Escucho tu voz, el eco del oráculo en el País de Pocabuy, que me habla de tus sueños y de tus años, como el sereno que reverbera en los huesos y oxida los pensamientos entre estos aguaceros sin Dios ni madre que pueblan nuestros días; en la salmodia de los pájaros que corren las cortinas del alba para bendecir el día en su tararear ancestral…

  

Por Luis Carlos Ramírez Lascarro

Una mañana de estas, pequeño, cuando ya no te creas tan pequeño y nos mires con cara de reproche por no entender que ya estás siendo el hombre de la casa, saldrás a buscar el amor o tal vez te lo encontrarás sin estar precisamente buscándolo: prenderás tu laptop buscando sistematizar ideas que rondan tu mente desde la noche anterior cuando pensabas en los ojos de gata de Nay, la niña que vive en el circo y actualizar, de paso, tu Twitter y tu Facebook.

¿Será el día apropiado para la conquista? Realmente no piensas en eso porque no se te ocurre otra cosa que invitarla a compartir tus travesías de imberbe aventurero; luego, sin más cuento y sin más chiste, te lanzas a la calle en busca de la excusa perfecta para rondar su casa: estableces una ruta para poder desviarte del itinerario de mandados rutinarios de los amaneceres y no ponerte en riesgo de delación con las señoras de la iglesia, amigas de tu mamá: compras un café en la esquina del hospital, saludas a las enfermeras y los celadores y la imaginas tan ella con sus trenzas ensortijadas cayendo sobre su espalda morena, calzándose sus zapatillas de muñeca de cuerdas iniciando su rutina diaria de ejercicios de vals, antes de la de equilibrio y malabares: oía el Vals de las flores en ese momento, aunque tu prefieres la Cabalgata de las Valkirias: bueno, ya se pondrán de acuerdo cuál será la mejor para sus bailes juntos… quizá opten por la Suite No 1 para cello de Bach.

No piensas ni un solo momento en la posibilidad del fracaso: en la embestida repentina que le dan a uno los nervios cuando la mujer que le mueve el piso le sostiene la mirada o le sonríe como quien no quiere la cosa. Recuerdo el día que la conociste, de la manera menos adecuada posible: miro a lo lejos la calle concurrida mientras acaban de empacarme las empanadas que tanto le gustan a mi hermanita y que esta noche clara y sofocante van a ser nuestra cena. Miro con algo de nostalgia la multitud, a lo que sea que la esté haciendo tan delirante, como si yo no lo supiera, tan güevón, tan distraída y abrumadoramente feliz.

Por fin nuevamente había vuelto un circo al pueblo: el último circo llegó al pueblo el Jueves de Dolores del mismo año que vieron a San Sebas y a la Virgen gritar y correr pidiendo ayuda y apagando el fuego que consumió casi toda la vieja iglesita de palma. ¿Ese fue el mismo año en que yo nací, abuelo? No, Quin, tu naciste al año siguiente, cuando secuestraron el avión los Garciamayorca. El año en que la Maparapa profetizó la tragedia del circo fue el año en que Pedro y Jovita unieron sus fuentes, retando al Judío, en el camino de El Trapiche: estaban enceguecidos en la ebriedad de sus deseos exacerbados por su lujuria recién estrenada, luego de la perplejidad y el espanto, también un poco del agridulce de las dos o tres primeras veces, para luego no dejar de amarse en cualquier lugar o momento que se les presentara: en la albarrada del viejo puerto, en las gradas resquebrajadas del estadio de fútbol, sobre alguna tumba vacía o bajo la sombra de algún frondoso árbol con el runrún del río corriendo a sus pies.

Una horda imperceptible inundará este pueblo de mierda el día que las luces y los juegos del caído les roben la atención y vendan, también, con un beso al Judío, exclamaba la Maparapa, tratando de apagar con sus resuellos y aletazos la gran hoguera que prendieron frente a la iglesia para borrarla de las noches sin calma del pueblo desde que se escapó de la casa cural: era una arpía nacida del padre Bonifacio con Primitiva, la prodigiosa y exuberante negra Carabalí que le enviara el Arzobispo de Cartagena como presente en sus 25 años de sacerdocio. Aleteaba cada vez más fuerte cuando la acercaban a las llamas y maldecía a quienes la sostenían con sus Hojas en Cruz y sus rezos católicos y santeros: ¡Eía, eía! ¡Abobó Legba, abobó! ¡Abobó Ogún, abobó! ¡Despierta padre, despierta! Aviva estás llamas… Alza tu voz, insufla tu fuerza: el rayotruenoespadafuego de Changó!

Ilustración / Luisa Rivera

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Cuando se fue el último circo que había llegado al pueblo tomaron asiento entre nosotros unos personajes que se fueron tornando atronadoramente siniestros luego de la esperanza inicial de tranquilidad que llegaron a insinuarnos con sus camionetas de vidrios oscuros y sus fusiles siempre insultantes, porque para muchos era una tranquilidad poder volver a dejar las gallinas en los patios, aunque usted no me lo crea y uno no lo pueda entender ahora, y andar los caminos en mitad de la noche sin el riesgo de que le quitaran a uno la bicicleta o la platica pal ron camino a las casetas de los otros pueblos; sin importar las desapariciones que esto causara y costara… pero como quien no quiere la cosa, claro, por debajito, se fueron convirtiendo en una amenaza sistemática alcagüetiada por los mandamases esos putos paracos que a tantos amigos se nos llevaron con razón aparente o sin ella.

Ya no eran sólo cuatreros sus objetivos ni rateritos de poca monta, no, bien poco les importaba ya quien rondara los patios o buscara pleito, ebrio y altanero, ni si los muchachos se andaban amacizando en algún oscuro. ¡No! Empezaron a cobrar impuestos no cobrados por el municipio hasta por el derecho a embalsar el río o tomarse uno una cerveza, a sacar corriendo del pueblo a quien piropeara a alguna de las peladitas que se revolcaban con ellos, a tomar sin pagar todo cuanto les gustara de los negocios de variedades, a abrir caminos para el comercio de drogas y a procesarlas y venderlas aquí mismo, desangrando en una hemorragia imparable los raquíticos fondos del municipio, obligándonos al silencio y al miedo, condenándonos a la más terrible orfandad, cuando, años después, terminaron asesinándonos la más legítima y transparente esperanza, que llegaba a rescatarnos en mitad de la barbarie de verlos jugar fútbol con las cabezas de sus víctimas que antes habían destazado con motosierras o desmembrado pa echárselos a los caimanes, después de matarlos a mazazos limpios y secos… Esto se creyó que hacia cumplir la profecía de la Maparapa consumiéndose en las babas de Ogún Ferraile. Malparidos.

Ilustración / Luisa Rivera

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Una nube incesante de polvo era atravesada por los chorros de luz de las motos que iban y venían desde y hacia la esquina de la Puya Guamalera, donde siempre han puesto los circos: será sacarme a la Jueguy a dar una vuelta pa poder pasarme por ahí y ver qué es lo que pasa con el circo: mamá no creo que me deje ir, hoy no, hay que ir a la misa y, de pronto, cuando salgamos ya se haya terminado la función. Me fui pateando piedrecitas por la calle de los estudiantes oyéndole a la gente hablar sobre la muchachita que se cuelga de una argolla, mordiéndola y da vueltas como un trompo, suspendida en el aire o baila una música que ellos no saben que es Béla Bartók, sobre el lomo de un caballo.

Doblando la esquina antes de llegar a la casa, un revuelo de gentes me empuja hacia la escuela frente al hospital, abriendo paso a una caravana de carros que frenan su carrera de disparo en la puerta de urgencias: frente a mis narices bajan dentro de una hamaca a la cosa más linda que yo haya visto en mi vida madre, una niña de unos ojos grandes y luminosos como los de un gato, rabiando y sosteniéndose la manito izquierda con un pañal alrededor del cuello…

Te abres paso, siguiendo tu camino al mercado y volviendo a pensar en la forma de pasarte a darle la vueltica, entre las jovencitas que barren las puertas de las calles levitando en trajes de flores, con los mismos peinados y las mismas escobas que sus madres, sus abuelas y bisabuelas lo hacían desde que el pueblo es pueblo, qué linda la pelirroja que vive junto a la iglesia, piensas, sin tener el valor para decírselo. Algunas conservan en el rostro las señales del amor reposado de los amaneceres de vacaciones al final de cada semestre de estudios o de amagos de estudios y puras sinvergüencerías.

Enfilas tu cicla a la calle del Carmen, pasando por la plaza de los perros y la ves, la imaginas de nuevo tan ella, claro, detrás de las cortinas de su camerinohabitación ahora que ya está casi bien después de ese totazo que se dio el día que la conociste.

Ilustración / Psique y Amor

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Ha pasado ya casi un mes desde el accidente que tuvo Nadia Mitrovic, como la suele presentar su hermano mayor, anunciando el espectáculo más grande nunca antes visto en estos pueblos, a lado y lado del río: Buenas noches tengan todos, damas y caballeros, niños y niñas… Desde las lejanas tierras de la Rusia imperial les presentamos a la niña del cuerpo de goma, ¡la más grande contorsionista y malabarista que ojos hayan visto! Con ustedes…

Ves pasar a Roberto con una mano de pescados que acaba de comprar en el puerto y le pones conversa, mientras se van acercando a la esquina donde siempre se ha instalado el circo, buscando verla sin que ella te vea, crees tú, mientras encuentras la forma de poder decirle algo: ¿Y qué quieres que le diga, Roberto, que me da miedo cuando me mira, a pesar de que lo único que quiero es que me mire? No, pendejo, y ¡No hables tan fuerte! Puede oírnos. ¿Que siento como si se me fueran las piernas, sin control, con voluntad propia, como si se me embotara la mente, que me da un cólico ni el hijueputa, como si me hubieran purgado?

Se había acercado por entre los establos de los burros y las jaulas de los micos del espectáculo. Se quedó detrás de Canchelo, el caballo con el cual hace su show. Les apareció sin mediar palabra. Sonríele, marica, y dile cualquier cosa, me apuró Roberto, el Ovejo. Me llamo Joaquín, señorita, mucho gusto. Le extendí la mano sin poder ocultar del todo ese miedo gelatinoso e incómodo que me nubla los sentidos: Como un golpe seco en la barbilla, a lo Pambelé. Sé que puede verme el miedo entre las pestañas, como el Kid descifraba el mentón para la trompada del nocaut: “Atención Colombia, una derecha por Pambelé, se va a la lona Pepermint… ¡Colombia, Campeón Mundial! ¡Pambelé Campeón del Mundo!”.

Vamos a dar una vuelta, nos dijo, metiéndose entre los alambres y los palos de la cerca con una naturalidad inesperada, para mí, como si no se tratara de una trapecista aún convaleciente sino de una diosa trigueña salida del fondo de una laguna: Yemayá misma de trusa y balaca.

¿Y tu brazo, protesté, si se lástima esa fractura? Imaginé de pronto su brazo nuevamente presa del dolor: hendido, enrojecido, inflamado: atravesado por el rayo fulminante del golpe al resbalar su mano sudorosa de la mano anhelante de su hermano Azhar y los ojos desorbitados de su madre con la tremenda revelación de la muerte, transfigurada en su niña. Imaginé la impotencia, de nuevo, el llanto y el carrerón en busca de sus padres y los míos. Imaginé…

Ven, me dijo, tomándome del brazo. No saques el brazo del cabestrillo. Sonrió, como un regaño, pero también un asentimiento: su boca pequeña que siempre había adivinado melancólica entre las paredes de su cuarto, el conteiner que le sirve de camerino y de cuarto desde siempre, permanecía ensopada de sonrisas. Una sonrisa distinta y adecuada para cada lugar y cada cosa, ¡hasta para una cantaleta! Incluso, sobre todo, más que nada, para mis piernas flaqueantes y mi voz quebradiza. Caminamos.

Mamá nunca quiso que yo fuera cirquera, comenzó a decirnos mojándose los piecitos en el caño del suicida, como si yo tuviera muchas otras posibilidades, que vaina, como si una, de niña, pudiera hacer otra cosa distinta a las que ve, uno es como los loros que lo repiten todo, ¡hasta las vulgaridades! Quería que yo fuera la doctora de la casa, que me casara con un futuro alcalde del pueblo y que mis hijos aprendieran inglés desde la guardería, cada uno con su computadora, no que me quedara en el pueblo, patirrajada y llena de pelaítos barrigones y parasitientos, lavándole la ropa a los curas o mantequiándole a las vacas que más cagan.

Mamá tampoco contó con que yo la espiara tras las cortinas cuando se disponía para sus números de malabares en el circo, que es nuestra casa. Yo nunca traté de imitarla, iba como guardándomelo todo de tal forma que se fue haciendo parte de mi ese mundo de pinturas, pelucas, trusas, escarchas y voces fingidas; pero me hice trapecista como mis hermanos, aunque papá dice que soy mejor payasa que él, ¡jajajaja!

Empezó a contarnos así de su extraña vida, para nosotros, mortales comunes y corrientes, pues sólo Julián, al que se llevaron a jugar al Unión Magdalena, donde le dicen El Guamalero, tiene cosas diferentes para contar. Nos metió el paquito de haberse encontrado un día a Simón Bolívar en la plaza que lleva su nombre en Santa Marta y que, hasta lo había visto tomando tinto. ¡Carajo!

Mamá me parió un viernes por la tarde, como a eso de las cuatro y media, en Caracas, eso antes de que se uniera a la compañía del circo, se habían ido embullados con la fuga de plata del petróleo, luego de que a mi papá lo desheredaran por meterse a loco antes de hacerse abogado para que se encargara de los negocios del abuelo.

Mamá había nacido en Maicao, cerca de la tienda de telas que tenía el abuelo Anwar, en la parte de atrás, sobre unos rollos de Diagonal, a decir verdad. Papá nació en El Banco, así como pudo haber nacido en Puerto Colombia, Sahagún o Cartagena, por los tantos viajes que el abuelo Samir hacía, vendiendo chucherías en cicla, de pueblo en pueblo.

Extraña vida de estrella de circo, pensábamos nosotros, así hasta el momento no se hayan reflejado en sus ojos las lunas llenas parisinas ni le hayan alborotado sus rizos oscuros los vientos secos de Broadway: Nadia Mitrovic, nieta, bisnieta y tataranieta de palestinos y siriolibaneses, siempre acaba de convertirse en la mujer que tiene que ser en los escenarios escuchando un poco de Amy Winehouse y El lago de los cisnes

La mecánica del corazón. Ilustración / Libros & Literatura

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¿Será que se sonroja, mana, si me le acerco y trato de cogerle la mano? La mano que tengo buena, claro. ¿Será que me ha pensado? ¿Cómo que quién, hermana? Bueno, sí, hablaré más bajito… Pero es que Joaquín… Es que no se me olvidan esos ojosmiradas, esa cara de tontín en la que se transforma su carafuego, su carapicardía, su bocasonrisa, su bocabeso, cuando le hablo y me lleva del brazo como a una viejita reumática.

¿Tú qué dices? ¿No será que tiene su cuento con alguna de las pelaas esas… de las bailarinas del grupo de danzas? ¿Dime algo, caramba? ¿Quién eres, muchacha, tú que puedes desnudar mis pensamientos? Tú y tú y tú, que te busco en cada rayo de luz del amanecer, en lo más secreto de mi cabeza, bajo mis uñas, en mis bolsillos, en los gestos de fiesta de mis amigos mientras tocamos y me imagino que estoy en cada uno de tus suspiros, en los potecitos de tu maquillaje, en el perfume de gardenias con que te cubres frente a tu espejo aún antes de vestirte, en el fondo del plato de sopas que no has vuelto a probar desde que te prohibieron salir a buscar una mala hora con los vaguitos esos tocadores de cumbias.

Tú que revuelves las aguas de mi tranquilidad con las yemas de fuego, fuego de tus ojos, tú que guías mis pasos mientras te busco, rondando tu casa, con el trinar de tu voz, con tu tararear y tus susurros y tus suspiros: su voz, cascada de pájaros, caricia de trueno, beso de relámpago, su sonrisa, llovizna de sol, ¡susurro de tambores en la madrugada!

Ilustración / PxHere

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No había vuelto a verla desde el día que nos contó de su vida caminando al puente grande y mojándose los pies en el caño del suicida, a pesar de que siempre me inventaba una excusa para pasar a echarle un ojo entre las rendijas de la carpa. Voy a tener que vestirme de payaso para volver a verla, pensó sonriente, dejando tras de sí el Parque de los Leones, esquivando el man hall expuesto por las correntías de la lluvia y cambiándose de mano la mochila con los cuadernos en los cachos de la bicicleta heredada de su hermano y de su papá y de su abuelo. Volvió a sonreír.

Camilo… ¿Qué? Pongámosle una serenata esta noche. Se veía tan chistoso Camilo haciéndole señas a Joaquín, cuando se dio cuenta que estaba detrás de él. Le fruncía la boca, despepitaba los ojos y subía y bajaba las cejas. No estamos mamando gallo ahorita, Canale –le dijo–. Date la vuelta, me dijo Queca con los ojos desorbitados: ahora estaba frente a mí, al otro lado de la cerca y, de nuevo, el jab de derecha al mentón y el uppercut al hígado: sudé. Cómo quise tener las piernas y la cintura del Happy Lora para poder esquivarle los guarapazos al miedo.

Yo sé tocar la guitarra, nos dijo, ¿A quién le van a poner serenata? Palidecimos todos o por lo menos eso creí yo al ver la confusión de los pelaos en sus miradas, como se ve lo que está escrito en un papel, a contraluz. ¿Cómo sostenerle la mirada sin desmoronarme? Sentía que me escurría entre las cuerdas de mi timidez congénita, con la cuenta acabando y sin encontrar asidero luego del cross seco que me zampó con su mirada felina; pero tirar la toalla ¡ni por el putas! ¿Cómo aceptarle, antes de que me delaten las mejillas, que la serenata es para ella?

Es para una muchacha muy especial, terció Neider escuetamente. ¿Cómo está tu brazo? Atiné a preguntar encontrando una bocanada de aire, ya al borde del nocaut: Bien, pero estará mejor si salgo un rato a distraerme: Neider decía que la tenían castigada y no la dejaban salir ni al patio desde que se fue a brincotear con nosotros, Si ñero, a mi me lo dijo el Ovejo y quién más va a saberlo si él es el mandadero, con esos sinvergüenzas mija, como seliocurre a usté y si güelve y sejodelbracito ah, con esos vergajos. No mamá, que no brincotiamos, no más nos fuimos a dar una vueltica y mire que flores tan lindas me dio ese muchacho, el que toca el millo en Pochigua. Esos no son los que viven de picó en picó, esos vagos de carajo, ¡No amá! ¿A dónde quieres ir Nadia?

Un breve y rotundo silencio se posicionó entre nosotros. ¿Quin, el chacho, cagao frente a una pelaita? ¡Qué vaina cuadro! Yo me llamo Flor, nos dijo, ruborizándose un poco, como si le acabaran de robar el beso que ella deseaba y no se atrevía adelantar a robar, ni siquiera a insinuar. Flor Abdoquía. Flor, como la rosa, pensé, pero más fuerte y más bonita y más delicada también: debieron ponerle trinitaria, mejor, resistente, delicada, bella, inquebrantable, casi… O sin el casi.

Tú no puedes ir Flor, Y por qué, Por qué no, Cómo así. Es que va a ser en la nochecita, tú sabes, y a esa hora sí ni de vainas, nos mata tu mamá. Bajó los ojos y empezó a caminar, refunfuñando. Nos vemos más tardecito…

Se encogió de hombros, guiñó un ojo y se metió por el huequito de la cerca por donde salió como una aparición. Y qué vamos a cantarle dijo Queca, ¿Cantarle nosotros? –preguntó Camilo–. Nosotros que ni pa vender bollos tenemos voz, pobrecita.

Si mi abuelo se metió su ultima borrachera cuando yo nací, que sea esta la última serenata que toque, entonces. ¿Él Canta? No –respondí a Neider-, fue el mejor guitarrista de Murillo en su juventud y tocó con las mejores voces del pueblo y algunos de los más tesos, como Luis Enrique, el Pollo Vallenato, antes de que existiera El Festival en Valledupar y antes de que grabaran LPs o se oyera por aquí Radio Libertad, La Voz del Cañagüate, Radio Sutatenza o la Radiodifusora Nacional. Entonces, quién va a cantar compa: Epi, Epiménides Zambrano, el papá de Jimmy y Alí, y el maestro Julio Erazo, le respondí a Cami.

 

Ilustración / Gallery World

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Te oigo por encima de los tejados y las paredes de las casas, sobre las copas de los árboles, saltando y evadiendo los charcos de estas calles bermejas por donde he correteado desde siempre, jugando a la lleva, el quemao, libertá y la peregrina; cuando susurras tus canciones de gitana caribeña en la jerigonza arábiga que aprendiste a tus abuelos contándote los mismos cuentos de Las mil y una noches como si les hubieran pasado a sus hermanos o sus padres o amigos o conocidos, preparando tajine y quibbes y despetalándote las trenzas de tu pelo lacio, cobrizo y más lacio, frente al espejo que también fue de tu madre y tu abuela y a todas las vio descubrir los limoncitos de sus tetas y los primeros vellitos incipientes en el pubis. Testigo del sonrojo incontrolable al ir descubriéndote mujer.

Escucho tu voz, el eco del oráculo en el País de Pocabuy, que me habla de tus sueños y de tus años, como el sereno que reverbera en los huesos y oxida los pensamientos entre estos aguaceros sin Dios ni madre que pueblan nuestros días; en la salmodia de los pájaros que corren las cortinas del alba para bendecir el día en su tararear ancestral, viéndote en tu delicada ceremonia de volver a ser tú, Flor, no la trapecista que planea de piropo en piropo contorsionando su firme cuerpo de yegua por los aires sin tiempo de tu santo reino del circo. No. No la embrutecedora, la embriagadora, la inalcanzable. No a Nadia, sino a ti… La que se enrosca entre sus sábanas buscando conciliar el sueño que ayuda a evadir el calor infernal, tal vez sin pensar en mí, moviendo sus caderas al compás de los tambores que hacen sonar mis amigos en cada ensayo. Quisiera ser la garza que sobrevuela los taruyales de la ciénaga de tu corazón…

Puesta de sol sobre el mar (1822), Caspar David Friedrich.

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Flor levanta su metro cincuenta luego de la siesta y ondula todo, toditico su cuerpo, mientras se organiza el pelo y espera a que todo se ponga en orden a su alrededor, nuevamente. Mira y no ve. Sonríe y piensa en Joaquín y se pregunta si, acaso, él hará lo mismo y si lo habrán regañado por llegar tarde a almorzar y que afortunada esa muchacha a la que ellos irían a poner serenata esta noche, mientras ella se esté preparando para la segunda metamorfosis del día y volver a ser la que pone los pelos de punta y juega sobre las carnes de su caballo con los delirantes sentidos de sus espectadores.

