Las dos más representativas cronistas sostuvieron una charla de contrapuntos y mucho humor.

HABLAR SOBRE PERIODISMO CON DOS MAESTRAS

La sexta versión de la Fiesta del libro del Eje Cafetero, realizada entre el 28 de septiembre y 4 de octubre de 2020, permitió conversar con dos maestras del periodismo como lo son Alma Guillermoprieto y Leila Guerriero.

 

Por / Abelardo Gómez Molina

No todos los días se tiene la oportunidad de conversar sobre el oficio del periodismo con dos maestras. Muchos son los aprendizajes logrados gracias a la lectura de innumerables crónicas y reportajes escritos por estas dos periodistas que han dejado huella en el oficio durante las últimas décadas.

Cada una de ellas con su estilo, una marca personal que hace distinguibles cada uno de sus trazos, tenerlas juntas en una charla para compartir sus experiencias y apreciaciones es una experiencia inigualable que muchos pudieron disfrutar durante una hora de charla.

Por considerarla de enorme importancia como insumo para conocer el pensamiento y detalles de su manera de trabajar, compartimos esta versión escrita de la conversación sostenida.

Abelardo: Buenas tardes, para mí es un gusto enorme conversar con dos maestras a las que respeto, admiro y a las que leo desde hace décadas. Tenerlas al frente y conversar con ustedes me pone muy nervioso; he estado muy nervioso esta semana.

Alma: Nosotras también estamos nerviosísimas.

Abelardo: Me encanta estar con ustedes hoy, es una alegría tenerlas. Quisiera que estuvieran acá en Pereira algún día para pasearlas por la ciudad y para que disfrutaran el paisaje que es precioso. Se enamoran, estoy seguro. Espero que en un futuro pueda tenerlas por acá y conversar con ustedes, para saborear el café que aquí se sabe saborear. Voy a presentarlas a ambas, aunque sobran presentaciones, voy a hacerlo muy escueto, simplemente diré un poco de cada una de ustedes: la maestra Alma Guillermoprieto, son cuarenta años haciendo periodismo, trabajando para medios, sobre todo medios internacionales de Estados Unidos y de Inglaterra. Empezó con The Guardian y su trabajo y trayectoria por grandes medios ya le ha dado un renombre y una experiencia inmensa a través de estos cuarenta años; la maestra Leila Guerriero, sobra hablar también, son veintiocho años ya haciendo periodismo en múltiples medios internacionales, publicando también libros al igual que la maestra Alma, y creo que ambas han hecho una labor que yo podría sentenciar como de enseñanza en el periodismo. Les agradezco muchísimo por estar esta tarde y sin más preámbulos quiero empezar esta charla, plantearla en términos de una charla, más que una conferencia. Lo primero que quiero manifestarles es sobre la crónica: ¿qué es la crónica, qué significa la crónica para sus vidas; qué significa la crónica para cada una de ustedes? No sé quién quisiera empezar a hablar.

Leila: ¿Alma? (risas de ambas) Maestra, empiece usted.

Alma: No, maestra, por favor.

Leila: Como quieras, como quieras.

Alma: A ver, ¿qué es la crónica para mí? La crónica para mí es una manera de pensar, es una manera de sumergirme en la realidad como reportera, de obligarme a estar en la reportería porque muchas veces no es fácil estar en el mundo; los mundos que a mí me interesan, y es una manera de comunicarle a los lectores lo que vi, olí, escuché, sentí, percibí. Dejando muy claro que soy yo la que está percibiendo eso, que no hay ninguna realidad objetiva. La crónica es una oportunidad para que una lectora se sumerja en el mundo que yo estoy describiendo y que quede con muchas preguntas al respecto.

Leila: Yo podría poner la firma al pie de todo lo que dijo Alma. Me parece que para mí también escribir crónica es pensar escribiendo, yo a medida que escribo entiendo mejor la realidad, de una manera muy espuria. También es la excusa perfecta, de una forma muy elegante, para meterse en lugares en los que uno no podría meterse de otra manera. Creo que hay una pulsión de curiosidad. Me imagino que en Alma también, por la diversidad de temas que aborda –muy encontrados a veces entre sí–, de cosas muy hermosas y pacificadoras como la danza hasta la guerra, digamos. Y creo que esa pulsión de curiosidad es la que a uno lo mueve a sumergirse en esas realidades que a uno les resultan deslumbrantes o terribles, y que quiere compartir ese deslumbramiento o ese espeluznamiento, por decirlo de alguna manera, con un grupo más amplió de gente para producir empatía y otras veces incluso para producir una reacción de rechazo. El punto, para mí, es producir algo en el lector. Creo que era Roland Barthes el que decía que su texto tiene que probarme que me desea y esa prueba es la literatura. Bueno, yo trato eso, como en un texto, como de probarle. La prueba última de un texto es si deja una huella casi física en un lector y creo que uno trata que cada texto produzca eso, una especie de acontecimiento en el otro. No quiero cambiar el mundo con esto, soy muy pesimista al respecto, pero sí compartir eso con alguien, y primero entenderlo yo para compartir eso que entendí, con… ¿qué sé yo?, un par de tipos más, de tipas más, que mi papá y mis tías, digamos.

Alma: Y ya que mencionas el deseo, yo creo que también un objetivo de una crónica es producir el deseo, es una gran seducción. La crónica, es decir: vení ve lo que yo te voy a contar, e intentar que ese lector, esa lectora, quede absolutamente adherida al texto, adherido a uno, finalmente.

Leila: Yo creo que lo mejor que puede pasar, por lo menos a mí me pasa como lectora, y a lo que uno aspiraría que le sucediera a un lector o lectora que esté leyéndolo a uno como autor, es como haber visitado un mundo ¿no?, uno lee una crónica gigante como ¿qué sé yo? “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, de Foster Wallace, y se siente en ese crucero y ha vivido en ese mundo durante un tiempo determinado; uno lee Hiroshima, de Hersey, y se siente en Hiroshima y siente que a la señorita no sé cuantito, se le cayó la biblioteca en la pierna y le rompió la pierna en mil pedazos. Y vivir en esos lugares. Ojalá uno pudiera lograr eso: llevar al lector a vivir en ese mundo un rato, que extrañen ese lugar, que cierren la crónica y digan: uy, qué feo, se terminó.

A mí mis textos me cuestan más trabajo ahora porque tengo que tratar de decir algo que se quede en la cabeza de los lectores con mucho menos espacio. Fotografía / El Economista

Abelardo: Ustedes mencionan algo muy particular: incitar al deseo. Hay una cosa que uno nota mucho en los cronistas y creo que se está perdiendo, es ese manejo literario en la crónica, me parece que están haciendo crónicas muy fidedignas, muy veraces, muy apegadas a una realidad, pero les falta ese vuelo literario, ¿o qué visión tienen ustedes sobre la literatura en la crónica?

Alma: Ahora sí, Leila.

Leila: No, mira, no creo que sea así, me va a permitir como no estar del todo de acuerdo con esto. Me parece que, de hecho, por supuesto que hay muchos niveles de calidad muy diversa, pero sí me parece que hay una pulsión, por lo menos de este lado del mundo, en nuestra región, en América latina, de mucha gente que quiere escribir crónica, quiere entrenarse y quiere tratar de entender la diferencia entre escribir correctamente y escribir asquerosamente bien. De ahí a que lo logren hay una distancia y cosas relacionadas con el talento. Hay mucha gente que quiere escribir fantástico y no lee más que el diario, lo cual me resulta súper alarmante siempre, no entiendo eso, ¿cómo alguien que quiere ser director de cine no va al cine? Es raro, pero yo creo que el trabajo con el lenguaje, el trabajo musculoso con el lenguaje, el conocimiento de las técnicas narrativas, aunque sea de manera, digo, silvestre, intuitiva, está en la base de un cronista. Si no hay un gran manejo del lenguaje, no se produce un texto. Creo que alguna vez vos, Alma, dijiste, –o por lo menos yo siempre cito una frase y te la adjudico a vos, y si no es así te pido disculpas, que cuanto mejor se investiga en el periodismo peor se escribe, ¿no?, y yo creo que sí, ese es un síntoma, o sea, el periodismo de investigación, el reporteo de investigación que es otra cosa, no es la crónica exactamente, adolece un poco de eso. Y la crónica tiene sus otros problemas a la hora de la escritura.

Alma: Sí.

Leila: Y yo creo que sí, ese es un síntoma en el periodismo de investigación. El reportero de investigación, que es otra cosa, no es la crónica exactamente, adolece un poco de eso, y la crónica tiene sus otros problemas a la hora de la escritura, o sea, hay mucha gente que cree que la crónica es nada más que un texto bellamente escrito, sin ningún contenido, sin ningún reportero, lo cual es un problema fatal, porque hay textos que son muy engañosos, que están muy bien escritos y que en el fondo no tienen como mucho contenido, pero no sé, yo creo, como editora (incluso me toca editar a buenos cronistas), siempre hay que hacer un trabajo con los textos. No creo que sea precisamente un momento en el que se esté abandonando, quizás es un momento en el que hay mucha gente tratando de capacitarse y no llegando del todo a esa calidad de una generación de grandes cronistas, ¿qué sé yo?, pero eso lo dirá el tiempo. De hecho, creo que hace quince años o veinte años había como menos gente tratando de escribir crónicas. Los medios que hay para publicar crónica siempre son los mismos en los últimos veinte años, pero no sé.

Alma: Es cierto, porque hay menos oportunidad. Yo no estoy tan de acuerdo, Leila, yo sí pienso que la reducción de presupuestos y de número de palabras permitidas en un texto –claro que yo estoy hablando del medio privilegiado en donde yo escribía, o escribo de vez en cuando, y lo mismo ha de ser para los medios también más pequeños o con menos presupuesto–; si yo tengo doce mil palabras para explorar un tema, entonces yo puedo realmente dejarme respirar a mí misma en el texto, pero si tengo cuatro mil de buenas a primeras, entonces lo que yo tengo que transmitir como información adquiere mucho menos espacio. Para mí mucha menos realidad porque lo que le da realidad a mi texto es todo lo que viene alrededor del dato puntual y con la reducción de presupuesto y de espacio se ha vuelto más difícil. A mí mis textos me cuestan más trabajo ahora porque tengo que tratar de decir algo que se quede en la cabeza de los lectores con mucho menos espacio y me parece que eso dificulta la crónica y la orienta mucho más al hecho puntual, al texto lleno de hechos puntuales.

Leila: De acuerdo con eso. Yo estaba pensando más bien –me parece que sí ha sucedido, digamos que hay mucha gente que está trabajando de manera, te diría yo como independiente, en proyectos independientes como trabajar en un libro por su cuenta, trabajar una crónica por su cuenta–, estaba pensando en los medios de comunicación. Sí, sin duda, todo tiene que ser cada vez más corto y eso, sin duda, a mí me pasa como a vos, digamos, la exigencia de cada vez más corto. Estaba pensando en ese escenario más de los cronistas pobres que trabajan –no digo cronistas pobres, digo de los pobres cronistas– en condiciones cada vez más complicadas, económicas más complicadas, y ¿qué sé yo?, pero que deciden así y todo hacer un trabajo cuasi independiente y después arreglárselas para ver a dónde lo publican. Ahí es donde yo veo que hay como una ebullición y todo eso. Es verdad del todo lo que decís: cada vez nos piden que escribamos menos caracteres, cada vez menos palabras y eso, sin duda, afecta muchísimo la calidad del texto.

Abelardo: Aquí sí quisiera llamar la atención sobre algo que la maestra Leila decía y es que de hace veinte años para acá hay como una especie de auge de la crónica, ¿qué opinan ustedes de ese concepto de “nueva crónica” o de “cronistas de Indias”?, ¿qué piensan de esas etiquetas o de esos modelos que permiten creer que estamos como con unos nuevos cronistas de verdad, o simplemente es la continuidad de una tradición que se remonta a más de un siglo y mucho más atrás?

Alma: Bueno, yo creo que, por ejemplo, nuevos cronistas de Indias, pues un intento de darle más sexy al trabajo que hacemos y creo que ya tiene bastante sexy para mí. En todo caso, sería la nueva, nueva crónica, porque la nueva crónica es la de los años finales de los cincuenta, años sesenta que son Norman Mailer, escritores que a mí no me gustan para nada pero que son muy reconocidos como Gay Talese o incluso Truman Capote, a mí no me gusta para nada A sangre fría, pero efectivamente es la crónica de toda la vida. Hay una diferencia muy importante, sí, quiero decir, y es el momento de desenmascarar al gran escritor que fue Ryszard Kapuscinski, un maestro de la crónica, su crónica no era puntualmente verificable, escribía años o meses después de haber reporteado, y hay mucho de imaginación también o de metáfora; sus crónicas son muy metafóricas. Él traduce el horror en palabras que puedan comunicarles el horror de manera más eficaz a los lectores y por eso es un gran cronista. Lo mismo Norman Mailer. El New Yorker, principalmente, inauguró la tradición de la crónica absolutamente verificable. Y esa crónica absolutamente verificable es el paradigma con el que trabajamos ahora nosotres les cronistes. Cada frase tiene que corresponder a una realidad. Entonces pierde, si tú quieres, Abelardo, poesía esta nueva nueva crónica, porque no tiene tanto vuelo la imaginación, que si es preferible o no es preferible, no me importa ni me parece que sea relevante. Kapuscinski era un poeta de la realidad, yo trato de ser una retratista al óleo si tú quieres, pero una retratista de la realidad. Entonces en ese sentido sí hay una nueva nueva crónica.

Abelardo: Maestra Leila.

Leila: Bueno, no creo haber mencionado la palabra auge, no creo que en este momento haya un auge, me parece que es un poco lo que dijo Alma: no, que es como poner una etiqueta un poco sexy o el intento de transformar en una corriente narrativa distinta a una cosa que ya existía. Lo que sí siento es lo que decía antes, me parece que hay… al ponerle una etiqueta a algo, digamos, es algo identificable, algo sobre lo que se puede conversar, se puede discutir, se puede transformar en objeto de estudio, a mí todo eso me resulta interesante. Poner en duda la crónica, discutir estas cuestiones que planteó Alma recién, no, ¿hasta qué punto es verificable, hasta qué punto no?, ¿qué hacemos con eso, terminaremos defendiendo el derecho a poner un adjetivo o no? Bueno, me parece una discusión súper rica, y en ese sentido, yo aprecio la etiqueta porque permite identificar un objeto de discusión, digamos. A mí me gusta pensar acerca de lo que hago, de cómo lo hago, de por qué lo hago, de qué futuro tiene, de qué pasado tiene, de qué tradición, para todo eso me parece bárbaro. Para la cuestión comercial, digamos, me parece que es inútil porque la crónica como crónica hay muy poca, se la quiere vestir con seda cuando en realidad no es un género, ¿qué sé yo?, bestseleresco ni multiventa. Hay muy pocos libros de crónica que venden millones de millones. Millones no sé, ninguno, me parece. Entonces, sí siento lo que decía antes que hay mucha más gente ahora que se acerca a esto de la crónica más informado, sabiendo lo que es, con la intención de aprender a hacerlo y, claro, también al haber más gente haciéndola, por supuesto que se comenten más tropelías, así como hay mucha gente que lo hace muy bien, hay mucha gente, bueno, que piensa que es eso, que es periodismo con adornos, digamos, no. Pero a mí en tanto y en cuanto se transforme en una corriente casi que diría de estudio académico, a mí me llegan muchos estudios académicos, yo me siento profundamente interesada porque aprendo un montón acerca de lo que estoy haciendo, cosa que ni se me hubiera ocurrido pensar, entonces, ese trabajo, a veces el ojo de la academia puesto sobre esto que hacemos. A mí me resulta muy estimulante, y me parece que sí se está generando un corpus que entronca con la tradición que mencionó Alma del Nuevo Periodismo, de la nueva crónica, y esto sería la nueva, nueva, nueva, no sé, ya van dos o tres generaciones. Eh, eso.

Abelardo: Quisiera preguntarles algo que ustedes mencionaron y ahondar en eso, el factchecking o chequeo, algo que se hacía antes de manera aislada por medios como el New Yorker que lo hacía de manera muy rigurosa, se ha convertido y se ha extendido ya en muchos medios, y es interesante porque blinda a los textos de posibles demandas legales que hoy en día están tan de moda. En Colombia tenemos un término que se llama el acoso legal, o sea el acoso a través de estrados judiciales que se le hace al periodismo. Pero yo tengo una percepción y me gustaría que ustedes la refutaran o la complementaran si es el caso, es que el chequeo y el factchecking que tiene tan buenas intenciones, a veces le corta alas a los textos ¿o qué opinan ustedes sobre eso? Me gustaría escuchar sus impresiones sobre el factchecking y el chequeo en general de los textos por parte de gente especializada que lo hace muy juiciosamente, pero yo creo que a veces ocurren cosas. ¿Qué opinan ustedes? Maestra Alma, me gustaría.

Leila: Sí, creo que Alma tiene más experiencia desde el pulmón del New Yorker, porque en América Latina no está tan extendido todavía.

Alma: Primero que nada, no estoy de acuerdo con ese planteamiento, Abelardo. Yo no soy poeta ni soy novelista, yo soy una reportera y como tal yo tengo un acuerdo tácito con mis lectores, y ese acuerdo dice que lo que yo les estoy contando es verdad. Antes, cuando Allister Bin hacía sus maravillosas crónicas y se le ocurría poner una frase en boca de uno de sus entrevistados porque necesitaba un cierre para esa crónica que quedara bien, pues el acuerdo tácito era otro. Yo creo que los lectores también entendían que estaban leyendo una obra semiliteraria. Hoy en día eso ya no es posible, ya la televisión no lo permite, las cámaras no lo permiten y yo me muevo desde el Washington Post, no desde el New Yorker, sino desde el Washington Post, en un mundo ético en el que se me exige que lo que yo cuente sea verdad, verdad comprobable. Siempre le contaba yo a mis alumnos, mis talleristas, que en la primera nota que yo hice para el New Yorker me dijeron: ”Te vamos a poner una fact checker”, y yo me quedé bastante tranquila porque yo venía de la tradición del Washington Post como reportera de diario, pero me asombró un poco y para mí fue muy enriquecedor. Yo hablaba del barrio Teusaquillo en esa primera nota, aquí en Bogotá. Y yo decía que era un barrio de los años treinta, bueno, me exigieron ir hasta la librería Oma, comprar una historia de Bogotá y comprobar que no era cierto, que el barrio era de los años veinte, bueno, pues qué chévere, qué chévere primero saber que era de los años veinte y luego podérselo decir a los lectores y saber que se les estaba contando lo cierto. Yo no pretendo hacer poesía. Tú dices, pues, se le está quitando poesía, pues sí, ni hablar, pero mi objetivo es otro, mi objetivo es contar la realidad de lo que veo.

“Lo primero que tiene que tener un periodista es amor al dato”. Fotografía / Universidad de Colima

Abel: Maestra Leila.

Leila: Sí, bueno. Yo tenía un editor que era genial, Homero Alsina Thevenet, un gran editor uruguayo, que era editor del suplemento cultural y él siempre hablaba de una cosa que era el amor al dato, amor al dato, o sea, decía: “Lo primero que tiene que tener un periodista es amor al dato”. Yo en los talleres siempre hago como mucho hincapié en eso, que sin un buen reporteo no hay texto posible, que si uno no es dueño de la información, no hay manera de escribir un texto en el cual los recursos narrativos tengan fluidez, porque ¿cómo va a hacer uno?, no sé, ¿qué sé yo?, ¿cómo va a describir uno el ánimo de una persona si no ha reporteado a esa persona hasta el último, el último, el último rincón de su psiquis, si no le ha preguntado cómo se sintió?, no me basta con una pregunta de cómo se sintió usted cuándo mataron a su hijo, yo le tengo que preguntar a esa persona hasta que duela, o sea, pobre persona, pero una vez que me aceptó no tengo que hacer ninguna inferencia, no puedo decir abrió la puerta y los ojos se le llenaron de lágrimas cuando yo no le pregunté si los ojos estaban llenos de lágrimas. Si a mí me agarrara un editor del New Yorker me demolería porque en tres minutos debe haber muchas cosas que con la inyección del líquido de contraste de un fact checker bestial como en el New Yorker, quizá debería aumentar ese grado de, no digo de verosimilitud, que es una cosa distinta y que también hay que lograr en la no ficción, pero de veracidad, ¿no?, de no estar infiriendo en la gente. Yo creo, como Alma, yo sí creo en los recursos poéticos y Alma también escribe como los dioses, no se trata de defender, de decir: tengo que hacer una comparación, una elipsis, una metáfora; escribir este texto con un ritmo voraz para que se note la rapidez de la acción. Todos esos son recursos narrativos que forman parte de la información. Entonces, en ese sentido, yo creo que uno sí puede hacer volar la prosa y, digamos, hacer que contenido y forma no se puedan divorciar, porque estoy completamente de acuerdo con Alma de que uno no debe decir que si a uno le conviene que a un entrevistado le falte un diente o tenga un ojo tuerto, porque le viene mejor al dramatismo de la historia. No puede hacer eso, no puede condensar personajes; no puede inventar personajes, eso está bien en la ficción, yo no tengo nada si le ponen al texto que es un cuentito o una novela, yo soy muy primal en eso. A mí esta cosa de hibridemos los géneros me pone muy nerviosa. Yo quiero saber si lo que me están contando es cierto o no.

Abelardo: En ese sentido, entonces periodistas como Gabriel García Márquez en su crónica de “Caracas sin agua”, como apunta en todo eso del tipo que salió a buscar un enlatado de un cítrico, de una bebida para poderse afeitar, ¿eso lo rechazarían como editoras hoy, como lectoras de crónica hoy?

Leila: No, yo si me enterara que es un invento me sentiría… digo: si sé que es un invento, y si lo hubiera leído como verdad, me hubiera sentido un poquito engañada, confieso.

Alma: Yo creo que García Márquez inventa hasta sus memorias, que me las acabo de leer, maravillosas, y lo digo con fundamento; lo digo porque cuando yo estaba escribiendo unas memorias chiquitas que se llaman La Habana en un espejo, de seis meses que yo pasé en Cuba, de repente le dije: ¿sabe lo que pasa?, que de repente me pierdo porque no sé si estoy inventando o no, y me dijo: ahí vas a empezar a escribir bien. Lo dejó así. Pero yo creo que todos sabemos, Monsiváis le gustaba mucho citar un bolero que decía “Miénteme más que tu maldad me hace feliz” y yo creo que con García Márquez es miénteme más, miénteme más, miénteme todo lo que tú quieras, lo que yo quiero es leerte, y estamos conscientes de que estamos leyendo a García Márquez.

Leila: Sí, yo coincido, igual pasa cuando uno lee a Kapuscinski, ¿no?, que es genial, y uno dice, a ver ¿cuánto de todo esto se lo inventó?, ¿qué sé yo?, pero ya como que uno sabe. (Risas).

Alma: Sí, exacto. Hizo un intento de ser absolutamente puntual que es Noticia de un secuestro, porque como acababa de fundar la fundación y estaba rodeado de reporteros y le fascinaba estar con reporteros, y como siempre fue competitivo también, tremendamente, entonces dijo: “Yo voy a hacer esto mejor que nadie”, y fue y reporteó rigurosamente Noticia de un secuestro, y claro que no es su mejor libro, obviamente, no era ese su métie, no era eso lo que le tocaba hacer en el mundo, era lo otro.

Leila: A mí lo que me pasa es que en el momento del reporteo me parece tan rico y me da tanta curiosidad, que yo siempre pienso y digo: si tengo que inventar algo es porque no me quedé el tiempo suficiente, o sea, debí haberme quedado una semana más, un mes más, dos días más, hacer más entrevistas. La realidad es una loca… o sea, es sumamente estimulante, a mí me resulta, yo no tengo imaginación, entonces digo: no tengo imaginación para el recurso narrativo y eso, pero no sé qué hacer. Una vez yo escribí, hace muchos años, un libro que se llama Los suicidas del fin del mundo, que es un libro que cuenta la historia de doce personas que se suicidaron en un pueblo del sur, en Las Heras, de la Patagonia argentina, ¿qué sé yo?, eran todos súper conocidos en el pueblo, cada uno un personaje distinto: el mejor jinete, el borracho del pueblo, esas cosas que pasan en los pueblos chiquitos. El pueblo tenía veinticuatro por ciento de su ocupación, lo único que había era burdeles, no había lugares… había tantos burdeles, había más burdeles que iglesias. Era un pueblo que dependía del petróleo, estigmatizado por todo el sistema de privatizaciones que se había ejercido en la Argentina en los años noventa. Le conté esta historia a un escritor de novelas, y me dijo: “Ay, pero está buenísimo para que lo ficcionalices y lo transformes en una novela”. Y yo lo miré y se me cruzaron los ojos porque es decir: esto es como Macondo pero en la Patagonia, no hace falta nada, está todo. En ese sentido digo que no tengo imaginación; no tengo ninguna necesidad de agregarle a eso langostas que se vengan de Marte, ¿qué sé yo?, ¿para qué?, ya está.

Alma: La realidad es maravillosa.

Abelardo: De ese libro me nace una inquietud a partir de algo que tú comentas que es el uso de la grabadora. La gente cree que los cronistas toman apuntes pero no usan grabadora porque hay cierta corriente del periodismo la cual asegura que el uso de la grabadora limita al entrevistado. ¿Ustedes qué tal están con el uso de la grabadora? Yo sé que Leila la usa siempre, y la maestra Alma creo que también la usa, o ¿qué opinan del uso de la grabadora en las entrevistas, o libreta, o grabadora, o grabadora y libreta?, ¿cómo es esa técnica de reporteo?

Alma: Durante muchos años yo tenía una capacidad de escuchar –yo fui traductora simultánea–, entonces tenía una capacidad de escuchar y grabar y mis notas eran tan buenas que otros colegas venían y comparaban lo que ellos habían apuntado con lo que yo tenía, porque yo, además, escribía muy muy rápido. Últimamente ya no, entonces tengo un pleito entre mi incapacidad absoluta tecnológica y mi necesidad de grabar. Y no solo de grabar, sino que una cosa que sí me gusta mucho hacer es tomar fotos, porque me doy cuenta de que yo hago una trasposición de colores con alguna frecuencia, entonces tomo la foto y esa foto es mi fact checking y es la manera más sencilla del mundo de hacer clic y ahí ya yo sé que no estoy trastocando el lugar de la silla; además me gusta tomar fotos, esa es mi situación actual, no sé tú.

Leila: No, yo siempre grabé, siempre, o sea, sí tengo mucha capacidad, a veces me ha pasado que no he podido grabar alguna situación simplemente porque el entrevistado se ha puesto a hablar y yo sentí que sacar la grabadora de mi cartera era un poco anticlimático y con un acuerdo de que eso ya formaba parte de la entrevista y me comenzó a contar una situación muy íntima del parto de su mujer. Bueno, siempre es en esas circunstancias –como circunstancia profunda–, de pronto uno inesperadamente está ahí en el medio de la conversación y sacar la grabadora uno siente que puede cortar el flujo. Sí tengo esa capacidad de retención siempre muy tensa, porque como no la uso mucho tengo miedo a no acordarme y siempre entro en una situación como apretando dientes cuando me pasa eso y de inmediato no tomo notas, vuelvo a mi casa y sin que nadie me hable escribo la conversación, no sé, me subo a un taxi y digo: no me hable, apague la radio, lléveme a mi casa, pero generalmente yo grabo todo. Trabajo también con fotos, porque me pasa lo mismo que a vos, porque además como demoramos, debe pasar mucho tiempo desde que empezamos el reporteo hasta que escribimos. Es muy fácil que la pared que era amarilla en agosto, cuando escribís en noviembre se transforme en naranja. También saco fotos para registro, mi computadora estalla de fotos todas pésimas, digamos, saco fotos de cada estante de los libros de la biblioteca de una persona, siempre con el permiso de la persona, y también tomo nota, nunca delante de la persona a la que estoy entrevistando porque me da impresión de que la persona pueda pensar que estoy anotando cosas desagradables acerca de ella. (Risas).

Alma: A veces sí. (Risas).

Leila: Pero eso me lo dejo en la cabeza. Y a mí me sirve mucho, ¿sabes qué?, volver a escuchar, yo desgrabo mis propias entrevistas, no se las doy a nadie. Y a veces tengo cuarenta horas, no de entrevistas con una persona; con esa persona, con los amigos, con los enemigos y qué sé yo, o veinte, pongamos, y me toma mucho rato, pero a mí me sirve mucho volver a escuchar la voz de la persona antes. O sea, no sé, evoco la risa, la risa me trae el gesto, además de que de todas esas cosas ya he tomado nota, pero no importa, como que me refresca, me trae, me conecta con la escena.

Abelardo: Aquí quisiera puntualizar algo que a uno como periodista le encanta averiguar de otros periodistas que es el plan de escritura. Ya tengo toda la reportería en la cabeza, he escuchado, he visto, he sentido –como decía Kapuscinski con todos los sentidos–, ¿cómo planean ustedes, van haciendo mentalmente un plan de escritura o rayan, o llenan paredes con gráficos?, ¿cuál es esa mecánica en particular con la cual ustedes trabajan?

Leila: ¿Quién va primero?

Alma: Leila.

Leila: Yo la verdad es que siento, soy muy, muy… nunca me siento a escribir si no tengo el arranque del texto, a mí el arranque me parece fundamental, o sea, del arranque depende todo: la estructura, el tono, el clima, la atmosfera; sobre todo la estructura del texto, entonces nunca me siento a escribir sin eso. No me hago ningún guion, pero me cuesta mucho llegar a una primera versión que simplemente pienso que es una especie de mal necesario. Escribo para averiguar qué es lo que quiero escribir en esa primera versión, y a partir de esa primera versión, ahí es cuando empieza el trabajo de pulido, de escritura, me toma mucho tiempo, mucho tiempo, yo no sé, puedo estar diez o quince días solo escribiendo un texto y puedo hacer muchas versiones, no sé, quince, diez, veinte, depende de la exigencia del texto. Pero para mí es más que ir llenando la página, es ir vaciando la página de toda la hojarasca que metí allí. Es un sistema un poco caótico que no creo que le sirva a nadie, la verdad. Sí como que es un resumen, y después resumo ese resumen, es medio raro, pero bueno, no sé, a mí me funciona.

Alma: Sería interesante ver si hay una diferencia entre cómo nos organizamos las mujeres cronistas y los hombres cronistas, me da la impresión de que los hombres hacen diagramas y ponen papelitos en la pared y dicen de aquí, aquí, acá. Me da la impresión. Yo camino y nunca me voy sin tener no solo el principio sino el final. Nunca me voy del lugar donde estoy reporteando. Camino, camino, camino hasta que se me ocurre el inicio, que luego puede cambiar, y ese inicio yo voy corriendo al hotel o donde esté y lo apunto porque ahí ya arranqué y luego sigo reporteando y camino, camino, camino y un día fu, se me aparece el final. Y cuando yo tengo el principio y el final –como nunca tengo idea de la estructura–, por lo menos ya sé dónde empiezo a caminar y dónde termina el paseo. Y con eso ya. Y la otra cosa que yo hago es que yo no reviso mis citas hasta que no termino de escribir, y ahí agarro mi cuaderno y la grabadora y verifico. Pero me resulta muy importante escribir a partir de la memoria. Sino escribo a partir de la memoria resulta esa inhibición del dato puntual, es más importante lo que se me quedó a mí en el recuerdo y luego verifico.

Abelardo: Aquí ustedes mencionan algo que es tal vez uno de los sambenitos de quienes escribimos y es cómo empezar. A la maestra Leila le leí alguna vez, o la escuché, no recuerdo si fue en un encuentro de ElMalpensante, usted decía que cuando está muy de buenas tiene una opción de entrada, que cuando está de buenas tiene dos, pero cuando está fatal tiene muchas opciones de entrada en la cabeza, ¿ustedes cómo piensan esa entrada? Ya la maestra Alma nos adelantó algo de cómo la piensan. Para ustedes ese punto, que para mí es fatal: yo tengo la entrada y ya tengo todo el resto del texto, pero yo sin entrada no soy nada, estoy en el síndrome de la hoja en blanco, ¿ustedes cómo actúan ante la entrada?, ¿cuál es el cogito, cómo es que piensan la entrada?

Alma: Leila.

Leila: Sí, bueno, yo es que siempre la entrada la pienso cuando termino el reporteo, yo ahí desgrabo y todo esto, y soy muy, este, yo necesito imprimir todo el material y tener todo el material del reporteo como en mi escritorio ordenado, numerado, etc… leo todo ese material que tiene que ver con las entrevistas, el archivo y todo eso, y otra cantidad de material que no sé, libros, videos, fotos, planos, mapas. Reviso todo eso hasta que siento que todo está metido dentro de mi cabeza, eso me puede llevar unos días, porque en general estoy hablando de esos textos largos, por supuesto, que uno trabaja con cosas de no tan largo aliento. Entonces qué digo, siento que tengo todo ese material, tengo toda la historia de ese material metida dentro mío, empiezo a pensar en una pregunta que es ¿cómo empieza?, de manera obsesiva: ¿cómo empieza, cómo empieza, cómo empieza? Y de pronto paso, a veces eso viene en una hora, y a veces paso dos días sin entender cómo empieza y ese es un momento de escritura que consiste en no escribir en absoluto, en estar a dentro de tu cabeza, y quizá Alma dice que camina, bueno, yo salgo a correr, salgo a caminar por el barrio, convoco eso, así de una manera, no voy a decir supersticiosa, pero sí me pongo en estado de escritura, convoco eso y en un momento, hay un momento un poco íntimo que a mí me sirve mucho y es el momento cuando despierto en la mañana, en ese momento de entre sueño, en un limbo entre que suena el despertador, uno se despierta y está por salir de la cama, ahí pongo mi cabeza a trabajar y me hago esa misma pregunta: ¿cómo empieza, cómo empieza?, y ahí a veces me han aparecido cosas bien interesantes. Es más bien esa labor, yo siento que hay algo en la cabeza, un engranaje que se pone en movimiento y se pone a trabajar para mí, y se pone a trabajar para la crónica, y como vos decías: cuando tengo tres o cuatro no me gusta porque siento que hay algo que no funciona bien, me parece que siempre hay uno que es el correcto. Tener cuatro es un problema, hay algo que no funciona; o sea, si esto puede empezar de cuatro maneras distintas es que me perdí yo.

Alma: Es que no sabes a dónde vas. Y yo creo que ese estado de receptividad en el que una se pone es importantísimo porque no lo puedes estar buscando así propositivamente, sino que hay que ponerse, no en meditación, diría yo, pero simplemente receptividad a ver qué llega, y cuando llega, a mí me llega solo, y después puede que el camino me lleve hacia otro final y entonces haya que cambiar el principio, pero es importante empezar, claro.

Leila: Claro, es como tu madero en la tormenta, ¿no?, me aferro a ella.

Abelardo: Antes de pasar a las preguntas –hay mucho público, por cierto, viendo esta transmisión, imagino que mucha gente quiere tener al menos una pregunta, un espacio para una pregunta–, antes de eso, quisiera hacerles una última pregunta, y una respuesta un tanto breve para que la gente pueda hacer las preguntas finales. Es esta: si ustedes son referentes del periodismo, ustedes ya son una marca en el periodismo, por decirlo de una manera muy bonita, son un ejemplo también, ¿han pensado alguna vez en tener un medio digital, o un medio de ustedes, o lo han tenido y no lo quisieran volver a tener?, ¿qué han pensado sobre eso?

Alma: No, la respuesta es muy breve: no. Yo soy escritora, no soy administradora, no tengo negocios, no tengo capacidad de gerenciar, no me gusta dar órdenes, no.

Leila: Sí, coincido con Alma, sobre todo en la parte esta de no me gusta dar órdenes, a mí me parecería uff, no quiero que nadie dependa de mí, no quiero que nadie venga, tener que decirle a alguien, no, o sea, no, mi respuesta corta es esa: no. (Risas).

Las dos más representativas cronistas sostuvieron una charla de contrapuntos y con mucho buen humor.

Abelardo: Vamos a ver qué preguntas tiene el público y le pido a Santiago Ramírez (que nos está ayudando, es el hombre tras escena que nos está colaborando acá hoy) a ver qué preguntas hay. Acá hay una de Jhonwi Hurtado: “Bastenier decía que el periodismo se puede aprender, pero no está claro que se pueda enseñar ¿se puede enseñar a escribir crónicas?”.

Alma: Yo tenía la impresión de que Bastenier decía al revés, yo creo que no se le puede enseñar a nadie a escribir, es imposible; se le puede enseñar a mejorar su escritura, se le puede indicar caminos por dónde ir, caminos que no esté viendo. Hay gente que no tiene talento, punto. Y no tiene por qué elegir esa opción de vida, digamos. No tiene nada de malo, simplemente no es por ahí. Y yo la única manera que conozco de aprender a escribir es leyendo, no tengo otra. Sino has sido lectora compulsiva desde la adolescencia, no sé cómo asimilas el material suficiente de ritmos, vocabulario, imaginación, opciones, casi que no sé ni siquiera por qué te interesaría escribir. Una escritora es lectora.

Abel: Maestra Leila.

Leila: Sí, coincido completamente. Un poco lo que decíamos al principio, es como querer ser director de cine y que no te guste el cine, o querer ser chef y que no te guste la comida; sin embargo, es muy curioso pero entre los periodistas hay mucha gente que no lee, o que lee el diario o que supone que va a ser un gran cronista leyendo ¿qué sé yo?, la revista Caras. Es curioso eso. A mí me parece que lo primero es leer y después querer escribir. Yo creo que sí hay gente que definitivamente no tiene talento y yo me imagino que debe ser un sufrimiento muy grande el querer escribir y no tener talento, es como si uno quisiera bailar y no tuviera la gracia, ni la técnica, ni la elongación, o como si uno quisiera, ¿qué sé yo?, hacer lo que sea y tuviera la pulsión. Qué frustración enorme que debe ser realmente, pero lamentablemente en ese caso se puede trabajar, se puede hacer algo correcto, pero nunca va a llegar a tener un vuelo enorme. En cuanto a la gente que sí tiene el talento, yo creo que es más tratar de decir por dónde no es el camino que por dónde es el camino, quizá porque yo soy como Alma, no me gusta dar órdenes, entonces tampoco me gusta decirle a nadie por dónde es, pero sí hay algo que creo que uno puede hacer en un taller de escritura de no ficción, que es lo único que yo puedo escribir, que es cómo emancipar al otro, emanciparlo que se haga dueño de su propia escritura, de su propia voz, y a mí eso sí me parece que se puede, eso para mí es enseñar a escribir, emancipar gente.

Alma: De acuerdo.

Abelardo: No sé, Santiago, si tenemos alguna otra pregunta. Margarita Arteaga: “Alma dijo alguna vez que escribía sobre América Latina porque era lo que mejor conocía, ¿ese compromiso persiste? Y para Leila, ¿cómo se logra la versatilidad para escribir un día sobre la casa de un pianista y al otro sobre un grupo forense que les ayuda a aliviar el dolor a las familias víctimas de desaparecidos?”. Maestras, ahí tienen sus preguntas.

Alma: Mi respuesta es muy breve, yo digo que escribo sobre América Latina porque es lo único que me pertenece. Yo siento siempre un problema ético frente a la reportería: uno invade un mundo y de pronto habla de cosas que uno no conoce y no entiende, y lo que me pertenece es mi mundo, mi mundo es de América Latina, entonces ahí yo entro con mucha menos duda de que puede estar violando la realidad de los demás.

Leila: En cuanto a la pregunta que hacía Margarita en relación a los pianistas y los forenses, creo que la respuesta es una palabra que mencioné al principio, que es la palabra curiosidad. A mí me producen curiosidad muchas cosas, muy disimiles, muy diversas y por eso siempre me cuesta mucho responder cuando me preguntan dónde busco los temas, o qué temas me llaman la atención, no sé, me siento un poco inventando una respuesta porque todo potencialmente me interesa. Nunca he hecho periodismo, no sé, con temas políticos específicamente, pero siento que podría interesarme mucho hacer un perfil de un político de altísimo perfil, un economista o un supermega millonario. Entonces, este, no sé, curiosidad, curiosidad. Un mundo me atrae, entonces voy hacia él, magnetizada, no me importa nada más en el mundo que eso durante el tiempo que esté con ese tema.

Abelardo: No sé, Santiago, si tenemos tiempo para una última pregunta: Robert Velasco: “Si la realidad es la fuente irrefutable de cualquier género, en especial la crónica, ¿cómo afinar esa capacidad de decidir qué es lo más adecuado para escribir?”

Leila: Ajá.

Alma: Leila, te lo dejo a ti.

Leila: (Risas). Sos muy mala. No estoy segura, tendrían que poner la pregunta ahí de nuevo, no estoy segura de haber entendido.

Abelardo: Santiago, por favor, la pregunta de nuevo.

Leila: Dudo de la primera afirmación: “Si la realidad es la fuente irrefutable de cualquier género”. Ya tengo problemas grandes con eso. No sé si la realidad es la fuente irrefutable de la poesía, o de la literatura de ciencia ficción, no sé, obviamente uno escribe acerca de lo que conoce que es el mundo, no escribe sobre Saturno, ni sobre realidades paralelas, algo que esté como psicótico, entonces me perdí un poco en ese razonamiento. Santiago, pon a ver la pregunta de vuelta, porque… “¿Cómo afinar esa capacidad de decidir qué es lo más adecuado para escribir?”. No entiendo mucho a qué se refiere con eso de qué es lo más adecuado para escribir, me imagino que se refiere a eso, a cómo escoger un tema, supongo. Si es así…

Alma: O quizá, Roberto, lo que estás preguntando es cómo sabes cuál es tu talento, eh, y yo creo que la única manera es haciendo. Si tú escribes dos cuentos cortos y nadie te dice más que tu mamá gauu, debes de seguir escribiendo, ese es un indicio, y si mandas un reportaje tuyo a un periódico y te lo publican o te dicen esto le falta, pero nos gustaría ver otro texto tuyo, pues eso también es un indicio. Los demás te lo van a decir. Mi editor de muchísimos años de mis libros y luego cuando fue editor de New Yorker, Robert Gottlieb, siempre me dice cuando yo estoy llena de dudas, y yo digo esto no sirve, siempre me dice: “tú eres la mecanógrafa, yo soy el lector”, y me parece un consejo buenísimo para evitar la autocensura que de repente nos paraliza. Yo escribo para que me lean, entonces tratar de leerme yo a mí misma es muy complicado, entonces escribo y según la reacción te sugiero, tú, Roberto, escribe y muestra lo que escribes en muchos ámbitos y según la reacción de los demás, eso te va a orientar.

Abelardo: Maestras, creo que el tiempo ya se nos acabó. Les agradecemos muchísimo estar con nosotros en la Feria del libro de Pereira. Esperamos, de verdad, y esto lo digo yo de convicción, tenerlas en Pereira a ambas algún día, sería majestuoso ser anfitrión de ustedes acá, pasearlas por la ciudad y que las escuche la gente de esta región donde tienen muy buena fanaticada. Les agradecemos inmensamente sus palabras y no sé, gracias por todo y hasta un próximo encuentro. Muchas gracias, maestras. Maestra Alma, Maestra Leila, si quieren decir algo para despedirse

Alma: En realidad gracias a ti por hacer unas preguntas tan puntuales y tan interesantes; gracias al público, a todos los que hayan estado, muchísimas gracias; gracias a los organizadores de la feria, a Giovanny. Ha sido un placer, y ojalá, efectivamente, podamos un día ir a Pereira, ciudad que conozco, es lindísima y, pues, con mucho gusto.

Leila: Gracias, Abelardo, siempre fuiste como muy específico, eso siempre es agradable. Un placer volver a hablar con Alma, volver a verla después de tanto tiempo, es una pena que nos veamos poquito.

Alma: No poder ir a Buenos Aires.

Leila: Qué bueno, además, pero bueno, podríamos encontrarnos en cualquier otro lugar, ojalá eso pase pronto, Alma. Un placer siempre. Estar con Alma es escuchar una persona que no sé, es delicada, talentosa, inteligente, articulada, etc, etc… y uno siempre se siente un poco así como nadando en el barro propio cuando la escucha a ella, así que nada, un placer. Gracias, Abelardo, Giovanni, los organizadores y a toda la gente que ha estado ahí escuchándonos, así que bueno. Y ojalá, yo no conozco Pereira, me han invitado muchas veces, casi nunca he podido ir porque coincide con otros compromisos, ahora pude estar, pero espero poder estar alguna vez en modo carne y hueso. Así que eso, muchas gracias.