A propósito de los resultados de las elecciones presidenciales en Colombia, en las que muchos depositábamos nuestro voto de confianza en Petro, recuerdo una frase de Freud en la que decía que había tres tareas imposibles de realizar: psicoanalizar, educar y gobernar.

 

Por: Hugo Asensio

Culminó la segunda vuelta de elección presidencial en Colombia. Obtuvimos varios logros numéricos, acompañados de un fondo sonoro. En el caso de los números:

  1. Por primera vez en Colombia, la gente rompió marcas yendo a votar masivamente.
  2. Duque ha sido el presidente más votado en la historia del país.
  3. Petro, es el candidato de la izquierda que más votos ha recibido en Colombia.
  4. Martha Lucía Ramírez es la primera vicepresidenta colombiana.

Por el lado del fondo, independientemente de los números, el contenido diciente sería:

  1. El temor fue el detonante para que el elector saliera a votar sí o sí, independientemente de quién eligiera.
  2. La gente, en su mayoría, a través del voto, decidió ser gobernada de la misma forma en que ha sido dominada en los últimos doscientos años de la historia patria.
  3. Los votos de Petro representan una oposición que recoge gran parte de electores en clases sociales baja y media.
  4. Independientemente de que sea una mujer –porque se vende su imagen como prejuicio positivo–, Martha Lucía está educada bajo los ideales más conservadores del país que impiden el desarrollo social y una reducción de la brecha económica.

Pero si es común escuchar quejas en hospitales, colegios, calles, supermercados y otros escenarios, respecto a lo mal que se vive, entonces, ¿por qué votamos por los mismos? ¿Por qué votamos por los conservadores? ¿Por qué no le damos la oportunidad a otra forma de gobierno para ensayar cómo nos va? ¿Por qué no nos permitimos experimentar, si de eso se trata la vida?

La razón inicial es miedo al cambio, muy probablemente.

Sin embargo, habría que preguntarle a cada colombiano sus razones personales para haber votado por la derecha, y el espectro de respuestas se ampliaría a tal punto que, escucharíamos que elegimos aquello en lo que creemos identificarnos o que consideramos nos completa. Entonces todo se volvería una cuestión subjetiva puramente psíquica.

 

Más preguntas

Pero como es imposible saber la respuesta, solo nos queda abordar la pregunta desde lo político y lo económico: ¿y si hubiéramos elegido a Fajardo o De la Calle?

Donald Trump, presidente de EEUU, y líder de la nueva corriente conservadora que gobierna varios países del mundo. Ilustración / El Mundo.

De haber sido posible una de esas dos elecciones, seguramente la otra restante, sumada a la candidatura de Petro, habría dejado como resultado a un contrincante durísimo de vencer para el uribismo, puesto que hubiesen tenido menos posibilidades de polarizar al país, con la mentira de que nos convertiríamos en una segunda Venezuela. Pero no sucedió: no hubo alianzas, ni escogimos a Fajardo o De la Calle. Cada cual tuvo sus razones y su deseo personal para hacerlo; pero, políticamente, lo viable era uno de ellos dos.

Las razones del porqué no se dieron las alianzas ya las conocemos: el abuso de poder de César Gaviria dentro del Partido Liberal, quien, para favorecer a su hijo Simón, le quitó el apoyo a De la Calle para dárselo a Lleras y luego a Duque; en cuanto a Fajardo, claramente prefería ser él quien hiciera todo sin contar con apoyo alguno de alianzas para darle un viraje más positivo al modo de funcionar del país.

No obstante, la dialéctica de las dinámicas históricas ya nos lo ha evidenciado: los opuestos se necesitan y por eso cuando una fuerza se superpone, la otra le hace resistencia. Es además de necesario, inevitable.

Por ello, es hasta “natural” socialmente que, después de un período de derecha, llegue posteriormente uno de izquierda y viceversa, indefinidamente, tiempos durante los que cuales cada representante de su orilla ideológica dice llevar la fórmula para solucionar los problemas que, claramente, no se pueden solucionar. Así que no sabemos si lo de Fajardo o De La Calle e incluso Petro, hubiera funcionado.