Vuelve a mirar: se distrae viendo cómo las cosas van desplazando la espesa telaraña de los sueños y recuperando su posición en el remolque que le sirve de camerino y habitación desde su nacimiento una tarde hirviente y bulliciosa, maicaera. Sonríe con satisfacción sintiendo la vibración metálica de su universo privado con el tun tún de unos tambores cercanos.

Desea, balanceándose al compás del tun tún que jamaquea su santo reino de malabarista, escuchar un poderoso tañir de guitarra, tal vez el de Cocaine, para empezar a convertirse, de nuevo, en Nadia Mitrovic, la reina de las acrobacias y los suspiros y los aplausos de todo el pueblo.

Ilustración / PxHere

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Desde este lado del estadio, el circo parece un animal grande tirado al descanso, como un burro con sus aguaderas cargadas de naranjas en mitad del camino al que le brota un sudor luminoso en chorros lanzados hacia el infinito, bostezando. Circo de los Hermanos Mitrovic se lee sobre la pequeña ventana de la taquilla, en vivos colores de un vinilo escarchado. La claridad de la luna se desvanece en las franjas, amarillas y azules, de la carpa que oculta el anunciado espectáculo nunca antes visto por estas poblaciones a lado y lado del río: Señoras y señores, niños y niñas, se oía decir desde el fondo de la carpa, radiante como el sol de las tres de la tarde en su festiva mascarada, mientras nosotros nos acomodábamos con mi abuelo, el maestro Julio y Epi, frente a la habitación de Flor, pa ponerle su serenata: Ustedes serán testigos de un espectáculo sin igual se continuaba oyendo anunciar al hermano mayor de Flor, Nasím; Abuelo, arranque, Con qué, mijo, Con la de Epi, Señor Juaco –dijo Cami–, Entre Julio agregó mi abuelo posicionando el transportador en el diapasón de su guitarra y este rasgó la suya marcando el compás y carraspeó la garganta:

 

Me dices de qué lado es que tú duermes,

Porque esta noche yo voy a cantarte una canción…

 

Empezó Epi charrasqueando su guacharaca y haciéndome señas hacia la ventana.

 

Y sepas, porque es que te la dedico,

Pa que me des un besito, en prueba de nuestro amor…

 

Neider me pasó las flores que habíamos ido a robarnos donde la niña Juani después del ensayo y les roció un poquito de perfume: unos girasoles.

 

Me dices a donde es que duermes

Para yo ir y entonces te cantaré

Canciones de amor a ti.

 

Esperamos unos segundos y nada: Mi abuelo se encogió de hombros. Nosotros si somos maricas, dijo Queca, ¿No será que ya está actuando? No, dijo el Ovejo, aún no. Ángela, su hermana, cabellona, linda, pequeña y traviesa, se nos apareció riéndose entre las rayas azules y amarillas de la carpa: Flor no está, Joaquín, pero muy bonita su canción señor. Te pusiste de todos los colores cuadro, se te torció algo dentro, seguro, se te notó en la mirada.

¿Dónde anda? Preguntó el maestro Julio, Vamos, dijo Ángela, abriéndonos paso por entre los palos de la cerca por donde ella siempre se aparecía, como un espanto y nos fue guiando en medio de los burros que hacían las veces de cebras, pidiendo permiso a quienes repintaban sus pijamas de mentiras, pasamos al lado del que enceraba las pesas de icopor para el show del hombre más fuerte de este mundo y sus alrededores y entre las banquitas donde les ponían las sonrisas infinitas a los payasos, para que parecieran alegres así estuvieran tristes y donde les brillan las sonrisas, les pintan los ojos de todos los colores posibles y les agrandan las narices para que parezcan de goma y luego se las vuelven a espichar.

