Carlos Antonio Aguirre Rojas enuncia que han sido tres las instituciones “o espacios centrales” donde la cultura contemporánea está siempre puesta en evidencia: la familia, la escuela y los medios de comunicación. Mayo del 68, no obstante, colapsó las antiguas visiones que los representaban.

La periodización del tiempo, la explicación que los hombres han acuñado para entender mejor su historia, ha sido una necesidad que ya se puede rastrear en los primeros historiadores. Fotografía / HBA Noticias.

Por Kevin Marín Pimienta

Benedetto Croce sostuvo que la única y verdadera historia era la historia contemporánea porque “por lejano que parezcan cronológicamente los hechos que la constituyen, la historia está siempre referida en realidad a la necesidad y a la situación presente, donde repercuten las vibraciones de esos hechos”[1]

 

Introducción y generalidades 

El historiador francés y especialista en la historia de la Edad Media Jacques Le Goff escribió en 1977 lo siguiente:

¿Cuál es la cuota de innovación que admiten las sociedades en su vínculo con el pasado? Sólo algunas sectas logran aislarse para resistir de modo integral el cambio. Las denominadas sociedades tradicionales, sobre todo campesinas, no son tan estáticas como se cree. Pero si también el vínculo con el pasado puede aceptar novedades, transformaciones, la mayoría de las veces percibe en la evolución un sentido de decadencia, de declinación. En una sociedad la innovación se presenta bajo la forma de un retorno al pasado: es la idea-fuerza de los “renacimientos”.[2]

Así, el autor pretendía teorizar al respecto de los cambios tan profundos y a veces tan extrañamente diferenciados que solían tomar dos conceptos, premisas o problemas que antes parecían significar lo mismo.

Las nociones de pasado y presente han cambiado de una época a otra, así como lo señala él, el significado del movimiento (para ciertos autores, para otros mejores entendidos como período) del Renacimiento europeo en la Tardía Edad Media no significa exactamente lo que nosotros los contemporáneos, desde la distancia y la bibliografía inmensurable que se ha producido al respecto, hemos convenido en conceptualizar.

Podemos seguir entendiendo esto con otro ejemplo: en la antigüedad pagana el pasado presentaba un papel protagónico en la interpretación de la vida común así como en las obras que surgieron en dicho período; no obstante, en la Edad Media, la categoría temporal que nosotros denominados presente estuvo confinada “entre el peso del pasado y la esperanza de un futuro escatológico”; y, por otro lado, tenemos que principalmente en el siglo XIX el futuro, entendido como un sinónimo de progreso, pasó a ser la categoría temporal de mayor relevancia.

Jacques Le Gof. Fotografía / Carta Educaçao

Y así podríamos seguir con otros conceptos como Antigüedad-Modernidad, decadencia, revolución, cambio y muchos otros que ayudan a explicar los fenómenos históricos desde los conceptos construidos por los intelectuales, historiadores y la población directamente ligada a los acontecimientos que sustentan sus configuraciones historiográficas.

Ahora bien, exactamente lo mismo puede decirse de la metodología que los historiadores han intentado explicar sobre el cambio temporal. Han sido múltiples los trabajos, sobre todo provenientes de la filosofía, que han sido tomados para construir una teoría sólida y explicativa de las acciones humanas en el tiempo: Nietzsche y el eterno retorno, el tiempo cristiano [Agustín de Hipona] con su acento escatológico de un principio y fin de los tiempo[3]; la idea del progreso iluminista de las revoluciones científicas [Copérnico, Galileo, Newton, Descartes, Kepler] y la historia lineal que durante tanto tiempo ha predominado en la historiografía tradicional de nombres y fechas, entre otras y vastas abstracciones.

La periodización del tiempo, la explicación que los hombres han acuñado para entender mejor su historia, ha sido una necesidad que ya se puede rastrear en los primeros historiadores cuando lograban separar geográfica, étnica y lingüísticamente a una población de otra y darle su propia naturaleza temporal.

Por tal motivo, me detendré entonces en analizar cómo hemos entendido la periodización y finalmente me concentraré en responder a la tesis de este ensayo que consiste en inducir (pues las certezas aún no existen) si podemos finalmente hablar de una época posterior o al menos distinta dentro de lo contemporáneo.