Lo “cierto” es que, a pesar de la elección de Duque, ya conocemos las fuerzas políticas de Petro y de Fajardo, y de alguna manera, el resultado negativo de estas elecciones para los que esperábamos un presidente de otro esquema gubernamental, podríamos entenderlo a través de la siguiente frase de Jacques Lacan: “No hay progreso. Lo que se gana de un lado se pierde del otro. Como no sabemos lo que perdimos, creemos que ganamos”.

Pero entonces, ¿por qué votamos por los conservadores que, claramente, no son conversadores, no abordan por la palabra el malestar social, sino que solo imponen lo que creen correcto?

Muchos de los que votaron por ellos, es decir, por Lleras y Duque y también por Fajardo, son adultos mayores, pero considero que más allá de la edad de lo que implica ser adulto mayor (tener más de 60 años), tiene que ver con lo material.

Una persona de unos 40 años de edad ya tiene cierta comodidad económica, o eso se espera, y si ha sido alguien que ha hecho el paso de clase baja a media con mucho esfuerzo, ha adquirido bienes materiales (casa, carro, finca, etc.) que no querría perder, por, básicamente dos razones:

  1. Piensa que si él pudo lograr todo aquello con tanto esfuerzo, los demás también pueden (lo perverso es que en el fondo quisiera que todos sufrieran igual que le tocó a él).
  2. En la vida es necesario el sacrifico, arduo trabajo y sufrimiento para valorar las cosas. Esto último es más válido que lo primero, pero también hay un sesgo sobre lo que muchos piensan que trataban las propuestas de Petro al relacionarlas con el socialismo sin fundamento: todo gratis, nada de trabajo y esfuerzo. Claramente, nada qué ver.

Es posible que al grupo de personas mayores de 40 años, incluso a otras más jóvenes que tienen cierta comodidad económica gracias a sus padres, se les sume la graciosa y desafortunada, pero lamentablemente otra existente realidad: la de los muchos pobres que teniendo poco o nada material, creyeron que se establecería un modelo venezolano en Colombia, que nos dejaría peor.

Quizá hubiera sido posible, ya que, aunque voté por Petro, la mayoría de sus propuestas claramente sociales, decía él mismo en sus discursos, se dirigirían a los sectores menos favorecidos (y no es para menos), pero enfocándose en los más pobres dejaría de lado la otra parte de la población que también requeriría atención.

Es como cuando uno hace un trabajo de investigación: hay que elegir el público objetivo y debe estar muy bien delimitado porque no se puede incluir a todo el mundo en el estudio; resultaría costoso y hasta imposible si se quieren resultados viables.

El apoyo de los medios tradicionales ha sido decisivo en el triunfo en Colombia de Iván Duque, político populista de derecha.

Cuestión del tener, no de ser

Entonces, volviendo al punto, elegir a los conservadores pareciera ser una postura relacionada con la edad que va de la mano con la adquisición de bienes.

Como ejemplo de lo anterior podemos tomar la frase célebre del asesinado expresidente chileno Salvador Allende: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”.

También podemos darle la vuelta a su expresión, tal y como nos lo manifestó una vez un docente de carrera a mí y a mis compañeros en la universidad hace años: ser de izquierda estando joven, es entendible y hasta natural; no ser de derechas, después de los 30, es una estupidez.

Muy probablemente el profesor lo decía porque lo escuchó de alguien y se identificó, porque de lo contrario, nos habría mandado a ver la película alemana The Edukators de Hans Weingartner (2004) para analizar la parte donde aparece la frase que mi exdocente decía, y que toma una forma más amplia y con gran carga inquietante:

Mi padre decía: quien no es de izquierda antes de los 30 años, no tiene corazón; quien sigue siendo de izquierda después de los 30, no tiene cerebro.

-Sí, lo conozco, pero yo no creo en esas chorradas. Es la excusa habitual de los tipos como tú…

-Ocurre lentamente Jan, apenas te das cuenta: un día decides cambiar tu coche viejo… te casas, formas una familia, pides una hipoteca, compras una casa, tus hijos requieren educación, todo eso cuesta dinero, te creas infinitas deudas, así que buscas una profesión para poder pagarlas, y, un día, sin darte cuenta, votas a los conservadores….