Nos tocó dar un rodeo para no tropezar con las poncheras que preparaban para el número del Pan que habla, ¿El pan que habla ñero? Si Ovejo, el pan que habla, le dijo Queca, ¡Pajodete! Va pué, espera no más que lo veas… Es que llevan un pan francés grandote y lo meten en una de esas poncheras: Señoras y señores, ante sus ojos tendrán ahora algo nunca antes visto… Y la gente atortolada esperando oír hablar el pan, Que pase un voluntario, dice el animador, la multitud suspira: Mete sus manos en la ponchera, toma el pan, Sáquelo, dice el animador y pregunta: ¿Cómo está el pan? Estáblando responde el voluntario, ¡Jajajajaja!

Dentro, el aire no pertenecía al ámbito normal al que estábamos acostumbrados: era más ligero y dulce, meloso, quizá por todos los sudores y carcajadas, revueltos con los suspiros de asombro. La gente enmudeció al vernos entrar, despistados, indecisos y jadeantes: Ángela nos había hecho aparecer justo al costado de los tigres de felpa a los que pretendían hacer saltar entre unos aros de fuego. El domador nos hizo una seña y nos apresuramos al centro de la arena. Ahí estaba Flor, Nadia, digo. Sonrió.

Ahí te mando mi cariño con la espumita del río.

Empezó el maestro Julio sin dejar de mirar en derredor, con su experticia ante el público, como cuando tocaba en Radio Caracas Radio con Los Corraleros de Majagual…

 

Es un pedazo de mi alma que va muriendo de frio,

Como no vienes a verme mi cariñito te envió

En la espumita del rio, en la espumita del rio…

 

Nay no dejaba de reírse al costado de su caballo flaco y triste. El director nos miraba con ganas de comernos vivos, los ojos encendidos: Este más nos va a joder, dijo el Ovejo, No creo, con tu abuelo y el maestro y Epi aquí, no creo, dijo Queca. Verdad, tiene güevo.

 

Ahí te van mis ilusiones, ahí te va el corazón mío,

En la espumita del río, en la espumita del río…

 

Los ojos de gata de Nay se abrieron como dos lunas llenas. Ahora si nos jodió este man, dijo Neider, Tranquilos, dijo Epi, Llévale las flores Quin, me dijo Roberto. ¿Flores? No recordaba los girasoles que habíamos robado para llevarle. Sudé. Anda, dijo mi abuelo empujándome un poco con la guitarra… El primo Yeyo, que era quien amenizaba las funciones, con sus Playeros, dio un pase con sus manos y chascó sus dedos, a lo que obedeció la banda completa cambiando a una salsa que papá me había enseñado a tararear desde que estaba en la barriga de mi mamá: Walito y Elvis me hicieron señas y, casi sin darme cuenta, empecé a cantar:

 

En ti yo estoy, tú en mi corazón,

En ti, mi amor, yo encontré la pasión…

 

Se hizo silencio mientras se terminó la canción. El directorpapáyasoposiblesuegro me miraba de arriba abajo, igual los hermanospayasos, hermanostrapecistas, la mamálabarista, Ahora sí se lo comieron vivo, dijo el Ovejo. Azhar lo miró complaciente, recordando todas las veces que lo había visto rondar el circo tratando de no ser descubierto echándole ojos por entre las rendijas de la carpa a su hermanita de sus ojos, mi querida Florecita del Líbano, se sintió feliz, tranquilo. Hasta que al fin se atrevió este pendejo, pensó. La mamá sonrió y todos empezaron a aplaudir con frenesí, como poseídos. Anda, ahora sí, me dijo mi abuelo Juaco: di unos pasos, hice una venia frente a ¡la más grande contorsionista y malabarista que ojos hayan visto! Y le extendí los girasoles: di una vuelta mirando los palcos, procurándole un respiro a mis piernas flaqueantes, ansiosas, y le dije:

No quiero aplausos, sólo tu amor…