La periodización tiene un fuerte componente judeocristiano, su concepción y su definición no puede entenderse sin regresar hasta la comprensión de su base teológica. Por esa razón es que Le Goff apunta que hablar de períodos históricos es esencialmente una lectura del tiempo y del cambio proveniente de modelos occidentales y que lo más recomendable, para efectos prácticos y de coherencia, es limitarse a la cultura occidental.

En su libro de ensayos cortos ¿Realmente es necesario cortar la historia en rebanadas? la pregunta por la periodización es transversal a toda la obra, es un elemento aglutinador de toda la experiencia histórica y del historiador, asimismo es el reflejo de un modelo de explicación que intenta ser sistemático y cohesionador de realidades que resultan en un primer momento como inasibles para el hombre común.

Agustin de Hipona, pintado por Caravaggio.

San Agustín, ideólogo del tiempo cristiano, propuso, retrotrayéndose hasta el Daniel del Antiguo Testamento, que la historia se dividía en seis períodos [de Adán a Noé, de Noé a Abraham, de Abraham a David, de David al cautiverio de Babilonia, de éste al nacimiento de Cristo, de Cristo hasta el fin de los tiempos].

Esto no reviste apenas una mera formalidad explicativa, pues el Daniel del Antiguo Testamento es, según Le Goff, la fuente primeriza de la periodización en los demás tratados y autores que continuaron escribiéndose a lo largo de toda la Edad Media.

En el siglo XV, por ejemplo, continúa señalando, el reformador alemán Felipe Melanchthon sostuvo que la historia se dividía en cuatro monarquías y Johannes Sleidanus propuso la tesis de que el tiempo solo era posible entenderlo a partir del estudio de cuatro imperios (Trois livres des quatres empires souverains: a savoir de Babylone, de Perse, de Gréce et de Rome).

Antes que ellos dos, se tenía la idea, en el siglo XII, de que el Imperio Romano Germánico era el último de una serie de imperios que derivaban directamente del Santo Imperio de Daniel.

Es muy común ver en esta serie de textos la alusión al número 4 y 6, articulándose con los ciclos de la naturaleza. La idea colectiva y natural terminó siendo el sustrato legitimador del tiempo humano y social. Por supuesto que la base de entender los períodos según esos números presenta una imaginación mística que envuelve en halos especulativas la argumentación razonada, pero también es cierto que su sustrato está anclado en la realidad: cuatro es el número de las estaciones del año; seis el de las edades de la vida [primera infancia, infancia, adolescencia, juventud, edad madura y vejez].

 

Temporalidades y fragmentos

¿La periodización es importante? Según nuestro juicio, sí. Y no sólo importante, sino explicativa (no descartamos que otras explicaciones, otros métodos, otras visiones sean igualmente comprensivas y coherentes) de los procesos de estudio y enseñanza de la historia:

Cortar el tiempo en períodos es necesario para la historia, ya sea que en un sentido general ésta se entienda como estudio de la evolución de las sociedades o de un tipo particular de saber y enseñanza, o incluso como el simple paso del tiempo. Sin embargo, ese corte no es un simple hecho cronológico, sino que expresa también la idea de transición, de viraje e incluso de contradicción con respecto a la sociedad y a los valores del período precedente. Los períodos tienen por consiguiente un significado particular en su propia sucesión, en la continuidad temporal (dentro de) o en las rupturas que tal sucesión evoca, y constituyen un objeto de reflexión fundamental para el historiador[4].

Dejemos entonces claro lo que entendemos por período, por época o, incluso, por era, aun cuando cada una de estas palabras, dentro de su historia y su etimología, se ha movido por senderos cercanos pero distintos.

Por tal situamos un fragmento, dentro de lo que algunas han denominado historia simplemente como la acción de los hombres en el tiempo[5], con unas características cohesionadoras y elementos coherentes que permiten discurrir alrededor de ella por sus similitudes, puntos en común y por supuesto diferencias que los aglutina alrededor de una historia compartida.

Es tanto una metodología, como un sistema ordenador que piensa y sistematiza el tiempo. No obstante, es necesario señalar y para no caer en las pretensiones de la mala historia positivista tradicional (como la llama el historiador marxista mexicano Carlos Aguirre Rojas) que el hecho de poner fechas que limitan no es sinónimo de que sean compartimentos estancos o muros rígidos que no permiten salirse de sus marcos a los actores sociales.

Carlos Aguirre Rojas, historiador mexicano. Fotografía / cortesía.

Por el contrario, compartimos la tesis braudeliana –utilizada hoy en día por su amplia perspectiva de análisis– de que, así como existen niveles diferenciados del tiempo, también debemos considerar que la historia, en su sentido de longueurs, está llena de continuidades y rupturas que entran y salen de las periodizaciones muchas veces arbitrarias que explican las complejidades de los hechos históricos.

En todos los períodos sucede lo mismo; por ejemplo –esto lo argumentaré más tarde– hay elementos en nuestra contemporaneidad que podrían indicarnos que aquella búsqueda de una racionalización total de la vida cotidiana y pública no es un hecho acabado, además se podría decir, según las evidencias que nos rodean, que jamás lo será (véase un fenómeno como el fanatismo religioso).

 

Los momentos de una temporalidad

¿Cuáles son, entonces, esos momentos sincronizados que permiten hablarnos de que nos encontramos en una época contemporánea?  El historiador colombiano Hugo Fazio Vengoa, quizás el teórico más importante en el ámbito latinoamericano de la propuesta historiográfica conocida como el presente histórico, presenta una serie de propuestas para indicar que, desde la década de los sesenta, coyunturalmente hablando diríamos Mayo del 68, la modernidad ha venido experimentado un giro según el cual estaríamos entrando en una modernidad-mundo o modernidad-global, cuyas características se conjugan en el hecho de que la realidad social actual está atravesada por un sinnúmero de trayectorias posibles que cuentan con itinerarios históricos con niveles de diferenciación muy arraigados que parecen indicar la sensación de aceleración, rapidez e inmediatez que viven ciertas sociedades y espacios geográficos, como las ciudades[6].

Hugo Fazio Vengoa, historiador colombiano. Fotografía / Universidad de los Andes.

¿Es posible hablar de una nueva época, un nuevo paradigma dentro de la modernidad, particularmente haciendo referencia a la época contemporánea?

Sí. Mayo del 68 es el acontecimiento por excelencia que permite aglutinar muchos elementos de esta nueva época. Funciona como un paradigma simbólico de amplia aceptación que pone en juego la relación continuidad/ruptura que tanto cuesta a los historiadores.

Fazio Vengoa es muy explícito al señalar que lo contemporáneo se inscribe dentro del conglomerado de la modernidad para evitar fracturas de algo así como una época contemporánea con múltiples y disímiles características; lo que finalmente une este giro hacia la modernidad-global es la diversidad de experiencias posibles.

Por otro lado, esta época marcó el despertar de una nueva conciencia sociohistórica. Es una revolución cultural de características planetarias que, más allá de las derrotas sufridas, planteó la posibilidad de reconsiderar muchas prácticas que se consideraban intocables generando así una transformación “de las estructuras de la reproducción cultural de todas las sociedades del orbe”[7]. Fernando Savater, también en esta línea, aunque siendo un poco más laxo con la noción de acontecimiento, decía en un reciente artículo publicado en el diario El País, a raíz del aniversario cincuenta, que

A mí me parece que las agitaciones del 68 no transformaron el mundo, sino que fueron el síntoma indudable de que el mundo ya había cambiado. Más que revolucionarlo todo, sirvieron para desatascar lo rígido y autoritario que frenaba una mutación social, tecnológica y económica de escala casi planetaria[8].

 

Entornos de cambio

Carlos Antonio Aguirre Rojas enuncia que han sido tres las instituciones “o espacios centrales” donde la cultura contemporánea está siempre puesta en evidencia: la familia, la escuela y los medios de comunicación. Mayo del 68, no obstante, colapsó las antiguas visiones que los representaban.

Señala que el impacto fue tan fuerte que estamos asistiendo a una crisis de la familia tradicional, un marcado aumento de la tasa de divorcios y un sistemático rechazo de la desigualdad de género, el machismo y el patriarcalismo.

En el ámbito educativo, por ejemplo, se abandonaron las antiguas jerarquías que establecía la relación alumno/maestro caracterizadas por la autoridad y ahora se propone una pedagogía donde ambas partes tienen un papel importante en la contribución del conocimiento del otro.

En cuanto a los medios de comunicación, se dio el inicio de una pérdida paulatina de credibilidad por parte de la ciudadanía, actitud que copó a los medios tradicionales y se traslada ahora al ejercicio periodístico mismo.

En las ciencias, particularmente a partir del tópico “abrir las ciencias sociales” de Immanuel Wallerstein, se pone en evidencia la incapacidad que tiene el saber fragmentado en disciplinas (antropología, ciencia política, historia, geografía, economía) en la explicación de un mundo globalizado que demanda la solución a problemas que están en constante contacto con prácticas diferenciadoras que implican tener una visión vasta del mundo.

Immanuel Wallerstein. Fotografía / Brasil Wire.

Las ciencias sociales, tal como han sido pensadas desde la visión decimonónica fundante hasta nuestros días nacieron en el contexto de la formación de los estados nacionales, de ahí que muchas de sus premisas, hipótesis y teorías sean consideradas obsoletas en el mundo actual, donde las fronteras físicas y territoriales parecen estar confinadas por un tiempo a jugar el papel de mediadores, dejando atrás el poder de autoridad y control que en otros épocas lo definió[9].

 

Cambio de paradigma

La historia del tiempo presente que proponen diversos autores y en Colombia Hugo Fazio Vengoa es, precisamente, una herramienta metodológica con un abundante soporte teórico-estadístico que señala la necesidad insoslayable de replantearnos la manera como hemos estudiado nuestra historia presente en vista del cambio o giro que se vivió y se sigue viviendo desde la década de los sesenta en el mundo entero, aunque con focos de experiencia mucho más vívidos e impresionantes en ciertos lugares como Francia o México.

Es una metodología que surge precisamente para analizar una época que ya cuenta con cierta homogeneidad debido a su diversidad –precisamente porque lo diverso pasa ahora a ser la norma– cuya característica principal ha resultado el cambio en las formas de reproducción cultural, tal como ya lo dijimos cuando citamos las apreciaciones de Carlos Aguirre Rojas.

¿Qué otras particularidades parecen ser percibidas para darle coherencia a este nuevo giro de nuestra contemporaneidad? Una respuesta tentativa puede resultar: fue un hecho la sincronicidad que se logró establecer entre diversos lugares del mundo: la Primavera de Praga, la Revolución Cultural, las protestas contra la guerra de Vietnam, los movimientos estudiantiles en Francia, Alemania, México e Italia y el movimiento guerrillero en Bolivia.

Este tipo de manifestaciones fueron la expresión más clara del resquebrajamiento de los interiores más profundos del entramado social, como la revolución educativa y cultural que ya mencioné arriba en relación con la figura maestro/estudiante, la crisis de los modelos nacionales de desarrollo, la aceptación en gran parte del mundo del libre comercio, la simultaneidad sin parangón que han ocasionado los modernos medios de comunicación. Dice Fazio Vengoa al respecto:

(…) esta sincronicidad nos muestra un primer sentido en que el tiempo global difiere de sus antecesores. Rompió con la linealidad subyacente de las anteriores temporalidades, las cuales avanzaban en dirección de una mayor convergencia y disponían de un núcleo a partir del cual se interpreta la temporalidad de los otros (progreso, modernización, desarrollo). Ahora todas las sociedades empezaban a compartir un mismo horizonte espacial y temporal[10].

Esto nos lleva a otro componente que permite hablar de un cambio de paradigma dentro de la modernidad y es que ésta, precisamente, pasa a ser global, es decir, no sólo occidental. Esto señala que es muy importante desprender el lugar de origen del desarrollo histórico social particular de cada sociedad. Renato Ortiz dice que, dado que ese sea el caso, ninguna modernidad, ni siquiera las tan mentadas como la francesa, son un fenómeno que se desarrolla por copia o imitación, sino que se trata de cambios, rupturas, quiebres internos en las historias particulares de cada sociedad[11].

Renato Ortiz. Fotografía / Enecult.

Se sale de “la concepción del inmovilismo” que aún parecía permear el trabajo de muchos científicos sociales que analizan con categorías inmóviles propias de la concepción de los Estado-nación sociedades en constante movimiento, aunque parezca imperceptible. Todo esto, más lo anterior, permiten incluso que se esté hablando actualmente de una era poseuropea, donde nuevos actores sociales entran a jugar papeles importantes antes reservados a los países del Viejo Continente, surgiendo nuevos problemas, como el de las migraciones y el tan sonado fanatismo religioso. Son problemas socialmente reales que se visibilizan en las comunidades, demostrando que son otros los dilemas, las problemáticas y los asuntos por pensar en una modernidad-mundo en un planeta globalizado.

 

Rupturas

Alain Touraine, respetado analista de las democracias modernas, sostuvo en el 2005 que ahora vivimos una época totalmente distinta y pone en parangón dos períodos: los Treinta Gloriosos (1945-1975), los años del Estado de Bienestar, de la economía mixta, y, por otro lado, tenemos los años del neoliberalismo (1975-2005).

Touraine no se adapta muy bien al giro de la modernidad que propone Fazio Vengoa (es evidente por la periodización que utiliza) ya que su modelo explicativo sigue más patrones económicos y sociales que culturales o políticos.

Su análisis hace parte de un ciclo histórico realizado por las economías nacionales en su tránsito de la moderada intervención estatal hacia la desregulación de los mercados y la aceptación de las políticas comerciales y financieras de entidades como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, propuesto por Stigliz en El malestar en la globalización.

No obstante, si tenemos en cuenta la concepción de duración braudeliana, de las continuidades y las rupturas, podemos argüir que efectivamente Touraine señala un cambio en el rumbo que aparentemente habían tomado los acontecimientos históricos unas cuantas décadas atrás; aunque es preciso señalar que su explicación del cambio puede resultar totalmente distinta de aquella que pregona una integración cada vez mayor de los países del mundo.

Alain Touraine, sociólogo francés. Fotografía / Peru 21

El sociólogo francés pone sobre la mesa la cuestión de la ruptura en el giro de la modernidad cuando apunta que se está operando una profunda división entre la política y la sociedad; como el escenario de la política está opacado por las ideas de la economía –recordemos que la característica de la tercera globalización después de la Guerra Fría es precisamente el desplazamiento de la política por la economía– y ésta, a su vez, estaba domada por el discurso del laissez-faire, laissez-passer, resulta apenas normal que la ruptura de nuestro tiempo sea por un regreso a los modelos nacionales y de proteccionismo.

Dos coyunturas históricas pueden explicar brevemente este proceso. La primera, ocurrida cuando el electorado francés rechazó la Constitución de la Unión Europea por considerar que los objetivos sociales y protección de los derechos humanos estaban por debajo de las decisiones estrictamente técnicas y estadísticas de la economía; y, por otro lado, cuando asistimos al origen de expresiones xenofóbicas de países que afrontan crisis migratorias (verbigracia: Colombia y Venezuela).

Por último, podemos ver cómo este cambio ha sido operado desde la propia historiografía. La corriente de la microhistoria italiana puede ser un ejemplo tácito. Rebajar la escala de análisis a la que nos tenía acostumbrado la escuela estructuralista francesa impedía muchas veces, bajo el pretexto de la cientificidad, analizar elementos sociales que no se muestran en los grandes relatos que parecen explicar la totalidad histórica.

Asir tantas variables pone en consideración la complejidad del entramado social, dejando por fuera un sinnúmero de actores que cuentan con sus propias narrativas históricas. Algo que puede resultar curioso es que la microhistoria podría ser un puente en la explicación que tanto Fazio Vengoa como Alain Touraine establecen al conjugar la explicación local con la nacional y global.

Vengoa porque no rechaza la constante interacción entre los niveles territoriales en la historia de la globalización actual (aunque no renuncia a decir que finalmente la globalización es transnacional) y Touraine porque la microhistoria pone un especial énfasis en lo localizado e incluso, individualizado –no olvidar el famoso Dominico Scandella de Carlo Gingzburg–, lo que podría eventualmente explicar el regreso a lo nacional-populista de muchas democracias modernas, pero asimismo porque no abandona la condición histórica presente en la que lo global está contantemente delimitando los marcos de acción de las comunidades que desean resistir y construir sus propias experiencias.

 

Una conclusión tentativa…

Como hemos podido ver, desde un inicio hemos acordado darle respuesta positiva a la tesis central de este ensayo. La contemporaneidad, entendida como un registro particular dentro de la modernidad, tomó y está tomando un giro respecto a las tradiciones y concepciones aceptadas y normalizadas en el período inmediatamente anterior. Algunos, como Fazio Vengoa, establecen como fecha coyuntural Mayo del 68; otros, como Alain Touraine, sostienen su tesis en la miríada de experiencias que parecen contradecir los presupuestos de las décadas de la neoliberalización y desmantelamiento del Estado de Bienestar.

Tanto en la vida cotidiana como en los ámbitos del conocimiento el giro hacia una modernidad-mundo se hace evidente cuando es notoria una aceleración de las relaciones en el tiempo presente, que pone en interacción diversas experiencias con objetivos diferenciados, creando la sensación de inestabilidad, inseguridad e incertidumbre ante los acontecimientos que presentan los días.

Mi punto, entonces, apunta a que no es tan importante el consenso respecto a una fecha simbólica que figure el cambio de una época en otra, sino el reconocimiento de que efectivamente hubo cambios operados bajo características similares que permiten que nos reconozcamos como ciudadanos nuevos bajo problemas completamente desconocidos.

 

Bibliografía

Aguirre Rojas, Carlos Antonio. Antimanual del mal historiador.  Editorial Montesinos, 2002.

Bloch, March. Apología de la historia o el oficio del historiador. FCE, 1996.

Fazio Vengoa, Hugo. El presente histórico. Una mirada panorámica, 1968-2008. Editorial Universidad de los Andes, 2009.

Fazio Vengoa, Hugo. El mundo y la globalización en la época de la historia global. Editorial Siglo del Hombre, Uniersidad Nacional de Colombia, IEPRI, 2007.

Le Goff, Jacques Pensar la historia. Editorial Paidós Ibérica, 1995.

Le Goff, Jacques. ¿Realmente es necesario cortar la historia en rebanadas? FCE, 2016.

Stigliz, Joseph. El malestar en la globalización, FCE, 2006.

Ortiz, Renato.  Modernidad y espacio. Benjamín en París, Bogotá, Norma.

 

Artículos/ columnas de opinión

Touraine, Alain. El País, España. Después del liberalismo, 24/09/2005: https://elpais.com/diario/2005/09/24/opinion/1127512810_850215.html

Kundera, Milan y Volpi, Jorge. La literatura nacional ya no representa mucho hoy en día. En La Calle del Orco, 05/24/2014: https://calledelorco.com/2014/05/24/la-literatura-nacional-ya-no-representa-mucho-hoy-en-dia/

Savater, Fernando.  El 68 a los 70. El país, España, 05/08/2018. https://elpais.com/elpais/2018/05/08/opinion/1525796352_218838.html

 

Citas

[1] Hugo Fazio Vengoa. El mundo y la globalización en la época de la historia global, Siglo del Hombre Editores, 2007 p. 33

[2] Jacques Le Goff, Pensar la historia. Modernidad, presente, progreso. Editorial Paidós Básica, 1991, p. 183.

[3] “El cristianismo, entre los orígenes fuertemente oscurecidos por el pecado original y la caída, y “el fin del mundo”, cuya espera no debe perturbar a los cristianos, tratará de focalizar la atención en el presente. Desde San Pablo a San Agustín y los grandes teólogos medievales, la Iglesia tratará de concentrar el espíritu de los cristianos en un presente que, con la encarnación de Cristo, punto central de la historia, es el comienzo del fin del tiempo”. Ibídem. P. 186.

[4] Jacques Le Goff, ¿Realmente es necesario cortar la historia en rebanadas? FCE, 1991. P. 11-12.

[5] Marc Bloch, Apología del oficio del historiador. FCE. 1996.

[6] Hugo Fazio Vengoa. El presente histórico. Una mirada panorámica, 1968-2008. Editorial Universidad de los Andes,2009.

[7] Carlos Antonio Aguirre Rojas. Antimanual del mal historiador. Capítulo V, Las lecciones de 1968 para una posible contrahistoria radical. P. 75

[8] Fernando Savater. El 68 a los 70. El país, España. https://elpais.com/elpais/2018/05/08/opinion/1525796352_218838.html

[9] Milan Kundera y Jorve Volpi reflexionan este punto de vista desde la literatura: La literatura nacional ya no representa mucho hoy en día. En La Calle del Orco, 05/24/2014: https://calledelorco.com/2014/05/24/la-literatura-nacional-ya-no-representa-mucho-hoy-en-dia/

[10] Hugo Fazio Vengoa, El mundo y la globalización en la época de la historia global, Siglo del Hombre Editores, 2007, p. 155.

[11] Renato Ortiz, Modernidad y espacio. Benjamín en París, Bogotá, Norma.