Quizás el destino del ser humano, aunque comience siendo políticamente liberal desde una edad temprana, nos lleve poco a poco a ser incluso protagonistas de esa especie de darwinismo social, hasta el momento en el cual elegimos a los candidatos de derecha; aunque ahora lo rechacemos, incluso sabiendo que hay personas que, teniendo más de 30 años, no se identifican con esa orilla ideológica.

O es probable que esta especie de destino repetitivo puede deberse también a los modos de ubicarnos respecto al ser, y luego al tener: saber que todo es absurdo, nada tiene sentido y aunque así, hay que jugarse la vida, crear, forjar, amar.

Y solo sabiendo algo de sí y dándose la oportunidad de ser, es posible también evidenciar paradójica pero real falta de ser, de sentido en cada uno, y así quizá sería posible angustiarse menos por lo material para vivir mejor y no tener que terminar votando por los de derecha, para intentar conservar lo que solo nos hace bulto, pero que igual no tenemos porque nos morimos y no nos lo llevamos.

Entonces nos daríamos cuenta que así, compartiendo, podemos tener otro tipo de satisfacciones y que en cierta medida serían compartidas por un mayor número de personas.

Pero el destruir hace parte de la naturaleza, y hacerlo a conciencia a causa del odio, forma parte especialmente de la humana. Entonces, dejo la pregunta abierta: ¿por qué habríamos de oponernos a ese fluir natural que incluye “lo malo” y que implicaría votar por los conservadores que nos terminan aplastando?

“Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”, afirmó en su momento el expresidente chileno Salvador Allende. Foto / Archivo

El poder como necesidad

Carl Jung dijo que “nadie puede decir dónde termina el ser humano”, así que esa acción destructiva y autodestructiva también hace parte de nuestra propia naturalidad, por más antinatural que nos parezca.

De hecho, es natural que cuando una familia llegue al poder, se quiera mantener en él. Las pocas familias que hoy nos gobiernan, por ejemplo, la de los Santos, no son más que descendientes de las familias que podrían llamarse guerrilleras durante el tiempo de la colonia española, pues lideraron la avanzada para repelerlos y facilitar la independencia del ahora pueblo colombiano.

Tal es el caso de la heroína Antonia Santos, quien con su hermano Fernando, durante la reconquista española, crearon la guerrilla de Coromoro, en el municipio de Socorro en Santander (ver más).

Es decir, esa guerrilla de antes es ahora una familia noble dueña de mucho, como las otras. Pasamos entonces de unos amos, a otros.

Y lo mismo pasaría si hipotéticamente otras familias de menor renombre llegaran al poder en la actualidad. Es la historia del ser humano la que se repite más allá de todas sus diferencias de color de piel, raza, sexo, etc.

Quizá no le encontraremos sentido a todo y aunque no deja de sernos vomitivo el resultado, respecto a la pregunta de por qué votamos por los conservadores, solo podremos decir que hay algo que no sabemos: hay algo indecible, y toca sostenerse, o como dicen los argentinos, hay que “bancársela”, porque por la también absurda lógica de la vida de tener que vivir por ella misma, mientras estemos vivos, es lo único a lo que podemos apostarle, así como a Duque, un líder nato, le va a tocar jugársela con Uribe para evitar ser coartado, pero también no ser un traidor, porque lo tendría todo para perder, ya que a diferencia de Santos, no tiene un partido político propio que le permita gobernar.

Quizá esa sea la única manera en la que pueda salir algo de ese Duque que hace años mostró con posiciones políticamente liberales en su cuenta de Twitter: estaba de acuerdo con legalización de la dosis mínima, matrimonio homosexual y aborto (ver artículo).

En pocas palabras, como siempre, todos vamos a tener que bancárnosla, y solo el tiempo nos dirá si a pesar de todo ese esfuerzo y sacrificio que hicimos tantos años en carne propia, lo vamos a contrastar algún día depositando nuestro voto por un candidato de derecha.