.

A través de crónicas y reportajes el mundo se ha enterado de la existencia de los hikikomori, jóvenes ermitaños digitales que pueden permanecer durante meses y hasta años encerrados en sus cuartos, sin otro contacto con el mundo que su colección de aparatos electrónicos.

Pues bien, al menos una parte  de esos chicos se ha notificado en los últimos meses de la existencia de unos seres llamados padres y hermanos, lo que ha conseguido insuflarle una buena dosis de aliento vital a todas las partes.

Suficiente por ahora -creo- para no pegarse un tiro o cortarse de un tajo las venas.

Por lo demás, los cronistas nos cuentan que en tiempos de guerras y pestes la gente suele aferrarse más a la vida. Cuestión de instinto. “¿ Cuántos judíos se suicidaron en los campos de concentración?”, se  pregunta uno de esos lúcidos personajes de las novelas de Ernesto Sábato.

Algo así debe estarles pasando a los japoneses con la amenaza de la Covid- 19.

Habrá que ver cuando el mundo regrese de a poco a la llamada “Nueva normalidad”, la expresión acuñada por gobiernos y  medios de comunicación para eludir la presencia de la incertidumbre: una vez sorteados los peligros de guerras y pestes los pueblos suelen volver a las andadas.

 

II

Tranquilos, tranquilos. No me he olvidado de las putas prepago. Sólo que es un asunto… hummm… cómo llamarlo… más peliagudo.  Me dice el sicólogo Ricardo Tobón que los demandantes de esos servicios durante esta temporada de confinamiento y ayuno son hetero y homosexuales por igual [en este caso, por supuesto, de putos].

Con una singularidad: a menudo los clientes  renuncian a la gratificación sexual y se conforman con una hora o dos de conversación, depende de la capacidad de pago.

-Debe andar muy devaluada  su profesión -le digo a Ricardo- si ahora tiene que competir en igualdad de condiciones con las putas.

Para variar, el hombre no me presta atención.

-Siempre ha sido así desde tiempos inmemoriales, sentencia, y me recuerda que el confesionario, la cama de la amante y el sillón del siquiatra han cumplido siempre  una vital función terapéutica: la confesión y su consecuencia inmediata, la absolución.

El viejo dilema de la culpa y el castigo, que acaba por liberar al infractor -o al pecador- del yugo de su soledad, porque el culpable siempre está solo con su conciencia.

Tenemos al fin el hilo que nos conecta con la noticia de los japoneses. La soledad y su expresión más dramática: la desolación. En La Cábala hebrea cobra forma en la figura de El Ángel de la soledad. En las leyendas populares aparece a su vez representada en El ánima sola, el más solo de los muertos entre los muertos.

A lo mejor los hikikomori japoneses sean parientes cercanos de ambos y busquen la redención por caminos distintos. Eso los hermana a su vez con los hombres y mujeres que, en lugar de sexo puro y duro, claman atención durante estos días y están dispuestos a pagar bien por ella.

Todos a una conforman una legión de corazones al límite.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada