El dinero como sistema metafórico no siempre tumba las barreras impuestas por una larga historia de degradaciones. La fuerza del mercado no regula esta discriminación

El dinero debería, en teoría, tener el mismo poder de cambio en posesión de cualquier persona. Foto / Archivo

Por: Giussepe Ramírez

Según Piglia, el dinero es una máquina metafórica. Esta sentencia condensa el bello pasaje, la más lúcida descripción que sobre el dinero se haya hecho, de El Zahir de Borges: “…el dinero es tiempo futuro. Puede ser una tarde en las afueras, puede ser música de Brahms, puede ser mapas, puede ser ajedrez, puede ser café, puede ser las palabras de Epicteto, que enseñan el desprecio del oro; es un Proteo más versátil que el de la isla de Pharos”. Del mismo modo, el dinero puede considerarse el mecanismo homogeneizador del intercambio de mercancías. Es posible comprenderlo desde estos dos extremos.

El dinero debería, en teoría, tener el mismo poder de cambio en posesión de cualquier persona. Sin embargo, en sociedades clasistas y racistas, no se cumple este axioma. Las metáforas no suenan igual en todas las bocas. En algunas, de labios más gruesos, vienen cargadas de un tufillo de sospecha e impostura. En el pasaje de El Zahir no hay ninguna referencia popular; no dice: “puede ser una tarde en la pampa, puede ser un plato de garbanzos, puede ser una litera cochambrosa donde pasar la noche, puede ser música criolla”. La metáfora, cuanto más pomposa, solo es legítima si sale de la boca de un poeta con traje de tres piezas y sombrero. Si una mano andrajosa o muy rústica extiende la más alta denominación de la moneda de una economía, lo primero que hace el dependiente de la tienda es devolverle una mirada aprehensiva.

El botón de la máquina metafórica está al alcance de una colectividad específica. El dinero como sistema metafórico no siempre tumba las barreras impuestas por una larga historia de degradaciones. La fuerza del mercado no regula esta discriminación. En el mejor de los casos, la máquina, según la oscuridad racial de los orígenes o el caché del título nobiliario, funciona en determinados contextos, delimitando los consumos.

Ejemplos en la calle encontramos a diario, donde, aun si tienes el dinero, te pueden prohibir la entrada a cierto tipo de lugares. Hace poco fue viral el caso del cantante callejero a quien impidieron el ingreso a un restaurante tras ser invitado por una clienta. Por otra parte, a una periodista le pareció curiosísimo que un hombre de determinadas convicciones políticas usara una exclusiva marca de zapatos, y, consecuentemente, pidió explicaciones. El dinero de determinadas personas no vale o ciertos consumos son sospechosos; en muchos casos, la autoridad que este confiere depende del vestuario, de la textura del pelo y el tono de la piel, de la sonoridad del apellido. Pero veamos dos ejemplos, uno de la literatura y otro de la televisión.

El clasismo y la imposibilidad de movilidad social atraviesan muchos de los cuentos de Ribeyro. Los merengues puede considerarse la historia donde más se hace latente el desprecio por las clases sociales más bajas, la invalidez del dinero según el prejuicio. Perico era un niño obsesionado con los merengues “—blancos, puros, vaporosos” que exhibían en la pastelería del barrio. Miraba la vitrina todos los días hasta que tuvo el coraje de robarle veinte soles a su madre para saciar su deseo, para probar por primera vez los copos de nieve que ensuciaban los corbatines de otros chicos. “Ahora no sentía vergüenza alguna y el dinero que empuñaba lo revestía de cierta autoridad y le daba derecho a codearse con los hombres de tirantes”. El dinero debería abrirle las puertas del mercado de merengues a Perico. Esto no sucede:

«—¡Veinte soles de merengues!

El dependiente lo observó esta vez con cierta perplejidad pero continuó despachando a los otros parroquianos.

—¿No ha oído? — Insistió Perico excitándose— ¡Quiero veinte soles de merengues!

El empleado se acercó esta vez y lo tiró de la oreja.

—¿Estás bromeando, palomilla?»

 

La escena final describe el resentimiento generado por este tipo de actitudes, el odio que se incuba cuando el mismo billete tiene un valor nulo en ciertas manos. Fotografía / Depositphotos

El cuento concentra su tensión en la pugna del niño por hacer valer la plata, aun cuando es robada. El lector lo sabe pero el pastelero no. Al final lo expulsan de la pastelería y Perico nunca prueba los merengues. La escena final describe el resentimiento generado por este tipo de actitudes, el odio que se incuba cuando el mismo billete tiene un valor nulo en ciertas manos: “Le pareció en ese momento difícil restituir el dinero sin ser descubierto y maquinalmente fue arrojando las monedas una a una, haciéndolas tintinear sobre las piedras. Al hacerlo, iba pensando que esas monedas nada valían en sus manos, y en ese día cercano en que, grande ya y terrible, cortaría la cabeza de todos esos hombres, de todos los mucamos de las pastelerías y hasta de los pelícanos que graznaban indiferentes a su alrededor”.

El sello de Atlanta, la comedia dramática de FX, es la tensión racial de cada capítulo, la incomodidad que suscita ante situaciones discriminatorias normalizadas. La noción del dinero respecto a la raza no escapó a ser retratada en el tercer capítulo (Money bag shawty) de la segunda temporada. Earn (Donald Glover) recibe el pago por la venta de un perro, y una de las cosas que decide hacer con el dinero es invitar a salir a Van (Zazie Beetz), la madre de su hija. El error de Earn es ser negro y salir con un billete de cien dólares. Primero intentan en una sala de cine.

«—Quiero dos entradas para Rápidos y furiosos.

—¿Normal o Vip? —pregunta la mujer de la taquilla.

—¿Qué se recibe con Vip? —pregunta Van.

—No importa, dos Vip’s —dice Earn con suficiencia, con la pose del negro que debe demostrar que es más que lo que la sociedad esperaría de él, y extiende el billete».

La mujer de los tiquetes estudia el billete y el rostro de Earn. Después advierte con total tranquilidad que no puede recibir un billete de semejante denominación, es imposible. A continuación, otro hombre, blanco y de más de cuarenta años, intenta pagar con un billete igual. La imposibilidad de la que antes habló la empleada se desvanece ante el color de piel del nuevo cliente.

La travesía continúa en una discoteca, donde se presenta otra situación embarazosa, pues el dueño acusa a Earn de que el billete es falso cuando claramente no es así, incluso un policía negro lo admite con pena. La discriminación acorrala a Earn y a la madre de su hija hasta un lugar de striptease. Aquí no hay inconvenientes, es el lugar donde “saben tratar a un negro con dinero”. La pregunta central del capítulo es ¿Por qué un negro no puede usar un billete de curso legal en Estados Unidos? Es la clara muestra de una delimitación del consumo, de un deber ser económico que restringe la supuesta libertad del mercado, donde según la teoría los agentes adquieren bienes según sus preferencias y su restricción presupuestaria: lo que quiera y pueda pagar.

El dinero en sí mismo, como idea y concepto, se ajusta a la descripción de Borges o de Piglia. Un Proteo versátil, el quinto elemento del universo, el sistema de equivalencias que nos congrega a cualquier mesa. Yuval Noah nos lo presenta como el invento reconciliador de la humanidad: “El dinero es el apogeo de la tolerancia humana. El dinero es más liberal que el lenguaje, las leyes, los códigos culturales o las creencias religiosas […] Gracias al dinero, incluso personas que no se conocen y no confían unas en otras pueden cooperar de manera efectiva”. Lo anterior también se interpreta como el eufemismo de su omnipotencia corruptora de almas. Tal confianza no existe siempre. Los ejemplos de Los merengues y de Atlanta, o los actos vistos a diario en restaurantes o almacenes de cadena sugieren otra conclusión. Las transacciones no están exentas de actos discriminatorios y restringen el consumo de ciertos grupos de personas a una serie de prejuicios, a un arcoíris binario que se pretende imponer desde afuera del mismo agente económico. La búsqueda del propio beneficio es superada por el escrúpulo racial. La calesita de accesos y posibilidades que se activa con el dinero gira según la melanina, el pasaporte o la nobleza del apellido.

@Animalmoribundo